LA AVELLANA COSTURERO

Copyright del dibujo: Estrella Cardona GamioHubo en cierta ocasión, una avellana que no era igual que las demás porque le servía de costurero a un hada. El hada era muy pequeña y por eso su costurero también tenía que serlo. El hada, que atendía por el nombre de Iris, además, era muy despistada porque nunca sabía en donde dejaba sus cosas y continuamente iba y venía de aquí para allá buscando, buscando y buscando aquello que imaginaba perdido pero que siempre acababa apareciendo en los lugares más impensados, lo que motivaba las risas de las otras hadas que vivían como ella en el mismo bosque.

Un día, Iris, perdió su precioso costurero-avellana y esto si que la asustó porque dentro había dejado su aguja de plata, una agujita de plata que poseía virtudes mágicas, lo que resulta muy lógico tratándose de las pertenencias de un hada.

Esta aguja tenía la facultad de coser ella sola cualquier pieza de tela en la que se dieran dos puntadas; bastaba con decirle: ¡cose, cose aguja!, y la agujita se ponía a coser sin descansar hasta que el vestido, la capa, o cualesquiera fuese la prenda, estuviese perfectamente cosida, o bien se le pedía un bordado -¡borda, borda, aguja!-, y la diligente aguja correteaba por el lienzo tensado sobre el bastidor, hasta dar por concluido un maravilloso dibujo hecho con hilos de multicolores.

Como podéis suponer, se trataba de una aguja muy útil, y a la que el hada Iris tenía en gran estima, por eso, perderla, fue para ella un verdadero drama.

Sus compañeras, las otras hadas del bosque, viéndola revolotear de un lado al otro toda apurada, supusieron lo que le sucedía y se le acercaron, semejando de lejos, una alegre bandada de mariposas que se desplazaban por algún motivo.

-¿Qué has perdido esta vez? –le preguntaron.

-Mi aguja mágica, la que cose sola... Estaba dentro de la avellana que me sirve de costurero y no sé dónde lo he puesto.

Un hada niña quiso saber curiosa.

-¿Y por qué no usas la varita para encontrarla?

-¡Oh, Rosa Lila! –la amonestó un hada transparente con reflejos verde agua- ¿Es que no aprendes nada en la escuela del bosque?; las varitas de virtudes sólo sirven para ayudar en la solución de casos muy importantes y, desde luego, nuestros no, lo tenemos prohibido.

Iris lloriqueó muy triste.

-¿Qué es lo que puede hacerse? Mi aguja de plata no debe caer en manos equivocadas...

-¿Por qué?- interrogó el hadita Rosa Lila.

-Pues porque harán mal uso de ella.

-¿Cómo?

Todas las hadas miraron con enfado a Rosa Lila, todas, menos la atribulada Iris.

-Lo que para un hada es normal, para los otros no... Nadie sabe usar debidamente los dones de las hadas a menos que éstas se los regalen por voluntad propia.

Pero Rosa Lila no era de las que se dejan convencer fácilmente.

-Si es una aguja encantada, alguna palabra mágica debe ser la que la ponga en movimiento.

-¡Naturalmente! –exclamó muy digna Iris.

-¿Y cuál es?

Todas las hadas rodearon a la pequeña Rosa Lila e Iris le susurró muy bajito el conjuro, pero dio la casualidad de que en ese momento preciso asomara la cabeza una lombriz de tierra en la que nadie reparó... y, claro, la señora Lombriz pudo oírlo todo, y como era una chismosa, le faltó tiempo para ir a repetirlo a quiénes quisieran escuchar, que, aunque no os lo creáis, eran muchos en el bosque.

Mas, ¿quién puede prestarle oídos a una lombriz de tierra?

Pues, en primer lugar todo aquel que pretenda comérsela si la pilla desprevenida.

Por ejemplo, la señora Araña cuando a punto estuvo la lombriz de enredarse en su tela colocada entre dos hojas a ras de suelo.

-¡Mmmm!, hermoso desayuno –comentó la señora Araña viéndola caer en su red.

-¡Por favor no me comas –rogó la lombriz muy apurada- si no me comes te contaré un secreto!

-¿Qué secreto? –preguntó la señora Araña que era muy curiosa.

-Sácame de tu tela y si me prometes que no te voy a servir de desayuno, te lo contaré.

La señora Araña se lo pensó un poquito, pero después no tuvo más remedio que aceptar el trato si quería conocer ese secreto que tanto la intrigaba.

Y la señora Lombriz se lo contó a la señora Araña quien se quedó soñando en una aguja como aquella con la que podría coser muchas de sus telas hasta formar una trampa gigantesca en la que atraparía a todas las moscas y mosquitos del mundo, que luego ella se zamparía tan satisfecha.

Pero quiso el azar que mientras la señora Lombriz se hallaba revelándole a la señora Araña el secreto de la mágica aguja de plata que estaba en el costurero-avellana del hada Iris, acertase a pasar por allí una joven urraca que a punto estuvo de comérselas a las dos, y lo hubiera hecho muy a gusto de no mediar la circunstancia de que escuchando la palabra “plata” esta atrajese su interés, ya que de todos es sabido que a las urracas les entusiasman los objetos brillantes de metal, y, camuflándose entre unas sombras azuladas y unas piedras blancas, la joven urraca no se perdió ni una sola coma de la historia y emprendió rauda el vuelo porque estaba ansiosa de encontrar cuanto antes la maravillosa aguja de plata con la que pensaba confeccionar una gran bolsa para esconder en ella sus variados tesoros de metal reluciente que tenía ocultos en el hueco de un árbol.

Ahora, ¿dónde puede estar una avellana, sea o no, costurero de las hadas?

Nuestra urraca no tenía una pluma de tonta, así que se dirigió a toda velocidad a casa de su vecina la señora Ardilla, que se encontraba muy atareada siempre recolectando bellotas, nueces... y avellanas, para el invierno. Como vivía en un árbol contiguo al que servía de morada a la urraca, fue de lo más normal saludarla como llevaba haciendo desde que instaló en él su nido.

-Hola, señora ardilla, ¿qué tal, como le ha ido hoy el día? ¿Buena cosecha?

-¡Buenísima! Imagínese que esta mañana me ha dado por ir al bosquecillo de avellanos y he llenado las alforjas...

-¡Vaya, vaya!... ¿Algún ejemplar raro?

La señora Ardilla dejó de sonreír mostrando sus dientecillos.

-¿Por qué dice usted eso?

-¡Por nada, por nada!

Pero la ardilla era muy desconfiada.

-Usted sabe algo...

-¡Que va!, ¿yo? –se exclamó la urraca poniéndose nerviosa.

-Si, usted, ¿qué sabe?, ¿qué intenta ocultarme?

Bueno, al final la urraca se lo tuvo que contar y las dos se enzarzaron en una larga discusión porque la ardilla se empeñó en quedarse con la mágica aguja de plata, alegando que si la encontraba entre sus avellanas, entonces le pertenecía por derecho de hallazgo, a lo que la urraca replicaba, que ella se lo había dicho y que por tanto era más suya que de la ardilla. Luego ambas se pusieron a partir avellanas como locas... y no encontraron ninguna que fuese costurero ni encerrase una aguja de plata, lo que las dejó muy chasqueadas a las dos.

Supongo que hemos llegado a un punto del cuento en el que os estaréis preguntando, qué que fue del costurero-avellana del hada Iris, con aguja de plata incluida...

Si me prometéis no decírselo a nadie, os lo contaré, pero muy en secreto, ¿vale?

Antes he explicado como el hada Iris era muy despistada, pues bien, el costurero estaba en el jardín que rodeaba su casita, metido debajo del banco en el que ella solía sentarse a coser muchas tardes, y, no sufráis, porque acabó encontrándolo, aunque tardase varios días.

Pero podéis estar seguros que los malos ratos pasados no le sirvieron de lección, porque a la semana siguiente volvió a perder otra cosa y de nuevo se la vio volar por el bosque de allá para acá buscando, buscando y buscando...

Próxima semana: El cerdito hucha

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