8. MI ENCUENTRO CON LA PRINCESA LIRIAM (1)

Ella avanzaba lentamente casi envuelta por la alada pandilla de gorriones. Había dejado de cantar y hablaba muy bajito dirigiéndose a los pájaros.

(¡Curioso contraste, un auténtico personaje de leyenda relacionándose con la tribu aquella que más semejaban golfillos callejeros del siglo XX!)

Yo trepé, encaramándome por entre las anchas hojas de una planta y escondido, desde allí me puse  a curiosear.

La princesa Liriam y su bullicioso cortejo se acercaron a la fuente. La princesa se inclinó con el cántaro y entonces llegué a verle la cara y me quedé asombradísimo.

Aquella no podía ser la princesa de quien me habían hablado ya que lo que estaban viendo mis ojos era a una mujer muy anciana, de largos cabellos blancos que se encerraban en una redecilla de hilos de oro, y de rostro y manos arrugadísimos. Bien que iba vestida con lujosas ropas de dama de la corte, eso no significaba que necesariamente tuviera que ser la princesa Liriam, puesto que podía tratarse de su aya y venir hoy en lugar suyo con el cántaro. Creyéndome lo que pensaba salí de mi escondrijo y volé a su encuentro.

Al mirarla de cerca comprendí que en su juventud debió de haber sido muy bella y deduje que de rubios cabellos ya que sus ojos eran claros. Oí como los gorriones cuchicheaban entre si y se reían en cuanto me vieron aparecer, pero no les hice mucho caso.

Me había detenido en una rama frente a la viejecita y la observaba mientras me estaba balanceando, ella mirábame a su vez y exclamó con voz quebrada, pero muy jubilosa:

-¡Oh, cuán bello pájaro azul!... Dime, graciosa avecilla, ¿eres realmente lo que aparentas?

Hubiera deseado que la tierra me tragase, huyendo de la princesa me había dado de narices con ella, ¿se podía ser más incauto?, pero, ¿cómo iba yo a imaginar que las princesas envejecen?

-Claro que sí -manifesté atropelladamente, - soy un legítimo periquito azul procedente de un remoto país llamado Australia y ya me marchaba, pues sólo estoy de paso, alteza.

Y uniendo la palabra con la acción, iba raudamente a emprender el vuelo, cuando la quejumbrosa voz de la venerable dama me detuvo en seco, no en balde soy un rematado sentimental, como buen periquito azul del amor.

-¡Ay de mí, desdichada -la escuché suspirar y se me partió el corazón- ay de mí infelice!... Hace años que espero a mi príncipe y éste no viene nunca... Tal vez el tiempo haya transcurrido muy lentamente o yo haya envejecido con harta rapidez. Mas no, las rosas siempre han sido fieles a su cita con la primavera, el blanco manto de la nieve ha descendido amoroso sobre la tierra todos los inviernos uno a uno; han perdido las hojas los árboles a cada renovado otoño y ha brillado el oropel de los campos de trigo bajo la gloria sin rival del sol del verano... Se ha ido el tiempo sin precipitarse, paso a paso, sigilosamente, siguiendo su ritmo como la melodía de un laúd, pero yo lo he perdido, se me escurrió de entre los dedos tan parejo al fluir del agua que brota en ese manantial.

(Con todos los respetos, o es que yo no estaba habituado a este tipo de lenguaje, pero la princesa Liriam hablaba de un modo rematadamente... ¡ejém!... ¿Cómo diríamos?... ¿Poético?...)

Ella dejó el cántaro bajo el caño de la fuente y sentóse sobre el banco de piedra en actitud abatida.

Me dio pena y mi natural curiosidad hizo que olvidase toda prudencia, así que me acerqué a ella y me posé sobre su regazo.

-Cuéntame tu historia, princesa Liriam, apuesto a que debe ser muy interesante.

Mas la princesa, dando ante todo muestras de poseer una generosa disposición que no olvidaba las necesidades que pudieran tener los demás, me interrumpió solicita:

-Compasivo pájaro azul, si eres impenitente viajero y de lejos vienes, tendrás hambre y sed pues no te acercaste con el resto de las aves a consumir el refrigerio que cada tarde llevo conmigo para alimentar a mis fieles compañeros en la soledad...

(¡Puaf, vaya un parlamento!... En fin...)

La princesa sacó de debajo del banco una escondida cestita de mimbres, -¿cuándo la dejó ahí?-, que cubría un paño de fino lino, en su interior quedaban algunas migajas de una torta de semillas variadas, riquísimas por cierto, y dos o tres cerezas, de esas sin rabo, muy maduras, dulces y refrescantes. Liriam improvisó un mantel con la servilleta colocando en él los restos del “refrigerio”.

-Come lindo pajarillo y restaura tus cansadas fuerzas que en tanto lo haces yo te relataré mi triste historia que va a desatar en ti, con mayor frecuencia, el llanto que la placentera sonrisa...

-Me gustan las historias tristes -afirmé valientemente-, son las más bonitas... Y muchas gracias, es cierto, estaba ya desfallecido.

La anciana extrajo de su escarcela un pañuelo de hilo, bordado primorosamente y se enjugó las lágrimas que corrían abundantemente por sus mejillas.

-Sea pues, si lo deseas -dijo intentando sonreír-, pero te aseguro que no es alegre mi cuento, sino todo lo contrario.

Como bien puedes advertirlo, yo nací princesa, hija única y tardía de un rey y una reina a quienes amaban los súbditos debido a su bondad y justicia, porque has de saber que bajo el reinado de mi buen padre el rey, jamás se organizaron guerras con las que  asolar y llevar a la ruina a los países vecinos...

La venida mía a este mundo colmó de gozo tanto a mis progenitores como a los vasallos del reino puesto que nadie esperaba ya un heredero de la corona y ni siquiera el hecho de que yo no fuera el ansiado varón empañó la dicha de tan venturoso acontecimiento. Como es de precepto, vinieron las Hadas a mi cuna el día del bautismo y me colmaron de dones...

Hizo una pausa soñadora; mientras, yo me ponía morado de rebosantes cerezas maduras y de pastel de semillas, que, todo sea dicho, eran de lo más apetitoso y ayudaban a escuchar con la mejor voluntad posible.

-Sí, alado amigo, me colmaron de dones hasta la saciedad y tal crecí hermosa, inteligente y bondadosa siendo amada por cuantos me conocían, o llegaban a saber de mis virtudes y donaire. Con tal excelente comienzo, desde muy pequeña se me fue instruyendo acerca de cómo sería mi vida. Tuve los mejores maestros que me enseñaron a leer, a escribir, a pintar, a bailar, a bordar y a coser. Se me educó en el arte de la música y pronto supe pulsar el laúd acompañando las trovas con mi voz, de natural melodioso... El tiempo fue transcurriendo, es su única ocupación, la de pasar, y yo crecí alcanzando por fin la edad de 15 años, y como era, sin falsas modestias lo proclamo, ya que no por esfuerzo mío lo conseguí sino por favor de las Hadas, la doncella más bonita de todo el reino, llegó el momento de que contrajera nupcias. Huelga decir que también se me había educado en el arte de gobernar ya que se me consideraba la futura soberana, mas era necesario un imprescindible requisito para que el gobierno de mi pueblo se viera reforzado por el apoyo que cualquier nación debe tener, el de un valeroso príncipe consorte, quién, llegado el caso, si lo hubiere, comandara aguerrido las tropas al campo de batalla, labor propia de hombres que no de una débil mujer como yo. Pero, nada había que temer. Mis prudentes padres que no descuidaban detalle alguno al azar, prevista la contingencia, habíanme prometido esposa del hijo de un monarca amigo, no al primogénito, según ha de comprenderse, sino del más pequeño de una prole de tres hermanos, de la cual, el mediano tomaría las órdenes sagradas llegando a obispo. Prometidos desde la cuna, el acuerdo asumido nos emplazaba a ambos a llegar al matrimonio en cuanto yo cumpliera 15 años de edad, sobrepasándome sólo en uno mi futuro esposo. Tal constituía la voluntad de nuestros padres a la que los sus hijos debíamos obediencia. Y así se hizo.

Arribado que fue el día, se comunicó al vecino monarca la inminencia del feliz evento por medio de palomas mensajeras y por el mismo sistema nos informó el que iba a ser mi suegro, de que su hijo tercero ya había partido rumbo a nuestro reino animado por el deseo de conocerme personalmente antes de la boda, dado que la fama que me precedía le tornaba temeroso de no ser digno de mí y galante caballero prefería que yo juzgara si era merecedor de mi mano.

Semejante respuesta me colmó de dicha y le amé impetuosamente desde ese momento en que supe de su considerado reparo... ¿Donde hallar otro tan gentil, tan avisado y prudente, tan deseoso de agradar y de que lo aceptaran?... Mi corazón se volcó en amor hacia él... Pasó un mes, a éste le sucedió otro y a éste otro y luego un cuarto y aun un quinto y un sexto, y... ¿No imaginas lo que sucedió?...

Yo arrebañé apresuradamente la última migaja y casi atragantándome, dije con el pico lleno:

-Mmmm, nnnnno... N... ooo, lo sssse... ¡Clúc!... -tragué de golpe- Pero debió de ser horrible, supongo.

Ella volvió a llorar en silencio.

-No existen palabras para describir en su magnitud el alcance de la inmensa aflicción que supuso el que el príncipe no llegara a su debido tiempo entonces ni luego ni nunca...

-¿Nunca?... -repetí muy interesado.

-Nunca, jamás llegó a la cita.

-¡Vaya plantón, ¿no?!

 

Continuará...

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