III CAPÍTULO (1)

-Yo soy un héroe –así comenzó Brannan el relato de su vida, pero humano, hijo de los hombres y he vivido mil aventuras, a cual más extraordinaria, o, tal vez creyera haberlas vivido hasta que en mi camino los dioses pusieron a Eliande...

-¿Eliande, vuestra dama? –interrumpió el Caballero Macilento con avidez.

-Sí, Eliande... El hada Eliande.

-¿Un hada? –volvió a interrumpir, sin darse cuenta, el Caballero Macilento.

-Un hada, sí, la más preciosa de las hadas, y de la que soy el feliz marido... o lo era, hasta hace un tiempo.

-¿Qué fue lo que aconteció? –tornó a meter baza el Caballero Macilento, incorregible.

-Déjame que te cuente en que circunstancias conocí a Eliande, porque sin ese comienzo es imposible llegar al final de mi historia.

-Os escucho, héroe Brannan –dijo muy serio el Caballero Macilento-, os escucho y empeño mi palabra en que no volveré a interrumpiros, y si de tal suerte fuera, licencia os otorgo para que me cortéis las orejas.

-¡Hombre, no te pases, Macilento! –exclamó Travieso, moviendo la cabeza como aquel que dice: “sin desbarrar, tío”.

Brannan miró a Travieso.

-Nunca lo haré –aseguró con decisión.

-¡Así se habla, macho!

Brannan observó a Travieso con curiosidad.

-Usas un extraño lenguaje.

El Caballero Macilento suspiró resignado.

-Es lo que yo digo...

El héroe, algo perplejo ante lo que no acababa de asimilar, prosiguió su relato, y he aquí lo que Brannan relató más o menos con estas palabras –el “más o menos” viene a cuento de que el amanuense soy yo, que no pertenezco ni al Otro Mundo todavía, ni soy un personaje de leyenda-:

El trabajo de un héroe legendario es bastante arduo casi siempre, se ha de ir de un lado para otro realizando proezas sobrehumanas, recibiendo más golpes que no caricias, cuando no recriminaciones e insultos en lugar de alabanzas ya que la condición del ser humano dista mucho de ser agradecida, y cuántos hay que salvados de un  peligro se vuelven contra su benefactor, como en el caso de El flautista de Hammelin, por citar un ejemplo bastante conocido.

Brannan, en su papel de héroe en activo, no cesaba de faenar sin darse un tiempo de respiro ya que esa era su profesión: ogros, brujas, trasgos, dragones y otras entidades no menos virulentas, iban cayendo rendidas a su valor invicto tal y como debía ser, entonces, en cierta ocasión, y hablando de dragones, cierto día, inesperadamente, se presentó en una de las tantas comarcas que formaban parte de su área laboral, el dragón Eochaid, espantable monstruo de cuerpo de serpiente, alas de murciélago y largo aguijón en el extremo de la cola. Su fétido aliento abrazaba todo aquello que le era próximo, quemando así prados, bosques y aldeas enteras con sus moradores, si éstos no lograban escapar a tiempo. Eochaid era un malvado dragón y huelga decir que disfrutaba muchísimo realizando tales tropelías a las que nadie atrevíase a poner freno, hasta que, y para malaventura suya, de los hechos se enteró Brannan el héroe, quien, sin un momento de duda, marchó a la búsqueda del dragón dispuesto a castigar sus desmanes.

El encuentro fue épico y la lucha duró tres jornadas sin que ninguno de los contendientes ofreciese la menor tregua; al final Brannan mató al dragón asestándole un golpe mortal justo en el punto débil que poseen todos los dragones en la décimoséptima vértebra de su larga espina dorsal, y Eochaid cayó al suelo con todo su peso -que no era poco-, y gran estruendo, formando un inconmensurable agujero que más tarde, al irse llenando con el agua de las lluvias se convertiría en el lago que lleva su mismo nombre.

Pero, ¡ay!, que no sólo los dragones se derrumban; también puede ocurrirle lo mismo a los héroes, sobre todo si llevan tres días con sus noches peleando sin descanso, y de tal suerte Brannan cayó junto al dragón, casi exánime de tan malherido como estaba, y hubiera sucedido algo irremediable, la muerte del héroe, si por el escenario de la lucha no llega a pasar, casualmente, el hada Eliande.

Cualquier hada de natural bondadoso, ya que debéis saber que no todas las hadas son buenas y compasivas, sobre todo si se sienten burladas, se hubiera conmovido mucho viendo el cuadro que ofrecía Brannan medio muerto y manando sangre por mil heridas, por tanto, Eliande, que pertenecía al primer grupo de hadas mencionado, experimentó gran dolor en su corazón descubriendo a tan aguerrido joven en aquel lamentable estado. Entonces, rápidamente, dio tres de palmadas y a su sonido descendió del cielo una pareja de cisnes blancos en uno de los cuales acomodó al herido sentándose ella en el otro, y en vuelo tranquilo aunque raudo, pronto llegaron a la mansión del hada.

 

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