| XVI CAPÍTULO | |||
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.Y subieron, pero de la manera planeada: el caballero Macilento con su cabalgadura, y a su lado el príncipe transformado en unicornio, se quedaron en los umbrales del pasadizo subterráneo, Hywel voló hacia el castillo a la espera de los acontecimientos, y Brannan, el gnomo, Biddy y Travieso, iniciaron el penoso ascenso rumbo a la morada del ogro. No quiero cansar a mis lectores describiendo las vicisitudes de aquel corto viaje por el túnel, ni de cómo Macilento se aburrió en la interminable espera, ya que no existe nada más tedioso que aguardar y aguardar ignorando cuando va a concluir ese tiempo que no puede contarse, tampoco mencionaré el creciente nerviosismo del unicornio y sus impacientes relinchos, ni como Hywel se dispuso a esperar pacientemente, al abrigo de una rama, ya que no podía hacer otra cosa mejor mientras los otros cuatro avanzaban por el pasadizo, ni cómo precisamente éstos, tropezaron en la semi oscuridad muchas veces, ya que las antorchas que llevaban echaban más humareda que luz, y que si no es por Kunal, hasta hubieran llegado a perderse porque, en efecto, el túnel mostraba desprendimientos frecuentes y ramales nuevos que se habían formado a cada desplome. Por esta razón, Travieso llegó a pensar, en más de un momento, que eso de ser héroe resultaba un trabajo muy fatigoso vistos los inconvenientes que se iban presentando sin ser llamados, y admiró sinceramente a Brannan por su dedicación y empeño. “-¡Jo –se dijo-, en cuanto se acabe la busca y captura, me dedico a la vida contemplativa que no cansa tanto!” Cuando por fin salieron de debajo del sitial del ogro –lo suficientemente enorme como para que un individuo de su especie se pudiese sentar, ya que los ogros, de alguna manera, están emparentados con los gigantes por si no lo sabíais-, el primero fue Travieso en plan reconocimiento, quien no viendo nada anormal, dio luz verde a sus compañeros, los cuales contemplaron estupefactos una sala amueblada pero vacía, que llevaba a otra, luego a otra, y, finalmente a la pieza en que dejásemos a Phadrig y Eliande en unos momentos verdaderamente críticos para el hada. ¿Y qué es lo que descubrieron los valerosos expedicionarios? Pues nada, así como suena, porque nada había allí si exceptuamos el mobiliario, las alfombras, los tapices... Bueno, y, por ejemplo, algo más que daba la impresión de que hubiera pasado por allí un huracán enfurecido, ya que los muebles estaban descolocados, algunos caídos sobre el suelo patas arriba o de costado, rota la vidriera de un ventanal, y cerca de la puerta de acceso a la sala de los banquetes, pero dando a otra estancia, cien mil fragmentos de un espejo salpicando las losas, pregonaban bien a las claras que había sido destrozado sin ningún tipo de miramientos por alguien que, evidentemente, no era supersticioso. ¡Vaya, otro misterio que añadir en la incomprensible historia!... Y tuvo que ser Travieso el que lo comentase en voz alta, haciéndose eco del pensar general. -¡No salimos de una y ya nos metemos en otra; me gustaría saber quien ha armado este pollo, porque no me parece a mí que Eliande sea King Kong precisamente! Mas las sorpresas no habían concluido todavía, ya que se pudo escuchar una vocecita temblorosa, que no recordaba en nada a la de Biddy aunque fuese la suya, diciendo: -Mi... Mi...rad... a... a... ahí... Y “ahí” era un ángulo de la sala en el que aparecía empotrado, cabeza abajo en el suelo y hasta la cintura, lo que semejaba ser una estatua, piernas al aire abiertas como un compás. Hywel, que se les había agregado en cuanto su fino oído captó movimiento en la fortaleza, comentó despectivo: -¡Vaya gusto más horroroso que tiene ese aprendiz de ogro, con la de hermosas estatuas que hay y se le ocurre poner aquí la de un patán cabeza abajo! -No es ningún patán –afirmó el gnomo muy serio-, “eso” es el propio Phadrig... Ante tan inesperada revelación, el cuervo, la lechuza, Travieso y Brannan, se miraron pasmados los unos a los otros. -¿Cómo puedes estar tan seguro? –preguntó al cabo, el héroe. -Porque son sus piernas... -¡Jope, si parecen las de un ciclista. Nadie tomó en consideración las palabras sin sentido de Travieso. Brannan se apoyó contra el muro, daba la impresión de que, de un instante al otro, iba a caerse desfallecido. -¡Por la sagrada empuñadura de mi espada, que no comprendo nada de lo que aquí sucede o haya podido suceder! Kunal miraba en torno suyo cauteloso. -No creo que Eliande se encuentre en el castillo –aventuró inseguro. La lechuza lanzó una ojeada aprensiva hacia la bien provista mesa del comedor, pero tuvo el buen juicio de callarse. -Entonces, si no está, es que se ha largado –resumió el muchacho muy convencido. -Sí, ¿pero dónde? –inquirió Hywel que no parecía tenerlas todas consigo. -¿Y yo qué sé?... Supongo que se abrió ¡y ahí te quedas Phadrig!, claro que como es un hada debió de lanzar algún encantamiento convirtiéndolo en piedra antes de tomar las de Villadiego, normal. -¿Y el espejo, quién lo hizo añicos, y por qué? –preguntó Biddy con los ojos desmesuradamente abiertos. -¿Y la sala destrozada? –agregó el gnomo preocupado- Eliande podía hechizar a Phadrig con un sortilegio, mas no había necesidad de revolverlo así todo... De nuevo se miraron los unos a los otros sin saber que resolver, o, mejor dicho, sin querer soltar lo que verdaderamente pensaban. Brannan tomó una decisión a la desesperada. -Hywel, desciende al pie de la montaña y avisa al Caballero Macilento de que regresamos, pero adviértele que no deje de estar vigilante por si Eliande aparece pues tal vez pudo extraviarse en el bosque en su huída y todavía se halle por estos parajes. -¿No vamos a registrar la guarida del ogro? –quiso saber Travieso. -Sí, lo haremos, mientras Hywel desciende, y luego abandonaremos este lugar siniestro. -¡Bravo, héroe legendario, así se habla! El atribulado Brannan sonrió agradecido al muchacho por los ánimos que éste intentaba infundirle en momentos como aquellos. El cuervo se apresuró a obedecer lo que se le había indicado, y, los demás iniciaron su recorrido por el castillo, pero, todo hay que decirlo, no muy convencidos de que diera el fruto esperado, porque, sin saber la razón, todos pensaban que el hada no estaba allí. Apenas recorrieran dos salas y se disponían ya a bajar por una escalinata, cuando Hywel regresó inesperadamente volando a toda pastilla y casi atragantándose al hablar de lo excitado que ese hallaba; como el castillo contaba con innumerables ventanales, fue tarea fácil para el cuervo, encontrar a los expedicionarios y hacerse notar picoteando con estruendo la vidriera. -¿Hywel? -¿Es Hywel? -¿Qué hace aquí Hywel? -¿Habrá dado con el paradero de Eliande? El gnomo precipitóse a abrir la estrecha ventana y Hywel penetró alborozado siendo rodeado por todos. -¡Héroe Brannan, el hada consiguió escapar, me lo han contado unos grajos con los que acabo de tropezarme, al preguntarles yo si habían visto a una hermosa joven de negros cabellos y....! -¡Ves al grano, Hywel! –cortó impaciente Travieso y nadie le reprendió por ello. -¿Está bien, no le ha sucedido ningún percance a Eliande? -No, Brannan, se halla sana y salva... Los grajos me han contado que pasaban ellos volando por las cercanías, cuando pudieron escuchar un horrísono estruendo que atrajo su atención como es natural, y vieron entonces que estallaba como un relámpago envolviendo un ala del castillo -que por las señas que me han dado se trata de la sala de los banquetes-, se rompieron las ventanas, y apenas se disipó el fulgurante resplandor, vieron ellos, que aún no se habían repuesto del susto, salir volando por entre el boquete que formaban los cristales rotos, a una bella mariposa quizás un poco más grande de lo normal, curiosos la siguieron con la vista, estaban demasiado asustados para ir tras ella, y hete aquí que de pronto la mariposa se acerca al suelo y, visto y no visto, se transforma en la linda joven a quien Kunal, tu y yo conocemos muy bien, y, los demás, por oírnos hablar de ella... -¿Entonces...? -Calma tu zozobra, valeroso amigo... Eliande echó a correr monte abajo, mirando de vez en cuando a sus espaldas presa de gran espanto, según me explicaron los grajos, los cuales, sin querer saber más echaron a volar y no han vuelto hasta ahora a su nido en el bosque del castillo, pues la impresión recibida ha sido de las que dejan huella. -¿En qué dirección marchó Eliande? Hywel chascó el pico apesadumbrado. -No me lo han sabido decir, ni tampoco por qué corría despavorida monte abajo, ya que, en apariencia, nadie la perseguía... -Y todo esto tuvo lugar ayer –señaló Kunal pensativo. -¿Puede estar todavía en la montaña? –se preguntó Brannan angustiado, a lo que Travieso replicó muy atinadamente: -Me parece que nos estamos olvidando de algo muy importante, o sea, que la chica es un hada, y si las hadas pueden transformarse en mariposas, o en lo que les de la real gana, ¿por qué calentarnos el tarro con que si anda perdida por el bosque, o qué si esto o qué si lo otro?... Salir volando por una ventana lo debe a sus poderes mágicos, así que igual ahora Eliande se encuentra muy lejos del castillo, la montaña y todo eso. -Pero, ¿de qué huía?... –inquirió el gnomo hecho un lío-, Tú lo acabas de decir, muchacho, ella es un hada, no un mortal... Y las hadas tienen poderes mágicos que les permiten afrontar las situaciones más comprometidas sin temor... En todo este asunto algo hay oscuro y misterioso que no tiene nada que ver con el memo de Phadrig -¡De nuevo sin rumbo como al principio! –exclamó Brannan desalentado. Biddy habló con gran suavidad: -No del todo, héroe legendario, pues ya sabemos que bajó por la montaña, lo que significa que si la vieron los grajos otros la verían también y nosotros podemos encontrarles; un hada no suele pasar desapercibida y como cualquier bosque se halla poblado de habitantes, más tarde o más temprano, alguien, que debe de haberla visto, nos lo dirá. Así habló la lechuza y todos convinieron en que sus palabras eran muy sabias, de modo que, sin perder más tiempo desandaron el camino hecho abandonando para siempre el castillo del ogro, bueno, del ex ogro, ya que convertido en estatua de piedra mal podía seguir manteniendo su leyenda.
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