6. EL CASTILLO DE LA FELICIDAD (2)

-¿No puedo pedir algo que necesito y luego irme?

-Me parece que no has entendido bien la mecánica de la situación... En el Castillo de la Felicidad lo puedes tener todo, pero siempre dentro de estos muros, fuera de ellos no.

-¿Eso quiere decir que en el mundo exterior no existe la felicidad?

-Por lo menos es lo que se supone.

-¿Y aquí sí?

-Sí.

-Pero tú no eres feliz.

-Lo soy tanto que ya no experimento la necesidad de serlo...

-¡Oh, que horrible rompecabezas!... -chillé desesperado y de repente se me ocurrió una idea- Oye, ¿no me estarás tendiendo una trampa?... Quizás eres el guardián del castillo y tu misión es espantar a los pusilánimes o a los débiles de voluntad, y lo que haces es probarme a ver si tengo coraje suficiente para ser digno de alcanzar la felicidad... Porque, recapitulemos, tú te has pasado el rato hablando de que quien entra en el castillo lo consigue todo, de acuerdo, más, dime, ¿en dónde están los otros, los demás que han llegado aquí y se encuentran disfrutando de la felicidad, aunque, dadas las circunstancias, no se si llamar a eso felicidad?, dime, sí, ¿dónde están?...¿Es qué se han vuelto invisibles?, no les veo, no les oigo...

El redondo pareció ofenderse.

(Debo reconocer que cuando me encolerizo soy terrible).

-Eres un pájaro bastante necio y te crees muy sabio, siendo, en realidad, un ignorante acabado... Ni te engaño, ni te tiendo trampas. Yo he salido a pasear como hago cada mañana a ver si adelgazo un poco... Y no me sugieras ahora que lo pida, podría quedarme en los huesos... Los que entran en el Castillo de la Felicidad no son muchos ya que cuesta enormes sacrificios atravesar los bosques que rodean el castillo y muy pocos son los que consiguen traspasar sus puertas... O sea, que aquí dentro no hay demasiada gente, pero la que hay no está paseando como yo, sino en el interior del castillo, siendo felices.

-¿Siendo felices?... -repetí como un eco, incrédulo.

Me imaginé un grupo de personas que en aquellos momentos se hallaban en las estancias del castillo muy ocupadas solicitando sin pausa todo aquello de lo que siempre habían carecido, y los seguí viendo, hinchándose como globos hasta reventar saciados y luego vuelta de nuevo al comienzo de sus deseos, eternamente, hasta que el aburrimiento se apoderase de ellos.

Sacudí la cabeza, no, esa forma de ser feliz no me gustaba, más que un premio parecía una condena. El gordísimo tenía razón, un día en el que nunca se pusiera el sol acabaría por resultar odioso y en esta vida ha de haber de todo, luz y sombra, alegría y dolor, bondad y maldad, fealdad y belleza, para que apreciemos lo que tenemos.

-Estás en lo cierto -le dije-, es mejor no pedir nada sino luchar por conseguir lo que se quiere, lo que se obtiene sin esfuerzo carece de valor.

Por  primera vez en todo el rato, el otro sonrió con algo parecido a la satisfacción.

-Acabas de hablar como la moraleja final de un cuento ejemplar, pero aunque suene a sabiondo, es verdad.

Yo me encogí de alas bastante mustio.

-Tanto volar para esto, parece una tomadura de pelo... Me pregunto para que sirve la existencia de un Castillo de la Felicidad... En fin, será mejor reemprender el vuelo e intentar regresar a casa por mis propios medios a ver de que modo y manera puedo salir de aquí.

El muy gordo me entendió mal.

-Puedes salir volando del castillo.

-¡Oh, lo sé, lo sé, no me refería a eso, quería decir...!.

Me callé de golpe. A su manera él había sido amable conmigo y yo no iba a ser tan grosero como para revelarle que estaba harto de su mundo maravilloso y mágico pero tan increíblemente desconcertante.

-...quería decir que estoy en una situación difícil porque no sé que rumbo tomar para ir a mi casa.

-Lamento no poder ayudarte...

-De todas formas, gracias.

-...pero sigue tu instinto... Las aves tenéis un gran instinto de orientación... Seguro que has de encontrar el camino que ha de llevarte a tu hogar.

Yo me emocioné, porque hay que reconocer que soy un periquito muy sensible.

-Gracias, gracias, no dejaré de tener presente lo que me has dicho.

Desplegué las alas y me eché a volar. Abajo quedó pues, el gordinflón felizmente desdichado, o desdichadamente feliz, prisionero por siempre en su seductor castillo de bienes sin cuento. Le vi alzar, en lánguido ademán de despedida. una redonda manita gordezuela y sonrosada como la de un bebé, y aún pude oír su voz diciéndome:

-No te olvides de mi, me llamo...

La distancia hizo ininteligible su nombre.

Por cortesía quise hacerle señas de que había entendido, pero, al mirar nuevamente hacia el suelo, ya no hallé ni rastro del gordísimo y resultaba a todas luces imposible que una persona tan poco ágil pudiera haberse ido con tamaña rapidez... Claro que quizás, sólo deseándolo... Escudriñé con fijeza unos instantes y entonces, yo seguía ascendiendo vertiginosamente, me pareció ver, junto al pozo y cerca de dónde habíamos estado, algo insólito... Hubiese jurado que se trataba de un gato... ¿Un gato en el Castillo de la Felicidad?... ¡Vaya, a ver si ahora me encontraba con que no era yo el primer espécimen animal, en el auténtico, amplio y mejor sentido de la palabra, que había penetrado en su amurallado recinto!

¡Estos escurridizos felinillos siempre metiéndose por todas partes!

 

Continuará...

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