3. FALENA (2)

Planeábamos sobre una ciudad resplandeciente. Las paredes de sus casas eran blancas, en contraste, los tejados componían un arco iris de colores bermellón, azul cobalto, verde esmeralda, amarillo girasol, siendo sus tejas pedazos multicolores de mosaico en algunos mientras que en otros los techos ostentaban las monocolor. Sobresalían airosas chimeneas también blancas, rematadas en forma de caperuza de enanito o sombrero alto de reina de cuento, esos que semejan cucuruchos de helado, y algunas mostraban igualmente dibujos hechos a base de fragmentos de mosaico.

Las calles estaban empedradas en tonos lavanda y el efecto óptico resultante sugería lo que en verdad se admiraba o sea, un espectáculo increíble. Las ventanas y las puertas de las casas conjugaban la sencillez rústica de los listones de madera, con la más fantástica arquitectura que imaginar se pueda. Ventanas redondas, ventanas rizadas, balconcillos que parecían antifaces, ornamentación que recordaba las alas de las mariposas. Ventanas con vidrieras que eran mundos de ensueño poblados de flores y de paisajes, ventanas protegidas por filigranas de hierro forjado que evocaban, y no sé por qué, a los míticos dragones. (Una garra encogida, el borde membranoso de un ala, las erizadas crestas de los lomos, las escamas, los colmillos...)

En otras, sencillamente, recordaban bordados hechos a base de hojas secas prendidas en la urdimbre de una telaraña.

Por doquiera se erguían pabellones y glorietas en medio de grandes jardines o pequeños parques centrados en las plazas como los espacios verdes de tan feérica ciudad, la cual, por otro lado se hallaba desierta. Sin embargo no ofrecía el aspecto de sucia o abandonada, ya que relucía de puro limpia sin dar muestras de ruina por ningún sitio.

-¿Adónde se han ido las Hadas?... Dijiste que sólo queda una...

-No te preocupes que la conocerás.

-¡Qué guay, únicamente las he visto en los cuentos!

-La verás, la verás, pero el problema estriba en que Falena duerme de día y sale de noche y yo no me puedo detener tanto tiempo; son muchos los que necesitan de mi presencia.

A mí me sucedía lo mismo, deseaba regresar cuanto antes a casa ya que estaba seguro de que mis amos me añoraban igual que yo a ellos, por lo tanto no podía entretenerme esperando a que viniera la noche.

-¿Cómo lo haremos?

-No te entristezcas, amiguito, el Viento siempre cumple lo que promete... -exclamó con su voz sonora- ¿Has oído hablar de los eclipses?

No me dio tiempo a responder que sí, (hasta los había visto por la tele), ya que él sopló con fuerza en dirección al firmamento y arrancando a la luna de su órbita, la colocó delante del sol en menos tiempo del que empleo yo en contarlo y se hizo la noche, una noche muy oscura en la que brillaban las estrellas. El Viento, entonces, descendió con suavidad, y yo con él, hasta posarse sobre un alero y, alargando extraordinariamente el brazo, golpeó con los nudillos en la puerta de una casa tan blanca y limpia como las demás.  Esta tenía un alegre zócalo rojo y puerta y ventanas mostraban una orla azul celeste. Un gracioso farol que pendía sobre la entrada, y era la residencia de varias luciérnagas, se empezó a iluminar.

Soñolienta, una vocecita respondió desde el interior:

-¿Quién es?...

-Falena, ábreme, soy el Viento...

Se percibieron unos ruiditos dentro y a poco se abría la puerta de la entrada dando paso a la más extraordinaria criatura que pudieran ver los ojos de nadie, humano o no.

-¡Oh, que día tan corto! -se quejó Falena desperezándose.

Yo la contemplaba pico abierto por la admiración. Parecía imposible que algo tan bello y tan irreal pudiese existir en cualquier universo. Falena era transparente y brillante, como si estuviera hecha de polvo de cristal o de polen luminoso, sus alas semejaban las de una libélula y sus cabellos, de suave color lila plateado, daban la sensación de flotar según se afirma que lo hacen los cabellos de las sirenas dentro del agua... En cuanto a sus ojos, ¡ah, sus ojos!, parecían de gato... Pero, ¿qué tontería acabo de decir?, ¿cómo de gato?, ¿de qué gato?... Sus ojos eran grandes, inmensos, con la forma típica de los ojos de los Duendes, de los Elfos, de las Hadas, no de los gatos... ¡Vaya una simpleza se me había ocurrido!

Continúo.

Sus ojos resultaban enormes y el color era de un traslúcido amatista, incomparables... En realidad toda ella se veía fantástica, hecha de luz, como de nácar transparente, no sé, algo que no se puede describir de una manera lógica. Era luminosa recordando la blancura de la luna y al mismo tiempo era como una gradación de azules combinados que tenía que ser vista para poder apreciarla en su entera y desconcertante belleza... Porque el violeta no es azul y en los labios de Falena mostraba tonalidades azuladas.

¿Y su fragancia?... Falena olía a campo después de la lluvia, a dondiegos, como los que Papá, Mamá y la Niña cultivaban en el jardín de casa.

El Viento dijo amablemente:

-No ha sido un día corto Falena, apenas comenzaste a dormir y ya te he despertado.

-Pero es de noche...

-Sí, ahora es de noche... y... Y muy largo de explicar -el Viento comenzaba a impacientarse-. Bien, Falena, te he traído a un amigo que deseaba conocerte.

Yo me adelanté temblando de emoción, e hice una gentil reverencia.

La damita en azul sonrió tiernamente y puedo aseguraros que ver sonreír a un hada constituye un espectáculo inolvidable.

-Bienvenido, ¿así qué eras tú quién quería verme?

-Preciosa hada -balbuceé-, jamás había visto a nadie que se te pueda igualar y el Viento ha sido tan comprensivo que no ha permitido que me alejara de esta ciudad maravillosa sin haberte presentado mis respetos.

El hada extendió su mano invitándome a que me posara en ella.

-Yo tampoco había visto un pájaro semejante, ¿de dónde vienes?

Iba a decírselo, pero el Viento se me anticipó.

-De muy lejos -dijo-, del Mundo Real...

(¿Cómo lo sabía él?)

El hada tuvo un estremecimiento.

-¿Vienes del Mundo Real y dices que nunca has visto Hadas?

Falena pareció asustarse, y yo, sin saber la causa, empecé a contagiarme. Miré al Viento en demanda de ayuda, pero el Viento no respondió.

-No, nunca las he visto.

Falena se desmoronó cayendo sentada sobre el cáliz de una margarita gigante que le hacia las veces de banco junto a la entrada de la puerta de su casa.

-¡Oh, eso que dices es terrible, muy, muy terrible!... ¿Aseguras que no has visto a las Hadas?, ¿cómo puede ser eso, si las Hadas se fueron al Mundo Real hace siglos y con ellas los Duendes, los Elfos, los Silfos?... Desde entonces yo guardo este reino, conservándolo para cuando todos regresen... Y tu llegas y me dices que no las has visto... ¿Es que ya no hay avellanos, endrinos, sauces, robles, alisos, abedules, fresnos y encinas en el Mundo Real? En su vecindad moran las Hadas, ¿y los espinos?... Siempre que veas un espino allí cerca hay un hada...

Yo estaba aturdido.

-Pero...

Falena, muy agitada, me interrumpió:

-¡Naturalmente son invisibles, sin embargo están!... ¡Tienen que estar!... ¿De qué otra manera podría ser sino?... Ellas marcharon al Mundo Real para hacer el bien y ayudaros porque estabais muy necesitados de su intervención... ¿Acaso no nos buscabais?... Héroes o villanos, todos soñaban con nuestras islas y muchos se embarcaban en la incierta aventura de encontrarnos mar adentro...    -parecía desesperada- ¿“Realmente” nunca has visto a un hada?...

Quise desdramatizar la situación con alguna ingeniosa agudeza y solté esta tontería:

-Hadas no he visto, pero alguna que otra brujita peluda, eso sí...

Falena rompió en sollozos y tuve que volar a su hombro porque el hada se llevó ambas manos a la cara y en una me posaba yo y en la otra sostenía su varita mágica que al suelo se fue entre un suave chisporroteo plateado.

-¿De qué ha servido, entonces, el que emigraran, de que ha servido el que durante siglos y siglos yo haya permanecido aquí sola guardando el Reino del Otro Mundo, sin más compañía que la de mi propia sombra?... Tú no las has visto y si no las has visto esto significa que ellas no revelan su presencia y si no lo hacen así es porque nadie las acepta y si no las aceptan... es que nadie cree en nosotras y por tanto, hemos fracasado en nuestra misión... Entonces, ¿por qué no regresan?, ¿a qué esperan?...

Atribulada, lanzó en derredor suyo una mirada de angustia que pedía ayuda. Era tan frágil, se la advertía tan vulnerable y desamparada que daba mucha pena.

-¡Es horrible lo que pienso!... Si los humanos no nos necesitan es por que han dejado de creer en nosotras... ¡NO CREEN EN NOSOTRAS!... Eso sólo quiere decir que todas han muerto, que ya no hay Hadas, ni imaginación, ni poesía ni belleza, ni tan siquiera esperanza en un mundo mejor... Ya nunca más la Dama Verde se abrazará, convertida en hiedra, a las ruinosas murallas de los castillos legendarios, ni la Befana traerá regalos a los niños por Navidad, ni el hada Abonde procurará abundancia a los desheredados ni el hada Benshie protegerá amorosamente la unidad de las familias, ni Leannan, musa de poetas, será de nuevo la madrina de algún bardo destinado a la inmortalidad... ¿Quién, entonces, va a poblar de sueños las huecas noches de los habitantes del Mundo Real?...

Yo estuve a punto de soltar que para eso existía la Tele, pero cerré el pico a tiempo.

Continuará...

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