CUANDO EL SEÑOR TIEMPO SE RESFRIÓ

Copyright ccgediciones¿Sabéis?, sucedió cierto día que en el bosque se armó un jaleo monumental porque todos, animalitos, plantas y árboles, empezaron a protestar y a quejarse a voz en cuello ya que sucedían cosas la mar de raras que sorprendían desagradablemente a sus habitantes.

¿Qué era ello?

Muy sencillo, desde hacía varios meses atrás, hasta el momento en que da comienzo mi cuento, en el bosque pasaban cosas extrañísimas. Veréis, cuando tenía que llegar el invierno quien se presentaba era la primavera, y cuando le correspondía llegar a la primavera, pues era el verano el que hacía acto de presencia tan campante, y llegaba el 21 de junio y el otoño asomaba la nariz coronado de hojas secas, y en septiembre, el que se presentaba con abrigo y guantes era el invierno. ¿Qué sucedía con el tiempo?, ¿se había vuelto loco?

-¡Esto no puede seguir así ni un minuto más! –exclamó indignadísima la señora Mata de Violetas Silvestres, más conocida como Violeta por los amigos- ¡Yo ya no sé en que estación vivo, la cabeza me da vueltas y voy a acabar tarumba!... Antes, en mi infancia y juventud, no sucedían estas cosas tan extrañas; el invierno era invierno, la primavera, primavera y así sucesivamente, os acordáis, ¿verdad?

Fauna y flora al completo, pues se trataba de una reunión multitudinaria, asintieron en un coro de voces, unas más altas que las otras.

Los pájaros:

-¡No sabemos cuando debemos incubar nuestras nidadas!... Siempre lo hacíamos en primavera, pero ahora la primavera llega en diciembre, que no es el mes que le corresponde, y no nos atrevemos a traer polluelos al mundo por si de improviso cambia la estación y se nos hielan...

-¿Y yo? -volvió a protestar la señora Violeta, a la que le gustaba mucho quejarse-, yo, que con semejante lío sólo tengo flores mustias, eso cuando brotan, porque a destiempo, nacen fuera de temporada y las pobres no se aclaran.

Un árbol añoso se sumó a la protesta.

-Por lo que a mí respecta tengo que decir que pierdo las hojas en julio y me empiezan a salir en diciembre, ¿quién lo entiende?

Un conejo silvestre metió baza:

-¡Pues anda que yo, me paso la vida corriendo porque los cazadores se aprovechan y, con el desbarajuste, van y vienen, cazando, todos los días!

Las abejas zumbaron indignadas.

-¡Estos cambios tan bruscos lo único que hacen es dejarnos sin comida porque apenas hay flores que se atrevan a salir, y sin flores, ya me diréis vosotros que polen vamos a llevarnos a las colmenas ni que néctar podremos recolectar para convertirlo en miel!

-¡Terrible, terrible! –exclamaron todos a una muy preocupados, y no era para menos, desde luego.

Un grupo de setas, y sus primos, los hongos variopintos, cuchicheaban entre ellos muy alterados.

-¿Y nosotros, qué?... Llueve fuera de temporada y apenas cala el suelo, así ya puede salir la luna que si no hay humedad no hay niebla y si no hay niebla nosotros no podemos desarrollarnos bajo el musgo o la pinaza.

Un helecho centenario carraspeó.

-Verdaderamente, en mi juventud, estas cosas no sucedían, llovía cuando debía llover, y hacía calor cuando tocaba y...

Una diminuta lagartija le contempló con mal disimulada admiración.

-¿Eso fue en la época de los dinosaurios, señor Helecho?

El helecho, que no era tan viejo, fingió no haberla escuchado, y la lagartija, aunque era muy obstinada, no pudo insistir porque entonces precisamente la señora Lechuza tomó la palabra.

-Me acabo de dar cuenta de algo muy importante...

-¿El qué, el qué? –gritaron todos esperanzados.

-El señor Helecho ha mencionado el tiempo y también nuestra amiguita la lagartija... Pero yo no digo “tiempo” sino Tiempo, el Tiempo.

La concurrencia miró a la lechuza sin comprender.

-Sí, el Tiempo, el señor Tiempo, que es quien dicta el almanaque y dirige las estaciones... Propongo que le hagamos una visita para preguntarle que es lo que sucede, porque, digo yo, si él no lo sabe, ¿quién lo va a saber, no os parece?

El bosque en pleno, árboles, plantas y animalitos de toda laya, se quedaron de lo más impresionado, porque la señora Lechuza había hablado con gran sabiduría como siempre, y aceptaron la propuesta sin pensárselo dos veces.

Conque se escogió una selecta representación de los pobladores del lugar –los que no tenían alas iban sobre el lomo de quienes si las poseían-, y encabezados por la señora Lechuza, despegaron del suelo en dirección a las nubes ya que era allí arriba en donde moraba el Tiempo, ¿dónde sino?

El Tiempo, que procura ir siempre a la moda, utilizaba en aquella ocasión para sus desplazamientos -porque habéis de saber que el Tiempo viaja mucho-, una preciosa caravana pintada de blanco y azul celeste, que saltaba de nube en nube cada vez que se ponía en marcha.

-¡Hola, hola! –saludó el Tiempo al ver llegar a tanto personajillo, que en un principio confundió con una bandada de aves migratorias.

Como el Tiempo es siempre muy anciano pues está ahí desde el principio de todo, ninguno de los recién llegados se sorprendió al verle con bufanda, zapatillas de felpa, gruesos calcetines de lana, los ojos rojos, la nariz hecha un grifo y estornudando cada dos por tres.

-¡Hola, hola, atchússss! –repitió en esta ocasión con un gran estornudo.

-Hola, señor Tiempo –repuso muy finamente la señora Lechuza, un poco cohibida ante tan importante caballero, porque ella, fuera de búhos, otras lechuzas, murciélagos y etc. –no es cuestión ahora, de ponerse a hacer el inventario-, poco acostumbrada estaba a codearse con gente de tan alto nivel social.

-¿Qué os trae...¡atchísss!... por aquí¿...¡Atchúúúús!... ¿Es qué os habéis perdido?... ¡Atchásssss?

-Nada de eso, hemos venido a verle.

-¿A...a...a...¿atchííííís!... a verme? ¿Para qué?...¡Atchússs!

La señora Lechuza se lo explicó brevemente mientras el resto de la comitiva iba diciendo que si con la cabeza, y entonces el Tiempo empezó él también a quejarse:

-¡No me faltaba más que esto ahora!...¿Veis como estoy de resfriado?... (Bueno, la verdad es que no sé si se trata bien, bien, de un constipado, de una alergia o de qué)... ¡Estoy hecho una sopa y no es para menos; de la Tierra, que está allá abajo, no hacen más que subirme  el humo de los incendios, de las chimeneas, la contaminación de los tubos de escape de los coches, la ventolera de los huracanes desmadrados... y... y... y...! Bueno, es el cuento de nunca acabar, si hasta el cielo, que antes estaba muy tranquilo, ahora anda apedazado con la capa de ozono hecha jirones... ¿Cómo queréis que las cosas no marchen revueltas entonces?

El Tiempo estaba tan enfadado que hasta se había olvidado de estornudar.

La Lechuza y acompañantes, se miraron los unos a los otros sin saber que responder. Finalmente ella apuntó con cierta timidez:

-Usted conduce una caravana...

-Sí, pero se mueve por medio de la energía solar, señora mía.

-¡Ah! –exclamó la lechuza muy azorada.

La pequeña lagartija que había llegado hasta allí sentada en la espalda de un ganso salvaje, intervino nerviosa:

-Perdone usted, señor Tiempo, pero todos nosotros queremos saber porque las estaciones no van como debieran y por eso hemos venido a visitarle, claro que si usted no lo sabe, pues iremos a otra parte a buscar a quien pueda decírnoslo...

El Tiempo frunció el ceño molesto, de acuerdo, era muy viejo y se encontraba de lo más resfriado o lo que fuese, sin embargo no era tan ignorante como para no saber lo que estaba sucediendo.

-No hace falta que vayáis a ningún sitio haciendo preguntas tontas... Puedo explicarlo todo.

Las bestezuelas, sentadas sobre la nube, esperaron guardando un respetuoso silencio.

-Me vais a tener que ayudar –dijo el Tiempo-; por culpa de este resfriado, vamos a llamarlo así puesto que algún nombre hay que darle, he tenido fiebre habiendo de guardar cama, y cuando el Tiempo está enfermo, los meses, las semanas, los días, las horas, los minutos, ¡y hasta los segundos!, hacen de las suyas y todo marcha al revés, de forma que no me extraña nada lo que sucede ahí abajo... Por eso decía que me teníais que echar una mano... Me escuecen los ojos y no puedo fijar la vista mucho tiempo porque me mareo...

La lagartija, que era muy impaciente, interrumpió intrigada:

-¿Y qué podemos hacer nosotros?

-Pues entrar en la caravana buscando por aquí y allá hasta que deis con el clasificador en donde guardo los archivos de las estaciones, ¡justo estaba puesto en la tarea cuando me resfrié!, y con el malestar y los escalofríos, como bien comprenderéis no estaba yo para planificar la próxima temporada ni nada parecido ya que bastante trabajo tenía haciéndome una tisana y, luego, con tirar de edredón hasta las orejas...

La lechuza pensó: “cuando el Tiempo duerme las horas no deben contar de la misma manera, porque si no sabría que han pasado años desde que empezó este desorden”, no obstante, respondió muy seria:

-Yo estoy dispuesta a ayudarle, señor Tiempo, y supongo que mis amigos también.

-¡Si, si!- exclamaron alborozados los aludidos.

Y así se hizo; con la autorización del Tiempo, entraron en la caravana todos, aves, animalillos e insectos, y en menos que se tarda en decir “buenos días”, se encontró el clasificador con los archivos, y como no había ningún habitante del bosque que no se conociera al dedillo el orden de las estaciones, pronto estuvieron éstas colocadas en sus meses correspondientes, con gran satisfacción general y para tranquilidad del señor Tiempo. O sea, que después de brindar su ayuda, la lechuza y sus amigos, tras despedirse efusivamente del agradecido anciano, hicieron el viaje de regreso a la Tierra.

¡Y por suerte que llegaron en verano, que si les toca el invierno, seguro que agarran todos un catarro monumental!

 

Próxima semana: Los lápices de colores

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