| IV CAPÍTULO | |||
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Brannan el héroe hizo una pausa en su relato, y bebió de una copa de plata que extrajo de sus alforjas de viajero –copa que encerraba la virtud de no agotar nunca su fondo- comentando poco después: -¿Querréis creer, que hasta ese momento, ni Eliande ni yo, habíamos llegado a pensar en lo que acababa de decir el anciano rey Midir?... Se nos antojaba, que porque nos amábamos no existía más que el momento presente, ni ayer ni mañana, sólo hoy, y Midir nos desvelaba el futuro, un futuro cierto y temible. Eliande y yo nos miramos angustiados sin saber que replicar, y en ese preciso instante habló el rey Finvanna, hombre no tan viejo como Midir, sino de mediana edad o lo que entre los humanos se supone por tal. Finvanna mostraba el ceño fruncido y su humor se reflejaba en el. -Las sabias palabras del viejo rey Midir, tiran de una parte del velo, ya que los obstáculos que se oponen a esta incierta boda no han terminado... Mientras viváis juntos, habida cuenta de que tú eres mortal y Eliande no, ¿sabrías comportarte con la conducta debida a un miembro del Reino de las Hadas? Precedente tenemos con nuestros hermanos escoceses, la llamada Gente de Paz, que viven en La Tierra Media, y sus enlaces con simples mortales, o bien con nuestros otros parientes, los el País de Gales, cuyas hadas del agua, las Gwragedd Annwn, gustan de elegir marido entre los humanos con resultados desastrosos; un hada es un ser en extremo delicado para convivir con un mortal, ya que un grito de éste, una reprimenda, incluso un golpe, dado con mala fe o sin ella, pueden romper la unión causando mil quebrantos, sobre todo si han nacido hijos... No es prudente que se deba mezclar el mundo de las hadas con el mundo real... Palabras en verdad juiciosas las del rey Finvanna que hicieron que nuestras esperanzas comenzaran a flaquear, mas hete aquí que cuando la hermosa Eliande y yo nos veíamos derrotados sin ni siquiera haber tenido tiempo de luchar por nuestro sueño, para abundar en semejante tribulación intervino el mago Loegaire, quien enamorado secretamente del hada, circunstancia que ella ignoraba, declaró con energía que Eliande no podía casarse con ningún hijo de hombres porque eso contribuiría a debilitar al pueblo de los Daoine Sidhe, haciendo que a la larga sus cualidades mágicas desaparecieran, cosa que no podía ser permitida por el bien de ambos mundos... Travieso, que era la segunda vez que escuchaba todo aquello, quiso animar el relato con una de sus salidas y exclamó, interrumpiendo: -¡Lo que faltaba para el duro! El Caballero Macilento le reconvino, avinagrado el acento: -¡Callad malandrín y no cortéis con vuestros comentarios soeces el hilo de tan intrigante historia! Brannan sonrió indulgente. -Disculpado queda el muchacho, noble caballero, es muy joven y está en la edad de maravillarse por todo, aunque la aventura que relato no es de las acostumbradas, preciso es que lo reconozcamos. -Héroe legendario, os ruego que prosigáis. Barannan no se hizo de rogar. -Entonces, el viejo rey Midir, que parecía estar dormitando en el sitial, con la autoridad que su rango le concedía, pues era rey ante el cual los reyes enmudecen, tomó parte en lo que se insinuaba como una interminable polémica, decidido a zanjarla. -Hemos escuchado a todas las partes y puesto que la solución no parece venir del sabio razonamiento, dispongo que el héroe Brannan marche a realizar tres hazañas comprometidas: la primera, que capture al Toro Oscuro y lo conduzca, manso cual un dócil corderillo, hasta esta corte. La segunda, que le quite al herrero Cailte la espada que está forjando para el Gigante Llyr, y la tercera que traiga la cuba de cerveza siempre fría e inagotable, del país de los Fomoré. Si consigue salir vencedor en las tres pruebas, le será concedida la mano del hada Eliande. Huelga decir que la solución pareció agradar a todos los presentes –incluyéndome a mí ya que de heroicidades se trataba-, a todos menos a Eliande, quien como entidad perteneciente al reino de los Daoine Sidhe, no ignoraba cuán terriblemente difíciles eran aquellas pruebas, ya que en las tres, más que valor, fuerza y destreza, había que emplearse la astucia y el ingenio, un ingenio que podía rayar hasta en la doblez si era menester, y Eliande sabedora de la pureza de mis ideales y de mi incapacidad para utilizar la mentira o la falsedad en el desempeño de cualquier misión, tembló de... -¿Qué es eso? –dijo bruscamente Travieso cortando en seco la perorata del héroe, cosa que por cierto, le sentó bastante mal al narrador y le valió al muchacho una airada mirada de repulsa del Caballero Macilento. -¡Mas os vale que “eso” a lo que os referís en vuestra jerga singular, pajecillo, sea en verdad trascendente, porque de lo contrario zurraros habré cual si de un villano marmitón os tratarais! Travieso ni le oyó, distraído con algo que acababa de vislumbrar escurriéndose entre los árboles más cercanos. A él le dio la impresión de que se trataba de un pájaro negro que revoloteaba silenciosamente por la fronda del bosque que envolvía el lago, pero no estaba seguro. -Allí –musitó mientras apuntaba con la mano en una dirección imprecisa. El Caballero Macilento se encogió de hombros despectivamente. -¡Bah, tan sólo es un cuervo!... El más insignificante suceso os llena de pasmo, pajecillo. -¿Cuervo? –repitió como un eco Brannan el héroe, al que sacudiera un inesperado estremecimiento, y como era campeón valeroso no vamos a creer que fuese el miedo lo que le hiciera temblar. -No sé si es un cuervo –porfió Travieso, ya que en vida jamás había visto a uno de ellos-. Para mí que es un pajarraco extraño. -¡Pajarraco! –escandalizose el Caballero Macilento contemplando con reprobación al muchacho. -Un cuervo –volvió a decir Brannan, pensativo esta vez. -¡Sí, un cuervo! –afirmó con innecesaria energía Macilento, como si el hecho de poner en tela de juicio su opinión, fuese una grave afrenta que hubiera de ser lavada en el campo del honor. .Si fuese un cuervo... –empezó a decir Brannan, dejando a medias la frase. -¿Por qué no ha de serlo? -preguntó molesto el Caballero Macilento y esto dio pie a que los tres se enzarzaran en una contienda verbal de dimes y diretes que les llevó mucho tiempo y energía, “que si es, que si no es”, por tanto ahí los dejamos por unos capítulos y yo retomo el hilo de la historia -que para eso soy quien la transcribe-, mientras la discusión junto al lago, en la tierra de nadie, prosigue.
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