| 7. LOS GORRIONES | |||
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Estaba ya cansado de tanto volar y volar sin saber en realidad hacia donde me encaminaba. Muy atrás quedaban el Castillo de la Felicidad y sus engañosas promesas, muy atrás Aleto, Berrano y Bertivino, los tres bribones que estaban dispuestos a cazarme con fines poco recomendables para mi integridad física... Muy atrás todo, kilómetros, tiempo y esperanzas... Ciertamente que la vida aventurera en la que me veía metido no resultaba la más adecuada para un periquito azul, casero como yo, y por tanto, poco habituado a los largos vuelos. Sobrevolaba un maravilloso bosque verde las copas de cuyos árboles parecían entrelazarse cariñosamente impidiéndome ver cualquier cosa que hubiera debajo. De vez en cuando, alguna suave colina emergía formando una graciosa curva tapizada de matorrales espinosos (¡cuántas Hadas debía de haber por allí!), y de fresca hierba color esmeralda y en la qué si los árboles eran escasos, abundaban las piedras sueltas y redondeadas como grandes guijarros. Me sentía fatigado y decidí bajar a tierra firme. Planeé, descendí y como quiera que oyese el murmullo de una fuente entre la arboleda, allí me dirigí ya que de pronto descubrí que estaba sediento. Se trataba de un rústico manantial, pero los humanos habían pasado por allí alguna vez porque dejaron un banco de piedra para descanso de las fatigas del caminante. En el lugar, bebiendo y picoteando encontré a varios congéneres, no de mi raza, por supuesto, sino a esa abundante y bullanguera plebe que se conoce bajo el nombre de gorriones. A mí los gorriones me caen bien, nunca se meten con uno y permiten que te unas a ellos mientras no te entrometas en sus vidas. Como son cordiales por naturaleza, me saludaron alegremente y puesto que debo admitir sin falsas modestias que soy un periquito muy elegante y de hermoso colorido, pronto me rodearon llenos de admiración, y la verdad es, hay que reconocerlo todo, bastante confianzudamente, suerte que entre mis virtudes se halla la de ser muy democrático. -¡Hola tú! -¿De dónde vienes? -¿Quién eres? -¿Cómo te llamas? -¡Vaya plumaje, tío... Se ve que eres de buena cuna y así te luce! La ordinariez y la impertinencia son dos extremos que me molestan muchísimo y mira por dónde saliendo de la impertinencia de Lilí, porque Lilí era una gatita de lo más impertinente además de requetemalísima, me las veía ahora con aquella turba vocinglera, indiscretamente curiosa y gozosamente maleducada. Pero como soy un periquito azul del amor, di muestras de una gran dignidad y refinamiento al responder con fría cortesía a sus preguntas y dado que los gorriones no son aves que mantengan fija la atención durante mucho tiempo, si el tema no es llenar el buche, pronto se olvidaron de mi presencia volviendo a su quehacer de picotear el suelo unos y de beber agua los otros. Contagiado por sus urgencias alimenticias a mí se me aguzaron el hambre y la sed, realmente hacía muchas horas que no probaba bocado, mas a fuer de bien educado, los Vip siempre hemos de dar ejemplo, aparqué un instante mis perentorias necesidades de ingerir para reponer fuerzas dedicando toda la atención que pude a una inesperada oropéndola que de pronto distinguí y como éste sí que es un pájaro de linaje y prosapia, me apresuré a acercarme con fin de presentarle mis respetos, según se acostumbra entre las gentes bien nacidas. -Buenas tardes -dije-, soy un periquito azul... A lo que ella respondió: -Y yo una oropéndola amarilla. Lo que no era una cosa fuera de lo normal ya que todas lo son. Empecé a pensar si mi oropéndola no sería una tonta. Y tonta no lo era, pero algo excéntrica sí, ya que acto seguido me dijo bruscamente, y no venía a cuento: -El amarillo es un buen color. No supe si ofenderme o tomármelo a risa, la verdad es que no entendía nada. -Yo soy un periquito azul. -Eso ya lo acabas de decir. Muy molesto respondí: -¿Y tiene algo de malo? La oropéndola se espulgó un ala nerviosamente. -Depende de como se mire, ¿no te parece? ¿Qué me iba a parecer? -Pues no, no veo... Ella se esponjó muy ufana: -Es lo mismo que un acertijo, la primera parte de tú ridículo nombre -¡caramba con la fauna del mundo del cuadro!-, no es peligrosa porque solo mueve a risa, en cambio la segunda... -¿Qué pasa con la segunda? -inquirí muy enfadado. Uno pretende ser amable y se tropieza con seres carentes de tacto. Ella me observó con ojo crítico. -Te aconsejo que te cuides. Muy tieso contesté: -Gracias, procuro hacerlo. La oropéndola batió las alas, súbitamente parecían haberle entrado unas ganas locas de irse. -Se prudente -me aconsejó mientras levantaba el vuelo-, y si ella te lo pregunta le dices que aunque seas azul no eres más que un pájaro. Yo me quedé con el pico abierto viéndola alejarse. Un gorrión que buscaba entre la pinaza y el musgo de los rincones húmedos, me dijo, mientras picoteaba pensativo un gusanito, -¿Sábes colegui?, tiene razón... Ella ya nos conoce a todos y en cuanto te vea azul peligras. -¿Peligro por ser azul?... -Si, eso mismo. A mí la cabeza me daba vueltas. -Pero, ¿por qué y quién es ella?... -Pronto lo verás... Es la princesa Liriam... Baja todas las tardes a coger agua en su cántaro y nos trae comida, por eso venimos nosotros aquí. La vida es difícil y hay que espabilarse, ¿no te parece, tronco? -y siguió hurgando con el pico entre la hojarasca. Al mencionar lo del cántaro deduje que se trataba de una persona, porque igual en aquel mundo absurdo, la princesa Liriam podía ser un cisne real blanco, o cualquier otra ave de parecida envergadura. Insistí. -¿Pero por qué estoy en peligro?, vosotros no lo estáis según parece. El gorrión revolvióse muy irritado. -¡No seas memo!... -chilló- Si te decimos que te cuides y que corres peligro no te lo decimos porque sí. -Es qué no comprendo nada. El gorrión seleccionó un trozo de semilla algo mohosa pero muy apetecible, tragándosela con avidez. En cambio yo había dejado de sentir hambre y sed, estaba demasiado nervioso. -¡Qué vas a entender!... -gruñó mientras la emprendía con una lombriz de tierra- Mucho ser un periquito azul y poco seso, amigo. -Oye, haz el favor... -¡Qué favor ni que ocho cuartos!... Si tanto presumes de educación, tendrías que dejarme comer en paz y no interrumpir a cada momento con tus preguntas burras. -Está bien, está bien, no me digas nada, ya lo descubriré yo por mis propios medios. Di la vuelta y sentí como me tiraban de las plumas de la cola. Ofendido y humillado ante semejantes confianzas, giré en redondo. -¡Esto es el colmo! El desvergonzado gorrión me soltó. -Mira tío, no te pongas tan digno y escucha, porque tú no sabes de que va la cosa... Ella es una princesa y está esperando a su príncipe azul y como a veces los príncipes azules aparecen convertidos en rana o cosa semejante, siempre que ve a algún bicho nuevo aquí, perdón, quise decir a cualquier forastero, supone que pueda ser esa dichosa alteza... Y sí tú eres azul, ¿comprendes?, lo más fácil será que te estrelle contra el suelo, igual que hizo la princesa del cuento con la rana del estanque... ¿Lo ves claro ahora, periquito sabelotodo?... ¡Vaya si lo vi y rápido! -Perdona, nunca pude imaginar... -Pues ya lo sabes... ¡Escucha, ¿oyes cómo trina la basca?. por allí viene la princesa Liriam canturreando, es la señal para que todos vayamos a su encuentro... Me abro... Suerte, compi!... En efecto, la basca, es decir, los gorriones en pleno, se alborotaron tumultuosamente y fueron volando a darle la bienvenida, sólo yo me quedé rezagado sin saber en dónde meterme. La verdad, no me seducía para nada la idea de que una jovencita quinceañera me chafara contra el suelo a la busca y desencanto del príncipe de sus sueños.
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