8. MI ENCUENTRO CON LA PRINCESA LIRIAM (2)

La melancólica viejecita pareció no oírme.

(¡Mejor!)

-Jamás arribó al punto de encuentro, ni a traspasar las fronteras de mi país, nadie le vio, ninguno de él supo... Desaparición misteriosa, cual si la tierra se lo hubiese engullido... ¿Perdió pie en alguna escurridiza ladera cayendo al fondo de abismos insondables, lo devoró acaso cualquier espantable dragón, o fue muerto por mano traicionera de vil esbirro o desalmado salteador?... El buen rey mi padre, mandó llamar al Mago Gerineldo, sabio entre los sabios de su oficio, para que merced algún conjuro poderoso, pudiera hacerse la luz en el paradero del príncipe mi prometido...

Yo estaba fascinado, ¡qué suspense!

-¿Y qué vio el Mago Gerineldo?...

-Para nuestra decepción y dolor, su esfera de roca cristalina, mostró opaca superficie... Un humo blanquecino la inundaba por completo... Y dijo el Mago Gerineldo, a la vista de tal portento, que invisibles y muy poderosas fuerzas cerraban nuestro camino a la pesquisa...

-¡Y todo se fue ha hacer gárgaras!

-¿Cómo dices?... Te expresas de manera harto singular, ¡oh peregrino de los cielos!... -suspiró con ella cansancio infinito- Las palabras del Mago Gerineldo, llenas de autoridad y conocimiento, dieron por concluido el lance y por real decreto, se me liberó del compromiso nupcial, procediendo, los consejeros de la corte a buscarme otro esposo de entre los muchos príncipes disponibles a un enlace de tamaña conveniencia...

(¡Ay, ¿por qué no iba la princesa al grano de una vez?)

-¿Aparecieron esos galanes?

-¿Puedes llegar siquiera a dudarlo?... -repuso ella con altivez- Aparecieron, naturalmente, sólo que yo no estaba dispuesta a contraer nupcias más que con mi príncipe extraviado... De modo y manera que fingí plegarme a los deseos del Consejo, poniendo cual única condición el que elegiría de entre mis pretendientes al que mayormente me acomodara, haciéndoles pasar por una prueba... Jugaríamos una partida de ajedrez, y al que me venciera, a ese le concedería mi mano.

-Y nadie lo logró.

Una expresión de triunfo iluminó su ajado semblante.

-Justamente, avecilla, justamente... Y así, grano a grano, empezó el reloj de arena a contar el paso del tiempo, aliado mío en la juventud, hasta que la clepsidra se convirtió en mi enemigo... -volvió a suspirar esta vez con tristeza- Yo esperé, fui ejemplo y modelo de fidelidad y nunca, en todos estos años, he dejado de atisbar en cada nuevo amanecer, a través de los ventanales de mi palacio, por si el camino me traía a quien mi corazón continúa esperando.

Los reyes, mis buenos padres, fallecieron, el Señor los haya acogido en Su Gloria, yo envejecí y mis súbditos también, los leales súbditos que festejaron mi nacimiento, porque sus hijos, cansados de esperar un príncipe consorte para la reina Liriam, emigraron, y constituía empeño inútil el que yo reinara si no me hallaba casada con un valeroso príncipe que fuera el general en jefe de mis ejércitos... Y seguí esperando y mis ancianos súbditos conmigo, hasta que finalmente pasaron a mejor vida y quedé yo sola, mi reino desierto y silencioso, mi palacio sin servidores y tan olvidado en el recuerdo de todos, que incluso las generaciones que en mi época denominábanse  venideras, ignoran hoy que estas tierras incultas y descuidadas, constituyeron otrora un floreciente país.

Pero, ¿sabes?, fugaz confidente mío, continúo centinela en mi puesto, esperando contra toda esperanza, dado que cierta me hallo de que algún día él llegará... encontrándome aquí, fiel a la cita, que en esta fe me educaron, pues una doncella que se precie ha de sufrir y ser paciente si anhela alcanzar el bien perfecto del amor... Ya que una mujer sin amor no existe... No es nadie...

¡Pardiez con la historia, si que era triste en verdad!...

(Cuidado, Petrusky, no te me contagies ahora).

Me sentí muy apenado e intenté consolar a la anciana princesa, Pero no resultó; ella ni parecía escucharme. Hizo ademán de levantarse y yo revolotee hasta un tronco cercano, entonces Liriam dio muestras de reparar otra vez en mí presencia y en esta ocasión me miró con curiosidad.

-Hasta hoy jamás viese pájaro que se te igualare, resultas desconocido para mí y tu azul es un punto más claro que el del zafiro... ¿De cierto no eres un príncipe encantado?... En ocasiones las brujas pueden jugarnos malas tretas.

¿Cómo explicarle detalladamente que los periquitos somos originarios de Australia si en su “época” aún no se había descubierto este continente, cómo hablarle, además, de cruces y mezclas de plumíferos, los de color amarillo con los de color malva?... ¡Ay, no!... Me sentí generoso y galante y respuse:

-No lo soy, princesa, pero me gustaría mucho serlo para premiar tan larga espera.

-Es inútil -murmuró ella con amargura-, es inútil, aun cuando lo fueras, ya sería demasiado tarde, mi tiempo ha pasado.

Yo exclamé impetuosamente:

-¡No princesa Liriam, nunca hay que tirar la toalla, por otra parte, no es eso lo que decías hace unos momentos, ¿recuerdas?!

Los ojos claros de la vieja princesa reflejaban una congoja muy honda al mirarme.

-¿Qué importa lo que yo piense o lo que digan mis labios?, la realidad siempre es muy otra... Mi corazón se ha vuelto loco, los años tienen la culpa y así me siento dividida entre la razón y la sin razón y tal dolor es inmenso porque lloro sobre todo un tiempo perdido que no retornará... Mis días se alejaron.

Me quedé silencioso viendo como se marchaba lentamente con su cántaro y el cestito a cuestas, hasta que un amistoso picotazo en el hombro hizo que me volviese. Se trataba del gorrión de antes.

-¡Hola, soy Grumo!

-¿Grumo?...

-Así me llamo... Bueno, ya veo que estás bien... Hubo suertecilla, ¿eh, tío?

-¡Bah, mala prensa!... -¡qué tontería acababa de soltar!, Grumo no podía saber nada de periódicos, (¿o sí?) -No considero a la princesa Liriam una persona cruel.

Afanosamente, Grumo escarbaba y picoteaba en el suelo.

-Claro que no lo es, pero sigue con la cabezonería del príncipe azul ese, y el día que encuentre a alguna rana encantada o a cualquier otro bicho, ya verás tú la que se arma...

Le miré irritado. ¿Qué podía entender aquel vulgar gorrión de las historias románticas y de los amores desgraciados?, yo sí.

Pensé que había llegado el momento de despedirme de tan plebeya compañía.

-Me voy; tengo que regresar a mi casa.

Grumo me miro con sus ojitos pícaros.

-Que te sea leve el viaje, socio.

-Muchas gracias.

Remonté el vuelo, atrás quedaban el manantial, los gorriones y la pobre princesa, tan redicha ella, quien trabajosamente subía la cuesta de ascenso hacia su solitario palacio.

Esta es la ventaja de ser pájaro, volando lo ves todo, el camino que dejas atrás, el camino que está debajo de ti y el camino que se te abre delante.

¿En dónde había yo oído una reflexión parecida?

 

Continuará...

Inicio