IX CAPÍTULO

Mientras los antes citados se alejan llenos de entusiasmo y sin saber a ciencia cierta a dónde deben encaminarse, nosotros recorreremos el tiempo hacia atrás volviendo al día y hora en que Eliande se quedó sola sentada sobre la hierba en tanto Hywel se alejaba volando.

Durante bastante tiempo estuvo ella contemplando el cielo azul hasta que el cuervo desapareció por completo y entonces su atención la atrajo la presencia de alguien que venía caminando por el estrecho sendero que bordeaba una suave loma cercana. Primero escuchó repiquetear sus pasos y después le vio: se trataba de un gnomo, que, como casi todos los de su especie, no era muy alto, ni muy joven, si bastante feo, y que mostraba además la particularidad de ser extranjero, ya que Eliande, acostumbrada a toda la gente menuda del reino, lo advirtió enseguida; sus ropas se veían algo diferentes y ocultabáse bajo el parasol que le ofrecía una seta gigantesca llevada a modo de sombrilla o paraguas, según quiérase entender.

-Se te saluda, hermosa hada –dijo cortésmente el gnomo.

-Se te saluda, viajero, ¿procedes de muy lejos?

El gnomo, sin abandonar la seta, dio un salto y, del camino ascendente, llegó hasta la escalonada pradera, sin perder por ello un ápice de dignidad y compostura.

-De muy lejos, en efecto, de otras tierras no tan acogedoras como las vuestras.

Eliande le miró con simpatía.

-¿Vienes huido?.

El gnomo arrugó la nariz.

-Peor aún... Me han expulsado de mi tierra y condenado a vivir en el exilio... Me llamo Kunal, y hasta hace poco era el rey de los gnomos del mismo nombre.

-Yo soy el hada Eliande, esposa del héroe Brannan y mi hogar se halla en la colina ... ¿Puedo serte de ayuda en tus tribulaciones?

El gnomo suspiró pesaroso.

-Eres muy amable, señora, pero es imposible, no existe solución a mi problema... ¿Me permites que tome asiento sobre la fresca hierba y te cuente la causa de mis pesares?... Muchas gracias... Pues verás, hada Eliande, yo fui el rey de los gnomos kunal, como antes te he dicho, pero de nada me ha servido ser rey porque al intentar que se promulgasen nuevas leyes, me han obligado a abdicar.

El hada tuvo un gesto de asombro.

-Curioso reino el tuyo en el que no permiten el gobierno al soberano.

El gnomo se mostró desalentado.

-Bien dices, mas en contra de las tradiciones no se puede ir, la verdad; tienes que saber, si es que acaso lo ignoras, que entre los de mi gente no existen individuos del sexo femenino y por ello debemos siempre buscar mujer entre los humanos, pero no todo se reduce a eso, que tampoco es tarea sencilla, no creas, ya que la esposa muere a poco de tener su primer y único hijo gnomo, supongo que de tristeza al verse obligada a vivir bajo tierra casi siempre. Entonces no volvemos a casarnos y cuando nuestro hijo se convierte en adulto, morimos. Injusto destino, ¿no te parece?

-Muy injusto en verdad, ¿y no hay solución?

-Yo propuse dos y no quisieron aceptarlas.

-¿Cuáles?

-Pues que no nos muriésemos al crecer nuestros hijos; no es ningún deber, es una tradición bastante cerril y debería ser abolida, eso, y también casarnos con mujeres gnomo de otras tribus, sería mucho más sensato.

-Y por ello te expulsaron del reino.

-En efecto, fue una arbitrariedad muy grande y una enorme falta de respeto hacia mi jerarquía, y aquí me tienes vagabundeando de isla en isla a ver si encuentro un lugar en donde echar raíces.

-¿Por qué no te quedas con nosotros? Los Daoine Sidhe somos muy hospitalarios.

El gnomo Kunal pareció considerar la oferta.

-Me gustaría, sí, ¿me dejas que lo piense?

-Piénsalo todo el tiempo que desees –respondió el hada con una sonrisa amable.

Kunal se arrebujó debajo de la sombrilla-seta y como Eliande le mirase con curiosidad por su ademán, él le explicó:

-Si me da mucho rato el sol, puedo convertirme en piedra, ¿sabes?

El hada, le ofreció comida y bebida, pero Kunal declinó la invitación al asegurar que hacia poco, en el claro de un bosquecillo, había reparado sus fuerzas junto al manantial que brotaba de entre unas rocas, en cambio le pidió algo que constituía arraigada costumbre en la antigüedad y de lo que nosotros ya hemos tenido varias muestras en lo que llevamos leído del presente cuento.

-Hada Eliande, ya que te he explicado mi historia, me gustaría que me contases la tuya, porque supongo que también debe ser bastante peregrina.

Ella se sorprendió.

-¿Lo supones?

-Claro... Me has dicho que eras la esposa de un mortal, el héroe Brannan y yo no ignoro que en el Mundo Mágico, las bodas entre humanos y hadas no suelen ser bien aceptadas, por no decir que no son aceptadas en absoluto... De ahí deduzco que tu historia debe ser muy interesante, ¿Me equivoco al pensar así?

Eliande, que se había levantado, volvió asentarse con expresión extraña en el semblante.

-Tienes razón –asintió-, mi historia es singular y voy a contártela porque creo ahora que has venido en el momento más oportuno, tal vez en mi ayuda, puesto que aunque soy un hada, también tengo momentos de duda y confusión y necesito del sabio consejo de quienes me aventajan en experiencia... Tu estás aquí y no puede ser por casualidad... Sí, te voy a contar mi historia, de cómo conocí a Brannan el héroe, nos enamoramos y cuanto hubimos de esforzarnos para conseguir el beneplácito del rey Finvanna a nuestra boda, porque no fue tarea sencilla el conseguirlo... Tienes que saber gnomo Kunal, que hace aproximadamente un año de nuestro tiempo...

El destronado monarca de los gnomos kunal, sonrió muy complacido, disponiéndose a escuchar cuanto el hada quisiera relatarle, que fue lo que ya sabemos y, por tanto, no vamos a repetirlo, ¿de acuerdo?

Eliande concluyó su relato con este epílogo:

-Tal es mi historia, ¡oh rey de los gnomos!, una historia llena de recuerdos y llena de olvidos, llena de palabras impronunciables cuyo desconocido significado estremece, y, sin aparente solución.

Kunal frunció el ceño.

-No dejas de ser un hada, hermosa Eliande, y eres poderosa, ¿por qué entonces no recurrir, si mucho me apuras, al propio rey Finvanna?... No creo que le gustasen nada los manejos del mago Loegaire.

Eliande suplicó asustada, en tanto miraba nerviosamente en derredor.

-¡No pronuncies tan alto ese nombre, buen amigo!... Me enteré hace muy poco de que existe un secreto que no debo recordar, y sigo sin recordarlo enteramente a pesar de todo, en realidad no me acuerdo de nada, y desde ese momento me consumo en un mar de dudas pues en verdad no së qué hacer, ya que esperando me hallo a Hywel y éste aún no ha regresado para desvelarme lo que ha sacado en claro.

El gnomo se abismó en una profunda reflexión al cabo de la cual dijo, rascándose la cabeza por debajo del puntiagudo gorro.

-Eso es terrible, hada Eliande; antes lo ignorabas y eras feliz aunque te preguntases a ti misma que era aquello que no recordabas, pero, ¡bah!, podían ser tantas cosas, y tantas sin importancia, mas ahora, ¿no es angustioso?, es mucho peor que antes, tienes que convenir en ello.

-Demasiado que lo sé, destronado rey de los gnomos kunal, demasiado que lo sé, y, desde esta misma tarde, no hago más que buscar el hilo que me pueda hacer salir de este laberinto.

-¿Se lo has dicho a Brannan, tu esposo¿

Ella negó tristemente.

-No puedo; Brannan iría al castillo de Loegaire y ese sería su fin, además, Brannan no se halla aquí estos días, pues yo tengo una ahijada, la princesa Deirdre, que está en un apuro muy grande y he mandado a mi esposo a que la ayude.

-¿Qué le sucede a la princesa Deirdre? –inquirió el gnomo Kunal, muy contento de poder escuchar otra bonita historia.

Eliande se la relató brevemente, y luego de escucharla con suma atención el gnomo quiso saber:

-¿Estará mucho tiempo fuera Brannan?

-El que precise, imagino.

El gnomo Kunal se incorporó y con su seta a cuestas, acercóse a Eliande.

-Creo que puedo serte de alguna utilidad.

-¿De que forma y manera?

-¿Has oído hablar de Cally Berry el hada-diosa del invierno?

Eliande le contempló intrigada.

-Sí –repuso-, es muy delgada y huesuda, y su cara posee el color azul, en invierno pastorea un rebaño de ciervos mientras vaga por las colinas y también protege a las cabras, los jabalís y los lobos. Cuando el invierno concluye esconde su varita mágica bajo un árbol de acebo y se convierte en una inanimada piedra a la espera de la fiesta de Samhain, el 1 de noviembre, que es cuando vuelve a la vida... He oído hablar sobre ella, pero nunca la he visto, ¿por qué me lo preguntas?

-Porque es el hada más vieja de todas las que existen, y la más sabia. Tal vez ella pueda sacarte del conflicto en el que estás metida.

-¿Qué puede saber Cally Berry... –empezó a decir Eliande y de pronto se calló- ¿Tú crees? –murmuró esperanzada.

-Creo y no creo, intuyo más bien que esa puede ser la dirección adecuada en la que ir en demanda de ayuda.

Eliande sonrió alegremente.

-¡Entonces, voy a buscarla! –afirmó radiante.

-¡Oye, oye!, recuerda que aún no ha llegado el invierno y que Cally Berry descansa bajo la apariencia de una piedra plantada, ¿sabrás reconocerla?

Eliande rió feliz.

-Para eso soy un hada, ¿lo has olvidado?

-No, ¿me permites que te acompañe?

Ella dijo que sí, y ambos partieron bordeando colinas, a campo traviesa por los verdes prados de Irlanda.

Seguro que os estaréis preguntando ahora que por qué no se quedó el hada aguardando a Hywel como debía ser, pues bien, puedo aseguraros que también el recuerdo del cuervo había desaparecido de su memoria, lo que no deja de ser un detalle ciertamente preocupante.

 

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