LOS LÁPICES DE COLORES

Copyright: ccgedicionesÉrase que se era una niña de ocho años a la que regalaron una caja con 24 lápices de colores. Era una caja preciosa de corcho pintado y los 24 lápices una maravilla, ya que aparte de los colores de siempre, tenían una ampliación con muchas variantes, así, por ejemplo, había tres lápices de color rosa: rosa peladilla, rosa coral y rosa oscuro, tres de verde claro: verde manzana, verde mar, verde hoja, y, bueno, ya os podéis imaginar el resto, porque con tantos lápices iba a ser muy aburrido explicarlo uno por uno, ¿no os parece?

Los lápices olían muy bien a madera de bosque, y la niña, que vivía en una ciudad y pocas veces entraba en contacto directo con la naturaleza, hundió su naricilla en la caja de corcho pintado respirando a pleno pulmón mientras se acordaba vagamente del bosque al que sus padres la llevaban muy de tanto en tanto, porque debido a que la vida en las ciudades no deja mucho tiempo libre, sus papás no la podían llevar a pasear por el campo tanto como ellos hubieran deseado.

La niña cogió un cuaderno de dibujo que también le habían regalado junto con la caja de los lápices de colores, un cuaderno muy grandote lleno de hojas de papel grueso y blando, y se puso a dibujar y colorear llena de entusiasmo.

Lo primero que hizo fue una casa, una casa como las que salen en los cuentos, con valla de madera blanca, jardín y amplio techado lleno de tejas rojas. Las ventanas permanecían cerradas, la chimenea lanzaba al aire una estela de humo que parecía una nube barrigona y la puerta de la casa, entreabierta un poquitín, era el final de un caminito gris que empezaba en la entrada de acceso de la valla, abierta de par en par. En el jardín había tres árboles, uno grande, uno mediano y otro pequeño, muchas flores y dos pájaros surcaban el cielo completamente azul, bajo un sol anaranjado y sonriente.

La niña contempló su obra después de terminarla, y, aunque le gustaba, no se sintió, sin embargo, totalmente convencida. Algo faltaba y no sabía que era... hasta que dio con ello; faltaban las habitaciones, como en una casa de muñecas, en la que, para ver lo que hay en su interior, es obligatorio abrir la fachada, de lo contrario, ¿cómo se puede jugar con ella?

La niña se puso a dibujar entonces en otra página, con el ceño fruncido por el esfuerzo, una habitación: el comedor al que se entraba directamente desde la puerta de la casa. Era un inmenso comedor-sala de estar, lleno de muebles y en el que se abría otra puerta que daba al espacio trasero del jardín. Luego dibujó la cocina, que recordaba mucho a la suya de juguete que le habían traído los Reyes Magos, y después comenzó a dibujar los dormitorios, uno para los papás y dos para los niños -(de momento, ella era hija única, y pensaba que sería muy divertido tener al menos un hermano con quien jugar)-, más tarde le llegó el turno al cuarto en el que aquellos niños imaginarios estudiaban, y que, por lo desordenado, más parecía una leonera que otra cosa. Finalmente, quiso llegar a la buhardilla, porque en las buhardillas siempre hay arrinconadas montones de cosas interesantes, pero entonces la llamaron para cenar y pues era domingo, tuvo que acostarse prontito ya que al lunes siguiente había que ir a colegio, ¡vaya una lata!, ¿no?

Al otro día la niña estuvo muy atareada estudiando y luego haciendo los deberes, tanto, que llegó la noche y aún no había podido volver a ver lo que estuvo pintando el domingo y la verdad es que tenía muchas ganas de contemplar su obra. Por eso, cuando todos en la casa dormían, se levantó sigilosamente de la cama y fue en busca del cuaderno grandote lleno de hojas de papel grueso y blando, que seguía estando en el mismo lugar en el cual lo dejase la noche pasada, o sea, en la repisa de una estantería en la que colocaba sus libros.

La niña cogió el cuaderno entre sus manos e iba a sentarse  para hojearlo cómodamente, cuando tropezó con un pliegue de la alfombra y se cayó al suelo encima del cuaderno.

Había dado una voltereta y se encontró sentada... ¡sobre el césped de un jardín desconocido!... No, no, no tan desconocido, amiguitos; era el mismo jardín que ella había dibujado y coloreado el domingo por la tarde, y delante suyo estaba la casa con sus tejas rojas, sus ventanas cerradas y la puerta entreabierta un poquitín...

Sin pensárselo dos veces, la niña se incorporó avanzando descalza por el caminito gris que conducía a la casa, empujó la puerta, y entró. 

La casa era de papel pintado, los muebles también, y si tocabas las delgadas paredes, daban la impresión de que se podían rasgar con facilidad, mas resultaba una impresión falsa, porque las paredes eran fuertes y los muebles también aun pareciendo recortables, ya que te podías sentar y apoyar en ellos, tranquilamente.

La niña recorrió el comedor, “su” comedor, luego la cocina, los dormitorios y la leonera de los hermanitos. Le hubiese gustado mucho quedarse allí rato y rato revolviendo en las estanterías de los libros, pasando revista de todos los juguetes y jugando ella misma con unos o leyendo en los otros, ya que había montones de cuentos llenos de bonitos dibujos, pero no podía entretenerse si quería ver más; le faltaba la buhardilla y ella no ignoraba que en la buhardilla siempre se tropieza uno con verdaderos tesoros: una preciosa muñeca antigua, un teatrito, más cuentos, cajas de construcciones, o de lata, llenas de cromos del tiempo de los abuelos, un viejo tren que ya no funciona, osos de peluche olvidados... En fin ¡tantas y tantas cosas extraordinarias como sólo pueden encontrarse en las buhardillas! Y salió al vestíbulo de puntillas, aun a sabiendas de que la casa estaba deshabitada, ascendiendo por las escaleras despacito, despacito, hasta llegar delante de la puerta de la buhardilla que empujó.

-¡Qué raro! –dijo la niña en voz alta ya que la puerta no había cedido, y volvió a empujar, pero la puerta siguió cerrada con obstinación.

-¡Claro –exclamó la niña dándose cuenta de algo entonces-, cómo se va a abrir si no tiene picaporte ni cerradura, porque si hubiera cerradura habría una llave y estaría puesta y yo podría hacerla girar, y...!

Y muchas cosas más, se supone, por ejemplo, meterse dentro de la buhardilla, que para eso estaba allí delante.

¿Cómo puede haber una puerta sin picaporte ni cerradura? ¿Para que sirve una puerta que no se puede abrir?

La niña se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y empezó a pensar y a pensar y a pensar... hasta que dio con la solución.

-¡Claro, ya sé porque no tiene ni picaporte, ni cerradura, ni llave, es de lo más fácil, no los tiene porque yo no había empezado a dibujarlos cuando tuve que irme a cenar!

Se levantó de un salto.

-¡Tengo que volver a casa y terminarla, sólo entonces podré meterme dentro de la buhardilla!

La niña bajó las escaleras y salió al jardín, pero tropezó con una piedra y se cayó al suelo, y al darse la vuelta para sentarse descubrió que estaba en su camita de nuevo...

¿Había sido todo un sueño?

Por si acaso, cuando llegó el siguiente domingo y dispuso de una tarde entera para ella sola, le dibujó, a la puerta que no se abría, un picaporte, una cerradura, y una llave... sin olvidarse tampoco de la buhardilla que hizo enorme y empezó a llenar de cosas, tantas, tantas, que todavía las está dibujando, porque, ¿sabéis una cosa?, esta niña, dibujando, dibujando fue creciendo y haciéndose mayor, mayor, mayor, hasta convertirse ella en una señora que hacía dibujos muy alegres e interesantes y como los dibujos no pueden estar sin orden ni concierto danzando como la ropa tendida en un cuerda (por ejemplo, imaginaos una sábana blanca, dos calcetines azules, y un mantel de colorines bailando a impulsos del viento), la señora que fue una niña, empezó a escribir historias en las cuales los personajes eran todas las cosas que dibujaba y esas historias se llamaron cuentos y muchos niños los leyeron mientras contemplaban los dibujos, y, ¿queréis que os diga algo en secreto, pero que muy en secreto?, pues... ¡vosotros sois esos niños!

 

FIN de La Avellana costurero y otros cuentos

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