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Relatos

Continuamos ofreciendo, con motivo del 18 aniversario de C. CARDONA GAMIO EDICIONES, un nuevo relato, EL ABRIGO DE CLARK GABLE incluido en el libro del mismo título

El abrigo de Clark Gable por Estrella Cardona Gamio

Subía por los escalones lentamente mientras miraba de reojo, con desconfianza, el hueco del ascensor, uno de esos ascensores antiguos que iban constantemente arriba y abajo a la vista de todo el mundo, ruidosos, jadeantes, y enmarcados en cada rellano por una filigrana modernista llena de curvas y graciosas espirales que tanto podían ser lirios como mariposas.

No le gustaban los ascensores desde el día en que yendo en uno, se quedó atascado entre dos pisos y nadie vino a rescatarle hasta pasado un buen rato, por tanto, siempre que podía evitarlos lo hacía, incluso en esta visita semanal obligada, y eso que el piso al que iba era un quinto y él estaba cansado, muy cansado.

El hueco del ascensor le daba vértigo y la sinuosa escalera que descendía abrazándole, todavía más, suerte que era amplia y así podía hurtarse del mareo contemplando fijamente el zócalo de mármol que llenaba el grabado de unas flores estilizadas, algo borrosas ya por el paso del tiempo.

En portería encendieron las luces de la escalera. Era una tarde gris e invernal, fría, ¡diantre si hacía frío, más allí que en la propia calle! Él se estremeció involuntariamente; desde que se había empeñado el abrigo para sólo conseguir cinco duros miserables, no hacía más que poner a mal tiempo buena cara en el sentido literal de la  palabra, ya que a miradas inquisidoras de gentes conocidas afirmaba, intentando parecer despreocupado, que no hacía tanto frío y que en consecuencia, el abrigo le agobiaba.

—¡Pues si que es usted caluroso! —le espetaban los más descarados a lo que él, sonriente, aseguraba que todo se debía a su complexión corpulenta.

Sí, ciertamente; se trataba de un hombre corpulento y sanguíneo, una buena armazón ósea que disimulaba muchas cosas, por ejemplo, lo enflaquecido que estaba de un tiempo a esta parte. “Si continúo a este ritmo, pensaba, pronto pareceré un espantapájaros”. La pregunta era, ¿en dónde estaban los pájaros que tenían que ser espantados?

Bajo el brazo llevaba una carpeta color lápiz tinta considerablemente abultada, unos ciento treinta folios mecanografiados a doble espacio y por una sola cara, su última novela del Oeste, La venganza del cuatrero, en la que volvía a salir ese personaje que parecía haber caído en gracia a los lectores, el sheriff Joe Dos Tiros que se encargaba de imponer la ley en las salvajes praderas llenas de malhechores, aunque siempre de una manera poco ortodoxa pero muy eficaz.

La verdad es que estaba ya harto de Joe Dos Tiros y de las memadas que tenía que escribir sobre él. Había creado a un super hombre que lo podía todo, desde enamorar a la chica hasta eliminar hordas de bandoleros como por ensalmo, además era alto, fuerte, guapo, joven… En fin, un retrato en el que no se reconocía, ni, por descontado tampoco su público lector, que integraban una manada de individuos tan anodinos y desesperanzados como él mismo a quienes sacudían del letargo de sus vidas frases de este jaez: “Te doy la ventaja de medio segundo para que ‘saques’; si tardas, eres hombre muerto”.

Pero Joe Dos Tiros mandaba, aunque tal vez con un poco de suerte pudiera descansar del personaje un par de semanas, porque Andrés Riquelme Díaz, factotum único de Ediciones Riquelme Díaz, editorial con apenas un año de vida, quería ampliar horizontes con una nueva colección, esta vez del género rosa que, al parecer, otros vendían muy bien. Le había hablado de ello la última vez que se vieron, la semana anterior concretamente, cuando fue a entregar la penúltima aventura de Joe Dos Tiros, El cowboy que no sabía disparar.

Riquelme le había dicho con aire de conspirador de opereta hablando en voz baja y eso que en el despacho estaban los dos solos:

—La competencia se hace de oro con esas novelitas, ¿sabes?, es un filón, te lo digo yo visto lo visto. Están en todos los quioscos, ¿sabes?, en todos, y nosotros también podemos hacerlo. A Martínez le va muy bien con la serie policíaca del asesino encapuchado, a Requejo con la ciencia-ficción y tú eres un as con las del Oeste, pero, ¿te atreverías con la novela rosa?… Nadie iba a saber que Doug O’Flaherty, era… Por ejemplo, ¡Luzlinda del Valle!

Él tragó intentando sonreír.

—¿Luzlinda del Valle?

—Bueno, lo he dicho por decir algo, pero de ocurrírsete un nombre mejor… Si aceptas te hago un aumento de cincuenta pesetas, ¿qué te parece?

No tenía más remedio que aceptar, que el aumento no era como para despreciarlo, y quedaron en que después de la próxima de Joe Dos Tiros, Doug O’Flaherty se iría de vacaciones una temporada, al menos hasta comprobar como funcionaba la primera novela rosa.

De regreso a su casa él pensaba que ni Croydon Holmes —Martínez—, ni Jeff Galaktykus —Requejo—, debían haber picado el anzuelo rosa y a él le había tocado irremisiblemente. Ahora, de Luzlinda del Valle nada de nada.

Acababa de llegar al quinto piso y se detuvo un momento en el rellano para recuperar el aliento antes de tocar el timbre, luego pulsó decidido.

 

El novelista y el editor no discutieron por una razón de peso, no había nada que discutir; todo ya estaba decidido, o mejor, programado.

—¿Qué, se te ha ocurrido algún nombre? —pregunta meramente retórica por parte de Riquelme Díaz mientras encendía un cigarrillo, una vez haber recogido con avidez el original de las andanzas de Joe Dos Tiros.

—Bueno… Uno sí, porque como se trata de novela rosa, pues… Constanza de Montclar, suena distinguido.

Riquelme Díaz sopló la cerilla con determinación y luego centró todo su interés en el borde chamuscado de la uña del dedo pulgar.

—¡Coño con estos fósforos! —exclamó irritado— ¿Decías?

—Constanza de Montclar.

—Sí, sí, no está mal, lo suficientemente… apropiado, pero se me antoja muy barroco, amigo mío. Yo tengo otro mucho más ligero y a la moda de lo que hoy en día pide el lector: Mimi Fredon.

—Mi… ¿qué?

—Es un nombre francés; si ofrecemos novela rosa la hemos de envolver con la celofana de la picardía francesa, así prometemos mucho…

—¡La censura no dejará que sea una novela picante! —se horrorizó el escritor interrumpiéndole.

—Y no lo va a ser, por descontado, pero las mujeres pensarán que sí y morderán el anzuelo, que es de lo que se trata… ¿Se te ha ocurrido ya algún argumento?

—Bueno, la verdad, algo he barajado, pero el salto es grande; de los cuatreros a los enamorados románticos media un abismo.

—Sí, claro, aunque ahí está tu talento… Además la diferencia no es tan grande.

—¿No?

—No. Mira, el argumento de las novelas de amor es siempre idéntico: chico y chica se encuentran, se enamoran, se pelean por una idiotez, se odian, entre comillas, y luego se reconcilian, se casan, casto beso final, a ser posible en el pelo o en la mejilla, ¡y todos tan contentos! Puedes hacerlo porque lo del Oeste va más o menos cortado por el mismo patrón: malo comete fechoría y bueno se lo carga; la historia se repite, que te lo digo yo.

Ex Constanza de Montclar, puso gesto de duda.

—Tengo miedo de no estar a la altura de las circunstancias.

—¡Pero, hombre, si eso se escribe con los ojos cerrados, hasta lo haría yo mismo si no tuviera tanto trabajo!… Ahora —le miró especulativamente—, si quieres simultanear la novela rosa con otra de Joe Dos Tiros…

—¿Cómo?

—Sí hombre, por la mañana escribes la novela rosa y por la tarde te vas al salvaje Oeste, incluso puede ser refrescante.

—¿Refrescante? —repitió como un eco Doug O’Flaherty.

—Mira, no se hable más, te dejo la novela rosa en cien folios, así te será más ligera de escribir. Me la traes dentro de 11 días, y el próximo viernes aterrizas con Joe Dos Tiros como siempre… ¡Qué quieres, mejor trato no te puedo ofrecer!… De esta forma sondeamos la opinión del público y tú no pierdes el tiempo y los seguidores de Joe Dos Tiros no se ven defraudados.

Su interlocutor le miró con un nudo en la garganta, eso significaba no pegar ojo en una semana y al onceavo día aparecer como un sonámbulo por la editorial, pero se le hizo presente su mujer que cosía a destajo para un taller de batas de colegial que parecían de hospiciano, y le dio vergüenza aquella repentina cobardía.

—De acuerdo, quedamos así. ¿El aumento de las cincuenta pesetas sólo serán para la novela rosa? —agregó tímidamente.

—¡Hombre, no abuses, que en este negocio todos tenemos que apretarnos el cinturón!

—De acuerdo, como tú digas.

Riquelme Díaz le acompañó hasta la puerta palmeándole en el hombro intermitentemente.

—Mira, te regalo una idea: ella es la hija de un millonario que se escapa de la mansión paterna, un castillo en el Loira, para vivir un día a su aire en París sin nadie que la controle (no tienes que describir nada, ¿eh?, hablas de la Torre Eiffel y de los Campos Elíseos de pasada), la chica coge un taxi y el taxista y ella se enamoran… Bueno, ¿qué te parece?… Como arranque no está nada mal, ¿verdad?

No, no lo estaba, se dijo Doug O’Flaherty mientras bajaba la escalera tan lentamente como la había subido y su desdoblamiento esquizofrénico en Mimi Fredon le hizo sentirse mucho más miserable de lo habitual. Era triste pensar que lo que a él le gustaba escribir no podría hacerlo nunca, porque ya había perdido toda esperanza al respecto. Una buena novela sin tiempo controlado, sin cuatreros, sin niñas ricas que se fugan de casa, algo con profundidad que explicara algo con alma, una historia  viva, real, como soñaba hacerlo cuando en la adolescencia empezó a escribir… para nada. Se encogió de hombros, ¿qué más daba ya?, a los cuarenta cumplidos, sin que nadie le cogiera por la edad, cerrado el almacén en cuya oficina trabajase desde que concluyó la guerra civil, no había que hacer ascos a lo que tenía; que, poco o menos que poco —lo había encontrado en los anuncios de un periódico cuando ya desesperaba de que pudiera existir alguna clase de trabajo para él—, era un medio de subsistencia llovido del cielo al que agarrarse como a ese proverbial clavo ardiente.

Saludó al portero mecánicamente, “Buenas tardes, señor Joan”, y salió a la calle, estremeciéndose en cuanto le golpeó el aire frío. ¡A ver si con el extra de la novela rosa podía desempeñar el abrigo, que falta le hacía!

 

El día gris y la hora empezaban a llenar Barcelona con las luces del alumbrado, quince minutos más tarde caería la noche de repente y las farolas restarían protagonismo a los semáforos, pero, todavía, el amarillo resplandor del crepúsculo lo iluminaba todo como los jirones lívidos de cielo entre las nubes de tormenta.

Se dirigía con rapidez al paso del semáforo deseando escapar de la confluencia de unas calles que canalizaban el viento, cuando alguien, más apresurado que él, le rozó sin pretenderlo. El escritor miró por inercia a su derecha viendo las espaldas de un hombre que le aventajaba en estatura. El individuo en cuestión llevaba un impecable abrigo azul de excelente paño —paño inglés pensó instintivamente—, tan bueno que parecía recién estrenado. Él admiró aquel abrigo con melancolía, ¡menudo gabán!, uno como ese no iba a tenerlo en toda su vida a menos que le tocara la lotería, porque de costar habría costado un ojo de la cara, desde luego mucho más de lo que un escritor de su categoría podía ganar en varios años. ¡Los había afortunados!, aquello de que hay quien nace con estrella y quien nace estrellado. El desconocido del abrigo tenía el cabello oscuro y debía peinarlo con fijador porque la ventolera no se lo alborotaba. Le vio llegar al pie del semáforo y detenerse ya que en aquel mismo instante la luz cambió dando preferencia a los vehículos. Él acercóse quedando al mismo nivel que el hombre del abrigo, por una rara casualidad sólo estaban ellos dos esperando cruzar la calle, nadie más, y entonces levantó el rostro y miró, en esta ocasión hacia su izquierda que era en donde ahora se hallaba el otro muy erguido con su impecable abrigo azul cruzado y de doble abotonadura; no llevaba bufanda alguna, o pañuelo, y el comienzo de una exquisita corbata asomaba entre las solapas bajo el cuello de la camisa; cierto aroma fresco de loción para el afeitado, y no de las baratas precisamente, parecía desprenderse de su persona; cercana, una farola contribuía a iluminar la escena disolviendo sombras…

Se quedó boquiabierto y por un instante creyó que la imaginación le gastaba una mala pasada y veía visiones: ¡el desconocido del abrigo azul era Clark Gable, el mismísimo “rey” de Hollywood en persona!

 

Parpadeó, aquello era real, ¡no podía estar soñando! Anochecía en la ciudad de Barcelona esa tarde de invierno, él era un pobre diablo que escribía bodrios para mal vivir, las suelas de sus zapatos estaban gastadas, se había tenido que empeñar el abrigo, y, para redondear su humillación acababan de convertirle en Mimi Fredon endosándole un argumento de lo más hortera. No era nadie, nadie, y a su lado estaba un triunfador, un hombre famoso, atractivo —bien que la juventud ya quedaba lejos del eterno galán, pero el magnetismo continuaba intacto—, el héroe de docenas de películas por el cual suspiraban millones de mujeres en el mundo entero, un hombre de gran poder adquisitivo que podía permitirse el lujo de comprar tranquilamente un abrigo como el que vestía sin que ello significase que su cuenta corriente se descabalara.

Clark Gable contempló a Mimi Fredon con gesto benevolente e incluso podría asegurarse que un poco enternecido, luego, sus labios se curvaron en la sonrisa que le caracterizaba, burlona y simpática bajo aquel inconfundible bigote, y en sus ojos pareció surgir una especie de alerta que no amenazaba sino, por el contrario, rogaba discreción.

De nuevo el semáforo dio paso a los peatones, y Clark Gable cruzó resueltamente, su compañero no; se quedó allí plantado viendo como el astro se alejaba, hasta confundirse entre los demás transeúntes, marchando rumbo a uno de los más antiguos y prestigiosos hoteles de la ciudad cuya marquesina luminosa se divisaba en una esquina a poco menos de cien metros.

 

Al llegar a casa su mujer estaba malhumorada y nerviosa como siempre; la rodeaban las batas de colegial y se hallaba apenas a medias del trabajo que tenía que entregar por la mañana temprano. Levantó la cabeza al verle entrar en el comedor y le dijo hoscamente:

—¿Te lo ha pagado todo? —porque a veces Riquelme Díaz solía quedarse corto a la hora de efectuar pagos y sus escritores recibían la semanada incompleta aunque al viernes siguiente la omisión se subsanara.

—Sí, sí.

—¿Cómo habéis quedado por fin con lo de la novela rosa; ya empiezas?

—Quiere que escriba la del Oeste y la rosa al mismo tiempo.

Su mujer se enfureció.

—¿Y qué más?… ¿Es qué no le has dicho que…

Las últimas palabras se perdieron tras la puerta del aseo en donde acababa de refugiarse el escritor.

El cuartito era diminuto, un inodoro y el lavabo; se contempló en el espejo. No le podía decir a ella que había permanecido unos instantes al lado de Clark Gable esperando que un semáforo cambiara, ¿quién iba a creérselo si él mismo dudaba?; esas cosas no pasan normalmente, y menos a individuos de su estrato social, por lógica tenía que tratarse de una confusión, mejor olvidarlo.

 

La noticia nunca trascendió al gran público; eran otros tiempos y no había aún paparazzi en nuestro país, pero aquel invierno Clark Gable estuvo unas horas en Barcelona, de riguroso incógnito, en una visita tan inesperada como relámpago.

 

CRONOS

Edgar Allan Poe

Iniciamos con este relato, de mi autoría, una serie de cuentos y fragmentos literarios para festejar debidamente los 18 años de C. CARDONA GAMIO EDICIONES.

@ 2001 Estrella Cardona Gamio

 Dedicado a

Edgar Allan  Poe

CUENTOS CRUELES

CRONOS

Las nubes se agrupaban grises y oscuras, empujándose las unas a las otras, como si la lívida línea del horizonte, ese resplandor espectral entre un cielo amenazador y una tierra desolada, les ofreciera la única vía de salida, hacia ninguna parte concreta, en aquella desbandada impulsada por el viento del frío amanecer.

Un viento de madrugada, que si arriba fustigaba a las nubes, a ras de suelo comenzaba a alterar la inmutable tranquilidad de la bruma del cementerio estremeciéndola, agitándola, arrancándole suaves pedazos algodonosos, ese viento de madrugada, repito, descendiendo como las alas de un ave, alargábase sutilmente en dedos helados que se introducían por todos los recovecos del menguado mundo vegetal presente en el lugar; flores marchitas, flores recién puestas, coronas, y también los lazos y las cintas que los adornaban, empezaron a agitarse blandamente como una respiración.

Las estatuas yacentes, los bustos, los piadosos bajorrelieves, las letras grabadas encima de las losas, curtidas por el día a día a la intemperie, indiferentes bajo su capa de polvo incrustado, se desentendían del viento y de la niebla; visitantes demasiado conocidos para sorprender con su llegada.

Un cuerpo pequeño correteó por entre los sepulcros, pero, sin espectadores humanos, nadie supo nunca que había pasado por allí.

La sutil bruma que parece encerrar los fuegos fatuos, se iba rompiendo lentamente, mientras el mundo de las tumbas emergía poco a poco igual que los restos de los naufragios encallados entre las rocas de la playa, cuando desciende la marea.

Las tumbas solemnes, silenciosas y tristes, cabezas de ángel, alas de ángel, hombros de ángel, bustos de bronce, figuras acongojadas, algún árbol melancólico entre ellas, las tumbas antiguas, las recientes, y las vacías fosas abiertas que esperaban, bostezos desdentados, prontos inquilinos.

El viento se hizo más intenso, y la neblina inició una danza macabra que semejaba querer emular, aunque de forma elegante, la carrera de las nubes.

Sutiles rastros que evocaban almas en pena, se balanceaban en el aire y, sin oponer resistencia, se dejaban llevar, atravesando al desgarrarse, la corporeidad de los objetos.

Pronto el suelo se vio barrido de la niebla y los adornos florales, húmedos, mostraron el despojo de su presencia al desapacible amanecer.

Sobre un sepulcro, el ramo modesto de unas flores recientes, iluminaron con su colorido la losa.

Cerca de la losa, se vislumbraba cierta silueta, sentada en actitud pensativa, que daba la sensación de contemplarla.

Esta silueta no correspondía a ninguna estatua sino a un hombre muy viejo al que semejaba envolver su larga cabellera blanca uniéndose con la barba.

Miraba reflexivo aquel sepulcro como si lo inspeccionase detalladamente, flores, losa… La losa estaba rota, si, es curioso, una tumba nueva y con la losa rota.

El desconocido contemplaba la tumba fijamente, parecía estar aguardando algo, pero no daba señales de impaciencia, era lo mismo que si todo el tiempo del mundo estuviese a su disposición.

Y al final, aquella espera, se vio recompensada.

Crujió la lápida como si terminara de resquebrajarse, mas permaneció intacta, partida en dos con la cicatriz de su fractura, (se había roto cuando la colocaron sobre la tumba), partida en dos con un siniestro y seco chasquido que atemorizó a las escasas personas que acudieron al entierro, y pues no había dinero para arreglar el estropicio, allí quedó la pobre losa rota sobre la tumba de un desdichado, cuyo menguado lujo fueron unas flores baratas que depositó, con mano temblorosa su anciana suegra, sobre las letras del nombre.

Las flores dormían caídas en la lápida, y entre sus cabecitas desmayadas, la silueta de las letras jugaba al escondite:

ED… … R… A… AN… P…E

La losa crujió por segunda vez y el viejo pareció suspirar.

Un jirón de niebla despistado danzó apenas un instante encima de los bordes irregulares de la grieta, y comunicó la falsa impresión de que no era casual el que circulase por allí, de que en realidad no transitaba al azar, pero no fue más que una espejismo.

El viejo observó con interés la lápida, que empezó a moverse entonces con cierta dificultad, como si desde dentro de la tumba la estuvieran empujando… Las flores resbalaron, hasta deslizarse lentamente por la superficie de la losa, cayendo luego al suelo sin hacer ruido… La losa se levantó forzada por la tapa del ataúd que alzaba una mano crispada y otra mano asomó entre el hueco descubierto, moviéndose a ciegas, cinco dedos, cinco tentáculos que buscaban el aire. Cayó la lápida a tierra con sordo estruendo que amortiguó el rumor del viento, abriéndose de par en par el ataúd con otro seco golpeteo, y el hombre, el enterrado, emergió de nuevo al mundo de los vivos con la cabellera en desorden y las pupilas desorientadas.

-Buenas noches, Edgar -saludó el anciano, pues la madrugada todavía era muy oscura.

-Buenas noches -repitió, sin entender nada, como un eco el aparecido, cuya voz “era tan baja que semejaba resonar desde muy lejos”– ¿Dónde me hallo, quién sois? ¿Qué lugar es este? Recuerdo haberme dormido en un banco, mas…

El anciano, a quien no se le distinguían las facciones por quedar éstas sumidas en la oscuridad, respondió con la paciencia del maestro que educa a un niño:

-Te quedaste dormido, es cierto, pero luego sucedieron muchas cosas que ya has olvidado, aunque mejor sería decir, que no viviste consciente pues acabaste en el hospital…

Desorientado, el aparecido se pasó la mano por los cabellos en un vago intento de ordenar sus ideas más que otra cosa.

-Crei haber soñado… Fue una pesadilla… Podría escribir un cuento acerca de ella…

-¿Qué creíste soñar? -inquirió el viejo con amabilidad.

El otro tenía los ojos desorbitados.

-Soñé que yacía en un camastro, que me habían atado a él, y yo gritaba y gritaba porque estaba solo, solo en todo el planeta, sin más otra compañía que la de las ratas…

-¿Cómo en El pozo y el péndulo?

-¿Decís, caballero?, ¿lo habéis leído entonces?

-En efecto, Edgar, lo he leído, conozco toda tu obra y sé de tu vida…

El hombre, cuyo rostro era una máscara de amargura, dulcificó notablemente la expresión al escuchar aquellas palabras pronunciadas de una forma afectuosa.

-¿Eso significa que os gusta lo que escribo? ¿Creéis que poseo talento?

El anciano repuso con solemnidad:

-Eres uno de los más grandes escritores que ha dado este siglo.

-El siglo es joven todavía, y a mí no se me conoce apenas… He trabajado mucho, hasta el exceso, bien debéis saberlo… Amo la literatura, es la única forma de evasión posible para escapar de este mundo deforme y miserable, pero, ¿basta tal vez con que yo la ame?… Es lo mismo que sucede con las piedras preciosas, sepultadas en la tierra existen, mas, ¿quién lo sabe?… Yo puedo caminar por un desierto totalmente yermo, y debajo de la suela de mis zapatos, a muchos metros de profundidad, esconderse un rutilante tesoro hincado entre las rocas, ¿lo sabré yo, lo sabrá alguien más? ¿Qué objeto puede tener tanta belleza sumergida, ignorada?… Decídmelo vos, buen caballero.

-El tiempo transcurre, lentamente, pero transcurre y un día, esos tesoros son descubiertos, no importa que pasen años o siglos, pues un día salen a la luz…

-¡Oh el tiempo, el tiempo cruel!… ¡Demasiado tarde entonces, ¿no lo creéis así?!

-Nunca es tarde, todo acaba por llegar cuando es su momento.

-¿Qué extraño, monstruoso, despiadado reloj, determina esa hora?

-Tu estrella, la estrella bajo la cual naciste un día.

-¡Mi estrella!… ¡Ingrata madrina que me regaló las peores dádivas que se pueden ofrecer a un recién nacido! Mas valdría que mi estrella se hubiera apagado antes de nacer yo, aunque tal vez lo hizo y por ello perdí padre, madre y hermanos a temprana edad, fui adoptado, y más tarde, todas aquellas mujeres a las que amé fallecieron… Una hermana bastarda de mi estrella debió concederme el desafortunado don de la fantasía para abismarme aún más en las simas de la desesperación, ya que escasos son los que me han reconocido valía en ese terreno, hasta el punto de que llegué a pensar que todo había vuelto a ser otra burla de mi cruel sino.

-Nunca más, Edgar, nunca más…

-Eso dijo El Cuervo, señor, y por tal causa fue admirado y reportó pingües beneficios, mas no al que lo había escrito, a quien pagaron con diez miserables dólares, borrándole incluso el nombre que una equivocada popularidad transformó en el autor de El Cuervo… Y siempre ha sido así pues antojáseme que más he nacido para ser carroña de buitres y no manjar delicado de exquisitos paladares… Yo no amo El Cuervo, caballero, pero él me concedió cierta popularidad, debo reconocerlo… ¡Popularidad -exclamó despreciativo-, cuando lo que yo ansío es la fama, la fama que es la sangre de la vida!

-¿La inmortalidad?

-¡La inmortalidad, pasar a la historia de la Literatura como uno de sus hijos más estimados!… -se exaltó el aparecido- Pero sólo me corteja el fracaso, la miseria, la indiferencia… ¡No existo, señor, no existo para el mundo, siendo únicamente, cuando ha habido suerte, una firma a pie de relato, de artículo, de crítica!… ¿Y acaso soy un simple gacetillero, un escritorcillo que rellena páginas y más páginas cual un poseso o una mediocridad? ¿Qué podéis replicarme a esto?

-Nada que tú no puedas decirte a ti mismo.

Edgar se estremeció.

-Hace frío en este desapacible lugar, o debiera hacerlo al menos, cuando tiemblo…

-¿Debiera hacerlo?

-No hay un techo sobre nuestras cabezas y sopla el viento…

-“Debiera” es palabra que pertenece a tu imaginación… Mira en tu entorno y dime que es lo que ves realmente.

El otro hizo lo que se le pedía.

-¿Cómo, en qué lugar aterrador me hallo? ¿Prosigue la pesadilla acaso?… Yo me dormí en un banco, soñé que estaba atado a un camastro y las ratas…

-Estás muerto, Edgar, abandonaste el mundo de los vivos hace unas horas…

Edgar vaciló como si le hubiesen golpeado en pleno rostro.

-¿Y vos y yo?… Esto trae a mi memoria la Conversación de Charmion con Eiros… ¿Es una parodia?

-¿Por qué causa habría de serlo?

Su interlocutor remeció la cabeza a imitación del que quiere despejarse de un mal sueño.

-¿Y dónde se halla el cortejo de fúnebres espectros que ha de darme la bienvenida al País de la Muerte?

-¿Desconfías de la veracidad de mis palabras?

-No os conozco, caballero, bien me podíais haber rescatado de aquel banco, y para divertiros, haberme traído aquí.

-¿Con qué objeto?

-El objetivo lo ignoro, sólo sé que aquí estamos, que esto es un cementerio y que yo estoy hablando con vos. ¿De esta suerte se conducen los cadáveres?

-¿Qué puedes saber tú, Edgar, que puede saber nadie cuando alienta, lo que significa traspasar la frontera entre la vida terrena y el Más Allá?… No eres otra cosa sino un recién llegado con la ignorancia propia de que adolecen todos los neófitos.

-¡No es verdad, no estoy muerto, he escrito demasiado sobre el tema como para no saber…!

-Demuéstrame entonces que estás vivo.

-Hablo…

-Te lamentas.

-Veo…

-Recuerdas.

-Estoy aquí…

-Eso es lo único cierto, que en este recinto te hallas.

-Yo…

-Vuelve la cabeza y mira a tus espaldas… Dime, ¿qué ves?

-Un sepulcro abierto, una losa rota, un ataúd vacío…

-¿Vacío?… Fíjate con detenimiento.

-¡El Señor me asista! ¿Qué es lo que ven mis ojos?… ¿De qué clase de encantamiento se trata?… ¡Ah, ya comprendo no es más que un remedo criminal de William Wilson!… ¡Decidme, ¿qué pretendéis de mí, concluir por volverme completamente loco?… ¿No os basta ya con lo que estáis haciéndole a un desgraciado escritor?

-Eres tú quien yace en ese ataúd, no otro, Edgar… Has fallecido en el Washington College Hospital, adonde te llevó la caridad ajena, víctima del delirium tremens. Amigos y un tío paterno tuyo, se ocuparon de tu sepelio… Has muerto Edgar, no has sido enterrado vivo, este no es el despertar de uno cualquiera de tus personajes golpeando la madera del funerario encierro, para surgir sangrante y enloquecido aullando de terror… Te enterraron ayer en este cementerio de Baltimore, a los dos días de haber fallecido, y es tu espíritu el que habla conmigo, tu alma desencarnada.

-¿Y mi madre, y Helen y Virginia?… ¿No tendrían ellas que estar aquí, ahora, en este instante supremo, manos tendidas, brazos amantes…?

-Las verás, Edgar, pero no en los presentes momentos, vendrán a tu encuentro cuando yo me vaya…

-¡Pues iros ya de una vez, que, si de verdad he fallecido, no existe compañía que más me acomode que la de esas benditas mujeres a las que tanto amé!

El anciano se irguió en toda su estatura, la blanca cabellera se convirtió en capa sobre una larga túnica, y entre sus manos entrevióse un nudoso báculo en el cual parecía apoyarse.

-Querías saber quién soy y voy a revelártelo… Soy tu Destino, o, si lo prefieres, esa estrella bajo la cual naciste

-¿Mi Destino? -repitió como un eco el desdichado espectro.

-Sí, tu Destino, por mucho que te repugne la idea… Tú naciste un 19 de enero, y nadie ignora que ese día reina el signo de CAPRICORNIO en los cielos, cuyo regente es Saturno, o Cronos, yo…

-No entiendo…

-Tampoco es necesario remontarnos al origen de los “por qué”, de los “cómo” y de los “cuándo”. No estoy aquí para hablar de mi historia sino de la tuya… Yo soy el Tiempo, el transcurso imparable de las horas, la clepsidra en perpetuo movimiento y nada ni nadie, escapan a mis designios. Las Parcas son mis aliadas, Cloto, la más joven, devana los hilos la segunda, Láquesis, los enrolla en el huso, y Átropos, la tercera, que es la más vieja, corta el hilo de la existencia cuando le place; no hay fuerza en ningún mundo conocido o desconocido, que pueda detenerlas, ni siquiera yo mismo.

-¡Desalmado soberano del tiempo, ¿por qué me cuentas todo eso a lo que ya no se puede poner remedio?!

Cronos suspiró de nuevo, pero ahora con mucha tristeza.

-¿Crees que lo ignoro?, siendo el dueño del Tiempo él me posee a mí, no yo a él… Cuando naciste, te concedí los dones de los que tengo potestad en mi ministerio, una larga vida…

-Presente que no se ha hecho efectivo.

-Has fallecido prematuramente, Edgar, tu libre albedrío te ha conducido al desastre… Me has robado una vida que yo iba a colmar de honores…

-¿Cuándo?

-En la vejez, pues nunca otorgo la dicha en la primavera de la existencia y mucho menos en la infancia… Si hubieras podido dominar tus inclinaciones nefastas, si hubieras podido alcanzar los 100 años, te habrías salvado, Edgar, y mi ayuda hubiera crecido día a día avasalladora, impetuosa, y hubieses alcanzado en vida ese reconocimiento a tus méritos por el que tanto has suspirado durante toda tu tránsito terreno.

-¿Habría sido un novelista famoso?

-Y rico, admirado y honrado por el mundo entero que se habría rendido a tus plantas de manera incondicional.

Edgar tuvo una risa sarcástica.

-¡Creía ser un hombre con imaginación, pero lo que me contáis es mucho más fantástico que cuanto acaece en Pequeña discusión con una momia, si hemos de poner un ejemplo!… ¡Me esperaba la gloria en vida, la riqueza, los honores, y, según decís, he muerto hace dos días en la cama de un hospital, por causa del alcohol siendo yo mi propia víctima!… ¡Lástima que no pueda ya escribir semejante relato, el más inimaginable de todos!

-Lo sé, Edgar, lo sé, es por eso que me tienes hoy aquí a tu lado, en estos tristes momentos…

-¿Para qué, para escarnecerme, acaso no os habéis reído lo suficiente de este pobre estúpido?

El amanecer se iba abriendo paso a través de las nubes, y en el cementerio la neblina era un vapor transparente que hubiera podido confundirse con la rosada.

Edgar, el fantasma, parecía una caricatura de sí mismo, y el Tiempo, venerable, majestuoso, un espíritu puro e inhumano, cuya corporeidad se iba diluyendo imperceptiblemente.

-Yo siempre cumplo en el regalo de mis dones, Edgar… En la cuna te ofrecí la gloria y, la inmortalidad, en el recuerdo de los hombres, te concedí la riqueza y un público fiel que te admiraría más y más, hasta hacer que tu nombre brillase con letras de oro en la Historia de la Literatura…

Muy en contra de su voluntad, el escritor le escuchaba impresionado.

-Te concedí todo eso y no supiste esperar para disfrutarlo… Pero los dones que se otorgan quedan, enraízan como las simientes, y se desarrollan… Tus obras te sobreviven, tus obras son aquellos hijos que jamás nacieron de la mujer que amabas, tus obras son tu familia: Berenice, Morella, Ligeia, Eleonora, Annabel Lee… ¡Y tantas otras!… Has sido bendecido con una copiosa descendencia que te honrará por los siglos de los siglos… Y eso es lo único que importa, tenías que saberlo.

La línea curva del cielo seguía siendo gris, aunque los rayos de un tímido sol invernal, iban ganando terreno a cada minuto que transcurría.

El anciano de la luenga cabellera blanca como una capa ya no estaba, ni junto al sepulcro de la losa partida se erguía espectral figura alguna.

El viento había arrojado al ramo de flores sobre el suelo del camino, y ahora la lápida, desnuda y rota, (desmantelada iba a permanecer la tumba durante casi 30 años), descubría a cualquier mirada indiferente el nombre de quien yacía allí enterrado:

EDGAR ALLAN POE

1809-1849

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Este libro contiene tres relatos vampíricos escritos con mucha diferencia de años entre ellos. El primero fue JANOS escalofriante historia entre una jovencita que nada sabe de ese turbio mundo y un misterioso desconocido cuya ambigua conducta desconcertará al lector incluso llegando al final del cuento. Desenlace que le hará preguntarse muchas veces: “¿sí o no?” SEDUCCIÓN es el título del segundo relato escrito en el año 2000, y que nos habla de una historia de amor apasionado que sólo puede llevar a la perdición de los hombres más sensatos, sin que ellos piensen que están condenando su alma. El último cuento de este libro EN EL CENTENARIO DEL CONDE DRÁCULA DE BRAM STOCKER, como su título bien indica, fue escrito para conmemorar el centenario del evento y nos narra la insólita aventura de un turista de ascendencia rumana.