| XXI CAPÍTULO (2) | |||
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Eliande calló por fin y todos permanecieron en silencio, cada uno pensando acerca de cuanto acababa de escuchar que era motivo de profunda reflexión y gran enseñanza. Midir fue el primero que tomó la palabra y las suyas estuvieron llenas de sabiduría, como era de esperarse. -Hada Eliande, no podemos enfadarnos contigo porque hayas intentado salvar al héroe legendario, ni tampoco castigarte por ello, ya que cuando le diste a beber a Brannan el Agua de la Vida, le otorgaste la inmortalidad sin saberlo ni empujada a ello por tus propios intereses, por estas razones quedas absuelta de sospecha y si ahora Brannan es inmortal no se lo debe más que al destino ya que así debía estar escrito desde el comienzo de los tiempos... Id en paz, pues, y sed felices que bien os lo habéis ganado... La corte del rey Finvanna estalló en hurras arrojando sus sombreros al aire, mientras que nuestros amigos se miraban los unos a los otros muy contentos de que la aventura hubiera terminado tan bien. Bueno, pero no del todo había concluido, porque allí estaba el príncipe unicornio, triste en medio de alegría imperante ya que él seguía convertido en cuadrúpedo, sin embargo, Eliande no le había olvidado, y dirigiéndose al rey Finvanna, le rogó: -Magnánimo soberano, en este día de felicidad, ¿no podrías levantar el castigo al hermano de mi ahijada la princesa Deirdre?; creo que el verse reducido a una condición tan impropia, le habrá hecho reflexionar lo suficiente para que nunca más vuelva a portarse de manera indisciplinada. Finvanna meditó unos instantes, y luego dijo: -Sea, que el joven príncipe regrese a su estado normal y que no olvide nunca el por qué fue hechizado, mas si incurre de nuevo en sus errores pasados, que vuelva otra vez a tan ingrata condición y jamás se recobre de ella. Apenas terminaba de hablar el monarca y ya el unicornio dejaba de serlo convirtiéndose en un muchacho que enloquecido de alegría se postró a los pies de Finvanna y le dio su palabra de honor de que jamás desobedecería ni sería rebelde, luego, incorporándose, se dirigió a Eliande y le besó la mano con infinito agradecimiento. Biddy, que era una sentimental, lloraba a todo trapo sobre la cabeza del gnomo que no hacía más que secarse la cara con un pañuelo, Hywel carraspeaba fingiendo haberse acatarrado de golpe y el Caballero Macilento y Travieso aparecían muy conmovidos por cuantos portentos estaban presenciando. Luego llegó la hora de las despedidas porque todos tenían que volver a sus hogares y aquellas últimas horas habían estado llenas de acontecimientos históricos para los Daoine Sidhe. Así pues, uno por uno, convertidos en estrellas resplandecientes elevaron el vuelo y desaparecieron quedando sólo en el Valle de las Reuniones, junto con el hada y el héroe legendario, dos aves, un gnomo, un príncipe desencantado, el Caballero Andante y Travieso. El firmamento nocturno comenzaba a palidecer sobre sus cabezas, signo evidente que la aurora no se encontraba muy lejana y, menos la pareja de felices enamorados, quienes enlazados por la cintura se miraban tiernamente a los ojos todos los demás lo hicieron con la expresión del que dice: “bueno, ya se acabó la aventura, será cuestión de pensar en hacer algo nuevo”. Hywel reflexionó que no estaría nada mal acercarse a visitar a un primo suyo noruego al que hacía mucho tiempo que no veía, y Biddy, por su parte, que, como le gustaba el paisaje, bueno sería encontrar unas ruinas acogedoras para establecerse, al menos por una temporada, en cuanto al príncipe desencantado, lo único que deseaba era reunirse cuanto antes con su familia suplicándoles le perdonasen por todos los quebraderos de cabeza que les había ocasionado, y Kunal, harto ya de dar vueltas desde que salió de su reino por piernas, consideró la idea de quedarse en tan acogedora tierra y buscar una esposa entre las de su raza, pues en tierra de hadas abundan los gnomos y al parecer allí no eran tan cerriles como los que le habían tocado por súbditos. Sólo el Caballero Macilento y Travieso guardaron silencio respecto a futuros planes cuando el resto de sus compañeros expusieron en voz alta los proyectos que les bullían en la mente. Había llegado el instante de las despedidas y Eliande y Brannan lo comprendieron perfectamente aunque les doliese el separarse de sus excelentes amigos, pero la vida sigue y hay que continuar porque de lo contrario se hubieran quedado todos como retratos de un cuadro, quietecitos y aburridos, lo que no era el caso, por supuesto. -¡Adiós, adiós! –exclamaron y cada uno se alejó según su naturaleza y condición, volando las aves, caminando el príncipe, y Kunal, agarrado a su seta-sombrilla, dando saltitos que es el modo de caminar que tienen los gnomos. -¡Venid a visitarnos! –invitaron el hada y el héroe de leyenda agitando las manos en señal de despedida. -¡Vendremos, vendremos! –prometieron sus amigos mientras se alejaban hasta perderse en el horizonte, confundidos ya con las luces vacilantes del alba. Brannan y Eliande, se hallaban tan absortos en su propia ventura, que, imitando a los demás, empezaron a caminar rumbo a su mansión de la colina, habiéndose olvidado por completo del Caballero Macilento y de Travieso, hasta que una no muy discreta tos les hizo caer en cuenta de que no estaban solos y se volvieron. -¡Travieso, Caballero Macilento, no nos habíamos despedido, por favor, disculpad la distracción! -Disculpada estáis, bella hada. -No pasa nada, no se puede tener el tarro en todas partes. Macilento y Travieso permanecían el uno junto al otro ofreciendo ambos un aspecto de lo más alicaído. -Queridos amigos, os deseo todo lo mejor... –empezó a decir Brannan, pero se calló en cuanto Eliande, desenlazándose, dio un paso hacia delante, en tanto le susurraba muy quedo: -No podemos dejarles ir así –pues era un hada y como tal tenía sus poderes entre los que se encontraba el saber leer en el fondo de los corazones, y por muy distraída que la tuviese su propia felicidad, era una buena profesional y sabía lo que tenía que hacer si el caso lo requería. -Todos los demás han contado sus proyectos, pero vosotros no, si no tenéis nada mejor que hacer, ¿queréis acompañarnos a nuestro hogar?, seréis muy bien recibidos y podréis estar con Brannan y conmigo cuanto tiempo sea menester... El caballero andante y el muchacho se contemplaron en silencio. -Valeroso héroe, hermosísima hada, nosotros... -... no podemos acompañaros –prosiguió Travieso, que en esta ocasión estaba muy serio-, pues no pertenecemos a ninguno de los mundos conocidos... – se calló porque no sabía como decirles que tanto él como Macilento estaban muertos, ya que nadie parecía haberse dado cuenta aún de ese pequeño detalle. Eliande les observó detenidamente unos instantes, afinándose su percepción de hada embotada hasta el momento por tamaña dicha, y luego les tendió los brazos en gesto maternal. -No puedo daros a beber el Agua de la Vida –dijo con dulzura-, pero si puedo convertiros en dos seres míticos, siempre muy bien considerados en el Reino de las Hadas. -¡Jo –exclamó Travieso recobrando el buen humor-, así se habla, coleguí! El Caballero Macilento le lanzó una mirada de reprobación. -¡Pajecillo, siempre habéis de soltar uno de vuestros exabruptos en los momentos menos oportunos! -¡Anda y mira que eres plomo tío! Pero la cosa no acabó ahí, porque Eliande, esgrimiendo su varita mágica, apuntó hacia la cima de una pequeña loma y formulando un encantamiento hizo brotar de la nada un imponente castillo en el que flameaban los gallardetes y todo en él daba la impresión de hallarse pleno de actividad. -Caballero Macilento –dijo muy solemne-, he allí tu fortaleza de la cual eres el castellano ahora, tu morada y tu refugio cuando vuelvas de combatir invicto a los feroces dragones, cuando regreses de salvar princesas, y, en fin, otras muchas más cosas que suelen hacer los caballeros andantes como tú. Macilento abrió la boca mas no soltó palabra de lo impresionado que estaba, y en lo que respecta a Travieso, por una vez, no supo que decir, pues aunque él no había sido mencionado se sabía dentro del pack, y lo que se les ofrecía ahora era mucho más de lo que nunca hubieran soñado, máxime cuando un ligero viento matinal les empezó a traer las voces de los moradores del castillo que comentaban, entre otras cosas: -¡Presto, preparad las mesas! -¡Vivo, más deprisa con los asadores! -¡Subid el vino de la bodega! -¡Barred el patio! -¡Bajad el puente levadizo! -¡Bufones, empezad a saltar y a reír, juglares, bardos, comenzad a tañer laúdes y a cantar! -¡Qué se adelanten las doncellas con las guirnaldas de flores! -¡Hoy es un día de fiesta para todos ya que vuelve nuestro amo y señor el Caballero Macilento acompañado del muy noble Travieso! -¡Córcholis! –exclamó el aludido, y que conste que no era mucho exclamar vistas las circunstancias, pero luego los dos reaccionaron, y con un jubiloso: ¡hasta pronto! dedicado a Eliande y Brannan que les contemplaban sonrientes, marcharon con nuevos bríos en dirección a su castillo medieval, aunque, eso sí, discutiendo para no perder la costumbre: -¿Sabes lo que pienso, Macilento?, que no sería mala idea convertir el castillo en un parque temático... -¿Qué decís, pajecillo, en vuestra peregrina jerga?, ¿qué es eso de parque temá... qué?... Lo cierto es que nunca os voy a entender. -Bueno, cuando se es un carroza como tú... -¿Carroza?...¡Yo soy un caballero de la andante caballería y no marcho en muelles carruajes que con mi austera condición no van! -¡Venga ya! Sus figuras se iban empequeñeciendo en la distancia, entonces, el hada apoyó la cabeza en el hombro de Brannan, y le dijo: -Cuesta tan poco hacer dichosos a los demás. Y el héroe legendario estuvo de acuerdo con ella.
Se acabó el cuento, pero, no me podréis negar que fue divertido, ¡a qué sí!
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