LA SOMBRA DEL ESPECTRO
Esta historia tuvo que suceder en Inglaterra, no podía haber tenido lugar en ninguna otra parte del mundo, y además, aunque ello sea circunstancial, en la Inglaterra de los Beatles, durante los años 60. Una Inglaterra que cantaba “Norvegian wood”, y cuya juventud masculina, como la de cualquier otro país, peinaba gozosa melenas y flequillo, endosaba pantalones “pata de elefante” y pretendía hacer suyo un estilo de vida absurdo y puramente cinematográfico, que se había sacado de la manga Richard Lester en “¡Que noche la de aquel día!”Era la moderna Inglaterra de entonces, cuando todos nosotros aún no habíamos envejecido. Pero una Inglaterra, moderna en los años 60, como en los 80 o en los 90, también quiere decir una Inglaterra tradicional, todavía victoriana, la del clásico señor con sombrero hongo en la cabeza y sempiterno paraguas al brazo, la de la aristocracia y su enmohecido mundo lleno de prejuicios e hipocresías, la vieja Inglaterra del té de las cinco, la de los castillos con fantasmas... y la de las brujas, ya bien instaladas en la City, con sus despachos, sus secretarias y sus anuncios en los periódicos.
Mi esposa y yo teníamos un hijo de cinco años, cuando, a causa de mi trabajo como ingeniero, (estaba bajo contrato en una sucursal inglesa), tuve que trasladarme a Londres por espacio de un año y medio, prorrogable si yo demostraba ser la persona en quienes mis jefes habían depositado su confianza. Como se trataba de una oportunidad sumamente ventajosa, no dudé ni un momento en cambiar de residencia arrastrando conmigo a mi pequeña célula familiar, máxime cuando la firma se ocupaba de todo en lo concerniente a esas partes incómodas en cualquier mudanza, y así, gracias a ello, sólo tuvimos que hacer las maletas, arrendar nuestro apartamento en propiedad, (recuerdo con cuanta ilusión y esfuerzo estuvimos ahorrando, tanto Isabel como yo, en la época del noviazgo, para poder pagar la entrada y los primeros meses), y coger el avión que nos trasladaría a la hermosa ciudad del Támesis.
La residencia inglesa nos impresionó favorablemente, cierto que en aquellos días nos hallábamos muy eufóricos y todo nos parecía maravilloso y encantador, aunque a fuer de sincero debo reconocer que la casa era una preciosidad. De estilo georgiano, alejada de todo bullicio, pero céntrica, y amueblada completamente de arriba abajo. Los muebles eran muy antiguos, pero tan deliciosamente ingleses, que nos creímos transportados, apenas cruzar su umbral, a principios del siglo XIX. Por las paredes, retratos de vetustos caballeros y hermosas damas, amén de cuadritos típicos de la campiña isleña, o con escenas marítimas, Los techos artesonados, el empapelado reciente igual que los pesados cortinajes de terciopelo cuyas anillas entrechocaban al ser descorridas. Y, la joya de la corona, las puertas-ventana del salón que daban a un reducido pero maravilloso jardín, transformándolo ilusoriamente en invernadero, y en el que predominaban los colores verde agua, gris claro y amarillo dorado.
Mister Craig, el encargado de recibirnos y acomodarnos en aquellos nuestros primeros momentos ingleses, nos informó con orgullo:
-Pueden sentirse satisfechos, hace más de 50 años que nadie vive en esta casa, o sea, que, prácticamente, para ustedes, es como si fuese nueva.
Mi esposa, mujer al fin, quiso saber entonces:
-Está irreprochablemente conservada. Da la sensación de cómo si los dueños acabasen de salir a la calle. Les debió costar una fortuna que la limpiaran y la pusieran al día... Y empapelarla de nuevo, con la imitación de un papel tan antiguo.
Mister Craig, el típico londinense de rubio y fino bigote y redondos lentes de cristal, contempló a Isabel con cierta frialdad, como si la eficiencia inglesa, al ser alabada, fuera por ello menospreciada.
-Mi querida señora -dijo-, esta mansión tiene sus dueños, lord y lady Homsbury... Una posesión insignificante entre las muchísimas de su heredad, pero como son jóvenes se pasan el tiempo viajando y un administrador se ocupa de todo.
Isabel era curiosa por naturaleza.
-¿Y en 50 años nadie la había alquilado todavía? ¿Por qué?
Mister Craig arrugó la nariz con elegancia.
-El administrador de lord Homsbury es mi cuñado y como a mí se me encargó la tarea de encontrarles a ustedes residencia...
Mi esposa volvió a insistir:
-Pero, ¿por qué no la habían alquilado en tantos años?
-Posiblemente -intervine ya que veía que el interrogatorio no resultaba muy del agrado de Mister Craig-, porque los Homsbury deben de tener tantas posesiones que ésta se les debió quedar olvidada, y, ahora, al surgir la oportunidad...
Mister Craig me dedicó una glacial sonrisa.
-Ciertamente -asintió.
Pero luego, al despedirse, y mientras yo le acompañaba hasta la cancela de la verja, Mister Craig pareció transformarse súbitamente en un ser humano y me dijo con cierta precipitación,
-Señor, quiero ser honesto respecto a ustedes. Delante de su señora esposa no he considerado oportuno el revelarlo, porque las mujeres, ya se sabe, suelen ser... digamos... algo nerviosas.
Le miré sin comprender.
-Esta casa... –respiró profundamente, titubeó, manifestando al final con decisión.- esta casa, “dicen”, que tiene un fantasma, por ello no ha sido arrendada en tantos años.
Me quedé estupefacto. ¿Fantasmas, fantasmas en el siglo XX?
-Pero, esto es ridículo, Mister Craig, los fantasmas no existen. Se sabe ya que son fenómenos de índole parapsicológica, fuerzas mentales incontroladas.
Mi interlocutor suspiró aliviado.
-Lo celebro por ustedes, si la señora opina igual, no dudo que habrá sido una acertada elección el alquilarles la casa.
Abría la portezuela de su pequeño Austin, cuando corrí hacia él.
-Mister Craig, por supuesto ni Isabel ni yo creemos en esas cosas, pero, ¿cuál es la leyenda?
El inglés me contempló con severidad.
-Un segundón de la familia Homsbury, en el siglo pasado, vivió aquí. Al parecer no andaba muy bien de la cabeza, escribía poemas, tuvo un amor imposible al enamorarse de una desconocida, “la hermosa de los cabellos de ébano”, cosa muy de la época, y murió joven... Lo cual fue una suerte para la familia, ya que hubiera sido terrible que el muchacho acabara deshonrándoles con sus extravagancias- bajó la voz instintivamente-. Al parecer fumaba opio, bebía láudano y una vida disoluta le llevó a la tuberculosis a los veinte años de edad. La consunción terminó con él en poco tiempo -concluyó con un acento que a mí antojóseme vengativo.
-¿Y éste es el fantasma?
Muy dignamente repuso Mister Craig:
-¿Podía ser otro?
No, claro, no podía ser otro.
Al regresar a la casa, un poco enfriado mi entusiasmo, la contemplé con cierta aprensión, por más que toda aquella historia no fuese otra cosa que una solemne tontería, indiscutiblemente.
Isabel me saludó muy alegre desde lo alto de la escalera que conducía a los dormitorios, llevaba de la mano a nuestro hijito.
-Esto es un sueño -aseguró-. Nunca creí que existieran mansiones así, como en las novelas -empezó a bajar la escalera-. ¿Sabes lo que te digo?, pues que es una lástima que en nuestro materialista siglo, los fantasmas ya no existan. Sería estupendo que entre estas paredes se arrastrase un alma en pena.
Su buen humor tuvo la virtud de irritarme.
-Yo no le encuentro la gracia por ningún sitio. Si empezamos a oír ruidos de cadenas por las noches, verás como no vamos a divertirnos precisamente.
Llegando al último escalón, Isabel me abrazó risueña y burlona.
-Sería lo tradicional... El fantasma encantador... –y luego, volviendo de nuevo a ser la mujer práctica que era, agregó con súbita preocupación- ¿Crees que tardará mucho en llegar la sirvienta que Mister Craig ha prometido que tendríamos hoy mismo?
-No lo creo. Por lo que parece, al ser española, está deseando trabajar en casa de unos compatriotas. Ahí es nada, el mismo idioma y un excelente salario, menuda ganga.
Isabel me besó.
-Pero no todos tienen el trabajo de mi maridito- dijo después.
Su “maridito”, como ella decía, tenía un trabajo estupendo, pero que también entrañaba muchas responsabilidades, y ello fue la causa de que los primeros meses estuviera tan absorto en hacer las cosas lo mejor posible para no defraudar a nadie, que apenas si tuve tiempo de fijarme detenidamente en el pequeño mundillo que se encerraba entre las cuatro paredes de mi hogar. Comía en el centro y volvía por la noche cansado pero satisfecho de mi mismo. De momento apenas si teníamos vida de relación. Yo hablaba medianamente el inglés e Isabel lo estaba aprendiendo todavía, y como las primeras invitaciones que nos hicieron, fueron un fracaso por parte nuestra, resolvimos esperar un tiempo, hasta saber lo suficiente y poder alternar sin tener que tartamudear de continuo o decir con demasiada abundancia: Excuse me.
A los dos meses de nuestra estancia en Londres, Isabel me comunicó que le parecía que íbamos a tener otro hijo. La verdad, la noticia me llenó de alegría, porque yo siempre he sido partidario de las familias numerosas, y que nuestro vástago naciese en Inglaterra, satisfizo aquel incipiente esnobismo que el ambiente empezaba a inculcarme.
-Le llamaremos Enrique, como tu padre, si es chico, claro.
Nuestro primogénito se llamaba Jorge como el mío.
Isabel frunció el ceño y me miró de un modo raro.
-Si es niño- afirmó autoritariamente, y aquel acento en ella me sorprendió, puesto que era una mujer muy dulce-, se llamará Percival.
-Pero, querida, ¿cómo se va a llamar Percival si nosotros nos apellidamos Sánchez? Si algún día volvemos a España, un muchacho que se llame Percival Sánchez, va a ser la risa pública... Suena lo mismo que Pancho López, chiquito pero matón... Imagínate en el colegio, los chiquillos son el diablo en cuestión de motes y de burlas...
El rostro de Isabel se tornó impenetrable.
-¿Por qué hemos de volver?
-Isa, criatura, que yo no sé si al final del año y medio de prueba me ampliarán el contrato.
-¡Ah!, ¿era eso?
Permanecía acurrucada en un sillón regencia, llevaba puesta una bata de terciopelo labrado, en color carmesí, prenda por demás anacrónica, pero es que últimamente sus gustos en muchas cuestiones, evolucionaban en una dirección bastante incomprensible, y mantenía el largo cabello negro recogido sobre la cabeza con una cinta, de forma que caía cubriéndole la nuca, como una cascada de rizos. Admirándola, reconocí que el clima inglés la favorecía, ya que estaba increíblemente hermosa, incluso me atrevería a decir que como nunca en su vida y eso que yo me había casado con la chica más guapa de la pandilla, ¿o tal vez eran los efectos de la nueva maternidad?
Suspiré.
-Sí, de eso se trata.
Entonces ella se desperezó con indolencia.
-Pues si es por eso, no te preocupes... Eres demasiado inteligente y te prorrogarán el contrato.
-Pero, Isabel...
Imposible, no atendió a razones.
Pensé que resultaba curioso comprobar, como las mujeres, al abrigo cómodo de sus hogares mitifican hasta tales extremos a sus maridos. Si gozábamos de una regular buena posición, se debía a que yo era un hombre inteligente, según mi esposa, y, siéndolo, ¿por qué no esperar a que fuese escalando mejores puestos a medida que el tiempo transcurriera? A los ojos de Isabel yo resultaba todopoderoso, y, por más que no hay hombre al que no le halague semejante confianza, también eso aumentaba la carga de mis responsabilidades, y, ¡cáspita!, ahora íbamos a tener un segundo hijo.
Cuando ya por fin, segura de su embarazo, fue a visitar al médico, éste le confirmó que se hallaba encinta de apenas tres meses, lo que venía a significar que la criatura había sido concebida en Londres con toda probabilidad, y este detalle, nimio en apariencia, es en realidad de gran importancia si bien en aquellos momentos no lo pareciese, así como tampoco el hecho de que el bebé naciera en el jardín de nuestra casa y no en una clínica, llegado el esperado alumbramiento.
A los cinco meses de nuestra estancia allí, Isabel hablaba pasablemente el inglés y ya empezábamos a tener nuestro pequeño círculo de amistades. Dado que mi esposa era una mujer muy voluntariosa, siempre lo había sido, armada de una gramática de sus tiempos de estudiante, y con la ayuda de Carmela, nuestra criada, había recomenzado a estudiar el idioma con sana determinación. Carmela llevaba años en Londres y ella fue su maestra en cuestión de modismos y expresiones corrientes, la gramática del otro lado, y los numerosos libros en inglés que lucían ordenados y algo mohosos por la biblioteca de la casa, contribuyeron a que pronto Isabel se atreviese a enfrascarse en largas conversaciones con nuestras nuevas amistades, y ya era hora de que ello sucediera, porque los primeros tiempos, entre el embarazo inicial y la ignorancia del idioma, la pobre Isabel se debía de haber sentido muy sola en aquel magnífico pero un tanto lúgubre, caserón georgiano.
Recuerdo que un día, en el animado party de un fin de semana en la residencia campestre de los Hougthon en Surrey, él un compañero del trabajo, Isabel nos sorprendió a todos recitando el fragmento de un bello poema:
“La hermosa de los cabellos de ébano,
de labios rojos,
cuya incierta presencia
se materializa,
en el compás
de las horas que huyen.
Viniendo a mí,
entonces,
como en un sueño...”
-Exquisito- la felicitó Mabel Hougthon-. Querida, estos versos tienen todo el hechizo de cualquiera de nuestros románticos más líricos. ¿Quién es el autor?
Bajo la curiosidad amable de tantas miradas fijas en ella, Isabel se ruborizó intensamente, manifestando con una atolondrada ligereza:
-No lo sé... No me acuerdo... Es de un viejo libro de poemas que tenemos en la biblioteca de la casa.
Mabel insistió:
-Por favor, Isabel, me muero por conocer la identidad de ese autor. Prométeme que la próxima vez te fijarás en su nombre.
A esto siguió una erudita discusión sobre si sería tal o cual, el poeta de marras, y al final, de una forma muy inglesa, se cruzaron apuestas, cuyo premio otorgaría la misma Isabel en la siguiente reunión, al revelarles el nombre del autor en litigio.
A la salida, pues regresábamos a Londres aquella misma tarde, le pregunté a mi mujer, profundamente orgulloso de la cultura de que había dado muestra:
-Oye, ¿quién diablos puede ser ese individuo?... No cabe duda que todo un genio de su época, a juzgar por el éxito que has tenido... Los has dejado a todos boquiabiertos, nena... Aunque a mí, la verdad, se me antoja un tipo algo cursi...
Estábamos ya dentro del coche; Isabel me fulminó con la mirada.
-En ocasiones resultas terriblemente vulgar.
-¿Vulgar?
-Sí, vulgar.
Como ella persistía en su fría actitud yo lo achaqué a una rareza más del embarazo y fingí bromear.
-De acuerdo, soy vulgarísimo, y lo lamento, porque nunca podré escribir versos.
Los negros ojos de Isabel se convirtieron en dos puñales afilados.
-Desde luego, para ser un poeta hay que nacer.
Me encogí de hombros, era mejor optar por el silencio.
Al llegar el nuevo fin de semana ya ni me acordaba siquiera del dichoso asunto de los versos. Fue Mabel la que me lo trajo a la memoria en cuanto nos tuvo a todos sus invitados en el cottage.
Lo primero que le dijo a Isabel fueron las siguientes palabras:
-Querida, estamos impacientes... ¿Quién es el poeta?
-¿El poeta?... -Isabel pareció caer repentinamente de las nubes.
-En efecto, Isabel, nos lo prometiste.
Yo también la observé con curiosidad, nuestros amigos, y había allí bastantes, se hallaban pendientes de sus palabras. Era un cerco de rostros amistosos y pálidos, cabellos rubios, ojos azules. A Dios gracias no se trataba de intelectuales, pero la mayoría de ellos se habían educado en buenos colegios y estaban deseosos de saber quién tenía razón.
Isabel, visiblemente turbada, hizo un violento esfuerzo por mostrarse natural, y aquello me sorprendió bastante, porque el motivo, en mi opinión, no era tan importante, luego dijo con un hilo de voz:
-Tendréis que perdonarme, lo había olvidado completamente.
Hubo una exclamación de general desencanto.
-Entonces, eso significa, que no lo has mirado.
-Pues... No he tenido tiempo en realidad... El pequeño Jorge ha estado resfriado y...
La anfitriona, comprensiva, quiso subsanar el olvido.
-De acuerdo, Isabel. Pero recuerda que la próxima vez no has de fallarnos.
Mi esposa sonrió aliviada.
-Prometido -dijo.
La tarde del domingo siguiente, al regresar de nuestro weeck end, había yo tomado una decisión respecto a aquel asunto tan intrascendente como absurdo, y así que entramos en nuestro hogar, le solté a Isabel, haciéndome el distraído:
-Oye, antes de que me olvide, ¿me quieres enseñar ese libro de poesías? De esta manera, satisfaceremos su curiosidad de una vez por todas y nos dejarán tranquilos... Estos ingleses se piensan que sólo ellos tienen buenos poetas. De verdad me alegraría que fuese una traducción, ¿te imaginas que chasco se iban a llevar?
Intenté dar a mis palabras un aire desenvuelto y casi frívolo, pero la sombría expresión de Isabel me desconcertó. Con repentino aire de cansancio, me dijo:
-Ven -y me llevó escaleras arriba hacia la biblioteca.
-¡Caramba- comenté-, ahora que me doy cuenta, la biblioteca está en el piso alto y no abajo como sería lógico!
A lo que ella me repuso con voz opaca.-“Es” lo lógico... Amaba la lectura sobre todas las cosas, y bajar y subir escaleras le fatigaba, sobre todo en los últimos tiempos.
-¿Quién? ¿Qué?
Entrábamos ya en la biblioteca. La vi dirigirse a una estantería y coger uno de los libros, pequeño y roñoso a fuer de viejo.
-Toma -me dijo alargándomelo.
Lo cogí aturdido, no entendía gran cosa de lo que sucedía allí. En la cubierta se mostraba impreso en sencillos caracteres dorados. SELECCIÓN DE POEMAS, y abajo: “P. D. Homsbury”.
Repetí tontamente:
-“P. D. Homsbury”... ¿Qué Homsbury?
Isabel me miró con reproche.
-¿Qué Homsbury iba a ser?... El poeta que murió tuberculoso.
-¡Tú... Tú lo sabías! -exclamé acusadoramente.
-Saber, ¿el qué? -replicó ella con impaciencia.
-Lo del fantasma.
-¿Qué fantasma?
Se lo expliqué entonces.
-¡Tonterías! -repuso nerviosa mientras devolvía el volumen a su lugar- Es la cosa más estúpida que jamás he oído... Y te puedo asegurar que en todo el tiempo que llevamos viviendo aquí, nunca he visto el espectro de Percival Homsbury.
-Percival... -repetí yo como un eco- Se llamaba Percival...
Irritada, colérica, con las mejillas encendidas, e incluso hasta desafiadora, mi esposa repuso:
-Sí, se llama Percival.
Yo estaba tan aturdido, que no me apercibí de que Isabel mencionaba a ese individuo en tiempo presente.
-Por eso querías darle su nombre a nuestro hijo.
-¿Qué hay de malo en ello?
-Nada, sólo que es absolutamente ridículo.
-Pues ridículo o no, el niño se llamará Percival.
-Esa es otra, ¿cómo sabes tú que va a ser un niño?
Isabel me contempló con aire de superioridad y sin soltar palabra, abandonó la biblioteca.
La criatura se llamó Percival. Nació en octubre bajo el signo de Libra, el signo más afortunado del zodíaco, según los astrólogos.
Tuve que transigir con el nombre a regañadientes, mas pasé por el aro; no había otra solución si se quería llevar la fiesta en paz. Mis amigos ingleses me tranquilizaron diciéndome que el capricho respecto al nombre del recién nacido, no era más que eso, claro que en el fondo no dejaban de ser ingleses y les halagaba profundamente que el pequeño utilizase uno de sus onomásticos.
Mr. Craig no fue tan optimista al enterarse; recuerdo que me dijo:
-Se lo advertí, en esta casa anda suelto el fantasma de Homsbury.
-Pero si él no ha hecho nada -protesté débilmente.
-¿Cree usted?
-El que Isabel se haya encaprichado con ese nombre no significa nada. Ha sido una obsesión propia de su estado.
Mr. Craig emitió una risita sardónica por toda contestación. Era demasiado educado para decir lo que pensaba.
Al comenzar mi narración he afirmado que esta historia sólo pudo tener lugar en Inglaterra y ahora lo repito, porque únicamente es en este país donde lo tradicional llega a unirse con lo delirante, lo absurdo, en un cohesión perfecta y armónica.
Percy nació en el jardín como ya he dicho anteriormente. Se le ocurrió presentarse sin avisar, cierta tarde que mi esposa estaba discutiendo con una amable vecina acerca del modo más conveniente de plantar azaleas en nuestro minúsculo terreno. Aquella manera de venir al mundo fue ya todo un acontecimiento, porque de ello hablaría la prensa al día siguiente.
Conservo aún esos primeros recortes de periódico. Dicen así:
“NACIMIENTO EN UN JARDÍN.
Ayer, a las 4 p.m., tuvo lugar un curioso alumbramiento en pleno jardín de un casa particular. La madre del bebé se hallaba ocupada en labores propias de la jardinería, cuando el niño se presentó de improviso, siendo ambos prontamente atendidos en el mismo lugar por una vecina que más tarde avisaría al médico.
Se da la anecdótica circunstancia de que el jardín y la casa, pertenecieron al famoso poeta Percival Douglas Homsbury.”
En otra gacetilla escribieron:
“La familia que ocupa la que fuese mansión Homsbury, es un matrimonio español padres ya de un primer hijo.
Hemos sido informados de que el nuevo miembro de la familia, se llamará Percival en homenaje a nuestro gran poeta”.
Y en otra, algo desconcertantemente ofensivo:
“Se trata de un hermoso bebé rubio y de ojos azules. Verdaderamente parece inglés y no español como lo son sus padres y su hermano mayor, los tres morenos, típicamente hispánicos, y, al parecer, sin antecedentes rubios en sus familias.”
Eso sí que era cierto. El pequeño resplandecía como una onza de oro, y sus grandes ojos brillaban intensamente azules, no recordando en absoluto a Isabel ni a mí, ni tampoco al pequeño Jorge ni a nadie de nuestras respectivas familias. Parecía realmente un niño británico, y, sin embargo, era hijo nuestro, de eso no cabía la menor duda. (Otro gallo cantara si hubiese nacido en una clínica, por aquello de los cambiazos.) Yo lo observaba entre satisfecho y receloso, hasta que acabé convenciéndome de que se trataba de una especie de adaptación al medio pre nacimiento, y de tal guisa hubiera seguido pensándolo, de no ser por los hechos que empezaron a sucederse.
A los siete meses de haber nacido Percy, justo el día de su aniversario, llamó a nuestra puerta una periodista. Era clásica y convencional. Solterona, gruesa y feminista, dirigía una revista femenina, GLORYANNA, que al parecer, no resultaba un record de ventas y hete aquí que husmeando en archivos, había dado con la noticia del nacimiento de nuestro hijo, entonces se le ocurrió la idea y vino a vernos.
Cuando llegué a casa por la noche, Isabel estaba literalmente loca de alegría. Me lo contó todo de un tirón y sin detenerse apenas para respirar.
Miss Trelawny, así se llamaba la periodista, le había hecho un reportaje a Percy, extrayendo todo el jugo posible al hecho de que el niño hubiese nacido en la misma casa donde vivió y murió Percival Homsbury. Incluso se habían hecho varias fotografías. A la semana siguiente, la carita de Percy sonreía al público desde todos los kioscos de Londres, a plena portada.
Cuando llegué a mi hogar por la noche, con los brazos llenos de revistas, y después de haber pasado un día en el que mis compañeros de trabajo me abrumaron con sus felicitaciones, encontré a las dos mujeres de la casa aún emocionadas y llorosas, ante un maremagnum de la misma publicación que se encontraba esparcida por todas las habitaciones. Según me dijo Isabel, el teléfono no había cesado de sonar en toda la jornada.
Aquello era lo más parecido a la fama, pensamos impresionados, a una fama barata, bien es verdad, pero fama al fin y al cabo, cuanto menos ninguno de los hijos de nuestros amigos, a los siete meses de edad, había sido nunca portada en revista alguna. Isabel y yo estábamos sinceramente emocionados y fue a partir de esa fecha, cuando empezamos a mirar a Percy con algo muy parecido al respeto.
Pero los acontecimientos extraordinarios no habían hecho apenas sino insinuarse. El jueves de la misma semana en que había salido a la venta GLORYANNA con el reportaje que hablaba de nuestro hijo menor, hubo una llamada telefónica que no provenía de amigos ni conocidos. Se trataba de una poderosa compañía publicitaria que, lo contaré en pocas palabras, habiendo visto el retrato de Percy, deseaba contratarlo.
En un principio, Isabel y yo quedamos tan aturdidos que no sabíamos que decir. Sólo ella atinó a pronunciar, pero más que un comentario fue una tontería:
-¿Qué pensará la familia en España?
Porque a esas alturas, realmente, la familia en España estaba tan lejos de nosotros como los aborígenes de Australia.
Al fin, nerviosos pero decididos, nuestras amistades no cesaban de alentarnos para que aprovecháramos tan excelente oportunidad, consentimos después de todo el largo intervalo de un weeck end, y Percy quedó contratado.
Desde aquel día empezó a resultar frecuente encontrarse con la redonda carita del pequeño en carteles publicitarios, en anuncios de revistas y prensa en general, e incluso en un corto spot televisivo en el que Percy lucía sus desnudos y gordezuelos encantos, agarrado a un bote de talco mientras emitía un genuino y natural, “GÚ-GÚ... BABOBA”, que nadie, por supuesto, se atrevió a doblar.
Aquello sí que era auténtica celebridad. La televisión es un medio casi mágico, forjador de popularidades tan repentinas como inesperadas, sobre todo entonces, para nosotros, ya que venía a desvelarnos un mundo por entero inexplorado, acostumbrados a la de nuestra patria, todavía en mantillas y nada sensacionalista, no como ahora precisamente.
De modo y manera que Percy se encontró convertido de la noche a la mañana en lo que pudiéramos denominar “el bebé más conocido de las islas”, una minúscula vedette de siete meses de edad, y, convertido en todo un personaje, comenzó incluso a influir en mi vida profesional. Yo ya no era “Mister Sánchez”, sino el feliz mortal padre de Percy, y, entre otras cosas, mi contrato, que estaba próximo a finalizar, me fue generosamente, no sólo prorrogado, sino incluso ampliado sin limitación. Por lo que respecta a Isabel, igualmente la influencia del niño se hizo notar y gracias a un convenio comercial entre una importantísima marca de productos alimenticios infantiles y la firma publicitaria que tenía la exclusiva de nuestro hijo, fue invitada a dar un ciclo de conferencias acerca de “como crío a Percy a base de harinas lacteadas marca X”.
Aquella constituyó en nuestras vidas una extraña y rutilante época que hoy al evocar se me antoja por completo irreal, algo así como el cuento de la Cenicienta pero en versión moderna y no apta para cuentistas del siglo XVIII.
Nuestros ingresos económicos se multiplicaron prodigiosamente, permitiéndonos llevar una vida como nunca hubiéramos podido sospechar. Cambiamos nuestro coche familiar por dos nuevos y fabulosos, uno para Isabel y otro para mí, e incluso el hecho de la compra fue motivo de publicidad indirecta para Percy. Le pusimos una especie de nanny a Jorge, el pobre y desgraciado Jorge, que nos contemplaba con un oscuro reproche en sus ojos negros, para que se ocupase convenientemente de él, ya que por motivos evidentemente obvios, éste infeliz hijo mío, conoció una injusta marginación en esos tiempos dorados y excitantes, cuando reinaba Percy, Percy siempre omnipresente, todopoderoso.
Jorge, una pacífica criatura dócil y tranquila, había acogido la llegada de su hermano más bien contento, y por lo que a él respecta la situación marchó por senderos de una gran normalidad durante las primeras semanas. En realidad, hoy que ya todo queda muy lejano, puedo juzgar su conducta posterior y no la censuro, tanto Isabel como yo nos la merecimos, porque aun cuando fuera mi esposa quien la fomentara, yo también contribuí en la medida que procuró mi indiferencia.
Ya el hecho de que Percy naciese constituyó para Isabel un acontecimiento que incomprensiblemente se salía de lo corriente. Nunca había visto a una madre más feliz con su precioso hijito rubio y blanco como un ángel. Se pasaba el día entero pendiente de él, como nunca lo estuviese con el mayor, habiendo sido el primero. Literalmente se lo comía a besos, al menor gritito se disparaba en pos del incipiente tirano y no le escatimaba mimos y caricias. Parecía como enamorada de aquel bebé, llegando a tal punto en su enajenación, que incluso en cierta momento, le pegó una bofetada a Jorge, porque éste había querido tocarle la carita a su hermano asustándole con su gesto hasta el punto que le hizo llorar. Según mi esposa, ávida lectora de Freud, Jorge revelaba instintos sádicos, que dirigidos hacia su hermano, confirmaban la teoría del complejo de Edipo, y así nuestro hijo mayor, en lugar de odiarme a mí, como es lo natural en semejantes casos, desviaba una líbido celosa en la persona del recién nacido.
Isabel creía haber descubierto el Océano Pacífico y rebosaba de satisfacción, sin ocurrírsele ni por un instante, que Jorge era un niño normal, que lo único que había pretendido era ser afectuoso con Percy.
A raíz de aquel incidente, el pequeño Jorge, que no estaba para sutilezas psicoanalíticas, empezó a sentir verdaderos y reales celos que su madre estimulaba con un entusiasmo digno de mejor causa. Imbuida de todas esas teorías que eran su credo si Percy tenía algún punto de contacto con ellas, empezó a perseguir y a castigar al pobre Jorge hasta el punto de que el niño terminó por pasarse los días semi oculto por rincones y cortinajes y rompiendo a llorar cada vez que su madre se aproximaba. Por aquel entonces, toda aquella mezquina política familiar, resbalaba encima de mi concha de atareado padre de familia, no prestándole la atención que requería, y si no malos tratos, tampoco podía afirmarse que yo me mostrase muy solicito para con los problemas de mi hijo mayor, lo cual dudo que en algo pudiera ayudarle a mejorar el concepto que debía estar formándose de nosotros sus padres. Luego de estallar la bomba Percy, he de admitir, con la mayor sinceridad, que tanto Isabel como yo, olvidamos por completo a Jorge, y aun el hecho de ponerle una nanny, tuvo que constituir para él una atención tan desorbitada como inmerecida, porque los niños no reflexionan, sienten, y, más tarde, al crecer, recuerdan sólo aquello que experimentaron.
Pasó el tiempo, nosotros nos habíamos convertido en una familia española residente en Londres y Percy seguía siendo una mina de oro. Había cumplido ya los tres años evolucionando en su carrera. De bebé anuncio se había convertido en modelo infantil y hasta una productora cinematográfica nos lo había pedido para intervenir en un breve papel de su última película. El film fue un éxito y ello contribuyó a que la popularidad de Percy se incrementara. Los contratos le llovían sin cesar. Ya no estaba ligado a ninguna empresa publicitaria y disponía de su corte propia, un manager, tres secretarias y un avispado hombre de leyes, siempre al quite de la dificultades que pudieran surgir, dificultades, que por otra parte, nunca se presentaron, ya que también en ese extremo, Percy poseía una suerte extraordinaria. A semejanza de un pequeño rey Midas, cuanto tocaba se convertía en oro, sin que ello entrañase problema alguno.
En este mundo nuestro, tan dado siempre a valorizar los empeños materiales, Percy, a sus tres añitos, resultaba ser un individuo con una personalidad propia muy acusada. Un individuo de tres años que pagaba sus impuestos como cualquier ciudadano respetable, que prácticamente mantenía a su familia, (bueno, yo seguía trabajando, ¿eh?), que poseía paquetes de acciones, sus agentes de bolsa, una casa en el campo para los fines de semana y una tienda de souvenirs llamada PERCY en la mismísima Carnaby Street. Ciertamente, y a los ojos de las gentes, Percy era un hombre y estaba emancipado desde hacía tiempo. Entonces, no podía ser de otra forma, la sociedad le buscó una compañera. Pero antes vino el suceso del erudito ensayista, cuyo artículo, saliendo de la muy honorable y digna revista WEECK NEWS, concluyó por coronar a Percy. Hasta el momento había sido un mito de consumo para el pueblo, a partir de entonces, ennoblecido por una hábil pluma, entraría en los dominios de la leyenda, y es aquí donde de nuevo surge la fuerza secular de la vieja Inglaterra, una fuerza que siempre resultará incongruente por mucho que se avance en el futuro.
He aquí lo que ponía el artículo:
PERCY O EL ENCANTO PERDIDO Y RETROBADO.
(El encabezado, muy a lo siglo XIX venía a recordar que no en balde su autor, lord Angus Penderhast, era ya un respetable anciano nonagenario.)
“Percy es, ¿cómo os lo diría yo?, una transposición inquietante, un hálito de otro tiempo. Para muchos, y me refiero concretamente a esa antropófaga sociedad de consumo que nos tiene atrapados en sus engranajes, Percival es un ‘niño objeto’, ‘un niño negocio’, una fuente de divisas en según que casos. Pero yo diría que Percy es algo más, algo inaprensible, de cuyo mágico encanto aún no nos hemos percatado debidamente... Percy hace soñar... ¿Sorprendente?... No, queridos lectores, en modo alguno. Las fuerzas que son motores del mundo se encierran siempre en las formas más simples, por no decir en las más absurdas ocasionalmente, y no es que con ello pretenda afirmar que Percy es un absurdo, que no lo es, por más que así pudiera parecerlo en opinión de algunos. Y si no constatemos: Hijo de españoles, semeja en todo un inglés. Es poseedor de toda la delicadeza, la elegancia, el encanto de cualquiera de esos niños deliciosos que pintaba el gran Reynolds, uniendo a ese hechizo indudable lo que yo denominaría su magia o atractivo, muy poderosos, que encadenan, sin discusión, las más diversas voluntades. Conjunta a su seducción infantil, una extraña y doliente madurez. Sus ojos azules son reflexivos, sus cabellos rubios, cual un casco de oro, y en sus labios se esconde un rictus indescifrable que tiene el sello del gran dibujante Beardsley. Percy es un niño angelical y demoníaco a un tiempo... Yo diría, rizando el rizo de la más desbocada de las fantasías, que Percy fue engendrado, una noche de luna nueva, por el fantasma de alguna alma en pena, aquí, en Londres. Y sacando a colación el tema espectral, ¿podríamos no dejar de establecer singulares analogías con el hecho, en apariencia intrascendente, de que Percy fuese a nacer, ni más ni menos, que en la casa otrora morada de nuestra gloria nacional, el inmarcesible poeta inglés, Percival Douglas Homsbury, cuyo nombre tan acertadamente lleva?”
No se puede salir en letra impresa sin pagar por ello, y aquel insidioso artículo se cobró con creces la popularidad que nos otorgaba, en este caso no dirigida a Percy, sino a nosotros sus padres.
Mr. Craig estaba suscrito a WEECK NEWS, y él fue el primero que tuvo a bien informarme de lo que allí se había escrito. Nunca podré olvidar su expresión, una vez lo hube ya leído. Comentó con cierto aire de rencorosa satisfacción,
-Mi querido amigo, hace tiempo le dije que no se puede menospreciar a los fantasmas...
Yo exploté:-¡Todo este asunto, estas imbéciles insinuaciones, es propia de la demencia senil que debe padecer quien lo ha escrito!
Mister Craig repuso solemnemente:
-Lord Angus Penderhast es una de las mentes más preclaras de la vieja Inglaterra y yo no desestimaría cuanto expone en su artículo, por muy ilógico que usted llegue a considerarlo... Apreciado señor, tratándose de fantasmas, nada es absurdo... Y si no, ¿por qué no le pregunta a su esposa?
-¿Qué es lo que tengo que preguntarle?... Mister Craig, no me irá usted a decir ahora que Isabel me ha engañado con un espectro, sería la cosa más ridícula y más cómica que nunca se...
Pero cuando llegué casa fue lo primero que le pregunté. Podrá parecer idiota, más esa fue mi reacción.
Primero, al oírme, Isabel se echó a reír, después, como yo siguiera hablando con escasa cordura, se puso muy pálida y finalmente rompió en sollozos. Las lágrimas femeninas siempre me han desarmado y en esta ocasión sucedió lo mismo. Al cabo de cinco minutos estábamos los dos sentados en el sofá de la sala de estar, frente al alegre fuego que crepitaba en la chimenea. Yo mantenía abrazada sobre mi pecho a Isabel, ella, entonces, más calmada, me fue explicando:
-... ya sé que cuanto ha escrito ese hombre en la revista es una bobada, ganas de llenar papel, pero... Efectivamente hay “algo” en todo esto... Como dice Mister Craig, no debe menospreciarse a los fantasmas... Por más que yo no crea en ellos.
-¡Isabel!
-No te enfades, el niño es tuyo, es nuestro, los dos lo sabemos... Pero...
Otra vez el dichoso “pero”, ¿habría de verme humillado por la dudosa existencia de un fantasma que se divertía burlándose de mí y haciendo que mi paternidad fuese puesta en público entredicho?
El asunto resultaba propio de una comedia bufa.
-¿Pero, qué? ¡Por el amor de Dios, Isabel, habla ya de una vez!
-Verás... No es fácil, ¿sabes?, sobre todo porque parecen tonterías... Fue al principio de estar aquí. Recordarás que yo apenas sabía inglés y que me pasaba el tiempo estudiando. Carmela, la mujer, me enseñaba lo mejor que sabía, modismos, palabrotas y nuestras escasas relaciones ayudaban en la medida de lo posible, pero no gran cosa... Una tarde me dio por inspeccionar la biblioteca y empecé a hacer pequeñas traducciones. Era un trabajo lento y pesado pero que a la larga fue muy provechoso. Cierto día estaba leyendo, descifrando, mejor dicho, a Thackeray, y en la lectura me quedé dormida, teniendo un sueño muy extraño. Soñé que la puerta de la biblioteca se abría dando paso a un joven a quién no había visto en mi vida... Quizás debido a la influencia de lo que estaba leyendo, no me extrañó en absoluto que el muchacho en cuestión vistiera de forma anticuada, muy a lo siglo XIX, traje negro, camisa blanca de romántico cuello. Era pálido, rubio... y un perfecto desconocido para mí. Muy amable me quitó el libro de las manos, acercando una silla para sentarse a mi lado. Iniciamos una charla amistosa y él me dijo que era el dueño de esta casa, que se llamaba Percival Douglas Homsbury, que hacía muchos años que vivía aquí solo. Que no acostumbraba a recibir visitas, al hallarse mal de salud, pero que en mi caso iba a hacer una excepción, primero porque yo era una dama y segundo porque si había tenido la bondad de irle a ver no iba a rechazar aquella gentileza. Y añadió:
-No deseo saber su nombre, para mí usted siempre será la hermosa de los cabellos de ébano, la que llega a través de las horas del reloj, ascendiendo por los minutos como si éstos fueran peldaños...
Noté que la boca se me quedaba seca, y, parodiando al poeta, un viento helado golpeó mi corazón.
-Pero, tú habías oído hablar de él, ¿no? Alguien te habría contado algo...
Mi esposa me miró con aire contrito.
-Ya sé que no me vas a creer, pero nadie me había hablado de él.
-Contínua -rogué con los labios apretados.
-Le dije que no ignoraba que la casa pertenecía a los Homsbury haciendo más de 50 años que estaba deshabitada. Él pareció sorprenderse mucho y afirmó que no podía ser eso cierto, añadiendo que por causa de su enfermedad se mantenía retirado de la vida social desde hacía un tiempo, pero, agrego de buen humor, que no creía que hubiesen transcurrido 50 años...
Me levanté furioso y comencé a pasear arriba y abajo de la habitación.
-¿Te das cuenta Isabel, de que lo que me estás contando es un sueño? ¿O acaso pretendes que me vuelva loco con tales fantasías?
Ella se echó a llorar de nuevo.
-No te enfades, por favor... Estoy intentando explicártelo todo.
-Está bien, está bien -me senté a su lado otra vez-. Sigue
-Me relató su historia... Le dije que nunca había visto su retrato por la casa y él me contestó que sólo le habían pintado un par de retratos en su vida, uno a los 4 años, que se guardaba en el castillo de los Homsbury y otro a los 19 que también se encontraba en la galería de retratos de la misma mansión. Me aseguró que tenía fama de no ser un buen modelo... “Soy demasiado nervioso,” me dijo echándose a reír. De pronto ladeó la cabeza como si escuchara, se levantó de la silla y colocándola en su lugar, se acercó de nuevo a mí:
-Tengo que irme -informó-, tengo que volver a mi habitación, de lo contrario el ama de llaves se enfadará y se lo dirá al doctor, el viejo Brown, al que le place tenerme prisionero entre estas cuatro paredes... ¿Volverá usted otro día? Si le gusta la lectura no dudo que nos encontraremos de nuevo -pareció querer añadir algo y tras una corta vacilación, concluyó-. Me agradaría que leyera usted mis poemas, en breve publicaré un libro...
En aquel instante, alguien hizo ruido detrás de la puerta y me incorporé sobresaltada. Era Carmela que entraba a preguntarme cualquier cosa.
-¿Y Homsbury? -me oí preguntar como si aquella historia hubiese sido por completo real.
Isabel hizo un gesto vago con los hombros.-¿Iba a estar? Me había dormido y Carmela se encargó de despertarme con su interrupción.
-Le volviste a ver- más que interrogar acusé.
Isabel hizo una mueca de fastidio: el tema comenzaba a irritarla.
-¡Dichosos celos!... Maridito mío, todo esto ya es bastante confuso para que ahora tu te pongas en plan de inquisidor general.
-No me pongo en plan de nada, sólo quiero que me digas si le volviste a ver.
-De acuerdo. Le volví a ver, como tú dices. Muchas veces al ir a la biblioteca me dormía, compareciendo él entonces, hablábamos... Todo era muy inocente.
-¿Te dijo que fumaba opio?
-¡Por Dios, que interrogatorio, y que terquedad la tuya con esa manía que te ha entrado sobre si hubo idilio entre nosotros!
Yo grité encolerizado:
-¡Bien, sí, insisto, ¿lo hubo?
Mi esposa se levantó indignada.
-¡Esto es el colmo! ¡No solamente me vienes con un escena morbosa sino que además confundes lo verdadero con lo falso!... Te estoy contando sueños míos, no te hablo de ningún hombre que me viniera a visitar mientras tú estuvieses fuera de casa.
-¿Es qué no te das cuenta, Isabel? ¡No se trata de sueños tuyos, era “realmente” el fantasma de ese condenado Homsbury!
Isabel empezó a dar muestras de nerviosismo.
-No digas estupideces. Los fantasmas no se aparecen en sueños, sino cuando uno está despierto.
-¿Le sigues viendo?
-No, ya no. Dos semanas antes de que naciera Percy se fue.
-¿Cómo es eso de que se fue?
-Se marchó, eso es todo -dijo ella molesta.
Yo me mostré sarcástico.
-A un balneario a tomar las aguas, supongo.
-Nooo... Me dijo que se tenía que ir y que probablemente tardaríamos en vernos.
-Ya me imagino la despedida, de lo más conmovedor.
-No, no lo fue, se despidió normalmente.
¡Normalmente!... ¿Cómo suelen despedirse “normalmente”, los fantasmas?
Ella se colocó delante de la chimenea, dándome la espalda. Las lenguas amarillas de las llamas la envolvían en un resplandor, que a mi imaginación sobreexcitada se me antojaba de ultratumba. Nos hallábamos prácticamente solos, la casa era muy grande y en el ala oeste habitaba la servidumbre, a Carmela se había ido agregando más personal, en la otra dormían los niños con la nanny, y en el salón nos encontrábamos nosotros sus dueños, discutiendo como un par de insensatos sobre un asunto que en nuestra patria hubiera hecho reír a todo el mundo.
-Bien, razonemos, ¿cómo os despedisteis?
Encima de la chimenea había un espejo veneciano, y aunque Isabel no se volvió para responderme, pude ver su rostro reflejado en él mientras hablaba y como seguía vistiéndose y peinándose de una forma anticuada para aquella época tan definida de pelo crepado, botas blancas y vestidos cortos de talle alto, me hizo el efecto de ser la imagen de un cuadro que cobraba vida, un busto parlante que nada tenía que ver con la televisión.
-Él me dijo que había llegado el momento en que nuestras entrevistas cesaran. A mi se me antojó muy raro, ya que no veía la razón, y Homsbury me explicó que pronto estaría yo muy ocupada no pudiendo dedicarle parte de mi tiempo.
Emití una risa sardónica.
-¡Qué considerado, pensaba en el niño!
-No podía pensar en ningún niño... ¡Ah, todo esto es de locos!... En los sueños yo no estaba embarazada. ¿Tan difícil es de comprender?
¿Qué es lo que tenía que comprender? Ella prosiguió:
-En los sueños yo no era una mujer casada, estaba soltera y tenía 16 años...
Aquello me pareció mucho más peligroso.
-Vaya, con que gracias a los sueños eras adolescente y soltera. Sin embargo ese individuo te daba el tratamiento de dama...
-Era un manera de hablar, significaba que yo pertenecía a la clase alta.
Me estaban entrando ganas de tirarme de los cabellos.
-Sincérate de una vez Isabel, seguramente te hablaría de amor... No, si no me voy a enfadar, después de todo sólo se trata de sueños.
Isabel ofrecía el aspecto de sentirse muy incómoda: al final se encaró conmigo.
-No puedes tener celos de un sueño, es anormal.
-Será muy anormal, pero tú acaba de contar lo que pasó.
-Al despedirse me dio un beso.
¡Lo que faltaba!
-¿Dónde?
-En los labios -reconoció ella de mala gana-. ¿Ves?... Ya sabía yo que te pondrías hecho una fiera. Pero has de pensar que fue el primero y el último. Además, no había nada de malo en ello. Ya sabes que aquí, en Inglaterra, es costumbre besarse en los labios entre amigos... Paseábamos por el jardín en esa ocasión y sus palabras de despedida fueron:
-No pierdas la esperanza de volverme a ver, aunque tarde y no sepas de mí, porque esto no es un adiós... Y así concluyó la historia.
Yo procuraba serenarme a duras penas.
-¿Y nunca encontraste muy raro que esas visitas en sueños tuvieran tanta lógica, que incluso hubiese una despedida y luego él no haya vuelto ha hacerse visible?
Isabel se sentó de nuevo.
-Francamente, no. Ten en cuenta que por aquella época yo leía mucho, en su mayoría eran novelas del siglo pasado y, además, estaba encinta... Con Jorge tuve antojos y cosas de esas, el embarazo de Percy, en cambio, no me ha causado ningún contratiempo... Mis sueños eran felices. Quizás dormida escribía yo misma una novela.
Con eso no se puede perjudicar a nadie.
-¿Qué no se puede perjudicar a nadie?
Me volví a sentar a su lado sintiéndome repentinamente agotado. Las últimas palabras de Isabel habían resonado en mis oídos sinceras y llena de inocencia.
-De acuerdo, no se ha perjudicado a nadie, hasta éste momento en que todo se halla tan confuso y ninguno de los dos se aclara... Debido a nuestra educación y nuestra cultura, no podemos admitir que los fantasmas existan, porque eso ya sería lo último... Pero en todo este condenado asunto existen dos puntos oscuros que todavía no me has explicado... La primera vez que soñaste con él, cuando Carmela te despertó, ¿sentiste curiosidad por leer sus poemas? ¿Los buscaste?, ¿los encontraste?
Mi esposa enrojeció violentamente.
-Sí, tuve curiosidad, por más que sólo se trataba de un sueño, pero me intrigó. De sobras se que suena absurdo...
Yo sentí que incluso mis labios palidecían.
-Hallaste el libro, devorándolo, claro, hasta el extremo de aprendértelo de memoria... Bien, pasemos ahora por alto el hecho de que ese individuo te contase su vida antes de que tú supieses nada de ella... La otra cuestión es el nombre de la criatura, ¿por qué te obstinaste en que el niño se llamase Percival? No me enfadaré si me dices la verdad.
Y la verdad no me hizo ninguna gracia, pero, de todas formas, procuré ser fiel a la palabra dada tragándome la cólera que me invadía. Isabel repuso cándidamente:
-Me confesó una tarde que tenía el presentimiento de que moriría sin hijos, y de que le hubiese gustado mucho, de haber tenido alguno, que se hubiera llamado como él... Me dijo que en su familia, nadie nunca se había llamado Percival, “y actualmente -añadió-, parece ser un nombre maldito entre los Homsbury. De ello se infiere que el ser poeta es un baldón para nuestra extirpe que sólo ha dado militares, políticos y obispos”... Experimenté tanta tristeza al escucharle, que al despertar, me prometí a mi misma que le daría ese nombre al niño, porque supe instintivamente que, lo que naciese, sería un varón.
-Entonces -me sentía vejado en grado superlativo-, ¿cuándo me comunicaste que esperábamos otro hijo, entre Homsbury y tú ya se había establecido una gran amistad?
Isabel se echó a reír.
-Bueno, tanto como una gran amistad... Dirás mejor que me pegaba siestas interminables en la biblioteca.
-¿Y nunca te sorprendió el tener esa serie de sueños.- insistí.
-¿Por qué? Eran bonitos e inofensivos. Por otra parte, ya sabes que la mente humana es muy compleja. Quién sabe si a través de aquellos sueños no me liberaba de alguna obsesión inconfesable de mis tiempos de adolescencia.
Freud otra vez, mas en esa ocasión, la dejé que divagase sobre el tema que tanto la seducía, mientras yo reflexionaba.
Aquel artículo constituyó una apoteosis, ya que en las Islas Británicas se sigue creyendo en toda clase de entidades ectoplásmicas, y el artículo en cuestión aparecido en WEECK NEWS, venía a erradicar de la pureza de su aspecto, la desdichada circunstancia de que Percy tuviera padres extranjeros. Así, para alivio de todos, Percy era inglés por mimetización al medio y Percy, “quizá”, podía ser “más” inglés si algún conspicuo espiritista declaraba que había tenido “revelaciones” del “legítimo” padre de mi hijo. Y era esto, precisamente, lo que yo me temía desde la lectura del malhadado libelo y luego de que mi esposa me hubiera hecho aquella insólita confesión suya.
Como las desgracias nunca vienen solas, la segunda bomba de tiempo no tardó en estallar. Yo la esperaba y por eso la noticia no me afectó tanto como en otras circunstancias lo hubiera hecho.
Un periodista sin escrúpulos, habiendo leído las elucubraciones tendenciosas de lord Angus, concibió una brillante idea, y a su vez escribió un reportaje de lo más completo, extenso, documentado... y horrible, en el que el desenfadado oportunismo de aquel plumífero, saltaba cada dos líneas. El muy sinvergüenza había ido al castillo de los Homsbury con la debido autorización, para fotografiar los retratos del famoso poeta, luego, puesto manos a la obra, escribió una corriente de insensateces, interpolando también fotografías de Percy y sacando a colación su poético nacimiento en el jardín de una casa, que, según decía la leyenda, habitaba todavía el fantasma de Percival Douglas Homsbury.
Sin embargo, lo peor del caso no fue lo que se escribió en el reportaje, sino que el retrato de Homsbury a los cuatro años de edad “era” el retrato de Percy a sus recién cumplidos cuatro añitos. Aquel parecido tan extraordinario constituyó la noticia del siglo en Inglaterra y yo creo que en el mundo entero. Todos estábamos impresionados, empezando por Isabel y yo mismo, porque ahora era cuando empezábamos a no entender nada de lo que sucedía. En el retrato de Homsbury a los 19 años, Isabel había reconocido a su visitante de la biblioteca, y tal descubrimiento la había dejado temblorosa, y a mí, para que contarlo...
Después se desbordó el aluvión. Proliferaron las biografías de Percy hablando del chiquillo con un extraño respeto. Circularon biografías noveladas de Percival Douglas Homsbury, narrando minuciosamente cuantos pormenores hubiera podido haber en su corta existencia, y la corriente creció cada vez más desmesurada tratándose de una corriente por entero demencial, publicitaria. Algo tan impúdico y carente de escrúpulos como sólo en la segunda mitad del siglo XX empezaba a darse.
Las acciones de Percy subieron, su trabajo se intensificó, y, virtualmente, nos fue arrebatado, ya que aduciendo que el pequeño necesitaba tranquilidad, (?), se le alquiló una suite completa en un hotel de lo más VIP, en donde nuestro hijo recibía los periodistas, comía, dormía, jugaba y salía y entraba para realizar sus tareas como cualquier ciudadano adulto de la City. Podíamos verle una vez a la semana y, su nanny particular, tenía la atención de llamarnos cada día para informar respecto a la salud del niño.
En otras circunstancias, tanto Isabel como yo hubiéramos reaccionado de manera diferente, no permitiendo en modo alguno que el chiquillo saliese de nuestro hogar, pero el ambiente no era lo que se dice convencional, y nosotros empezábamos a dudar de nuestra propia cordura. Así que, bien por debilidad, por cobardía, o por atontamiento, cedimos.
Se habló por aquellas fechas de hacer una película basada en la vida de Homsbury, una gran superproducción, en la que, obviamente, Percy encarnaría la figura del poeta en su infancia. También fue por aquel entonces, cuando se le buscó una compañera a mi hijo.
Con anterioridad he comentado, que por razones de marketing, se le quiso emparejar con una niña, “ya que compondrían una imagen adorable”. Entonces, por medio de la prensa, se convocó un gran concurso a escala nacional en el que se solicitaba una partenaire para el jovencísimo Percy. Siendo elegida, finalmente, una angelical criatura de su misma edad, llamada Claire.
Recuerdo la velada en que frente al televisor, Isabel y yo asistimos a la final del concurso, final en la que Percy, asombrosamente seguro de sí mismo, avanzó ante las cámaras para abrazar y besar a su recién elegida compañera de trabajo. La niña era lindísima, rubita y de ojos azules, parecía verdaderamente una muñeca. A nuestro hijo lo habían vestido con un traje copiado descaradamente del retrato infantil de Homsbury. Aquello resultaba carnavalesco.
Le dije a Isabel:
-No aguanto más, no puedo más, si esto continúa o me volveré loco o me pegaré un tiro... Esta situación es insoportable...
Estaba más que harto, los acontecimientos no cesaban de apedrear lo que hasta no hacía mucho tiempo fuera una pacífica existencia, ¡Cuán lejos quedaba ya la época feliz, muy breve por cierto, en la que Percy era un desconocido! Si incluso los Homsbury, que siempre se habían mantenido al margen de aquel asunto, llegaron a indicar oficiosamente, por medio de su administrador, que se iban a ver obligados, más adelante, por supuesto, a convertir la casa en un museo dedicado a su ilustre antepasado, que no era su intención la de causarnos problemas, pero que tuviéramos la bondad de comprenderlo...
Cuando le comuniqué la noticia a Isabel pude observar que no le impresionaba demasiado ya que una irónica sonrisa se dibujó en sus labios, seguida de este enigmático comentario:
-No ha llegado el momento.
Pero había algo más, siempre había algo más. Yo vivía con los nervios destrozados, pasaba los días en tensión constante y por las noches apenas descansaba vigilando, a mi lado, el sueño de Isabel. Me dominaba un miedo obsesivo a que las “visitas” de Homsbury se repitieran. Cada vez que la escuchaba hablar dormida prestaba una gran atención a sus palabras, pero como a menudo murmuraba frases ininteligibles, yo me quedaba como antes, o tal vez peor dado que la imaginación se me desbocaba. Cierta noche, Isabel empezó a agitarse en el lecho aparentemente presa de una pesadilla. No atreviéndome a despertarla, me aproximé lo suficiente para atender cuanto dijera. Se estremecía a intervalos y comenzó a gemir súbitamente, de pronto extendió los brazos como si pretendiese abrazar a alguien y pude captar sus palabras con toda claridad:
-No vuelvas a dejarme Percival.
Después sus brazos cayeron y la cabeza se inclinó sobre la almohada con una extraña sonrisa de felicidad en los labios.
Expresar lo que pasó por mí en aquellos momentos sería revelar demasiado, lo que si puedo decir es que me sentí impotente, celoso y burlado al comprender que aquel bribón de fantasma, se permitía el lujo de divertirse con mi esposa delante de mis propias narices... ¡Intolerable!, semejante situación no podía continuar por más tiempo; despierta o dormida, Isabel no me iba a poner más en ridículo con un fantasma.
A la mañana siguiente le conté lo sucedido la noche anterior y escuchando mis acusaciones ella me replicó que no recordaba absolutamente nada, y después, tras un pequeño titubeo, me insinuó si no estaría muy acertado que fuese a visitar al médico. Lo hice y el galeno me recetó somníferos, que si bien me hicieron dormir no borraron mi creciente desesperación.
Así se hallaban las cosas de mal, cuando un día, el azar quiso que cayera en mis manos la página de anuncios de un periódico cualquiera, y yo, que nunca los leía, lo hice. En esa página se anunciaban, entre otros, pitonisas, cartománticos, espiritistas y videntes de toda laya. Siendo la que atrajo mi atención una determinada Miss Cornelia Bridges, que se auto presentaba como “psíquica experta en sueños”. Su fotografía acompañaba al reclamo publicitario y la interfecta ni era vieja ni parecía misteriosa. Un número de teléfono acompañaba aquellas líneas y sin saber la causa de repente me encontré marcándolo. Al oír una voz fresca y juvenil que me interpelaba al otro extremo del hilo, estuve a punto de colgar, sin embargo, rehaciéndome, contesté, y de esta forma tan sencilla quedó concertada una cita entre la secretaria de Miss Bridges y yo.
Cornelia Bridges era experta en sueños y muchas más cosas que al englobarse dentro de la palabra “psiquismo” auguraban infinitas posibilidades. Me recibió pasadas las cinco o´clock, en una elegante salita de luces indirectas, paredes azul lavanda, suelos de mármol negro, pulimentados como un espejo y muebles blancos, lacados, de diseño ultramoderno. No vi fetiches por sitio alguno, ni cuadros o dibujos que representasen escenas demoníacas u obscenas. La única concesión a las tradiciones que hube de observar allí, fueron un par de gatos siameses, vivos, flanqueándola sobre su mesa de trabajo, a imitación de dos estatuas.
La fotografía del periódico era mala y no hacía justicia a su belleza y juventud. Primera sorpresa ya que jamás hubiera imaginado que una profesional del esoterismo pudiese ser tan joven y tan bonita. Lucía una indómita cabellera pelirroja cuyo corte no se ceñía a moda alguna, un cutis muy blanco que salpicaban graciosas pecas y sus ojos eran extraordinariamente verdes y rasgados; la sonrisa, deliciosa. Vestía como cualquier muchacha de su edad, a la moda pero sin extravagancias, sencilla, con buen gusto. Se levantó al entrar yo y me estrechó cálidamente la mano, acto seguido me invitó a tomar asiento frente a ella en un cómodo butacón.
Yo empecé a expresarme torpemente, me arrepentía ya de haber ido allá y lo comenzaba a encontrar todo, mi conducta y mis motivos, quiero decir, sumamente ridículos. Pero ella, al parecer, supo hacerse enseguida cargo de la situación. Fue incisiva y directa en sus preguntas y a los pocos minutos ya sabía todo lo que deseaba saber de mi y de mis pretensiones, exceptuando naturalmente la identidad, ya que no resultaba nada aconsejable revelarle que su cliente era el padre de Percy.
Con que se inició la sesión. Yo padecía la presencia de un fantasma en mi casa, un fantasma molesto que se le materializaba en sueños a mi esposa adoptando el papel de romántico galán que descaradamente la cortejaba.
¿Qué podía hacerse?
Miss Cornelia se quedó pensativa unos instantes. Los gatos siameses, hieráticos, me contemplaban con una fijeza impertinente.
La linda psíquica suspiró como si inhalara energías mágicas, y se puso a hablar con una gran seguridad que me desconcertó, puesto que yo había ido a escuchar cualquier cosa menos aquello que oí de sus labios. Cornelia era una bruja, ¿se le podía otorgar tal calificativo?, muy culta y de mente científica.
-El lenguaje de los sueños tiene variadas interpretaciones entre las que destaca el análisis psicológico, del que no dudo usted ya tendrá referencia, pero no me voy introducir en ese terreno que no sólo no es de mi competencia, sino que se halla en el presente caso, fuera de lugar. Su esposa menciona a Freud, a quien según usted, admira y yo no le voy a hablar de Freud. ¿Ha escuchado alguna vez el nombre de John William Dunne?, mucho me temo que la respuesta haya de ser negativa, caballero. John William Dunne, que hizo la carrera aeronáutica y diseñó el primer avión militar inglés, poseía el don de adivinar a través de sus sueños. En 1927 escribió UN EXPERIMENTO CON EL TIEMPO, en el que se asegura que los sueños son la resultante de una combinación de imágenes de sucesos ya acaecidos y de sucesos por venir. Él sostenía que el tiempo es multidimensional, y que los hechos tienen lugar, existen, antes de que ocurran del modo y manera que todos conocemos, algo así como el efecto antes de la causa, y nosotros vamos hacia ellos en una perfecta ignorancia de lo que hacemos. Pero en los sueños, según su teoría, el ser humano rompe con el hecho convencional de contemplar pasado, presente y futuro como si fuese una película que fluye desde su comienzo hasta su fin, y puede saltar de un extremo al otro... Es decir, eso que se llama “viajar en el tiempo”, ver el futuro y también el pasado alternativamente... Cuando el sueño no es más que un estado de conciencia alterado que nos permite caminar por senderos inaccesibles en circunstancias normales... ¿Me comprende?
-No -repuse hecho un lío.
Ella sonrió bondadosamente.
-Es natural, le estoy hablando de conceptos un tanto abstractos y difíciles de asimilar. Voy a simplificárselo: A través de los sueños, eso que llamamos sueños, las personas traspasamos la barrera y viajamos en el espacio-tiempo, visitando el futuro o el pasado y hasta el presente, si mucho me apura. Su esposa, cuando duerme en esa casa, de la que se dice mora un fantasma, no hace sino convertirse a su vez en el fantasma de otra persona, sólo que el mal denominado espectro, en este caso, adopta un punto de vista más amplio y acepta, porque es un romántico de otra época, una situación que a nosotros se nos antoja por completo inverosímil...
¿Me entiende ahora?
-¿Pretende usted explicarme que él no es ningún fantasma sino que está tan vivo como usted y yo y que realmente se encuentran los dos en un plano distorsionado o paralelo, cada vez que mi esposa se queda dormida?
-No cada vez que ella duerma, pero si en alguna ocasiones, cuando su ánimo, sea por la influencia de lecturas, sea por el ambiente sugeridor de la casa en donde viven, la predispone a ello... Por otra parte también podríamos pensar, que pueden ser los sueños de él, los que le conduzcan al momento de ella. Medite acerca del extremo de que para el “fantasma”, la casa en donde ustedes residen es “su” casa puesto que él la habita a una distancia de más de cien años en relación con ustedes, los nuevos inquilinos. Para ese pobre joven, la esposa de usted es una misteriosa y encantadora visitante que viene a verle algunas tardes para alegrar su soledad, y él no interroga, le basta con lo que el destino le ofrece.
-¿Y por qué a mí no se me aparece?
-Apreciado señor, usted no le interesa. No se ha establecido entre ustedes canal alguno de comunicación.
-Una pregunta, Miss Bridges: ¿por qué mi esposa es adolescente en sus sueños, por qué no representa la edad que tiene ahora?
-En el plano intemporal en el que ellos se reúnen, ella puede asumir el aspecto que desee, puede crear mundos con su pensamiento.
Yo la miré sin comprender y Cornelia replicó a mi silenciosa demanda,
-En ese plano, que es el que también pertenece a los espíritus, la esencia de la vida se traduce en una energía todopoderosa, que, repito, puede crear mundos con sólo desearlo. Ya se que cuesta de entender, caballero, sobre todo de repente y sin tener preparación adecuada en este terreno. Su esposa debía ser una jovencita muy romántica, que, reprimida por el siglo que nos ha tocado vivir, sepultó en lo más hondo de su corazón, sus ensueños novelescos que en la actualidad han encontrado el medio adecuado para materializarse.
-Pe... Pero ese individuo, el fantasma o lo que sea, ¿es la primera vez que se aparece causando todos estos problemas?
-Recuerde que él reside en “su” casa, ustedes son los que han venido de fuera, no lo olvide, aunque a su pregunta le diré que si, como me ha informado antes, hacía más de 50 años que la casa no se había alquilado y él falleció por 1840, otros inquilinos tuvieron que ocuparla en el intervalo. Reflexione acerca de que la leyenda del fantasma, no nació sin algún motivo. Por más que yo creo que hubo de tratarse de simples apariciones.
-O sea, que el romance ha surgido sólo con mi esposa.
-Llamémoslo de ese modo.
La investigación no me estaba llenando de alegría, precisamente.
-Otra pregunta, Miss Bridges: Al reunirse, de verdad, sea en el plano que sea, ¿podrían...? ¿Existe la posibilidad...? ¿Puede nacer un niño a raíz de esos encuentros?
Cornelia Bridges me observó con fijeza y entonces supe que estaba leyendo en mi mente igual que en un libro abierto y que acababa de descubrir el secreto que yo pretendía vanamente, ocultar.
Sonrió con suavidad.
-Podría darse el caso, no es improbable, aunque tampoco seguro... Ha de tener en cuenta de que nos estamos moviendo en el campo de las hipótesis.
Me pasé la lengua por los labios, los tenía resecos, me los mordí, permanecían insensibles. Y yo también, en cierto modo, me encontraba embotado a todo cuanto no fueran aquellas sorprendentes revelaciones. Que la psíquica me hubiese atrapado, era algo que ya ni me inquietaba, (por otra parte confiaba en su ética profesional), en cambio, lo que sí me causaba tormento era el comprobar lo enormemente ingrata que no dejaba de ser mi posición. Si a un hombre le sale un rival, un vulgar rival de carne y hueso, siempre queda la solución de ir a verle y pegarle un puñetazo, o más altruistamente, renunciar a la mujer, si ello la ha de hacer más feliz con el otro. Pero, ¿cómo diablos se le puede romper la crisma a un fantasma o regalarle tu esposa para que vivan dichosos por siempre jamás en un plano intemporal?... Y todo en el supuesto de que Isabel correspondiese a los requerimientos amorosos de Percival Douglas Homsbury. Me encontraba metido en un callejón sin salida, en el más absurdo, disparatado y loco de los callejones sin salida. ¿Qué era lo que podía yo hacer?
Cuando regresé a mi hogar, si es que se le podía dar ese nombre a una casa que su legítimo dueño habitaba todavía, había tomado una determinación y entrando le dije a Isabel que nos cambiábamos, que ya estaba harto de compartirla, real o imaginariamente con una sombra.
No describiré la escena que siguió, baste sólo con agregar que Isabel me hizo una escena terrible, negándose en redondo a dejar la mansión, a lo que yo reaccioné dando un portazo y refugiándome en el primer hotel que apareció ante mí al cruzar una bocacalle. Al día siguiente todo Londres sabía que los padres de Percy habían discutido, y que el marido, abandonado el hogar conyugal, se encerraba en un hotel. Vinieron los periodistas en bandada y no quise recibir a ninguno, llamó el abogado de mi hijo, conciliador, y me negué a hablar con él... Al tercer día de mi voluntaria reclusión, al abrirse la puerta, únicamente el servicio tenía acceso a mis habitaciones, una voz muy querida por mí me hizo abandonar el cuarto de baño en donde me estaba afeitando. Delante mío se hallaba Isabel. Una rápida ojeada me hizo comprender que entre Homsbury y yo, mi esposa me había elegido a mí. Nos abrazamos.
-¡Isabel, Isabel, querida Isabel!
-¡Perdóname!
Más tarde y con calma, ella me lo explicaría todo.
Después de que yo me fuera, Isabel se había metido en su cuarto, negándose también a recibir a cualquier miembro de la prensa cuando éstos hicieron acto de presencia. La noticia había corrido como la pólvora y nada encerraba de extraño, ni de censurable en este singular universo de oportunismos en el que vivimos, que alguien de la servidumbre hubiese dado el soplo. Isabel estaba muy enfadada conmigo y con todo el mundo. No terminaba de asimilar mi postura y le hería la intromisión de los demás en nuestra vida privada. Mas en ella una idea persistía fija e inamovible, no deseaba abandonar la casa, se le antojaba un capricho estúpido por mi parte el pretender imponérselo. ¿Por qué dejarla si en ella estábamos tan bien? La presencia del supuesto fantasma no la inquietaba, considerando mis celos una enfermedad de tipo nervioso más que cualquier otra cosa. Ella era una mujer sensible e imaginativa, sí sus sueños tenían alguna lógica, habría que achacarla a eso, no a influencias sobrenaturales.
El segundo día de nuestra pelea recibió la visita del abogado que iba a huronear sobre lo que podía ser una substanciosa separación respecto a los intereses comerciales de Percy, y también ella lo echó a cajas destempladas.
-Estaba de muy mal humor y alterada. Cuando el abogado se fue me tomé un sedante, despertándome tarde, eso era ayer. Tomé un baño caliente, comí algo ligero y me quedé en el salón pensando en ti y en lo neciamente que lo dos nos habíamos comportado en la última discusión. Me acerqué a la chimenea y contemplé el fuego que ardía. Te echaba mucho de menos en aquellos momentos, amor mío. Súbitamente comprendí que te quería, que los años de matrimonio no habían conseguido menguar mi cariño hacia ti, que lo nuestro no era rutina sino verdadero afecto, que el no verte a mi lado me ponía enferma, que te necesitaba. Recordé lo que la prensa divulgaba acerca de nosotros dos y no me sentí en nada semejante a aquellas horribles mujeres inglesas o americanas que cambian de marido como de medias. Entonces tomé la resolución de venirte a buscar y ya me disponía a salir, cuando... -Isabel palideció ante la evocación y sus ojos se agrandaron. Con los labios temblorosos, prosiguió- Cuando le vi delante de mí...
-¿A quién? -pregunté innecesariamente.
-A Homsbury, por supuesto. Y no era en sueños, ¿sabes? Yo permanecía muy despierta... Me quedé tan helada de terror que no pude ni siquiera moverme... Te juro que no recordaba en nada a un espectro, tenía un aspecto tan corpóreo como tú o como yo... -evoqué fugazmente a Homsbury por el retrato que de él había visto, lánguido, etéreo, de alborotada cabellera rubia y muy guapo, de mejillas sonrosadas y labios rojos, con unos increíbles ojos azules, delgado, apuesto -Me habló, sus primeras palabras fueron:
-“Tú no vas a irte, tú te quedarás aquí conmigo...”
Si hubieras podido ver su expresión en aquellos momentos... ¡Oh! -Isabel tuvo un estremecimiento-. Era perversa, vengativa... No tenía nada de amable ni de gentil. Se había desvanecido todo el encanto de los anteriores encuentros. Repitió:
-“Tú te quedarás aquí conmigo, para siempre... No puedes abandonarme... No lo voy a permitir...”
Y lo dijo lentamente, con malignidad. Vi que alargaba las manos hacia mí y me desmayé... Carmela llamó al médico... Recobré el conocimiento, me hicieron tomar un sedante y en cuanto se ha hecho de día y he podido asegurar a Carmela que me encontraba completamente bien de salud, he venido a reunirme contigo... ¡Vámonos de esa casa maldita, vámonos cuanto antes!
Lleno de alegría, estreché a Isabel entre mis brazos; la pesadilla había concluido.
Nos trasladamos a otra residencia, con gran disgusto de la prensa especializada en asuntos escandalosos. En cuanto a Percy...Percy, completamente emancipado, vivía su existencia al margen. Nos relacionábamos con él y le queríamos, naturalmente, pero en el fondo, no le “sentíamos” como algo de verdad nuestro, y yo, en particular, abrigaba la sospecha de que no era hijo mío, aunque este extremo nunca lo he comentado con Isabel, bastante marcada la pobre por el fantasma de Percival Douglas Homsbury.
No quiero que se piense de nosotros que éramos unos malos padres. Cualquier familia normal, sometida a la presiones a las que nosotros habíamos estado expuestos, hubiera terminado reaccionando del mismo modo. Primero habíamos descuidado a nuestro primogénito, luego el exceso de dinero nos había deslumbrado, eso y la notoriedad repentina, más tarde Homsbury se encargó de distanciarnos a Isabel y a mí, y ahora que intentábamos ser felices de nuevo, una pequeña isla llamada Percy, se alejaba a la deriva sin que nos apercibiésemos demasiado, absortos todavía, en las primicias de nuestro reencuentro.
Los negocios de Percy marchaban inmejorablemente, y a su lado Claire comenzaba a brillar con luz propia. En breve tiempo la parejita se hizo popular, y de lo único que parecía lamentarse el público es de que ambos no fuesen ya mayores para contraer matrimonio, y así poder continuar capítulo a capítulo, la rosada e increíble historia.
Se realizaron fotografías adorables de los dos niños correteando por Kesington Park en pos de una nube de globos que huía por el cielo, y al píe de una de estas fotos hubo una periodista que escribió:
“¿No sería encantador que, cómo Peter Pan, jamás creciesen?”
Esta frase, del inmenso fárrago de imbecilidades que se escribieron en aquella época a propósito de, (al menos el apellido Sánchez lo llevaba), mi hijo, es la que con mayor claridad recuerdo. Hay palabras que no se debieran pronunciar nunca porque parecen encerrar el poder de antiguos maleficios.
Percy y Claire se hallaban un día posando en una barca en el Támesis cerca de Oxford... Nadie supo explicar luego lo que sucedió en realidad... Inexplicablemente, la barca zozobró y los niños cayeron al río. Todavía no he podido comprender, como salvándose Claire, pudo ahogarse el chiquillo teniendo a su alrededor una docena de manos amigas dispuestas a todo por rescatarle de las aguas.
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Han transcurrido los años y ahora vivimos en nuestra patria de nuevo. Tuvimos dos hijos más, los mellizos Isabelita y Enrique, y ninguno de ellos se parece a Percy. Jorge creció, a Dios gracias, y, contra todo pronóstico, pese a tener un carácter taciturno, siempre ha sentido un gran cariño por sus dos hermanos pequeños. En casa, todos los recuerdos de Percy están guardados en un cajón de mi mesa escritorio. Nadie habla de él, pero tampoco lo hemos olvidado. Percy fue, como decía aquel ensayista inglés nonagenario, un sueño, motor quizás de muchas frivolidades, pero un sueño y los sueños acostumbran a desvanecerse.
En un lindo cementerio de las afueras de Londres, en uno de esos cementerios que más recuerdan jardines públicos que hogares para los muertos, enterramos a Percy una alegre mañana de primavera... Aún recuerdo la crispada mano de mi esposa clavada en mi brazo, la apatía de Jorge que se embobaba contemplando el vuelo de las mariposas y la carita pálida y los grandes ojos asustados de Claire, quien también asistió al entierro de su amigo. Sí, fue una sentida manifestación de duelo que coronó a la pequeña, definitivamente, reina en la sucesión de Percy.
Como homenaje a la tierra que lo vio nacer y consagrarse en su corta pero brillantísima carrera, Percy se ha quedado entre ellos, (por otra parte dudo mucho que nos lo hubieran dejado llevar), se ha quedado bajo su losa de mármol blanco, en la que se puede leer la siguiente inscripción perfectamente grabada:
PERCIVAL SÁNCHEZ
SE REUNIÓ CON LOS ÁNGELES A LA EDAD DE 4 AÑOS
Percy el pequeño héroe, Percy, encantador como un elfo... Percival Sánchez... ¡Cuán ridículamente suenan unidos nombre y apellido en grotesca conjunción!
Por lo que supimos, la casa de Homsbury fue convertida en un museo y su único libro de poemas se ha hecho imprescindible en todo el mundo, como nadie ignora. Podríamos decir de él que sigue siendo un escritor en plena vigencia.
Meses después de que acaecieran aquellos sucesos impensables, mientras contemplaba el apacible sueño de mi esposa, dormida a mi lado, tranquila y sin pesadillas, me invadía una inmensa sensación de triunfo, la certidumbre de que al final fui yo quien ganó la partida, aunque por otro lado también pensaba, que ambos, habíamos tenido que pagar por ello un precio demasiado elevado.