| 9. EL CABALLERO ANDANTE | |||
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Me alejé lo suficiente como para ver que el bosque quedaba a mis espaldas. Daba comienzo el terreno yermo de aquellas tierras que en otro tiempo fueran de labranza y caserío en ese reino que ya no tenía gobernantes y así llegué a avistar la estrecha franja de un río que marcaba los límites del país con un desierto. El río recordaba una cinta de papel de plata como esas que se colocan en los pesebres por Navidad, y sobre un tramo del agua un pequeño puente de piedra facilitaba el acceso. La ribera del río que daba al desierto se parecía mucho a la orilla del mar, húmeda, arenosa y sin hierba. Reflexioné que era muy raro que no creciese verde allí, pero más sorprendente fue el descubrir de improviso a un jinete, caballero sobre una desvencijada cabalgadura. Tanto rocín como dueño semejaban hechos de tierra y eso era debido al polvo que los cubría a ambos de pies a cabeza. Supuse que sería un Caballero Andante (¡mi primer Caballero Andante!), e iba a sobrevolar de largo cuando se me ocurrió una idea al verles avanzando cansinamente en dirección al puente, de modo que descendí cual una bala hasta posarme entre las orejas del caballo y enfrente del mismísimo yelmo polvoriento de su jinete. -¡Pardiez, ¿quién sois, bellaco de color azul, que de esta forma osáis posaros sobre la testa del más noble corcel que jamás vieron los siglos?! -me espetó el desconocido con una voz aun más oxidada que su armadura, pero yo no me asusté, empezaba a acostumbrarme a toda aquella gente y a sus extrañas salidas. Divertido en el fondo, le respondí en su mismo desfasado estilo, tan pintoresco: -Quién yo sea poco importa, mas el mensaje que os traigo si que ha de interesaros, caballero Polvoriento... Ante todo decidme, pues es importante, ¿sois un príncipe? El otro bramó: -¿Lo ponéis en tela de juicio, por malaventura vuestra, despreciable pajarillo?... ¡Se halla fuera de toda discusión el que yo sea un príncipe! Torcí el gesto, los periquitos solemos ser muy susceptibles a cualquier palabra que suponga ofensa y aquello se pasaba de la raya, pero por una vez me tragué mi orgullo, decidido a continuar con la buena obra que tenía en mente. -Vamos, sin faltar, señor príncipe... ¿De dónde venís y hacia adónde os dirigís? -¿Y por qué, voto a bríos, he de responder a vuestras preguntas malandrín? Yo ya empezaba a desesperarme; aquel tarugo no entendía nada. -¿Buscáis alguna princesa a la cual desposar, luego de ser rescatada de peligros mil por vuestro esforzado valor? (¡No, por favor, Petrusky, no hables como ellos, eso no!) -¡Naturalmente que busco a una princesa, ese es mi oficio, y además, busco a una muy especial! -¿Muy especial?... El caballero condescendió a mostrarse en el plano de la confidencia. -Puesto que me lo preguntáis os diré, ave amiga -¡vaya, ya mejoraba el trato!- ,que hace muchos, muchos lustros, salí del reino de mi padre con la misión de desposar a cierta hermosísima princesa, que desde su nacimiento me había sido prometida como esposa... Mas un aciago destino se opuso a este designio y fracasé en el empeño... Singular pájaro hablador, ¿por ventura os placería escuchar el relato de la portentosa aventura en la cual perdí gran parte de mi existencia vanamente empeñada en funesto lance? El corazón me latía tumultuosamente... ¿Sería aquel caballero quién yo estaba suponiendo que podía ser?... Con esfuerzo, el príncipe se quitó el yelmo para mejor hablar, apareciendo entonces ante mí la gastada faz de un anciano de bigote y barba blanquísimos, y tomando mi falta de respuesta como luz verde, dio inicio muy a gusto, la verdad rabiaba por hacerlo, el contarme su vida. -Habíase dispuesto nuestro enlace después de la siega, cuando el oro da las gavillas se va amontonando a trechos en los campos agostados... -¡ya empezábamos!- Mas en el acaso de un albur imprevisto, cual fuera tal vez, el que yo no resultase digno de tamaña beldad o sencillamente mis méritos fuesen mínimos a sus bellos ojos, decídime a partir con antelación a la fecha prevista, con el único objeto de verla y que me viese para de tal guisa poder determinar, en acuerdo común, si amor recíproco bendecía nuestras nupcias... Con tales loables propósitos emprendí el camino, sólo acompañado de mi fiel escudero... Y quiso el Hado, que ya en las lindes de mi reino, cayendo la noche, nos dispusiéramos a vivaquear en deleitoso bosquecillo plantado cabe una cercana colina. Ordené a mi servidor el ir hacia la aldea más próxima en busca de vituallas y yo quedé allí descansando, sentado sobre una roca y con la espalda apoyada en el tronco de un roble secular... ¡Eo!... Soy Petrusky, ¿os acordáis de mí?...... ¿Qué tal si continúo el relato del buen caballero con un lenguaje mucho más actual?, ¿vale?... Prometo repetir literalmente cuanto escuché. (No es por nada, pero nosotros estamos en el siglo XX y a todos nos gusta la velocidad, de lo contrario, a ese ritmo, cerraríamos el libro y aún no se habría acabado el cuento...) “La noche era clara ya que lucía una magnífica Luna llena. El príncipe, quien todavía no habíase despojado de su brillante armadura, nuevecita de trinca, recién fabricada para el hijo de un rey que parte a la búsqueda de su dama, permanecía a la espera de que el escudero volviese con algunas provisiones. En ello estaba cuando le sorprendió el rumor de los cascos de una cabalgadura, a la que confundió con la de su criado... Giró cabeza y en lugar del fiel servidor vio a un desconocido caballero ricamente ataviado, de rostro amable y barbilampiño, lo cual viene a significar que era joven aunque no un mozalbete. De momento nuestro príncipe creyó que se trataba de un trovador errante, puesto que llevaba un laúd en bandolera, mas la nobleza de su porte y el sello real que ostentaba en el dedo medio de su enguantada mano izquierda, le hicieron comprender que el recién llegado, debía, por lo menos, estar a la altura de su alcurnia y blasones. -Dios os guarde, buen caballero... -saludó cortésmente el forastero. -El os guíe en vuestro camino. -Si mi curiosidad no os resulta indiscreta, ¿puedo preguntaros si esperáis a alguien o es que acaso habéis extraviado la senda? (No puedo cortar el diálogo, lo siento, sería como quitarle la sal a un guiso). -Aguardando estoy al escudero para disponer de frugal cena antes de embozarme en mi manto y dormir bajo las estrellas. El otro pareció escandalizarse. -¿Cómo así, caballero?... Vuestro rostro pregona una alta cuna, y a menos que hayáis incurrido en grave falta merecedora de destierro, lo cual no creo, este montaraz asilo no constituye un albergue digno de vos... Mi sentido de la hospitalidad me pone en el compromiso de ofreceros el palacio de mis mayores, al menos por esta noche si es que los asuntos que os fuerzan a viajar, son urgentes. Abreviando, el príncipe aceptó, luego, como es lógico, de contarle los motivos de su marcha. Pero, reparando en que el escudero aún no había regresado, le dijo a su amable anfitrión que era menester esperarle, a lo que éste calmó sus escrúpulos con la promesa de que un criado suyo se quedaría de retén hasta que el otro compareciera. Apenas había pronunciado tales palabras el desconocido, cuando de entre las sombras de la noche surgió un servidor, envuelto en negra capa y cuyo siniestro aspecto debiera haber puesto al príncipe sobre aviso, pero el príncipe estaba encantado con su nuevo acompañante y deseoso de dormir bajo techado y en una buena cama dado que la vida trashumante es muy romántica aunque nada cómoda, y el pobre tenía ya los huesos molidos de tantas noches a la serena. Marcharon los dos caballeros rumbo a la morada del desconocido, quién durante el trayecto dijo ser primo de la dueña del palacio hacia donde se dirigían, una dama nobilísima y muy bondadosa en cuya corte se pasaba el tiempo en fiestas, torneos y juegos florales en los que se premiaba con largueza a los vencedores. El príncipe, muy sorprendido, dijo: -Si se halla en el confín del reino de mi padre, nunca me llegó noticia suya. -No es extraño, alteza, pues el palacio de mi prima se encuentra dentro de la colina aquella que por allá hacia el este se yergue. -No alcanzo a comprender el significado de vuestras palabras. ¿Decís bien, un palacio dentro de la colina? Su guía tuvo una extraña sonrisa. -Más que eso, ya que el feudo de mi prima y señora natural, abarca extensiones que carecen de medida en este mundo y de tal guisa una colina puede albergar en su interior un palacio maravilloso o ser la misma colina un palacio... No, no os asombréis, valeroso príncipe, y empezad a habituaros a los prodigios pues, rato hace que cabalgáis por los dominios de Olwen, Señora de las Sombras... Y si no me creéis, lanzad una ojeada en derredor vuestro... Lo hizo así el príncipe dándose cuenta entonces de cuán diferente era el paisaje que estaban atravesando del que en realidad debía ser. Primeramente, volviendo la vista hacia atrás, el bosquecillo en donde se habían encontrado el cortesano y él, semejaba perdido en una distancia insondable, lejano en un horizonte que se ocultaba en la bruma, mientras que el suelo que hollaban los cascos de las cabalgaduras, no era otra cosa que arena negra que a cada paso de los caballos se removía dejando al descubierto, entre cenizas, como fuego líquido o ascuas encendidas bajo su superficie. El lugar se encontraba preso en un silencio antinatural que sólo quebraban las voces de los dos viajeros y el galope y los relinchos de los corceles. El entorno, oscuro, revelaba bajo la pálida luz de la Luna, presencias descarnadas de árboles espantables que parecían murmurar entre ellos, y cuando el príncipe volvió a mirar hacia delante ya no vio colina alguna al fondo del camino sino un increíble palacio como tallado en cristal de roca, brillante y luminoso, que daba la impresión de convertir la noche en día. -Hemos llegado, mi noble amigo, si me otorgáis la licencia de llamaros de tal forma... ¿Advertís como bajo nuestros pies se inicia un enlosado de blanco mármol que conduce al umbral de los dominios de mi prima, la reina Olwen? -¿La reina Olwen? Pero ya los cascos de las caballerías arrancaban chispas del empedrado, lanzados a un nervioso galope que nadie había ordenado. -Si, la reina Olwen, Señora de las Sombras en el País del Mundo Subterráneo... Su gentil majestad es viuda y la más hermosa de las mujeres que cabe imaginar... -el príncipe estuvo a punto de interrumpirle para hacerle saber que la bella entre las bellas, era su prometida, pero el otro no le dio oportunidad y comenzó a ennumerarle los atractivos de Olwen- Su piel posee la albura de la nieve, sus labios el rojo encendido del geranio, sus ojos verdes rivalizan con las esmeraldas... ¿Y qué contar de sus cabellos negros como ala de cuervo, espesos y que divide y peina en dos trenzas larguísimas?... Realza la gracia de su cuello de cisne con un collar de rubíes, con los que también se adornan sus dedos en exquisitas sortijas, y luce siempre una suntuosa túnica de terciopelo color azabache, cuyas mangas se recogen en la muñeca, acabando en pico sobre el dorso de las manos... (Bien mirado, la señora podía resultar todo un esperpento, nieve, geranios, esmeraldas, ala de cuervo, cuello de cisne... Bueeno ya me callo, era sólo un comentario “pretendidamente jocoso”). El príncipe, pasmado de admiración al ir de prodigio en prodigio, no sabía que pensar, y mejor era que nada pensara por el momento porque ya estaba metido hasta el cuello en un asunto bastante peliagudo.
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