X CAPÍTULO

Cuando Hywel regresó, ya lo sabéis, no había nadie esperándole junto a la colina que bordeaba el camino, y tampoco nadie se había tomado la molestia de fijarse en un hada y cierto gnomo con una seta portátil, que avanzaban juntos por estrechos senderos, marchando diligentes en dirección a alguna parte que sólo ellos parecían conocer; al menos idea tenían de lo que se llevaban entre manos y cómo realizarlo, cosa que no puede decirse de nuestros otros amigos, aquellos a quienes dejamos unas páginas más allá junto al lago de aguas cristalinas, en esa tierra fronteriza que linda con el Otro Mundo, la Tierra de los Vivos y el País de las Leyendas.

Eliande y Kunal, anduvieron muchas leguas caminando sin pausa -pero no se cansaron ya que ellos pertenecían a una raza mágica que nada tenía que ver con la de los humanos-, mientras hablaban amigablemente y con cuantos se iban tropezando en su camino, que eran bastantes entre la gente menuda y no tan menuda, como, por ejemplo los gigantes altos como montañas, pues de todo había en el reino de los Daoine Sidhe, no cesando de preguntarles a quienes encontraban a su paso, si sabían algo de Cally Berry, mas nadie les daba razón del hada-diosa del invierno, quizás porque éste se encontraba muy lejos todavía, y así los pájaros erizaban su plumaje y ponían los ojitos redondos ante la idea del frío, las ardillas corrían a revisar sus almacenes subterráneos y las “buenas gentes” fruncían el ceño intentando hacer presente una estación desapacible y lejana.

Anda que te andarás dieron, al atravesar el Bosque Sombrío, con un joven leñador corpulento y barrigón, cuya cabeza parecía una bola, los cabellos que la coronaban un negro e hirsuto matorral, sus mejillas dos enormes mofletes, su boca la de un bebé y los ojos, pequeños y muy juntos, de pupilas oscuras, que bizqueaban. Realmente no se puede decir que fuese muy guapo, y aunque sonreía constantemente producía una curiosa impresión de rechazo que Eliande intentó alejar ya que no se le antojaban caritativas semejantes reflexiones; recordad que era un hada. 

Cuando el leñador les vio aparecer en el calvero natural que se abría delante de su rústica casita, dejó el hacha con la que estaba trabajando en un árbol caído, y, secándose el sudor de la frente con un gran pañuelo color azafrán, saludó cordialmente:

-¡Hola, vosotros! ¿Venís a encargarme unos cuantos haces de leña recién cortada u os habéis extraviado en el bosque?

-Ni lo uno ni lo otro –repuso Kunal muy digno-; atravesamos el Bosque Sombrío porque forma parte de nuestra ruta, nada más.

-¿Y hacia dónde os dirigís? –quiso saber el otro con la desenvoltura propia de un habitante del País de los Daoine Sidhe, acostumbrados todos a interpelar tranquilamente a cualquier viajero que acertase a cruzarse en su camino.

Esta vez, la que respondió fue Eliande:

-Buscamos a Cally Berry, ¿sabes en que lugar puede hallarse?

-Tu eres un hada, ¿me equivoco?

A ella no le gustó semejante manera de responder preguntando; la encontró mal educada, pero, ¿se podía esperar otra cosa de un leñador con rostro de bebé malcriado?

-No te equivocas, soy Eliande, esposa del héroe Brannan, ¿no has oído hablar de nosotros?

-¡Claro que he oído hablar de vosotros, todo el mundo lo hace: el hada que se casó con un mortal, si hasta se han compuesto baladas con vuestra historia! –sonrió de una forma astuta- Me llamo Phadrig, hijo de Phadrig el leñador y leñador yo también, y cuando me case mis hijos serán leñadores...

-¿Y si son hijas? –le interrumpió malicioso Kunal.

Phadrig arrugó el entrecejo con expresión del que no capta una broma; realmente tenía cara de ser bastante lerdo.

-Bueno –repuso hoscamente-, todavía tienen que nacer...

-Y tú casarte antes, ¿no? –preguntó risueño el ex rey de los gnomos.

El leñador miró a Eliande con interés.

-Bueno, eso no es muy difícil si la novia aparece en el momento oportuno.

Al hada no le agradó aquella contestación porque Phadrig la observaba como si ella fuera un árbol joven a punto de caer bajo el hacha, y pensó que sería buena idea el alejarse de allí a toda prisa ya que no era cuestión de ponerse a hacer encantamientos, que, por otra parte, están prohibidos entre los habitantes del País de las Hadas.

Por su parte Kunal, que no era tonto, captó como andaba la situación: un solitario leñador de escasas luces que se prenda de un hada, no sería el primer caso que un patán del mundo mágico pusiera sus ojos en quien no debía, y ya bastante complicado estaba todo para añadir nuevos problemas.

-¿Sabes dónde pueda estar Cally Berry? –interrogó Kunal muy serio, esperando escuchar una respuesta negativa que les permitiese abandonar aquel escenario con la mayor normalidad.

Phadrig se puso a mirar el suelo como si esperase sacar de el su inspiración; al cabo farfulló cauteloso:

-¿Para que la buscáis?

-Nos tiene que dar una respuesta.

-¿Sobre qué?

Eliande estuvo a punto de decirle que se metiera en sus asuntos, pero se contuvo y prefirió llevar la fiesta en paz.

-Se trata de un acertijo, y el gnomo y yo sentimos curiosidad.

Phadrig era desconfiado de nacimiento.

-Pero, ¿las hadas no lo sabéis todo?

-Casi todo –corrigió apresuradamente Kunal-, nunca todo, y lo que no sabe una puede saberlo otra, por eso buscamos a Cally Berry.

El leñador volvió a fijar su mirada en el suelo y de pronto exclamó alegremente, en un inesperado cambio de humor:

-¡Quedaos a compartir la cena conmigo y os contaré cuanto sé de Cally Berry!

Eliande lanzó una ojeada de duda a Kunal, pero éste decidió con presteza.

-Aceptamos tu hospitalidad.

-Nunca se te ha ocurrido nada mejor, gnomo –aseguró muy complacido Phadrig- .Venid, venid, ya podéis entrar en mi cabaña, comeremos pan moreno, queso y nueces, no me negaréis que es un gran banquete, ¿verdad?

Eliande y Kunal se miraron con resignación.

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