1. EL GATO CON GAFAS (2)

Los primeros días de Lilí en casa fueron una constante no alterada de biberones cada tres horas, y era divertido ver como se turnaban en tales menesteres la Niña, Papá y Mamá. Resultado: que todos andaban con cara de sueño, incluyéndome a mí, ya que cada biberón era todo un ceremonial de carreritas, fogones encendidos y exclamaciones como estas:

-¡Huy la cosita requetepreciosa de su mamá!

-¡Cariñito!

-¡Cuquita guapa!

-¡Chiquitina bonita!

-¿Qué dice el lindo gatito?

Oyendo semejante sarta de tonterías, yo pensaba con ferocidad que era muy poco acertado asociar a Lilí con aquel famoso gato televisivo porque si los parecidos continuaban, vaya... pues que yo no me veía como el canarito del cuento zurrando a un gato atrevido y bobalicón, ya que ni siquiera en su más tierna infancia fue Lilí un antagonista menospreciable.

Empezaron a grabarla en vídeo y el día que abrió los ojos, ¡caramba, que pareció que era fiesta nacional!

Lilí despegó un ojo, luego el otro a medias y por supuesto que estaba feísima con aquel ojito como guiñado, pero no debía parecérselo así a Papá a Mamá y a la Niña ya que no paraban de decir lo graciosa o monísima que estaba -casi me la meten en la jaula en su empeño de que admirase tan extraordinario espectáculo-... Yo, muy digno, me volví de espaldas porque no veía que le tuviera que admirar nada portentoso, y encima, los tres encontraron de lo más divertida mi actitud.

-¡Mira, Petrusky está celoso!

( ¡Ejém!... Sí, efectivamente me llamo Petrusky )

-¡Qué gracia, parece como si no quisiera saber nada de Lilí!

-Le debe dar miedo.

-¿Miedo, si es tan inofensiva?

¡Me gustaría saber que entendían ellos por inofensiva!

Mientras yo fingía no darme por aludido, Lilí tuvo la audacia de alargar su blanca patita moteada de pardo, intentando agarrar un barrote con aquella uñitas suyas que recordaban alfileres.

-¡Qué lista!

-¡Quiere ser amiguita de Petrusky!

Esto ya colmó el vaso. Me volví muy enfadado y aletee furiosamente.

-¡Huy, que miedo!

-Pobrecito Petrusky, debe estar roído por los celos.

¡Valiente estupidez, yo roído por los celos!... Eso no eran celos, era simplemente indignación... Aquel insignificante y peludo, además, por añadidura, vulgar gato callejero sin clase alguna... Ni siquiera se trataba de un gato persa, de un siamés o de un gato de angora... ¿Qué podía pues, pretender con semejante falta de pedigrí?

Bueno, hay que reconocer que él, ella mejor dicho, no pedía nada, tampoco hacía ninguna falta, se lo daban todo sin el menor esfuerzo por su parte, y eso era lo injusto a mi parecer, ¿no estáis de acuerdo conmigo?; para mí aquel gatito era un estorbo llorón. Chillaba y mayaba cada dos por tres. Aun antes de abrir los ojos se había escapado de su cestito varias veces y en cuanto pudo ver y saber adónde dirigir sus cautelosos pasos sólo yo supe adivinar hacia que lugar conducirían...

No, no eran celos, era irritación al imaginar lo que suponía cierto y darme cuenta de que Papá, Mamá y la Niña llevaban una venda sobre los ojos... Claro que hasta cierto punto, debo admitirlo, puesto que una vez, los pájaros tenemos un oído muy fino, llegué a percibir el cuchicheo de cierta conversación entre mis amos que vino a confirmar los negros presentimientos que me rondaban.

Decía Papá:

-Cuando Lilí crezca tendremos que ir muy al tanto vigilando a Petrusky.

Y Mamá dijo:

-En la tienda veterinaria me han indicado que compremos una pistolita de agua y que nada más que veamos que se acerque a la jaula del pájaro con intenciones cazadoras, le soltemos un chorrito de agua.

Y la Niña:

-¡Pobrecita Lilí, que susto se pegaría!

¡Hombre, que guay, mira por dónde era Lilí la pobrecita y la que se iba a pegar un susto!... ¿Y yo qué?

Decididamente, en ocasiones los amos no están de la parte que debieran.

 

Continuará...

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