4. LO QUE EL VIENTO ME CONTÓ

Hubo una vez un hombre que era tan pobre, tan pobre, que como única pertenencia poseía en su casa una vieja orza de barro cocido y nada más, ni cama dónde acostarse, ni mesa en la que comer, ni silla para descansar, nada en absoluto; los pobres no tienen dinero, sólo sueños e ilusiones, esperanzas, son estos sus únicos tesoros, y él los encerraba todas las noches dentro de la vieja orza de barro cocido. Un día, transcurrieron muchos años, aquel hombre murió y puesto que no contaba con familiares, su casa quedó cerrada, y dentro, en un olvidado rincón, la orza.

Como quiera que la choza se levantase en medio de un bosque espeso y poco frecuentado, pasaron muchas primaveras y bastantes inviernos antes de que alguien acertara a deambular junto a la desvencijada cabaña. Y aún quién lo hizo no fue persona alguna sino un pequeño viento viajero que provenía de lejanas regiones y que cansado de tanto revoloteo entre las nubes había descendido a la tierra para reposar un poco y también orientarse, dado que ignoraba en que lugar se hallaba en esos precisos momentos.

Filtróse suavemente por entre las rendijas del techo ruinoso y, puesto que se encontraba muy cansado, tomó acomodo en un rincón oscuro, quedándose pronto dormido.

Al despertarse, amanecía ya y los pájaros empezaban a cantar. El pequeño viento viajero estiró sus delgados brazos transparentes con un suspiro que conmocionó a la tambaleante casita. Podía preguntarse en dónde estaba, pueblo, región, podía prepararse para reanudar su camino, pero, en lugar de hacer tales cosas, prefirió curiosear por la habitación en busca de no se sabe que excitantes aventuras, no encontrando nada fuera de las huellas de los ratones campestres, las añosas y desgarradas telarañas que se desmoronaban por los ángulos del cuarto y la orza, gris de puro polvorienta.

Nuestro viento viajero era curioso y quiso saber que había en el interior de la vasija. Con un rápido movimiento la destapó y metió su afilado rostro dentro. Al principio nada pudo ver, luego, a medida que los ojos se le fueron acostumbrando a la negrura del recipiente vio y lo que vio, amiguito, le llenó de estupor.

Vio la alegría, la felicidad, el amor, todo aquello con lo que el hombre sueña y que tan pocas veces alcanza y había tanto acumulado en la orza, que en su ingenuidad de viento elemental creyó que si el mundo era desgraciado eso se debía a que algún ladrón había escondido en la orza el bienestar de la humanidad entera. ¡Pobre viento viajero!, su buena fe era demasiado grande para ser censurada y por ello, lo que hizo a continuación no merece crítica alguna.

Cargando con la orza bajo el brazo reemprendió el vuelo. Su proyecto consistía en lo siguiente: destaparla de nuevo y que la felicidad se repartiera por el mundo en pequeños fragmentos para que de esta forma a todos alcanzara un poquito y así nadie volviera a ser desdichado. Pero sucedió que, forcejeando con objeto de abrir la orza, ésta se le escurrió de entre los dedos cayendo vertiginosamente en dirección al suelo en dónde se estrelló... ¿Puedes adivinar cuál fue el paradero final de la orza?... Ni más ni menos que un viejo castillo deshabitado que emergía en la cúspide de una colina, es decir, en el castillo que estamos sobrevolando... Y de nuevo la felicidad no se repartió por el  mundo sino que quedó prisionera entre las murallas del castillo... De ahí le viene el nombre de Castillo de la Felicidad, ya que afirma la leyenda que aquel que consiga vivir en él será por siempre feliz. Esto hace que cada año sean centenares los que suben con la esperanza de entrar... Y nunca se ha sabido que nadie lo haya conseguido porque el castillo está rodeado por espesos bosques destinados a impedir el acceso a cualquier ser humano... Muchos lo intentaron y han muerto en el empeño... De esta manera la felicidad sigue lejos del alcance de quienes la desean...

-¿Es posible que nunca, nadie, haya podido entrar en el castillo?

-Este es un secreto bien guardado y forma parte de la leyenda.

-Pero tú eres el Viento y vas por todas partes, te cuelas por los rincones, tendrías que saberlo, ¿no?

El Viento sonrió complacido.

-Muy sagaz, pequeño pájaro azul, muy sagaz, eres el primer ser de carne y hueso que me ha hecho una pregunta tan inteligente.

Sumamente halagado por el buen concepto en el que se me tenía opte por subsanar lo que era un olvido imperdonable en mí y me presenté, bien que con retraso, dado que siempre me ha gustado concretar las situaciones y llamar a las cosas por su nombre:

-Soy un periquito azul australiano... Periquito azul del amor.

-Por supuesto, querido amigo, por supuesto, conozco a los de tu especie, aunque mucha gente, en esta parte del planeta, no sepan todavía que existen, y, a propósito, ¿cómo has llegado hasta aquí?

Al Viento no se le debe mentir y además, es tal la naturaleza del Viento, que él  puede comprenderlo todo.

-Vine a través de un cuadro.

-Muy lógico... ¿Un cuadro mágico?

-Supongo que sí, de lo contrario nada de lo que estoy viviendo tendría razón de ser.

Cuando el Viento no habla de sus cosas retiene poco la atención, así que volublemente pasó de un tema al otro.

-Tú querías enterarte si yo sé de alguien que haya podido entrar en el Castillo de la Felicidad.

-¿Puedes decírmelo?

El Viento me guiñó un ojo.

-Puedo, pero no debo, forma parte de la leyenda, ¿sabes?

-¡Qué lástima, me hubiera gustado tanto saberlo!

-Nada más fácil, periquito azul australiano... Tú tienes alas y puedes conseguirlo... Tal vez juegues con ventaja si te llegas en una volada al castillo y lo inspeccionas... Es la única manera que tienes de saber si esta habitado y por quién...

Yo me quedé muy pensativo.

-Eso sería lo mismo que matar dos pájaros de un tiro (y mira que no me gusta emplear semejante ejemplo, ¡caray!), ya que si por un lado satisfago mi curiosidad por el otro tal vez logre conseguir lo único que necesito para ser feliz, alcanzar mi deseo de volver a casa junto a las personas que quiero, pero, ¿no sería eso hacer trampas? Jugaría con ventaja, tú lo has dicho.

-Periquito azul del amor -dijo solemnemente el Viento-, eres de lo mas honrado y eso me gusta. ¿Por qué no haces una cosa?, si tanto te interesa saber la verdad desciende a la ladera de la montaña en donde se levanta el castillo y comienza desde allí la ascensión, volando, puesto que tienes alas para desplazarte, así nadie te podrá reprochar que hayas subido por el camino más fácil si lo haces por tus propios medios.

Me despedí muy reconocido del amable Viento, disponiéndome a seguir su consejo, pero antes de alejarme le expuse una duda que me atormentaba desde hacia bastante rato:

-¿Volverán las gentes a creer en la Hadas?, porque tal como el mundo está hoy, en plan de derribo total, destruyéndolo  todo, cargándose los bosques y las selvas, la verdad, lo veo un poco difícil... Pronto no quedará ni un triste matojo en dónde las hadas puedan ocultarse.

-Sí, volverán, en realidad las gentes jamás dejaron de creer... -repuso el Viento pensativo- Sólo las olvidaron momentáneamente, o, mejor dicho, se distrajeron con otras cosas... Ahora, ellas lo saben y por eso esperan pacientes la llamada... Cuando ésta tenga lugar, y no te quepa duda de que sucederá, la larga espera habrá concluido.

Sentí como si me hubieran quitado un gran peso de encima.

-Gracias, Viento amigo, y otra vez adiós...

-¡Adiós, adiós...!

Continuará...

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