LA PARADOJA DE ESHER
La primera vez que contemplé el caserón-fortaleza de tío Miguel, contaba yo seis años y lo tenía entre las manos encerrado dentro de los límites del rectángulo de una vieja y descolorida postal de principios de siglo.Tío Miguel era tío abuelo de papá, un individuo bastante excéntrico al que se le consideraba la oveja negra de la familia, aunque no precisamente debido a libertinaje de costumbres. De vocación inventor utópico, siempre condenado, por ello, al fracaso, se jactaba en pertenecer a una raza de visionarios incomprendidos y se parangonaba con Edison y Julio Verne, (por lo demás, bastante comprendidos ya), y también con el inefable H.G.Wells, por quien experimentaba una devoción rayana en el fanatismo; tío Miguel decía siempre que los inventores geniales son novelistas que no escriben sino que actúan,(?), y que, determinados novelistas, aún no se había acuñado el término “Ciencia ficción”, eran inventores que soñaban, o, mejor todavía, que se anticipaban al futuro, profetas de la ciencia, les llamaba.
Cuando el cartero trajo a casa aquella postal de edición antigua, tío Miguel le comunicaba a papá que el pequeño castillo o mansión afeudalada, (copio sus palabras textuales), conocido en el lugar como “El Caserón de la Torre Alta”, era suyo. Lo había comprado “a buen precio”, y tras unos “imprescindibles” arreglos, disponíase a ocuparlo tranquilamente convirtiéndole en “su campo de operaciones”.
Tío Miguel, el más joven de siete hermanos varones y, por supuesto, el único que quedaba, nunca se había casado, y dado que hallábase en posesión de una regular fortunita, (se le dio muy bien invertir en bolsa), hay que de decir que en mi casa veían con buenos ojos el que tío Miguel nos dispensara su atención, pues, ha de reconocerse, papá, sobrino suyo, era el único de la familia que jamás se riera de sus extravagancia. Así, al llegar la postal, circuló por manos de todos hasta caer en la mías. Mi padre dijo, de buen humor, que tío Miguel iba a hacer volar el pueblo con alguno de sus inventos, y yo comenté ingenuamente:
-Parece el castillo de Barba Azul...
Ya que me recordaba un dibujo visto en el cuento, un maravilloso dibujo hecho a plumilla en el cual las nubes eran líneas de puntitos y una triangular bandera, afilada como la lengua de un dragón, flameaba altivamente sobre el mástil que coronaba la altísima torre del siniestro castillo. También se veía un prado cuajado de picuda hierba ondulante, algo parecido a un rebaño a lo lejos, y a una deliciosa criatura de mangas flotantes y trenzas al viento, que, de espaldas al espectador, no se sabe muy bien si contemplaba el castillo o a las ovejas.
Todos conocemos el cuento y la importancia que entraña el personaje femenino que hace de vigía, escudriñando el horizonte.
Yo tenía sólo una hermana, y, casualmente, se llamaba Ana, entonces le tocó a mamá el turno de bromear:
-Pues, ya lo sabes, si algún día tío Miguel te invita a su castillo encantado y te entrega la llave de la habitación que no debes abrir, no seas curiosa, porque después tendrás que estar gritando desde las almenas:
“-¡Ana, hermana Ana!, ¿qué ves en la línea del horizonte, viene alguien a salvarme?...”
Pero pasó el tiempo, muchos años, y tío Miguel no me invitó nunca a visitar su fortaleza. Tío Miguel había muerto de un ataque al corazón antes de que yo cumpliera los 10, y su testamento, por orden expresa del finado, no debía abrirse hasta mi mayoría de edad, cláusula que desató gran polémica familiar, otros parientes, se entiende, ya que ellos me veían como a una presunta heredera y eso no les hacía mucha gracia. Mas lo cierto es que a mí, la verdad, a los nueve años, este asunto me traía sin cuidado. Fue al crecer que empezó a interesarme, no la herencia, sino el saber en que podía consistir realmente.
Papá, risueño, solía especular:
-Seguro que tu tío te deja el castillo y ya te veo convertida en señora feudal.
A lo que mamá agregaba:
-Cuatro piedras en ruinas, tendrás que regalarlo al pueblo para que lo restauren y lo conviertan en parador nacional.
Y yo me reía con ellos.
Por fin cumplí los 21 años y se dio lectura al testamento.
Abreviaré.
Tío Miguel, efectivamente, me dejaba de heredera universal de sus bienes, que consistían en una suma de dinero no despreciable, menor en su origen pero colocada previsoramente a plazo fijo, y, como ya era presumible, en el castillo. Afirmar que me asombró recibir el caserón en herencia, sería mentir y no voy a hacerlo, ahora, lo del dinero sí que constituyó una sorpresa.
Cuando el notario hubo dado lectura al testamento, supimos todos la razón de que yo hubiera resultado agraciada con aquel legado, y el extremo, que no habíamos llegado a comprender en su momento, reveló hasta que punto tío Miguel era en verdad un individuo de lo más extravagante.
“...y dejo heredera oficial de todos mis bienes, a mi querida sobrinita simplemente porque me escribió una carta, después de que yo les enviase a sus padres la postal del Caserón de Torre Alta, diciéndome que ella, cuando fuese mayor, quería ser inventora igual que yo y vivir en un castillo como el mío...”
Absurdo, pero cierto.
Y de esta suerte me vi convertida en la castellana de una gloriosa e imponente ruina que parecía sostenerse de pie por puro milagro.
Transcurrieron varios meses, llegó el verano, y decidí marchar a conocer mi posesión. La finca tenía unos guardeses que iban incluidos en la herencia y a los que previamente notifiqué mi visita para que me prepararan los aposentos que fueran de tío Miguel.
Cercano el crepúsculo hice mi entrada en el patio del caserón, siendo muy bien recibida por el viejo Dimas y su mujer, agradecidísisimos de que les permitiera seguir viviendo en el hogar de toda su vida. (¿Por qué iba a echarles?)
Me tenían preparada una abundante cena y, a los postres, con el café, lo inesperado. Dimas entró muy solemne llevando una bandeja en la que reposaba la taza humeante y, al depositarla frente a mí, vi que junto al platillo aparecía un abultado sobre en el que campeaba mi nombre escrito con la letra angulosa de tío Miguel. Dimas entonces me informó, ante mi desconcierto, de cómo su amo le entregase aquel sobre sólo un mes antes de fallecer, con el encargo de que me lo diese personalmente, cuando yo tomase posesión de la herencia.
Cogiendo el sobre, lo giré entre mis dedos, meditabunda, preguntándome que clase de revelaciones contendría, ya que tratándose de tío Miguel, todo podía esperarse.
-¿Fue usted quién lo encontró muerto en su laboratorio, verdad? -inquirí de pronto.
-Si, señorita, fui yo... -manifestó el criado pesaroso- El señor nunca se acordaba de comer y tenía que llamar a su puerta más de una vez... En aquella, cuando lo hice, me lo encontré tendido sobre el suelo con los ojos desorbitados, como si estuviera viendo algo espantoso, y la mano agarrotada sobre el pecho...
-Dijeron que se trataba de un infarto.
-Eso dijeron, sí, los médicos, pero también hubo voces, sobre todo el señor cura fue quien más insistió en eso, de que algo había descubierto, o visto, en sus experimentos, que le mató de la impresión.
Aquello atrajo mi interés.
-Nunca me lo comentaron en casa.
-No creo que saliera del lugar, señorita... Pero no me haga usted mucho caso, que a la gente de los pueblos nos gusta siempre buscarle tres pies al gato.
Le contemplé, ahora con curiosidad, aunque desestimando el tema en mi fuero interno. Posiblemente Dimas tuviese razón y a la gente de pueblo le guste más de la cuenta especular con hechos sobrenaturales que atenerse a la realidad simple de los acontecimientos.
-Está bien, Dimas, muchas gracias.
Al quedarme a solas, abrí el sobre intrigada y el café se enfrió en mi taza.
“Sobrinita querida: Bueno, ya sé que ahora que estás leyendo estas líneas hace tiempo que dejaste de ser una niña, pero, ¿qué quieres?, hoy, en este momento, tu eres una niñita fantasiosa aún y yo tu viejo tío abuelo... Dos mundos muy diferentes y distantes el uno del otro, sin embargo te diré algo, el tiempo no existe, o sea, que entre tú y yo, en este preciso instante, ya no hay separación alguna... Yo hablo y mi preciosa sobrina me escucha, porque estoy seguro de que eres una chica preciosa. Mas, basta de divagaciones, tengo que confiarte algo y es importante. Recordarás tu famosa carta de la infancia, esa que te ha convertido en mi heredera, en ella escribiste que de mayor querías ser inventora como yo... Escucha niña, y presta mucha atención, ignoro si te habrá dado por ahí, como a mí; si así fuera, olvídalo... De verdad, olvídalo... Lo único que no deseo es que heredes de mí lo que muchos han denominado ‘la locura de tío Miguel’, eso sí que no, de ninguna de las maneras.
A mi edad, y más vale tarde que nunca, he llegado a la conclusión de que la sabiduría del hombre consiste precisamente en no saber ya que existen muchas cosas que es preferible desconocer antes que intentar investigarlas... Es la eterna historia, pequeña, (siempre te llevaré 60 años, no lo olvides), no debe arrancarse el fruto del Árbol Prohibido, porque el hombre no ha de querer ser más sabio que Dios.
Sobrina, no pretendas meterte en donde no se te requiere, no ejerzas de inventor. La ciencia es una hermosa manzana de sabor amargo que puede llegar a envenenar a quien la prueba. ¡Ojalá te dediques a cualquier otro empeño menos a ese!
El Caserón de Torre Alta es tuyo, todo, menos una habitación que se abre en el último piso de la torre, allí se encuentra instalado mi laboratorio y parte de mis inventos, y digo bien parte, porque los estoy destruyendo: artilugios, fórmulas, todo, en fin. No me encuentro bien de salud, sin embargo, espero poder vivir todavía para acabar con lo que aún queda, ya que no deseo que nadie siga mis pasos. Saber es peligroso, muy peligroso, no acerca al cielo sino al infierno, te lo digo yo que sé muy bien de lo que hablo. Por ello te advierto una cosa, si muriese antes de destruir lo que resta, Dimas, o su hijo, te entregarán esta carta y con ella, en el sobre, una llave, la llave de la puerta de mi laboratorio. Si anhelas conservar la paz de tu espíritu, no la abras, no traspases ese umbral, es más, te ordeno que mandes tapiar la puerta y pintar de nuevo el rellano para que parezca que nunca ha existido tal entrada, hazlo en mi memoria y por la salvación de tu alma, sólo así descansaré tranquilo en la eternidad...”
Afirmar que me quedé impresionada es afirmar poco, pero, como digna sobrina de mi tío, (aunque mi trabajo nada tenía que ver con los inventos), encontré natural su grandilocuencia casi decimonónica y me dispuse a obedecer. Llamé a Dimas y le ordené que, a la mañana siguiente, muy temprano, enviase a un albañil para que cegara aquella puerta, y no me pasó desapercibido su gesto de alivio al escucharme.
-Bien -me dije-, eres una niña obediente...
Y con la satisfacción del deber cumplido, marché al dormitorio. La casa era enorme, destartalada y ya al otro día tendría tiempo de visitarla, pues habiendo llegado a punto de anochecer, me sentía muy cansada después de efectuar tan largo viaje.
El dormitorio que me estaba destinado era el mismo de tío Miguel y hallábase situado bajo el comienzo de la escalera de caracol que conducía a los pisos altos del torreón.
Había metido la carta, junto con la llave, en un bolsillo de mis vaqueros y al desvestirme me di cuenta de que las llevaba allí y las saqué para guardarlas en el cajón de la mesilla de noche. Introduje la carta, e iba a hacer otro tanto con la llave cuando ésta escurrióseme de los dedos, cayendo al suelo. Se trataba de una llave pequeña, tipo llavín, no era grande, pues, ni antigua, ni siquiera de oro.
Sonreí al recordar un fragmento del famoso cuento:
-“Puedes abrir todas las puertas del castillo, menos esa en cuya cerradura encaje la llave de oro que te entrego junto con las demás del llavero...”
¡Vaya con tío Miguel! ¿Pretendía acaso probar mi voluntad estimulando la curiosidad típica en el ser humano, al hacerme depositaria de aquella llave prohibida? Con un suspiro la tiré encima del mármol de la mesilla de noche y procedí a acostarme, apagando la luz a continuación. Pero el sueño no venía y más se complicó la cosa al ir desgranándose las horas en el transcurso de la noche, merced a los buenos oficios de un vetusto reloj solariego. Al sonar las 12 yo estaba ya frenética.
Encendí la lamparilla, salté de la cama... De acuerdo, de acuerdo, la curiosidad no me dejaba dormir...
Después de todo, si a la mañana siguiente se iba a cegar la dichosa puerta del laboratorio, ¿por qué no entrar aquella noche, echando una mirada, simplemente una ojeada rápida, y luego adiós para siempre?
No debía hacerlo, pero lo hice.
Me puse una bata por encima, subí al último piso del Torreón, inserté el llavín fatídico dentro de la cerradura y la puerta cedió sin un leve chirrido, suavemente, como si los goznes estuviesen aceitados, cerrándose luego a mis espaldas. Al franquearse la entrada se abrió la luz automáticamente, y para mi desilusión, no vi más que estanterías polvorientas y vacías, unos cuantos archivadores rotos, tirados de cualquier manera dentro de una papelera, y en el centro, una gran mesa de madera sin pintar, sobre la que aparecía un extraño aparato, especie de cajón cuadrado, lleno de palancas y botones, en el que destacaba un gran círculo de cristal que traía a la mente el recuerdo de los ojos de buey de los barcos. Junto a la máquina, había una libreta que comunicaba la impresión de haberse quedado allí olvidada. Estaba cubierta de polvo, y, a través de él, leí, inclinándome sobre el cuaderno casi con temor, la letra de nuevo era de tío Miguel: APUNTES SOBRE UNA NUEVA MÁQUINA DEL TIEMPO.
El corazón me dio un vuelco, ¿así que era aquello en lo que había estado trabajando últimamente, su infinita devoción hacia H.G.Wells, le había arrastrado hasta esos extremos?
Me temblaban las manos cuando abrí la libreta y me siguieron temblando mientras leía lo que eran las instrucciones para el manejo del aparato. Resultaba difícil. Y de nuevo hice lo que nunca hubiera debido, ¿por qué?, no lo sé, el caso es que sucedió.
Pulsé un botón, encendiéndose la máquina, tiré de una palanca que parecía encallada y no me apercibí de que en un rectángulo pequeño, bajo un cristal, empezaban a aparecer números. Inesperadamente, el ojo de buey proyectó un foco de luz vivísima en el centro de la pieza y al apagarse, allí había algo. Se trataba de una botella antigua, que chorreaba agua y despedía un fuerte olor a salitre. Cerrada con un tapón lacrado, en su oscuro interior vislumbrábase un pliego de papel que semejaba estar escrito. Aquello traía a la memoria esas botellas que los náufragos arrojan al mar en demanda de auxilio cuando llegan a una isla desierta. Y la botella era antiquísima, ¿de qué época?
El rectángulo de los números, luminosos ahora, guiñaba intermitentemente una fecha: 1572, entonces, aquel objeto procedía del siglo XVI. Impulsivamente destapé la botella y fue fácil porque el lacre estaba medio desprendido y el tapón sobresalía cosa de un centímetro como si alguien lo hubiera estado manipulando.
-Tal vez los peces -pensé.
Extraer el papel fue relativamente sencillo, ya que el pliego se había quedado atascado en el ancho cuello de la botella. Desenrollé la hoja que resultó ser de pergamino y estaba muy amarillenta. Con tosquedad habían dibujado en su superficie, el mapa de una isla, sin duda alguna realizado por un marinero experto en latitudes y longitudes. El dibujo resultaba arcaico y la tinta, débil ya, más que ayudar confundía, hasta el punto que una indudable llamada de socorro escrita al pie del mapa, era ilegible, incluida la firma. Pero lo chocante es que debajo de ésta, advertíase claramente la palabra AYUDA, arañada, más que escrita, con lo que podía haber sido un instrumento incisivo, un guijarro, una astilla, un diente de escualo, y, a continuación, unas gotas de sangre seca rubricaban de forma siniestra, aquel grito de desesperación cuyo eco llegaba hasta mí al cabo de, más o menos, 400 años.
De pronto, el rectángulo luminoso de los números, parpadeando a toda velocidad, inició una loca zarabanda en la que las cifras saltaban de continuo componiendo cantidades absurdas. Lógicamente, la máquina del tiempo de tío Miguel debía de haberse deteriorado por la falta del uso y el paso inexorable de los años.
Contemplé absorta aquel mapa. El mar era el Océano Atlántico, sin lugar a dudas, y la isla, alguna cercana al Caribe, un islote sin nombre entonces, ¿o lo tendría en la actualidad? Supuse que iba a ser un poco tonto indagar ahora sobre islas antiguas en las que hubieran morado hipotéticos robinsones ya rescatados, y, en cualquier caso, muertos al cabo de cuatro siglos.
¡Con qué a esos jueguecitos se dedicaba la Máquina del Tiempo!
Bueno, pero una cosa sí que era cierta. Tío Miguel fue todo un genio, digno alumno de sus escritores de ciencia ficción... Súbitamente me sentí muy excitada... ¡Semejante invento no debía ocultarse al mundo!... Revisándolo con las notas del cuaderno, se podría poner en marcha otra vez. Sin embargo, tío Miguel decidió en su momento destruirlo, sólo que la muerte llegó antes, y hoy, doce años más tarde, su querida sobrinita, entrando en la habitación prohibida, lo acababa de descubrir... No, no estaba dispuesta a que maravilla tal, desapareciese tras una puerta tapiada. Yo...
De improviso, la Máquina del Tiempo empezó a chirriar y a agitarse como una vieja locomotora. Sonó una especie de ¡clic!, y de nuevo el ojo de buey estaba proyectando su haz luminoso sobre el suelo, quedando yo aprisionada bajo el círculo como el actor de variedades bajo el foco del escenario...
La luz era tan intensa que hacía daño a la vista. Cerré los ojos convulsa... y cuando los abrí, el escenario había cambiado por completo.
Me hallaba en una playa desierta que sombreaban numerosos palmerales. Delante de mí el inmenso mar océano, detrás, una naturaleza virgen y salvaje, repleta de árboles tropicales entre cuyo follaje alborotaban pájaros y pequeños simios. En la linde de la selva y frente al mar se erguía una tosca casucha hecha de troncos y tablones.
Como el que anda en sueños me acerqué a la pequeña construcción. Un trapo mohoso servía de puerta y cortina al mismo tiempo. Traspasé el umbral... Allí no había nadie y prácticamente nada, quien la habitara en otra época tuvo que marchar hacía mucho... ¿El mismo naufrago que lanzase al mar la botella?, ¿pasó un barco casualmente y lo salvó?, ¿cuánto tiempo había transcurrido: 400 años, unos meses, semanas, días, unas horas?...
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Robinson marcaba el paso de los días, señalándolos con una muesca...
Yo encontré la punta de un clavo oxidado, mas lo perdí, sólo pude escribir con él la palabra AYUDA bajo el mapa del pergamino y, además, hiriéndome en un dedo al hacerlo...
Mi único equipaje consistía en la botella que trajo la máquina del tiempo, y la he devuelto al mar...
Ya sé quién envió la botella, todo es cuestión de tener paciencia...
La única persona que puede rescatarme soy yo misma cuando entre en la habitación prohibida...El tiempo no existe...
Y mientras espero, contemplo el lugar donde cielo y mar se encuentran y voy canturreando en tanto me mezo sentada sobre la arena de la playa, que no es un prado de hierba ondulante:
-Ana, hermana Ana, ¿qué ves en la línea del horizonte?, ¿viene alguien a salvarme?...
¡Tío Miguel, por favor, construye pronto la Máquina del Tiempo, quiero volver a casa...!