| 10. OLWEN (2) | |||
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Cuando recobró el conocimiento, amanecía y se encontró sólo en la cima de la colina, cubierta la armadura por el rocío y a su caballo pastando a escasa distancia. El palacio había desaparecido y sus moradores con él. Se incorporó el príncipe lentamente y entonces cercana pudo advertir, semioculta entre las descuidadas hierbas, una forma blancuzca que luego resultó ser la calavera de una res. La movió ligeramente con el pie, saliendo de su interior, con irritado zumbido, una gruesa mosca de color verde metalizado, al tiempo que de las cuencas vacías y la entreabierta quijada de la descarnada cabeza bovina, empezaban a brotar pequeños y ondulantes gusanos viscosos, de esos que se crían en la humedad. El príncipe cogió de la brida a su corcel y se dispuso a bajar al llano. Buscaba la referencia del bosquecillo en donde la noche anterior se quedara esperando al escudero, pero debía haberse alejado más de lo previsto ya que no se hallaba ni rastro del arbolado. Anda que te andarás recorrió un largo trecho entre prados que tenían todo el aspecto de ser frecuentados por los rebaños y con uno de ellos tropezó a poco de caminar por aquel mar de hierba. Venía el pastor con las ovejas, entre saltos y ladridos del perro guardián y el sonido de esquilas y temblorosos balidos, “que en verdad alegraban el oído con su puro rumor de fresca amanecida”. Nuestro príncipe, imperioso el gesto, ordenó al zagal que se detuviera y éste obedeció aunque al parecer con una marcada expresión de sorpresa en el semblante. -Dime, pastorcillo, ¿Puedes esclarecer mis dudas respecto a los vericuetos en los que ando metido?... Temo haber extraviado el camino e ir en dirección opuesta, contrariado mi empeño en hallar cierto ameno bosquecillo en el que ayer por la noche tomara abrigo cabe el último pueblo fronterizo. El pastor, que se había quitado la gorra y la estrujaba nerviosamente entre sus manos, respondió con manifiesto temor, -De muy lejos debéis venir señor caballero, que ignoráis como este reino conoció una terrible peste hará veinte años y tantos fueron los muertos, sin tiempo ni hombres para otorgarles cristiana sepultura, que se llegaron a quemar pueblos enteros. Por el que preguntáis fue uno de ellos, de él sólo quedan las ruinas. Yo vivo a una legua de aquí en un caserío y los rebaños que apaciento pertenecen a un gentilhombre del rey, nuestro bondadoso monarca, que Dios guarde, Maclovio III... El príncipe contradijo impaciente: -Dirás mejor, bergante, el buen rey Maclovio I. El pastor empezó a retroceder asustado. -No, señor, dije Maclovio III su nieto... Hace 100 años reinaba Maclovio I que murió de pena puesto que el tercero de sus hijos desapareció un malhadado día sin saberse nunca más de él. El joven príncipe había partido hacia el reino de su prometida... -Eso ya lo sé... -cortó rudamente el caballero- Mas, su escudero ¿asimismo desapareció el escudero?... ¡Contesta miserable y se veraz en tu respuesta ya que en ello te va la vida! El zagal gimoteó aterrado: -¡Piedad, noble señor, os juro por la salvación de mi alma que no miento... El príncipe no volvió, ni tampoco el escudero... Pareció como si a entrambos la tierra los hubiera engullido!... El príncipe se le quedó mirando sin entender absolutamente nada de lo que el pastor le relataba... ¡No podían haber transcurrido cien años si la noche anterior, hacía escasamente unas horas...!. - Me quitaré el guantelete -pensó aturdido-, y le enseñaré a este villano mi anillo con el escudo real, veremos entonces si persiste en embustes tamaños... - Pero ya el otro corría como alma que lleva el Diablo, clamando a grandes voces: -¡¡A mí, favor, ayuda, me persiguen los espectros...!!” ¡Pobre príncipe encantador despertado brutalmente a la realidad! -Paciente ave que escuchas mi desventurada leyenda, pues una leyenda soy... -concluyó el fatigado anciano- Sabe que transparente arroyo me ofreció más tarde su cristalino espejo y en el pude verme reflejado, por si dudas me quedaban. -¿Y que sucedió después? -¿Después?... Un errar sin rumbo, huyendo de mis semejantes hasta encontrarme con el desierto que acabo de atravesar... Hace cien años yo no ignoraba que pasado este erial iniciábase el reino de mi prometida, mas, ¿continuará ahí todavía como tal sin borrarse fronteras por haber sido conquistados feudos?... Y, lo espantable, que llena de zozobra mi espíritu, ¿debe atreverse el corazón a suponer que la bella princesa haya sabido guardar mi ausencia sin contraer nupcias con otro mas afortunado?... O, he aquí que la razón se impone sobre toda quimera, ¿no habrá muerto la hermosa habiendo transcurrido cien inmisericordes años? -(sensata reflexión)- ¡Ay necio de mí, embarcado en desatentada aventura propia de la edad falta de conocimiento!... Que una centuria no pasa en vano... -y lúgubremente concluyó con esta resolución- Si mi prometida ha fallecido en la espera, entraré en el panteón regio y reclinándome sobre la fría losa de su tumba, me dispondré a conciliar mi último sueño en este mundo terreno, ya que nada me quedará como no sea mi honor sin tacha y mi fidelidad probada con harta largueza. Así habló el príncipe, muy caballeresco él, pero yo no estaba, en modo alguno, dispuesto a que todo acabara como el rosario de la aurora y en plan tragedia griega, ¡hala, muertos a mogollón porque sí! -Mi buen príncipe -exclamé lleno de alegría-, nada de finales macabros, vuestras tribulaciones concluyeron, habéis llegado al lugar que buscabais... Atravesad el puente y luego subid por el camino que a continuación viene, os conducirá a un palacio vacío de servidores en el que no obstante mora la princesa que desde hace cien años os permanece fiel guardando vuestra ausencia. ¡Ella vive todavía! El caballero pareció quedar muy sorprendido. -¿Vive?... ¡Entonces me ama, albricias, amor mantuvo su fe haciéndola vencer incluso a la muerte!... ¡Ni siquiera la pérfida Olwen pudo romper con sus hechicerías, el lazo sagrado que nos une! De pronto se deshinchó. -Extraño pájaro sabio -dijo tristemente-, soy ya muy viejo, ¿creéis qué ella me aceptará? Yo hubiera sonreído si hubiese podido. -A estas alturas, señor, eso ha dejado de tener importancia... Los ojos apagados del príncipe brillaron con renovado entusiasmo. -¡Hora es pues, de partir, no demoremos aún más el venturoso instante del encuentro!... La hermosa Liriam, que no conociera desmayo en su paciencia, debe ser recompensada... -se interrumpió como si se acordase repentinamente de algo- ¿De recompensas hablo?, ¡pardiez! y cuan desagradecido soy con vos mi bravo amigo... Debiéndoos la dicha infinita de saber que mi amada vive y se ha mantenido fiel a su palabra, ni las gracias os he dado por ello... ¿Qué puedo hacer por vos?... ¿Queréis ser mi escudero?... Mas, ¿tal dislate profiero a quien mi felicidad adeudo?... -se puso solemne, muy regio él- Os otorgo mi amistad y con ella la promesa de que así que aceptéis, vendréis conmigo a mi nuevo reino donde seréis nombrado caballero y no habrá prebenda que no os sea concedida en soberano decreto... ¡Cáspita, vaya honores, yo convertido en caballero andante, yo Sir Petrusky!... Resultaba muy tentador y por un fugaz instante me vi sentado a otra Tabla Redonda en un nuevo Camelot, dispuesto a arreglar el mundo así cualquier desvalido necesitara de mi ayuda, pero, “fuerza obligada era el decir que no”, y eso que por otro lado hubiese sido muy agradable pasarle por el rosado hociquito de Lilí, una vez estuviera de vuelta en casa, mis recién adquiridos títulos. Me costó largo rato disuadir al príncipe, pero logré convencerle ante el irrebatible argumento de que a mí también me esperaban en mi lejano hogar. -Id con Dios, Caballero Azul del Amor -¡ hombre eso me gustó!-,y que Él despeje de vuestro camino toda acechanza. -Lo mismo os deseo... -dije haciendo un florilegio con mi ala, como si de un sombrero se tratase. Pude ver como se alejaba al trote renqueante de su cabalgadura y yo elevé el vuelo muy satisfecho conmigo mismo. Igual que un Boy Scout ya había realizado aquel día mi buena obra. Estaba decidido a no atravesar el desierto sino a ir volando en dirección a las lejanas montañas azules, sin embargo, antes de despedirme definitivamente de aquellos lugares, torcí el cuello para mirar hacia el principesco matusalén que marchaba en pos de un sueño y entonces, no se si sufrí una espejismo, pero es que habría jurado, puesto que sólo había un jinete en el camino, que el desportillado rocín no era tal sino un blanco y gallardo corcel, sin mácula de polvo, la armadura del caballero de oro bruñido reluciente, y su cabeza, destocada del yelmo, la de un hombre joven de ondulados cabellos negros como la tinta china. Qué cosa más extraña, ¿verdad?
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