El abrigo de Clark Gable por Estrella Cardona Gamio

Subía por los escalones lentamente mientras miraba de reojo, con desconfianza, el hueco del ascensor, uno de esos ascensores antiguos que iban constantemente arriba y abajo a la vista de todo el mundo, ruidosos, jadeantes, y enmarcados en cada rellano por una filigrana modernista llena de curvas y graciosas espirales que tanto podían ser lirios como mariposas.

No le gustaban los ascensores desde el día en que yendo en uno, se quedó atascado entre dos pisos y nadie vino a rescatarle hasta pasado un buen rato, por tanto, siempre que podía evitarlos lo hacía, incluso en esta visita semanal obligada, y eso que el piso al que iba era un quinto y él estaba cansado, muy cansado.

El hueco del ascensor le daba vértigo y la sinuosa escalera que descendía abrazándole, todavía más, suerte que era amplia y así podía hurtarse del mareo contemplando fijamente el zócalo de mármol que llenaba el grabado de unas flores estilizadas, algo borrosas ya por el paso del tiempo.

En portería encendieron las luces de la escalera. Era una tarde gris e invernal, fría, ¡diantre si hacía frío, más allí que en la propia calle! Él se estremeció involuntariamente; desde que se había empeñado el abrigo para sólo conseguir cinco duros miserables, no hacía más que poner a mal tiempo buena cara en el sentido literal de la  palabra, ya que a miradas inquisidoras de gentes conocidas afirmaba, intentando parecer despreocupado, que no hacía tanto frío y que en consecuencia, el abrigo le agobiaba.

—¡Pues si que es usted caluroso! —le espetaban los más descarados a lo que él, sonriente, aseguraba que todo se debía a su complexión corpulenta.

Sí, ciertamente; se trataba de un hombre corpulento y sanguíneo, una buena armazón ósea que disimulaba muchas cosas, por ejemplo, lo enflaquecido que estaba de un tiempo a esta parte. “Si continúo a este ritmo, pensaba, pronto pareceré un espantapájaros”. La pregunta era, ¿en dónde estaban los pájaros que tenían que ser espantados?

Bajo el brazo llevaba una carpeta color lápiz tinta considerablemente abultada, unos ciento treinta folios mecanografiados a doble espacio y por una sola cara, su última novela del Oeste, La venganza del cuatrero, en la que volvía a salir ese personaje que parecía haber caído en gracia a los lectores, el sheriff Joe Dos Tiros que se encargaba de imponer la ley en las salvajes praderas llenas de malhechores, aunque siempre de una manera poco ortodoxa pero muy eficaz.

La verdad es que estaba ya harto de Joe Dos Tiros y de las memadas que tenía que escribir sobre él. Había creado a un super hombre que lo podía todo, desde enamorar a la chica hasta eliminar hordas de bandoleros como por ensalmo, además era alto, fuerte, guapo, joven… En fin, un retrato en el que no se reconocía, ni, por descontado tampoco su público lector, que integraban una manada de individuos tan anodinos y desesperanzados como él mismo a quienes sacudían del letargo de sus vidas frases de este jaez: “Te doy la ventaja de medio segundo para que ‘saques’; si tardas, eres hombre muerto”.

Pero Joe Dos Tiros mandaba, aunque tal vez con un poco de suerte pudiera descansar del personaje un par de semanas, porque Andrés Riquelme Díaz, factotum único de Ediciones Riquelme Díaz, editorial con apenas un año de vida, quería ampliar horizontes con una nueva colección, esta vez del género rosa que, al parecer, otros vendían muy bien. Le había hablado de ello la última vez que se vieron, la semana anterior concretamente, cuando fue a entregar la penúltima aventura de Joe Dos Tiros, El cowboy que no sabía disparar.

Riquelme le había dicho con aire de conspirador de opereta hablando en voz baja y eso que en el despacho estaban los dos solos:

—La competencia se hace de oro con esas novelitas, ¿sabes?, es un filón, te lo digo yo visto lo visto. Están en todos los quioscos, ¿sabes?, en todos, y nosotros también podemos hacerlo. A Martínez le va muy bien con la serie policíaca del asesino encapuchado, a Requejo con la ciencia-ficción y tú eres un as con las del Oeste, pero, ¿te atreverías con la novela rosa?… Nadie iba a saber que Doug O’Flaherty, era… Por ejemplo, ¡Luzlinda del Valle!

Él tragó intentando sonreír.

—¿Luzlinda del Valle?

—Bueno, lo he dicho por decir algo, pero de ocurrírsete un nombre mejor… Si aceptas te hago un aumento de cincuenta pesetas, ¿qué te parece?

No tenía más remedio que aceptar, que el aumento no era como para despreciarlo, y quedaron en que después de la próxima de Joe Dos Tiros, Doug O’Flaherty se iría de vacaciones una temporada, al menos hasta comprobar como funcionaba la primera novela rosa.

De regreso a su casa él pensaba que ni Croydon Holmes —Martínez—, ni Jeff Galaktykus —Requejo—, debían haber picado el anzuelo rosa y a él le había tocado irremisiblemente. Ahora, de Luzlinda del Valle nada de nada.

Acababa de llegar al quinto piso y se detuvo un momento en el rellano para recuperar el aliento antes de tocar el timbre, luego pulsó decidido.

 

El novelista y el editor no discutieron por una razón de peso, no había nada que discutir; todo ya estaba decidido, o mejor, programado.

—¿Qué, se te ha ocurrido algún nombre? —pregunta meramente retórica por parte de Riquelme Díaz mientras encendía un cigarrillo, una vez haber recogido con avidez el original de las andanzas de Joe Dos Tiros.

—Bueno… Uno sí, porque como se trata de novela rosa, pues… Constanza de Montclar, suena distinguido.

Riquelme Díaz sopló la cerilla con determinación y luego centró todo su interés en el borde chamuscado de la uña del dedo pulgar.

—¡Coño con estos fósforos! —exclamó irritado— ¿Decías?

—Constanza de Montclar.

—Sí, sí, no está mal, lo suficientemente… apropiado, pero se me antoja muy barroco, amigo mío. Yo tengo otro mucho más ligero y a la moda de lo que hoy en día pide el lector: Mimi Fredon.

—Mi… ¿qué?

—Es un nombre francés; si ofrecemos novela rosa la hemos de envolver con la celofana de la picardía francesa, así prometemos mucho…

—¡La censura no dejará que sea una novela picante! —se horrorizó el escritor interrumpiéndole.

—Y no lo va a ser, por descontado, pero las mujeres pensarán que sí y morderán el anzuelo, que es de lo que se trata… ¿Se te ha ocurrido ya algún argumento?

—Bueno, la verdad, algo he barajado, pero el salto es grande; de los cuatreros a los enamorados románticos media un abismo.

—Sí, claro, aunque ahí está tu talento… Además la diferencia no es tan grande.

—¿No?

—No. Mira, el argumento de las novelas de amor es siempre idéntico: chico y chica se encuentran, se enamoran, se pelean por una idiotez, se odian, entre comillas, y luego se reconcilian, se casan, casto beso final, a ser posible en el pelo o en la mejilla, ¡y todos tan contentos! Puedes hacerlo porque lo del Oeste va más o menos cortado por el mismo patrón: malo comete fechoría y bueno se lo carga; la historia se repite, que te lo digo yo.

Ex Constanza de Montclar, puso gesto de duda.

—Tengo miedo de no estar a la altura de las circunstancias.

—¡Pero, hombre, si eso se escribe con los ojos cerrados, hasta lo haría yo mismo si no tuviera tanto trabajo!… Ahora —le miró especulativamente—, si quieres simultanear la novela rosa con otra de Joe Dos Tiros…

—¿Cómo?

—Sí hombre, por la mañana escribes la novela rosa y por la tarde te vas al salvaje Oeste, incluso puede ser refrescante.

—¿Refrescante? —repitió como un eco Doug O’Flaherty.

—Mira, no se hable más, te dejo la novela rosa en cien folios, así te será más ligera de escribir. Me la traes dentro de 11 días, y el próximo viernes aterrizas con Joe Dos Tiros como siempre… ¡Qué quieres, mejor trato no te puedo ofrecer!… De esta forma sondeamos la opinión del público y tú no pierdes el tiempo y los seguidores de Joe Dos Tiros no se ven defraudados.

Su interlocutor le miró con un nudo en la garganta, eso significaba no pegar ojo en una semana y al onceavo día aparecer como un sonámbulo por la editorial, pero se le hizo presente su mujer que cosía a destajo para un taller de batas de colegial que parecían de hospiciano, y le dio vergüenza aquella repentina cobardía.

—De acuerdo, quedamos así. ¿El aumento de las cincuenta pesetas sólo serán para la novela rosa? —agregó tímidamente.

—¡Hombre, no abuses, que en este negocio todos tenemos que apretarnos el cinturón!

—De acuerdo, como tú digas.

Riquelme Díaz le acompañó hasta la puerta palmeándole en el hombro intermitentemente.

—Mira, te regalo una idea: ella es la hija de un millonario que se escapa de la mansión paterna, un castillo en el Loira, para vivir un día a su aire en París sin nadie que la controle (no tienes que describir nada, ¿eh?, hablas de la Torre Eiffel y de los Campos Elíseos de pasada), la chica coge un taxi y el taxista y ella se enamoran… Bueno, ¿qué te parece?… Como arranque no está nada mal, ¿verdad?

No, no lo estaba, se dijo Doug O’Flaherty mientras bajaba la escalera tan lentamente como la había subido y su desdoblamiento esquizofrénico en Mimi Fredon le hizo sentirse mucho más miserable de lo habitual. Era triste pensar que lo que a él le gustaba escribir no podría hacerlo nunca, porque ya había perdido toda esperanza al respecto. Una buena novela sin tiempo controlado, sin cuatreros, sin niñas ricas que se fugan de casa, algo con profundidad que explicara algo con alma, una historia  viva, real, como soñaba hacerlo cuando en la adolescencia empezó a escribir… para nada. Se encogió de hombros, ¿qué más daba ya?, a los cuarenta cumplidos, sin que nadie le cogiera por la edad, cerrado el almacén en cuya oficina trabajase desde que concluyó la guerra civil, no había que hacer ascos a lo que tenía; que, poco o menos que poco —lo había encontrado en los anuncios de un periódico cuando ya desesperaba de que pudiera existir alguna clase de trabajo para él—, era un medio de subsistencia llovido del cielo al que agarrarse como a ese proverbial clavo ardiente.

Saludó al portero mecánicamente, “Buenas tardes, señor Joan”, y salió a la calle, estremeciéndose en cuanto le golpeó el aire frío. ¡A ver si con el extra de la novela rosa podía desempeñar el abrigo, que falta le hacía!

 

El día gris y la hora empezaban a llenar Barcelona con las luces del alumbrado, quince minutos más tarde caería la noche de repente y las farolas restarían protagonismo a los semáforos, pero, todavía, el amarillo resplandor del crepúsculo lo iluminaba todo como los jirones lívidos de cielo entre las nubes de tormenta.

Se dirigía con rapidez al paso del semáforo deseando escapar de la confluencia de unas calles que canalizaban el viento, cuando alguien, más apresurado que él, le rozó sin pretenderlo. El escritor miró por inercia a su derecha viendo las espaldas de un hombre que le aventajaba en estatura. El individuo en cuestión llevaba un impecable abrigo azul de excelente paño —paño inglés pensó instintivamente—, tan bueno que parecía recién estrenado. Él admiró aquel abrigo con melancolía, ¡menudo gabán!, uno como ese no iba a tenerlo en toda su vida a menos que le tocara la lotería, porque de costar habría costado un ojo de la cara, desde luego mucho más de lo que un escritor de su categoría podía ganar en varios años. ¡Los había afortunados!, aquello de que hay quien nace con estrella y quien nace estrellado. El desconocido del abrigo tenía el cabello oscuro y debía peinarlo con fijador porque la ventolera no se lo alborotaba. Le vio llegar al pie del semáforo y detenerse ya que en aquel mismo instante la luz cambió dando preferencia a los vehículos. Él acercóse quedando al mismo nivel que el hombre del abrigo, por una rara casualidad sólo estaban ellos dos esperando cruzar la calle, nadie más, y entonces levantó el rostro y miró, en esta ocasión hacia su izquierda que era en donde ahora se hallaba el otro muy erguido con su impecable abrigo azul cruzado y de doble abotonadura; no llevaba bufanda alguna, o pañuelo, y el comienzo de una exquisita corbata asomaba entre las solapas bajo el cuello de la camisa; cierto aroma fresco de loción para el afeitado, y no de las baratas precisamente, parecía desprenderse de su persona; cercana, una farola contribuía a iluminar la escena disolviendo sombras…

Se quedó boquiabierto y por un instante creyó que la imaginación le gastaba una mala pasada y veía visiones: ¡el desconocido del abrigo azul era Clark Gable, el mismísimo “rey” de Hollywood en persona!

 

Parpadeó, aquello era real, ¡no podía estar soñando! Anochecía en la ciudad de Barcelona esa tarde de invierno, él era un pobre diablo que escribía bodrios para mal vivir, las suelas de sus zapatos estaban gastadas, se había tenido que empeñar el abrigo, y, para redondear su humillación acababan de convertirle en Mimi Fredon endosándole un argumento de lo más hortera. No era nadie, nadie, y a su lado estaba un triunfador, un hombre famoso, atractivo —bien que la juventud ya quedaba lejos del eterno galán, pero el magnetismo continuaba intacto—, el héroe de docenas de películas por el cual suspiraban millones de mujeres en el mundo entero, un hombre de gran poder adquisitivo que podía permitirse el lujo de comprar tranquilamente un abrigo como el que vestía sin que ello significase que su cuenta corriente se descabalara.

Clark Gable contempló a Mimi Fredon con gesto benevolente e incluso podría asegurarse que un poco enternecido, luego, sus labios se curvaron en la sonrisa que le caracterizaba, burlona y simpática bajo aquel inconfundible bigote, y en sus ojos pareció surgir una especie de alerta que no amenazaba sino, por el contrario, rogaba discreción.

De nuevo el semáforo dio paso a los peatones, y Clark Gable cruzó resueltamente, su compañero no; se quedó allí plantado viendo como el astro se alejaba, hasta confundirse entre los demás transeúntes, marchando rumbo a uno de los más antiguos y prestigiosos hoteles de la ciudad cuya marquesina luminosa se divisaba en una esquina a poco menos de cien metros.

 

Al llegar a casa su mujer estaba malhumorada y nerviosa como siempre; la rodeaban las batas de colegial y se hallaba apenas a medias del trabajo que tenía que entregar por la mañana temprano. Levantó la cabeza al verle entrar en el comedor y le dijo hoscamente:

—¿Te lo ha pagado todo? —porque a veces Riquelme Díaz solía quedarse corto a la hora de efectuar pagos y sus escritores recibían la semanada incompleta aunque al viernes siguiente la omisión se subsanara.

—Sí, sí.

—¿Cómo habéis quedado por fin con lo de la novela rosa; ya empiezas?

—Quiere que escriba la del Oeste y la rosa al mismo tiempo.

Su mujer se enfureció.

—¿Y qué más?… ¿Es qué no le has dicho que…

Las últimas palabras se perdieron tras la puerta del aseo en donde acababa de refugiarse el escritor.

El cuartito era diminuto, un inodoro y el lavabo; se contempló en el espejo. No le podía decir a ella que había permanecido unos instantes al lado de Clark Gable esperando que un semáforo cambiara, ¿quién iba a creérselo si él mismo dudaba?; esas cosas no pasan normalmente, y menos a individuos de su estrato social, por lógica tenía que tratarse de una confusión, mejor olvidarlo.

 

La noticia nunca trascendió al gran público; eran otros tiempos y no había aún paparazzi en nuestro país, pero aquel invierno Clark Gable estuvo unas horas en Barcelona, de riguroso incógnito, en una visita tan inesperada como relámpago.