| 10. OLWEN (1) | |||
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Entraron en el palacio cuyas puertas se abrieron ante ellos dos sin el menor esfuerzo y ya dentro un mundo nuevo y multicolor se reveló a los ojos atónitos del hijo del rey. En un inmenso salón de cuyo techo pendían estalactitas que brillaban lo mismo que lámparas, se hallaba dispuesto un banquete del que una abigarrada muchedumbre cortesana hacía más abuso que moderada consumición. En el centro y sobre un alto sitial de ébano que dominaba toda la estancia, aparecía entronizada la Reina de las Sombras. Nuestro joven príncipe se quedó medio alelado por el asombro... “Qué imagen de belleza sin par” (son sus propias palabras), estaba allí delante de él sonriéndole con infinita dulzura y manifiesta benevolencia. Olwen era tal como la había descrito su acompañante, pero en esta ocasión ostentaba una corona de narcisos sobre la cabeza y sus negrísimos cabellos habían sido trenzados también con hilos de perlas de un rutilante oriente. La reina, con voz musical y profunda le dio la bienvenida al héroe (todos los caballeros eran héroes hasta que se demostraba lo contrario), invitándole a su mesa con un gesto. Deslumbrado por tanta hermosura como majestad, el príncipe obedeció. Un paje entonces, precipitóse a llenar su copa con el más delicioso y fresco de los vinos y otros servidores comenzaron a traerle los más sabrosos manjares servidos en fuentes de plata y de oro primorosamente labradas. Comió y bebió el caballero hasta la saciedad, admirando en tanto el espectáculo que se le ofrecía. El resto de los invitados, muy alegres, reían sin cesar y charlaban entre ellos ruidosamente. Vestidos como elegantes cortesanos, el príncipe creyó descubrir que muchos no eran, en algunos casos, lo que se dice gentes de calidad. Exceptuando a los criados, los allegados a la reina y la guardia, cuantos allí estaban, menos el nuevo invitado, todos iban coronados con muérdago. Al ritmo incesante de las fuentes que entraban llenas a la sala del banquete y salían completamente vacías, los más diversos entretenimientos tenían lugar en el recinto “para solaz de los comensales”. O bien eran etéreas danzarinas bailando al compás de músicas deliciosas, o bien bufones enanos que proponían acertijos enrevesados cuya solución era muy celebrada con alegres risotadas, o bien lánguidos trovadores de rubia melena cantaban melancólicas canciones de amor. Era muy divertido (ciertamente nadie encontraba motivos de queja en ello), y nuestro príncipe menos que ninguno, aunque la verdad es que sentíase muy cansado y soñoliento porque aquella fiesta tenía trazas de no acabar nunca, y a él, la buena educación recibida le impedía tomar el ejemplo de más de un vecino de mesa, que ya dormía a pierna suelta debajo de los manteles. Finalmente, dio la sensación de que el festejo comenzaba a apagarse poco a poco pues empezaban a sonar más los ronquidos que la algazara de las conversaciones. El príncipe miró hacía la reina con la esperanza de que ella le concediese licencia para retirarse a dormir y la soberana, sorprendiendo su mirada le indicó con una leve sonrisa, que se aproximase. Vista de cerca seguía siendo bellísima, pero algo se encerraba en ella, tal vez en sus rasgados ojos verdes, que ocasionaba un ligero escalofrío de aprensión. Sin palabras, Olwen extendió la mano cerrada ante el rostro del príncipe, y al abrirla, éste pudo ver en su blanquísima superficie, destacando como gotas de sangre, varias jugosas semillas de granada, entonces habló la reina, -Príncipe encantador, come el fruto del granado que te ofrezco con la mejor voluntad y te convertiré en inmortal y serás eternamente joven... Vivirás junto a mí en el Mundo del Palacio de la Colina... y tal vez algún día te otorgue el privilegio de compartir conmigo este trono... El caballero se quedó de pasta de boniato al oír aquello -perdón, quise decir estupefacto-, pero a fuer de galante y agradecido, y otro tanto ingenuo, replicó, hincándose de rodilla al suelo, -Majestad, mucho me honráis con vuestra distinción, más yo no dispongo libremente de mi suerte, pues habéis de saber, ¡oh, reina de asombrosa belleza!, que de niño fui otorgado esposo a una princesita a quien me ata la palabra de casamiento y como hombre de bien que soy no debo faltar a los votos que fueron contraídos en mi nombre... Marchaba a conocer a mi prometida, cuando vuestro noble primo topó conmigo en el camino. Si ella me rechaza porque yo no sea de su agrado, os juro solemnemente, majestad, por la cruz de mi invicta espada, que regresaré al reino del Palacio sobre la Colina y podréis disponer de mi destino a vuestro antojo... Se hizo un silencio sepulcral en el inmenso salón de los banquetes, los verdes ojos de Olwen despidieron llamaradas de cólera y su voz resonó terrible, “cual los clarines del Juicio Final”. -¿Cómo osas, vil príncipe, postergarme a mí, Olwen, la Señora de las Sombras, a cambio de una princesita pálida y vulgar?... ¿Qué si ella no te acepta, dices, vendrás a mí?... Se levantó del sitial poderosa y oscura. -Renuncias a la corona de muérdago por otra humana y perecedera, sea... ¡Regresa pues a tu mundo, para arrepentirte de esa elección desafortunada! Y con violento gesto, la reina arrojo a los pies del príncipe las semillas del granado, que fueron rebotando por las escaleras del sitial hasta estrellarse en el enlosado de ágatas que cubría el suelo. Al mismo tiempo “espantable bramido sacudió el lugar”, todo se hizo negro en torno al joven, quien, sintiendo como si le golpearan fuertemente la cabeza, cayó desvanecido en un pozo de sombras.
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