1. EL GATO CON GAFAS (1)

EL GATO CON GAFAS te presenta a los personajes en los que se inspiró:

 
 

Esta historia que voy a contaros es un poco rara, pero como me ha sucedido a mí puedo asegurar que es cierta, y si tú no te lo crees, peor para ti, ese será tu problema, no el mío, ¿vale?

Ante todo debo presentarme: yo soy un periquito azul y la procedencia  de los de mi raza, especie o variedad ( no pienso discutir por ello ahora ), es australiana, de lo que me siento muy orgulloso aunque mis antepasados hayan nacido en Europa desde hace  generaciones.

Si he de ser fiel a la verdad, he de reconocer que no existen genuinos periquitos azules y que los de nuestro color somos el resultado de laboriosos cruces entre periquitos a los que les falta el pigmento amarillo en el plumaje, de lo cual se deduce que no son verdes, y siendo pálidamente azules, si se les cruza con periquitos malva, la descendencia posee un bello color cobalto, que es el que yo luzco.

Pero, salta la pregunta, ¿existen distinciones entre un periquito azul a secas y uno azul cobalto?... ¡Naturalmente! Al periquito cobalto se le conoce como “Love bird” o pájaro del amor dado que en 1925 un príncipe japonés de viaje por Inglaterra lo ve y se lo regala a su futura esposa en prenda de amor, de ahí que desde entonces se nos haya rebautizado de tal manera. Bonito, ¿verdad?

Claro que no es cuestión de hablar de mis orígenes por muy románticos o exóticos que éstos puedan ser -sin embargo me felicito por ello ya que soy un periquito muy consciente de mi linaje-.

Prosigo.

 

En el momento de mi aventura, sorprendente, inconcebible -desde luego-, maravillosa...

( ¿O sería mejor decir “hasta el momento de mi aventura”? Quizá sí).

Hasta el momento, etc., yo vivía en una casa, que era la de mis amos, y por supuesto, dentro de mi jaula, una preciosa residencia circular, dorada , con columpio y todo.

Mis amos, un padre, una madre y una hija pequeña, no constituyen lo que se dice una familia muy normal ya que el padre es pintor y se pasa el día entero pintando cuadros que luego vende a través de exposiciones a las que va mucha gente, la madre escribe libros para niños, cuentos y cosas así y la hija estudia música.

En un ambiente tan refinado cualquier periquito azul del amor encaja a las mil maravillas y si no es holgazán puede incluso aprender mucho y bien, ya que los periquitos somos de natural curiosos e inteligentes y solemos disponer de bastante tiempo. Por tal motivo es preciso que declare sin ninguna falsa modestia, que he ganado en cultura desde que empecé a vivir con mis amos -bueno amos, en realidad amigos más que amos-, y si bien no pinto, escribo o toco el piano, soy bastante cultivado y sé como expresarme si el momento llega, que ya ha llegado, claro, aunque a fuer de sincero debo confesar que también se me pegan jergas televisivas de concursos y modismos de telefilms, por lo que no resulta extraño que a veces salte de un estilo impecable que me enorgullece a otro barriobajero y popular, aviso. Nadie es perfecto, y, reconozco, lo que no me gusta es que los demás saquen a relucir pequeños deslices no tan graves como para ser criticados... Bueno, en fin, ya estamos en donde teníamos que estar, en ese punto negro del que todos quisiéramos olvidarnos muchas veces a lo largo de nuestras vidas... Hemos llegado a Lilí.

¡Uf!, hay que reconocer que se me erizan las plumas al mencionar su nombre, y tal vez lo entendáis mejor si os revelo que Lilí es un gato, una gatita blanca y parda que también vive con nosotros, ¿comprendéis ya?

 

 ¡Mira que traer un gato a casa!... Yo, la verdad, estaba más que a gusto con Papá, Mamá y la Niña, porque los tres me querían y me mimaban, hasta que un malhadado día, la Niña vino del colegio llevando en sus manos a un gatito recién nacido que había encontrado abandonado en la calle junto a un sumidero de cloaca.

¡Córcholis, no queráis saber la que se armó con el acontecimiento!...

 ¡Qué si pobre gatito bebé, que si  hay que cuidarle, que si...!. Vaya, la tira de tonterías respecto de ese bichejo peludo y minúsculo que falto del más leve sentido musical sólo sabía hacer Miiiiii, Miiiiii, como si tal cosa fuera muy importante...

 (¡Alto, no penséis ahora que soy un desalmado, pero me carga cantidad que habiendo mogollón de tiendas de animalitos, tenga que adoptarse, en el hogar de un periquito, a un gato!)

 Lilí había entrado en nuestras, hasta el momento, plácidas existencias y puedo afirmar que ya nada fue igual después. Naturalmente fui el primero que se dio cuenta de como iba a escribirse la historia a partir de aquella fecha y agregaré que mi intuición no me falló en absoluto, pues la maulladora Lilí convirtióse en el centro de atención de mi familia y nada había en la casa que no tuviera prioridad fuera del bienestar de tan preciado cachorrito, aunque por ello hubiésemos de fastidiarnos los residentes más antiguos, yo, por ejemplo.

 Opinaron que mis parloteos podían alterar el sueño de Lilí y fui trasladado del cuarto de estar al mirador. Si bien salí ganando con el cambio -he olvidado decir que vivíamos en una casa en el campo situada en las afueras de un pequeño pueblo-, ya que podía ver mejor el jardín, mucho más cielo azul y los verdes montes lejanos, me disgustó sobremanera el tener que variar mi entorno habitual sólo porque el gatito de marras tenía que dormir sin interrupción y sin ser molestado, cientos y cientos de horas al parecer... Bueno, no eran cientos pero si muchas, demasiadas horas... ¡Caray!, que no se tenía en cuenta que cuando ella despertaba todos íbamos a toque de corneta y allí no paraba nadie.

 

Continuará...

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