| 6. EL CASTILLO DE LA FELICIDAD (1) | |||
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Volé, volé, volé y volé hasta faltarme la respiración y en mí atolondrada huida no me di cuenta de que sobrevolaba ya el Castillo de la Felicidad. -¡Rabicuéncanos -exclamé en voz alta-, un poco más y me paso!... ¡Pues sí que la iba yo a hacer buena, perder esta oportunidad de ser feliz porque tres energúmenos pretendían acabar conmigo!... Como las aves disponemos de los mejores prismáticos naturales, me permití el lujo de inspeccionar o fisgonear, que es lo mismo, el terreno que tenía debajo porque nunca está de más el ser precavido. A vista de pájaro no se divisaba otra cosa que no fuera un castillo con sus murallas, sus almenas, su foso, sus poternas, sus altas torres y alrededor el bosque escalonado, un bosque terrible y enmarañado, por supuesto, un bosque inaccesible y un bosque que había yo saltado limpiamente sin darme cuenta de que lo hacía. Tuve la impresión de que el castillo estaba desierto porque no se vislumbraba a nadie, pero después de todo era lógico si tan inalcanzable resultaba acceder a él. Bueno, pues a ver si iba a resultar que era yo el primero que penetraba en el Castillo de la Felicidad, ¡vaya un honor!... Lástima que Papá, Mamá y la Niña no pudiesen acompañarme también. - “¿No te olvidas de alguien?”... ¡Qué curioso, juraría que había oído una vocecita justo encima mío diciendo esto! Miré hacia el cielo de refilón, y, cosa más rara aún, me pareció ver allá arriba un par de ojazos grandes, rasgados, como de duende, de hada o de... gato. -“¡Lilí!”... pensé con sobresalto y parpadeé, pero todo había sido una ilusión. El cielo seguía azul y con alguna que otra nube y nada más, como tenía que ser. ¡Caramba, sólo hubiera faltado Lilí en el Castillo de la Felicidad, pronto no habría quedado piedra sobre piedra!... Decidí bajar. Descendí. Primero me posé sobre una almena (debo confesar que me sentía Robín de los Bosques o algo parecido), para luego planear a lo largo de la escalera que llevaba a la Torre del Homenaje... Ni rastro de ser vivo. Me dije para mis adentros que sí que debía ser difícil alcanzar la felicidad y casi me entraron remordimientos de conciencia comprobado que a mí habíame resultado muy fácil. Pero quedaba una pregunta por responder, si ya estaba en el Castillo de la Felicidad, ¿bastaba con eso o había que solicitar un deseo? Revoloteé hasta detenerme en el brocal de cierto pozo que se hallaba contiguo a unas caballerizas y cuando caminaba perplejo por su borde sin saber a ciencia cierta a que atenerme, pude escuchar claramente rumor de pasos detrás de mí... ¡Albricias, el Castillo de la Felicidad estaba habitado! De un ágil saltito di la vuelta y ante la consiguiente sorpresa, he aquí lo que vieron mis ojos: delante mío, más que andando, aunque un par de redondos pies la sostenían, una inmensa bola humana avanzaba arrastrándose en penoso caminar. “Aquello”, era una persona completamente esférica que recordaba un dibujo infantil o bien un tentetieso de plástico. Su cabeza parecía una bola diminuta situada sobre otra mucho más grande y aunque el cuerpo aquel caminaba ominoso como una apisonadora, su rostro expresaba sufrimiento y tristeza. En cuanto a ropas, el personaje lucía unas vestiduras que hubieran hecho enfermar de envidia al harapiento aspirante a la felicidad que aguardaba su turno en la ladera de la montaña. El gordísimo tenía la faz sonrosada y unos bigotes lacios y negros le caían encima de los labios casi como un tiznajo hecho apresuradamente. Sus ojos eran minúsculos y porcinos, negros, y brillaban como canicas. Habló y su voz sonaba a lamento llorón. -¿Qué haces aquí, infeliz? Yo me molesté ligeramente. -Si lo dices porque supones que he venido en pos de la felicidad... -¿Y acaso no has venido por eso? -¿Y tú, qué, estás aquí, no? El otro aulló de dolor, levantó la cabeza y aulló verdaderamente como si de un perro se tratara. -¡Más me valiera no haber venido nunca, ojalá, jamás, hubiese subido a ese malhadado castillo! Yo me sorprendí hasta el límite del asombro. -Pero, ¿qué dices ahora?... ¿Estás en tu sano juicio?... Vives en el Castillo de la Felicidad, por tanto, “debes” ser feliz, obligatoriamente feliz. La bola de grasa gimió desolada. -¡Qué trampa más engañosa es la Felicidad!... ¿Acaso no sabes que aquí es eterna y no cesa en ningún momento?... Imagínate un día en el cual el sol no se pusiera jamás, acabarías aborreciéndole y pidiendo a gritos un poco de noche, ¿no? -Es la primera vez que oigo una cosa semejante, que la felicidad pueda cansar... No me parece a mí qué... El rostro del otro se nubló y abandonando su talante llorica me miró con algo parecido a la irritación. -¿Tú qué sabes, avechucho?... Todos estáis cortados por el mismo patrón... ¡La felicidad, la felicidad!... Yo también era como los demás; igual que tú, supongo, ansiaba lo que nunca había tenido, lo quería todo, satisfacer cualquiera de mis deseos por insignificante que fuera... Y pude llegar aquí, me costó esfuerzo y penalidades sin cuento alcanzar la cima de esta montaña, y, por fin, entré en el castillo... Entonces me pareció que todo ya estaba hecho y me dispuse a ser feliz... Iba a poseer cuanto había soñado en toda mi vida y empecé a pedir cosas... No quería trabajar nunca más, quería permanecer recostado entre muelles almohadones y que me pusieran la comida en la boca, no estaba dispuesto a volver a caminar en la vida, ni a sudar, ni a cansarme físicamente, así que cuando me desplazaba lo hacía llevado en palanquín al estilo árabe... Al principio todo fue delicioso, me sentía el Rey del Universo, sólo bastaba con desear lo que fuese y ya lo tenía... Hasta que finalmente, empecé a aburrirme porque mi existencia carecía de emociones y alicientes... Todo lo que quería me lo daban, y, puedes creerme, eso aburre a la larga... Piensas entonces en lo excitante que es no tener nada y soñar con ello, en lo divertido que es luchar para conseguirlo... Recuerdas con añoranza en lo profundamente que dormías cuando llegabas a tu casa después de una dura jornada de trabajo y en lo rico que te sabía el pan duro cuando no tenías nada mejor que comer... y entonces descubres que la felicidad sin fin es más agobiante que la miseria porque al infeliz aún le queda el recurso de la esperanza mientras que al que todo lo posee no le queda ninguna vía de escape que le permita alcanzar lo inalcanzable. -Con esto pretendes decirme que no eres feliz... -confirmé estupefacto. -Así es... Lo tengo todo, pero la felicidad no me hace dichoso. -¡Qué cosa tan grotesca, nunca había oído decir que la felicidad no hiciera feliz! El obeso me corrigió con aire severo: -No la felicidad, sino “toda” la felicidad. -¿No será qué has abusado de tu buena suerte, no habrás sido en exceso codicioso?... Tal vez el fallo fue tuyo y no de la felicidad. El desdichado-afortunado, qué extraño suena, ¿verdad?, berreó estentóreamente. -¡No es mi fallo, es el de todos!... Yo no he sido más codicioso que tú o que otros, simplemente he deseado tener lo que durante mi vida entera me ha sido negado y en este castillo maldito se te concede cuanto quieras, nadie se puede quejar de eso, y los que consiguen traspasar su puerta, piden y piden sin cansarse y al principio si que eres feliz, pero luego... -¿Has de pedir, entonces? -Sí, ¿vas a hacerlo tú ahora?... -exclamó el otro sobresaltándose. -¿Qué pasa si lo hago?... -pregunté con bravuconería, poniéndome en jarras. -¡Que te quedarás atrapado, el castillo es como una gigantesca ratonera, si muerdes el cebo, nunca podrás salir de aquí! ¡Alto ahí, eso no entraba en mis proyectos! |