3. FALENA (3)

-¡No, no, hada Falena -exclamé arrepentido por la metedura de pata a lo siglo XX que había estado a punto de cometer-, todos sabemos que existen las Hadas, hay cuentos que hablan de vosotras e incluso muchas niñas dicen haberos visto, y no es eso todo, hasta os han fotografiado...! -y mentí piadosamente- Cerca de donde yo vivo, en el bosque, existen montones de espinos y montones de árboles de los que hablas, avellanos y tal... O sea que estamos rodeados de Hadas, lo que pasa es que permanecemos ciegos, tanto, que no las sabemos ver... ¡Seguro que cuando yo vuelva a casa me encuentro con cientos y cientos de Hadas...!

Falena, que había vuelto a hundir el rostro entre las blancas manecitas, asomó sus impresionantes ojazos sobre la punta de los dedos.

-¿Es cierto eso, no me engañas?

Muy serio respondí:

-No, no te engaño, yo siempre he sabido que existían las Hadas pero lo que pasa es que hasta este momento no había tenido la suerte de encontrarme a una.

Con desaliento, Falena cruzó las manos sobre el regazo.

-No es tan difícil, basta con desearlo.

¿Cómo explicarle a un Hada que en el Mundo Real no es suficiente con desear las cosas?

-Tal vez muchos no sepamos hacerlo bien, pero los que lo consiguen seguro que las pueden ver.

La triste carita de Falena se animó con una sonrisa.

-¿Tú crees?...

-¡Estoy convencido!

Falena disimuló un bostezo.

-Tengo mucho sueño -dijo.

Y el Viento:

-Duerme, Falena...

El Viento extendió sus brazos recogiendo amorosamente el cuerpo de Falena, que arrulló cual si de un bebé se tratara.

-Duerme, Falena, duerme...

Y suavemente, cuidadoso de no arrugar los tules y las gasas de su vaporosa túnica, entró con ella en la casa depositándola con infinita delicadeza sobre su camita, luego salimos, andando de puntillas, y él cerró la puerta sin hacer ruido.

-Siento haber preocupado al hada... -dije contrito.

-No te entristezcas... Volveré a colocar a la Luna en su sitio y de nuevo será de día y cuando llegue la noche de verdad, Falena despertará creyendo que todo ha sido un sueño... y si me pregunta yo no la voy a contradecir, ¿sabes?

-Cuando vuelva a casa intentaré encontrar a las Hadas, se lo debo a Falena.

-Las Hadas dejan sus huellas en el Mundo Real, amiguito, bailan en corro sobre los campos de trigo componiendo extraños dibujos y esconden su residencia dentro de las colinas huecas... Elige cualquier noche de Luna llena y da nueve vueltas en torno de una colina, verás como entonces se abre para ti una puerta mágica que te conducirá a su interior.

Batí las alas alegremente.

-¡Lo haré, lo haré!

-Anda, súbete a mi hombro y agárrate fuerte que vamos a poner las cosas en su sitio.

Y sopló el Viento y soplé yo por simpatía y a poco otra vez brilló el Sol y ambos surcábamos de nuevo las alturas.

Estuvimos volando largo rato en silencio, roto al fin por mí.

-No me extraña, Viento, que conozcas tantas historias, buena escuela tienes al ir de un lado a otro constantemente.

El Viento se esponjó de satisfacción.

-Eso sucede con los viajeros impenitentes... Viajar educa mucho, no creas, bueno, me imagino que si que te lo crees... y yo que llevo siglos dando vueltas por ahí, imagínate si sé de cosas... Por ejemplo, ¿ves ese altivo castillo lleno de torreones y murallas que se levanta sobre la cumbre de aquella montaña tan inaccesible? -se veía-, pues es el Castillo de la Felicidad...

-¿El Castillo de la Felicidad?... ¿Eso quiere decir que allí abajo todo el mundo es feliz?

-Tales rumores circulan, en efecto... ¿Te gustaría que te contase el cómo y el por qué se llama y se le conoce como el Castillo de la Felicidad?

El Viento rebosaba ganas de explicar la historia y hubiese sido maleducado por mi parte no escucharle, de todas formas me moría de ganas de saberla, así que dejándome llevar por las poderosas alas del Viento, sobre cuyo hombro estaba encantado, me dispuse a atender y no me arrepentí, ya que el Viento es un gran narrador.

 

Continuará...

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