LA PARTIDA DE AJEDREZ


Te aseguro, amigo mío, que fue inesperado y muy desagradable. Estábamos tan tranquilos, relajados, casi adormecidos dentro de la lentitud de las jugadas cuyos movimientos no nos desvelaban la estrategia de ningún futuro jaque mate, (ya lo sabes, no somos profesionales, a lo sumo aficionados), cuando irrumpió allí, en la sala del Ateneo, surgido prácticamente de la nada y habiendo burlado a un conserje distraído de sus obligaciones, porque no hay otra explicación que dar a aquella presencia que ninguno de los que nos hallábamos contemplando la partida de ajedrez, esperaba en ese lugar ni en cualquiera de los que solemos frecuentar normalmente.

Se trataba de un hombre, como de unos treinta y tantos años. Iba en tejanos  y camiseta de manga corta, blanca, con el logotipo de una firma comercial muy conocida, estampado sobre la parte delantera. Pensé que no era atuendo apropiado para el Ateneo y ni tan siquiera para los días invernales que veníamos padeciendo, si es que de tal manera había entrado de la calle, como todos los indicios parecían señalar. Iba desaseado, sin afeitarse y con los cabellos, muy cortos, despeinados. Los ojos le delataban, fuera de las órbitas, redondos, fijos, cristalizados. Su cuello era ancho y poderoso, la mandíbula cuadrada y fuerte. En la mano derecha blandía un objeto brillante y acerado. Empezó ha hablar lo mismo que un autómata al que le hubiesen dado cuerda, sin puntos ni comas, con pausas dramáticas y subrayándolo todo una nerviosa risita que más recordaba un lamento:

-Es increíble ¡je je! increíble... nadie me hace caso... ¿por qué no me hacen caso?... en el autobús la gente me mira pero no me hace caso... yo estaba sentado ¡je je! y subió un viejo... le dije “siéntese abuelo que yo soy joven y no me importa ir de pie”... y va él ¡je je! y no me contesta nada me mira y no me contesta nada y se larga a trompicones hacia el final del bús sujetándose en el respaldo de los asientos para no caerse... yo creo que estoy muerto ¡je je! y por eso la gente me mira pero no me ve como vosotros igual que vosotros todos quietos con los ojos fijos en mí sin verme... estaba en la clínica ¡je je! y me he muerto me he muerto cuando me daban el tratamiento esta vez si que me he muerto... las inyecciones las descargas el dolor siempre el dolor de la angustia cuando llegan los monstruos y bailan dentro de tu cabeza y tú los ves y los otros no y te dicen que son alucinaciones que estás enfermo... yo no estoy loco no estoy loco no estoy loco sólo necesito que me curen y ellos no lo saben hacer ¡je je! no conocen el remedio mucha bata blanca mucho título de doctor de esto doctor de aquello y no saben nada... me han puesto una etiqueta ¡je je! es lo único que hacen poner etiquetas... esquizofrénico paranoico... no saben nada y por eso me he muerto... cuando abrí los ojos ya no estaba atado por eso sé que me he muerto me habían tirado sobre la cama y cubierto con una sábana... he abandonado la habitación y he salido a los pasillos ¡je je! y todos se cruzaban conmigo mirándome sin verme porque no me decían nada nada... he llegado al vestíbulo y la gente seguía sin reparar en mí nadie me hacía caso... bueno ¡je je! sí una niñita que estaba sentada en la butaca de un tresillo esperando a alguien la niña me ha señalado con el dedo me ha hecho una mueca y me ha gritado “tira eso te harás pupa”... entonces me he dado cuenta de que tenía en la mano un bisturí este bisturí no lo entiendo pero cuando he descubierto que ninguno se fijaba en lo que la niña indicaba me he dado perfecta cuenta de que mi muerte me favorecía grandemente ¡je je!... por eso los demás pasan de mí... ya no les importo a Dios gracias cuando importas a la gente te hacen daño te acosan te persiguen y son tu padre y tu madre tu familia ¡je je!... ¿por qué me ha visto la niña si estoy muerto?... pero que tonto soy si la niña me ha visto es porque tampoco esta viva falleció en la clínica igual que yo y por eso me ve y me señala... es la única que puede verme... estoy libre ¡je je! me he liberado... si nadie me ve estoy libre no podéis verme ni tocarme... en cambio yo si que os veo a vosotros y puedo tocaros si quiero con mis dedos de fantasma... es curioso ¿por qué estáis tan quietos todos como si no respiraseis y vosotros los jugadores de ajedrez permanecéis inmóviles lo mismo que en una vieja fotografía de álbum?... no no ahora lo veo claro que torpe he sido sois vosotros los que estáis muertos no yo... estáis muertos ¡je je! estáis muertos y yo vivo en un mundo de cadáveres... me dais miedo vosotros los muertos que me habéis perseguido siempre... queríais matarme pero yo he sido más listo y me he escapado... en estos momentos ¡je je! es cuando me doy cuenta de la verdad siempre estuve vivo y por eso ibais a por mí me envidiabais deseabais aniquilarme robarme el cerebro que es donde se esconde el alma pero he conseguido huir... y nunca más nunca más me atrapareis...

En así diciendo aquel individuo, ante nuestro silencioso espanto, echó a correr desatinado en dirección al ventanal que se abría sobre el patio interno del Ateneo, (¿recuerdas, no, el que tiene las palmeras y el pequeño invernadero?), y, ¿puedes suponerlo ya?, se lanzó contra los cristales, en medio del consiguiente estruendo, y cayó, aferrado al bisturí, destrozando el techo del invernadero.

Claro, dimos parte, vinieron a buscarle y para nuestra tranquilidad te diré que el pobre tipo ha logrado por fin lo que buscaba, ser definitivamente libre.
 
 


EL ÁRBOL