| 5. ALETO, BERRANO Y BERTIVINO | |||
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Aún y después de decirnos adiós tuve que agradecerle el que me ayudara a bajar empujándome con un suave soplido que me hizo descender pausadamente hasta el mismo pie de montaña. Bueno, y ahí estaba yo, peregrino en busca de la Felicidad, así, con mayúscula, sin saber a ciencia cierta que es lo que me podía esperar dentro del misterioso castillo. Porque mi única felicidad consistía en regresar con los míos, pero, ¿iba a ser digno de que me fuera concedida? Como me hallaba un poco cansado y un mucho aturdido por tantas aventuras interesantes que me estaban tocando vivir, decidí tomarme un respiro bajo la copa de un árbol y sobre una ramita, antes de iniciar la ascensión que preveía fatigosa, ya que no es lo mismo bajar de las nubes a la tierra en vuelo directo, que volar del llano a la cima. Me columpié suavemente en la ramita. Soplaba una brisa agradable hermana pequeña del Gran Viento, y si no hubiera sido porque no estaba en mi mundo hubiese podido asegurar que no me encontraba nada mal allí, ya que el País del Cuadro ofrecía sus compensaciones, el paisaje era una de ellas ¡y hacía tanto tiempo que yo no me movía de mi jaulita! Creo que me adormisqué ligeramente hasta que el rumor de unas voces me despertó y entonces vi a tres hombres que procedían a sentarse bajo el árbol en donde yo reposaba. Uno de ellos iba vestido de harapos, el otro, no mejor ataviado, resultaba esquelético de tan delgado, y el tercero, el más joven, compañero de miserias, era un mozalbete pelirrojo, de cabellos cortados en redondo, en línea de flequillo sobre las orejas. Tenía la cara llena de granos, aspecto de no ser muy inteligente, y feo con avaricia. El individuo andrajoso sentóse cansino encima de una piedra mientras que el delgadísimo se dejaba caer exhausto al suelo y el chico de los granos permanecía en pie apoyando su espalda contra el tronco de un árbol. El hombre harapiento dijo con un vozarrón que se escapaba de entre las barbas desaliñadas que cubrían su rostro: -Estoy deseando llegar allá arriba y ser feliz por siempre jamás vistiendo las más lujosas ropas... Quiero vestir mejor que el alcalde, mejor que un rey, que un emperador... Quiero que todos me envidien por la calidad de los finos tejidos de oro y plata con los que se confeccionen mis ropajes suntuosos... Quiero ser poderoso, que me envidien, que me admiren, que me teman, que me adulen, que tiemblen al oír mi nombre... Quiero cada día bañarme dentro de un estanque que en lugar de agua esté lleno de monedas de oro, quiero que mis aposentos se iluminen con piedras preciosas en vez de con repugnantes velas de sebo... Quiero llevar en cada dedo un anillo de oro con un diamante, con un rubí, con una esmeralda, con un zafiro, con una amatista, quiero... El delgadísimo le interrumpió apenas con un hilo de voz, pero irritado: -Calla ya, Berrano... Tanto “quiero, quiero”... ¿Para qué sirve el oro si no se come, para qué sirven las ropas lujosas si la panza esta hueca, para qué te vas a dislocar los dedos con el peso de anillos si el único servicio que tienen que hacerte es el de agarrar la comida de los platos?... Yo sólo seré feliz si como... Quiero comer hasta reventar... Quiero comer jugosos faisanes rellenos, gansos asados, perdices, codornices, liebres, corzos, venados, cabezas de jabalí... Quiero comer ricos pasteles de frutas confitadas, de miel y de nueces, tortas de uvas y grosellas, pastel de arándanos, hojaldres recubiertos de mermelada de moras silvestres... Quiero beber los mejores vinos, engullir los más deliciosos sorbetes, quiero... Una tos convulsiva le interrumpió ya que el esfuerzo que había hecho era demasiado grande, y allí quedó de boca contra el suelo, débil y gimoteando. El mozalbete granujiento tomó la palabra entonces. -Berrano desea riquezas y tú, Bertivino comer hasta la indigestión... Yo sólo seré feliz si encuentro una linda muchacha que me ame... Quiero que se enamore de mí una hermosa doncella, pero si fuera una princesa mucho mejor, por ejemplo, la hija del dueño del castillo... De esta manera yo llegaría a ser el amo del Castillo de la Felicidad y todos me querrían porque les podría hacer felices y todos vendrían a mí y me dirían... El harapiento soltó un bufido. -¡Siempre tan soñador Aleto!... Pedir que te quieran, que se enamore de ti una bella joven, la hija del dueño del castillo precisamente -hizo una mueca burlona-. Se necesita ser tonto...¿Quién te va a querer a ti con lo feo y bobo que eres, si las mozas del pueblo te corren a pedradas en cuanto apareces?... Desde luego sería gracioso que fueses tú el que llegara a subir al castillo y consiguieras todas las necedades que pides, ¡vaya un esfuerzo malgastado! La cara del muchacho estaba tan roja como sus cabellos, debía ser tímido y se veía a las claras que el despreciativo tono de su compañero le atormentaba, pero, como tímido, prefirió no defenderse y calló. Yo veía, escuchaba y meditaba; si el de los andrajos quería ropas me parecía bien, si el hambriento deseaba comer sobre todas las cosas, me parecía bien y si el jovencito anhelaba encontrar una novia, pues me seguía pareciendo bien; cada uno tiene el derecho de pedir lo que mejor le convenga, ¿o no?, entonces, ¿por qué ellos no se ponían de acuerdo y respetaban las opiniones de los otros? Debí haber recordado una historia que contó Mamá un día acerca de tres sabios monos que no ven ni hablan ni oyen lo que no deben ver ni oír ni hablar...Sobre todo esto último no tenía que haberlo olvidado y cerrar el pico, nunca mejor dicho, a tiempo de delatarme, pero tal vez entre los periquitos la discreción no sea nuestro fuerte, así que dando un saltito hacia delante me hice notar y hablé irreflexivamente. -Yo creo que el muchacho tiene toda la razón del mundo en pedir lo que pide... Yo, como periquito azul del amor, comprendo que para él el amor sea lo primero y lo más deseable y hermoso... Los tres levantaron la cabeza con sorpresa y me descubrieron... y enseguida tuve motivos para arrepentirme por lenguaraz. -¡Un pájaro azul!... ¡Un pájaro que habla!... ¡Este animal vale una fortuna!... -Está gordito, ¡hum!, no sería un bocado despreciable. -¡Qué hermoso es, si lo atrapara se lo regalaría a cualquier bonita muchacha y ella puede que quizás me aceptara como marido! A mí las plumas se me pusieron de punta. No es nada sensato querer hacer de juez en pleitos que no sean de nuestra incumbencia. Salí volando y me coloqué en lo más alto del árbol. -¡Un momento, amigos, nadie me va a vender, comer o regalar!... Yo soy un periquito azul australiano y no un objeto ni un bocado y si hablo y si soy hermoso eso me concierne a mí y a nadie más... Y permitid que os de un consejo muy sano: dejad de pensar en vosotros por un momento y sí, un poquito, para variar, en los demás. Mas ellos no atendían a razones. El joven Aleto comenzó a trepar por el árbol, el famélico Bertivino se levantó con esfuerzo sobrehumano del suelo e inició la tarea de ir apilando lentamente ramitas, con fin de encender una hoguera, mientras el harapiento Berrano se sacaba de la manga una honda, y ya me ví yo apedreado, cazado y devorado en menos que canta un gallo, así que desplegué las alas de nuevo y salí zumbando a toda prisa sin volver la cabeza hacia atrás. En tanto me alejaba, les oí gritar: -¡Vuelve! -¡No te vayas! -¡Ven! ¡Córcholis!, cualquiera se quedaba, vaya un futuro!...
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