| III CAPÍTULO (2) | |||
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Permitidme que al arribar a este punto remonte muy hacia atrás en el tiempo y os explique particularidades que puede ser que ignoréis y que ahora es aconsejable relataros. Los hechos que aquí se narran, me refiero a Brannan el héroe y a Eliande, tuvieron lugar en la época en la cual vivían los Daoine Sidhe, a los que todavía no se les llamaba “los bien nacidos”, “la buena gente”, “la gente de ese pueblo”, porque no se habían convertido aún en leyenda que inspirase supersticiosos temores. Ellos, los Daoine Sidhe, eran en aquellas fechas, el pueblo mágico de Irlanda, o, por decirlo en otras palabras, unos de sus primitivos habitantes, descendientes de los Tuatha de Dananann, de quienes os hablaré en mejor ocasión, cuando dispongamos de más tiempo Los Daoine Sidhe vivían en peregrinos lugares tales como el interior de las colinas, que podían transformar a su antojo en maravillosos palacios, o bien en el fondo de los lagos del mar, en ciudades cristalinas e inaccesibles para los humanos. Los Daoine Sidhe eran altos y hermosos, iban siempre ricamente ataviados y pasaban su existencia en medio de fiestas, torneos, cacerías y batallas incruentas, en las que lo único que contaba era el despliegue de la estrategia más que la lucha en sí, y ganar, el trofeo final del juego, siendo una de las cosas que más les gustaba hacer, el organizar vistosas cabalgatas en las que sus caballos, de raza inigualable, lucían herraduras de plata y bridas de cuero dorado. Pero, además de todo esto a los Daoine Sidhe se les conocía por otras habilidades, no en balde se les denominaba “el pueblo mágico”, y así, si ellos eran magos, sus mujeres ostentaban con gracia y por derecho, un título que, a lo largo de nuestra infancia, todos hemos oído mencionar más e una vez: el de hada. La morada de Eliande, por tanto, era completamente mágica, y se podía mostrar de muchas formas diferentes, aun cuando sólo tuviera una, la auténtica, porque las otras sólo eran disfraces bajo cuya apariencia se camuflaba: granja de campesinos, bosquecillo de avellanos, setos de espinos, castillo ruinoso; el verdadero hogar del hada era, ¿lo habéis adivinado ya?, una colina cubierta de verde hierba y salpicada de flores silvestres, una colina hueca que, en realidad era un palacio encantado, pero, como tal, no podía ser visto más que por los ojos de los Daoine Sidhe, ya que los simples mortales no contemplaban otra cosa que no fuera una suave loma verde. Y a semejante lugar, desapercibido para el hombre, llevó Eliande al héroe Brannan, con la intención de curar sus heridas y devolverle la salud, quien, al abrir los párpados y ver delante de él tan lindo rostro, blanco como la nieve de las montañas, de rojos labios, profundos y sesgados ojos verdes, todo aureolado por una flotante cabellera de intenso color negro-azulado sedoso y brillante –no olvidemos que el reino de los Daoine Sidhe se hallaba enclavado en Irlanda-, creyó que ya había muerto y estaba en el Otro Mundo, ese gobernado por el rey Oenghus y que atiende su corte de hermosas doncellas. Pensó que desvariaba mas enseguida el hada le devolvió a la realidad con sus palabras. Al principio hablaron poco, luego, a medida que fueron transcurriendo los días, cada vez más, y después, estando ya Brannan fuera de peligro por completo y dispuesto a reemprender su vida aventurera, se dieron cuenta cierta mañana que iba a ser muy triste no volverse a ver ni conversar tan a menudo como hasta aquel momento habían hecho, entonces comprendieron que estaban enamorados el uno del otro y decidieron casarse, para lo cual, antes tenían que pedir su consentimiento a Finvanna, el soberano que regía los destinos del pueblo mágico, ya que es muy difícil que un mortal despose a un hada, por no decir imposible en muchos casos. Eliande lo sabía perfectamente, pero no se arredró, era un hada y además estaba enamorada del apuesto Brannan, no había pues obstáculo que no se atreviese a desafiar para conseguir sus propósitos, de tal suerte, lo primero que hizo fue renunciar a los sortilegios propios –hubiese sido jugar con ventaja y ello está penado entre los Daoine Sidhe-, y recurrió al ingenio. Lo primero que hizo, entonces, fue solicitar que se reuniese el Consejo, exponer el caso, y rogar que fueran benevolentes con su petición. Se reunió la asamblea en el palacio del rey Finvanna, en la colina de Knockma, presidiéndola en lugar de honor el triplemente anciano Midir, que fuera rey más de dos mil años ha en el país de las hadas. Branan y Eliande se presentaron vestidos con túnicas blancas y coronados de muérdago para demostrar la pureza de sus corazones. Habló primeramente él y expuso el deseo que tenían de contraer matrimonio si el Consejo permitía tal boda. Eliande tomó acto seguido la palabra, rogando humildemente que fuese aceptada aquella petición, y guardó respetuoso silencio bajando la vista con modestia, a la espera del dictamen. Todos volvieron los ojos hacia el rey Midir y éste tomó la palabra haciendo unas reflexiones llenas de sabiduría, que fueron escuchadas sin ser interrumpidas por nadie. -Hada Eliande, héroe Brannan –dijo Midir-, hace ya muchas centurias que dejé atrás la amable primavera de la vida y hoy a duras penas recuerdo las urgencias y los deseos de la despreocupada juventud, pues no cantan para mí en la enramada las aves de canora voz e incluso la alegría del naciente sol hiere mis cansadas pupilas, amigas más de la penumbra del subsuelo en donde escucho crecer a las plantas, que no de los infinitos espacios, morada eterna de los dioses. Soy viejo, casi ciego, vuestra petición, pues, llega a mí apagada a través de mil vidas, demasiado lejana para que pueda recordarla haciéndola mía... Mas debo ser justo y atender vuestras palabras... Jóvenes sois y os amáis, tenéis derecho, queréis que ese amor sea bendecido con el lazo de la sagrada unión, tenéis derecho... Pero tú, Eliande, hija de la estirpe de los Daoine Sidhe, y tú, Brannan, el héroe invencible, honra de los de tu raza, ¿no habéis llegado a comprender todavía como un hada no puede casarse con un humano mortal?... Pues tu vida sobre la tierra es corta, Brannan, y Eliande, que nació antes de que lo hiciera el abuelo del abuelo del abuelo de tu abuelo, Brannan, seguirá joven y hermosa cuando tú llegues a anciano, y tú morirás, Brannan y tus huesos se verán convertidos en polvo y Eliande continuará siendo joven y hermosa... y estará sola, arrastrando el recuerdo de ese amor tan breve como perdido... Un recuerdo muy bello, sí, y muy triste también... Pensadlo; ¿es menester que os condenéis a semejante destino poseedor de una felicidad que acabará trocándose en melancolía?
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