XVI I CAPÍTULO

En esta ocasión, Brannan, Travieso, el gnomo y Biddy, no descendieron de la montaña usando el túnel, sino que se dedicaron a rastrear unas huellas imaginarias, las de Eliande, por el bosque que rodeaba el castillo del ogro, mientras, y, desde el aire, el cuervo Hywel a su vez oteaba todo lo que su vista podía abarcar, que no era poco que digamos, pero nada de nada, ni rastro de la fugitiva.

 

Y llegados que fueron al pie del monte aún les aguardaba otra sorpresa: el Caballero Macilento estaba de lo más enfadado, no sólo porque llevase mucho tiempo de ociosa espera, sino porque el unicornio se había ido, dejándole allí, abandonado, carente de la menor consideración.

-Comenzó a relinchar sin tregua, y luego, alzándose de manos sobre los cuartos traseros, reveló todo su indómito temperamento al lanzarse a galope tendido en dirección al llano... Le llamé repetidas veces, mas el príncipe encantado, desoyó mis ruegos y avisados consejos, partiendo hacia ignorado destino, que, al parecer, no deseaba compartir con ninguno de quienes integra esta partida.

Así se expresó el pobre Caballero Macilento, profundamente ofendido por tan flagrante desatención, pero los demás no dieron muestras de sentirse igualmente dolidos al ser portadores de las nuevas que traían, únicamente Brannan se lamentó de que la rebeldía del unicornio retrasara su vuelta a la normalidad, puesto que ya sabemos que el príncipe hechizado lo estaba por desobediente, y, en vista de los hechos, no mostraba una gran voluntad de cambio.

Macilento fue informado de cuanto ya conocemos, y todos se pusieron en marcha cabizbajos y mohínos, no sabiendo a ciencia cierta hacia donde encaminar sus pasos pues nadie, animal de pelo o pluma, había sabido darles noticia de la presencia del hada.

Aquella búsqueda interminable recordaba el ir y venir por un laberinto; nuestros amigos se pasaban el tiempo dando vueltas y nunca encontraban la salida, lo cual resultaba muy descorazonador.

Avanzaban en silencio en tanto el cuervo trazaba bajo el cielo grandes círculos vigilantes, cuando el gnomo tropezó con una piedra semi hundida en el suelo y a el se fue con la seta-parasol y con Biddy, que se ve que encontraba de lo más cómodo el viajar instalada sobre su cabeza.

¡CATACROCK!

-¡Ay!

¡PLOP!

-¡Uy!

-¡Lo que faltaba para el duro!

-¿Os habéis hecho algún daño irreparable, buen gnomo, o acaso vos, sabia lechuza?

Kunal, sentado a la fuerza sobre la tierra, se apresuró a recoger la seta para cubrirse con ella; ¡sólo faltaba que le diera el sol, complicándose todavía más las cosas!

-¡Oh, no! –respondieron ambos accidentados al unísono, humilladísimos por el resbalón.

-Pues bien que habéis chillado a dúo –comentó el muchacho malicioso.

-¡Yo no he chillado! –protestó el gnomo.

-¡Yo tampoco! –secundó Biddy enfurruñada.

-He sido yo.

La voz surgió de debajo de los cuerpos caídos, y era una voz quebrada, de persona muy anciana. Los expedicionarios miraron en aquella dirección asombrados, porque quien parecía haberse dirigido a ellos era la piedra semi enterrada que hiciera perder el equilibrio a Kunal.

-¡Ahí va, una piedra parlante!

-¡No soy una piedra, muchacho!

Maravillado, el Caballero Macilento, interrogó con educados modales:

-¿Quién sois, si vuestra condición no es la que parece?

-Me conocen por el nombre de Cally Berry –repuso con noble orgullo el pedrusco.

-¡Cally Berry! –gritaron todos jubilosos.

-En efecto, soy Cally Berry, aquella a quien ansían hallar muchos y pocos encuentran.

-¡Venturoso encuentro –exclamó Brannan feliz-, los dioses te han puesto en nuestro camino!

-Ciertamente, héroe legendario, han sido los dioses, quienes compadecidos ante la infructuosa búsqueda, han decidido concederos su ayuda; se me ha autorizado a que os hable iluminando vuestra ignorancia.

El cuervo descendía raudo en esos momentos, muy interesado por la singular escena que se desarrollaba a sus plantas, pues las aves posen una vista excelente y un fino oído.

-¿Qué puedes contarnos? –quiso saber Hywel al tiempo que se posaba en la rama de un árbol próximo.

Cally Berry fue tan directa como él:

-Buscáis a Eliande desde hace varios días, ¿no es cierto? –y, sin esperar contestación, añadió- Eliande estuvo aquí ayer, sentada sobre el tronco de ese árbol derribado, y habló conmigo...

Brannan se acercó a la piedra, doblando una rodilla para estar más próximo.

-Hada venerable, la primera entre todas, dime, cuéntame, que es de mi esposa a la que hace tantas jornadas no he visto, ¿qué ha sucedido en este tiempo, por qué huyó del castillo del ogro si Phadrig ya no era una amenaza, y, sobre todas las cosas, en dónde se encuentra ahora? ¿Volveré pronto a reunirme con ella?

Por toda respuesta, Cally Berry dijo solemne:

-Mirad en la superficie de la piedra.

La piedra era ella misma, transformada en losa, y miró Brannan siendo imitado por los demás y he ahí lo que sus ojos atónitos pudieron contemplar como el que mira una escena reflejada en un cuadro:

Delante de ellos tenían la estancia del castillo de Phadrig en donde todos los muebles habían quedado patas arriba, sólo que en esos momentos, la pieza se hallaba en perfecto orden, el ogro no era una estatua y Eliande, tan bella como siempre, pero muy asustada, corría de un lado para otro porque Phadrig sonriendo maliciosamente pretendía cojerla por la muñeca con la intención de arrastrarla hacia un gran espejo que se hallaba en la habitación contigua.

Brannan rechinó los dientes y apretó los puños ante aquello que ya había sucedido pero que él estaba viendo entonces y el resto de los presentes manifestaron también su rechazo y su malestar ante el comportamiento del pérfido ogro, con diversas exclamaciones, pero como ya les conocemos, vamos a darlas por oídas, y seguimos a lo nuestro que es saber de una vez por todas, que es lo que pasó en el comedor del castillo.

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