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Curiosidades

Copyright C. Cardona Gamio EdicionesLA OTRA CARA DE LOS CUENTOS INFANTILES
por Estrella Cardona Gamio


Se acusó a Walt Disney hace años, concretamente a él y no a su factoría, de realizar películas de dibujos animados en las que imperaban el sadismo y la violencia, hasta el punto de que el inocente y cascarrabias Pato Donald, fue vetado en Suecia por ser un mal ejemplo para los niños de ese país.

Resulta chocante tal modo de pensar, cuanto que la literatura infantil clásica se nutre de las más espeluznantes historias que en la infancia nos han estremecido de terror en más de una ocasión, sólo paliado con el obligatorio desenlace feliz que nos hacía respirar de alivio cuando los héroes o heroínas escapaban por fin de sus desventuras.

Recordemos, sino, algunos ejemplos que parecen constituir el índice de una literatura, en la cual todo resulta de lo menos apropiado para la chiquillería, aunque pueda comunicar la impresión contraria.

Empezando por Andersen, desempolvemos su patético cuento La pequeña vendedora de cerillas, en el cual una pobre huérfana muere bajo la nevada en Nochebuena, mientras intenta calentarse las manos con la llama de las cerillas que no ha vendido. Luego está el Patito Feo, La Sirenita y su trágica historia de amor, sufrimiento y muerte, Las zapatillas rojas, en la que el verdugo le tiene que cortar los pies a la heroína para que ésta recobre la paz. El soldadito de plomo con el soldado y su amada bailarina calcinados en la chimenea, y El abeto, que narra la historia de un orgulloso abeto que vive dichoso en el bosque hasta que lo cortan y lo llevan a una casa principal por Navidad, para adornarlo. El abeto cree que le admiran y le quieren porque todos rien y cantan a su alrededor, pero cuando terminan las fiestas, es arrojado a la leñera donde tendrá el fin que es de suponer.

Tampoco Oscar Wilde escapó a la tradición escribiendo su Príncipe Feliz, que de feliz no tenía nada por cierto. Ya lo habréis leído imagino. El Príncipe Feliz muere y le erigen una estatua de oro y pedrería, que él, por medio de una bondadosa golondrina, va regalando a pedazos a sus súbditos pobres; al final muere la golondrina y la estatua, desmantelada es arrojada a la basura.

Remontándonos ahora a cuentos más antiguos, diremos que en Repuncel, la bruja, mediante extorsión y chantaje, compra una niña a sus padres, que posteriormente encierra en una torre sin puerta incomunicándola del mundo, y con la cual mantiene una relación un tanto ambigua hasta la llegada del consabido príncipe, a quien celosa, la bruja, hace caer desde la alta ventana sobre una mata de espinos que le sacan los ojos.

Piel de Asno, aquí es un rey, que al quedar viudo se enamora de su propia hija adolescente, logrando con su acoso el que ella huya disfrazada con la piel del asno mágico que llenaba cada mañana los establos reales de monedas de oro, ya que el padre, ciego en su incestuosa pasión, le ofrece dicha piel sacrificando al animal, sólo porque su hija se lo pide creyendo que no le concederá ese capricho que equivaldría a renunciar a desposarla. "Sólo me casaré contigo si..."

La archifamosa Cenicienta, cuyo perdido zapatito de cristal enmascara un sutil fetichismo, eso ya por no hablar del maltrato psicológico y físico al que someten madrastra y hermanastras, a la pobre huérfana.

Barba Azul, precursor de psicópatas y asesinos en serie, con su cámara de los horrores en donde se ocultan los cadáveres de las esposas asesinadas.

Caperucita Roja, una historia de seducción que acaba con el desagradable despanzurramiento del Lobo, contado como si se tratase de un juego: "Caperucita, dentro de la barriga del Lobo, se dio cuenta de pronto de que llevaba las tijeritas de costura en el bolsillo del delantal, y cogiéndolas, tris tras, tris tras, empezó a cortarle la tripita al animal hasta hacer un boquete por el que ella y su abuelita pudieron escapar mientras la fiera dormía el sueño pesado de la digestión, luego fueron al río y le llenaron la panza de piedras, cosiendo a continuación la abertura, de modo y manera que cuando el malvado lobo despertó y sediento se llegó al agua a beber, las piedras le pesaron tanto que cayó de cabeza ahogándose en la corriente".
En otras ocasiones es el cazador el que interviene, pero el final resulta siempre el mismo.

Hansel y Gretel es un cuento en el que el canibalismo es su leit motiv, arrojando la niña buena, Gretel, a la bruja-ogresa al horno en donde se asa viva; justo castigo de sus maldades.

Esta figura del ogro suele salir en muchos cuentos, como por ejemplo el de Pulgarcito. Cuento que ha llegado hasta nosotros considerablemente mutilado, ya que al final no se acaba escapando, sin más, del ogro que ha encerrado al héroe y a sus hermanos, pues el ogro tiene tantas hijas como los niños a los que ha dado cobijo con la intención de comérselos, y aquella fatídica noche las niñas duermen en una cama y los niños en otra, dentro de la misma habitación, sólo que las niñas llevan una corona de oro en su cabeza y los chicos un gorro de lana. Habiéndose dado cuenta de ello Pulgarcito, muy astuto él, cambia los gorros por las coronas, entonces llega el ogro, se equivoca, y degüella a sus propias hijas mientras Pulgarcito y sus hermanos aprovechan para escapar.

Por último citaremos el cuento de la Bella Durmiente, en el que aparte de que la necrofilia se insinúa de manera subliminal, también surge una ogresa, auténtico desenlace del cuento que muchos ignoran.

El príncipe que despierta a la Bella Durmiente, tiene una madre ogresa, y al casarse con la joven se la lleva a su reino en el que se encuentra con la triste noticia de la muerte de su padre en una cacería. Convertido en rey a su vez, transcurren los años, y un mal día tiene que partir a una guerra dejando en palacio a su esposa y a sus hijos Aurora y Día. Como sea que la guerra se prolongue, la abuela ogresa, decide comerse a sus nietos y a su nuera, (piensa explicarle a su hijo que los tres fallecieron de unas fiebres), contando para ello con la complicidad del cocinero mayor, quien, hombre bueno, engaña a la ogresa haciéndole creer que se come a su nieta, cuando es una gacela la que le sirve, igual sucede con el principito Día, ocupando en esta ocasión su lugar un venado, y el de la Bella Durmiente una cierva. Descubierto el engaño, la vieja ogresa monta en cólera y manda preparar en el patio del castillo un gran caldero en el que pretende cocer vivos a sus nietos, a su nuera y al cocinero, llegando entonces oportunamente el joven rey que impide tal barbaridad, no pudiendo evitar, sin embargo, que sea su madre la que, loca de ira, se arroje ella misma al caldero, pereciendo.

¡Entrañables cuentos de nuestra infancia!

El horror en los cuentos infantiles


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