EL CERDITO-HUCHA

copyright dibujo: ccgedicionesUna vez hubo una niña a la que le tocó en una tómbola un cerdito de barro pintado de color de rosa. Aquel cerdito era una hucha, pero la niña no sabía lo que era una hucha y sólo veía un cerdito de barro pintado de color de rosa con una ranura en el lomo y en la barriguita un círculo que si se empujaba con el dedo pulgar se abría como una ventana y podías mirar dentro que era oscuro y estaba hueco.

-¿Para qué sirve un cerdito-hucha? –se interrogó la niña que era muy curiosa y siempre estaba preguntando a sus papás el por qué de todas las cosas que no entendía.

Entonces su mamá, que la oyó decir esto, le explicó:

-El cerdito-hucha sirve para ser un buen amigo tuyo y ayudarte siempre que lo necesites.

-¿Cómo?... No es más que un cerdito de barro pintado de color de rosa, no anda ni habla, ¿cómo puede ayudarme?

-¡Oh! –dijo su mamá-, algún día lo sabrás si te acostumbras a poner siempre que puedas, una moneda en su interior, metiéndola por la ranura del lomo, entonces, estará tan contento que te ayudará cuando lo necesites.

La niña contempló muy asombrada al cerdito-hucha de barro pintado de color de rosa, sin acabar de entender lo que le explicaba su mamá.

-¿Cómo me puede ayudar un cerdito de barro pintado de color de rosa? –insistió.

A lo que su mamá repuso.

-Tú ten paciencia, espera y ya verás..

La niña se quedó muy intrigada, pero como su mamá no le dijo nada más que sirviese para aclararle el enigma, pensó que las personas mayores son muy misteriosas a veces y decidió esperar a ver que pasaba con su cerdito-hucha y de que forma podía ayudarle éste cuando ello lo necesitara.

Mientras tanto, empezó a ponerle una moneda siempre que podía, que era cuando papá le daba su paga, introduciéndola por la ranura que se abría en el lomo del cerdito-hucha, y luego esperaba a ver que pasaba y de que forma podía ayudarla, pero el cerdito-hucha no hacía nada y la niña cada vez entendía menos lo que su mamá le había dicho, sin embargo como las mamás y los papás nunca engañan a sus hijos, la niña esperaba y esperaba, confiada, el día en que el cerdito-hucha la ayudase.

La nena de nuestro cuento, vivía en un pueblo que tenía una plaza con árboles y bancos en donde los niños jugaban en unos columpios y toboganes que había allí puestos, y a esta plaza se abría la calle mayor que estaba llena de tiendas, entre ellas dos heladerías, una granja de esas que sirven chocolate caliente en invierno y horchata fresca en verano y siempre, siempre, siempre, tienen nata y pasteles de crema, también había en la calle mayor una librería, que es una tienda en donde se venden libros, y sucedió que cierta tarde, cuando ya se acercaban las vacaciones de verano, la niñita, pasando por delante de la librería, descubrió en el escaparate un maravilloso libro de cuentos, de esos en los que el libro se abre hasta convertirse en una especie de escenario en donde, recortado, hay en cada página un paisaje, o un castillo, o el interior de un palacio según de lo que vaya el cuento, y todo con sus personajes... “¡Oh, que libro tan bonito!”, pensó la niña, que venía del colegio en esos momentos y miró el precio a ver cuanto costaba, pero era muy caro, o sea el doble de la paga que le daba su papá cada fin de semana, y aquel día era viernes, pero aun y así tampoco servía de nada porque cuando la tuviese a la mañana siguiente, le faltaría mucho todavía y el señor Edu, el librero seguro que vendía el cuento enseguida con lo bonito que era.

La niña, entonces, se quedó muy triste porque estaba viendo que no iba a poder comprar ese libro maravilloso, y regresaba cabizbaja cuando, de repente, se acordó del cerdito-hucha y de todas las monedas que reposaban en su interior, y echó a correr en dirección a casa porque acababa de darse cuenta en que podía ayudarla su cerditp-hucha de barro pintado de color de rosa.

¿A que vosotros también lo habéis entendido?

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