EL JUEGO


El niño gatea sobre la vieja alfombra persa, completamente descolorida por el paso del tiempo y heredada con la casa, e incorporándose con torpeza, apoya sus manecitas en la pequeña mesa de centro en donde se amontonan los más heterogéneos objetos, revistas, un platito con una galleta mordida, un babero, varios libros que hablan del mundo del bebé, una desencuadernada novela de Danielle Steel y una gloriosa ardilla de peluche nuevecita de trinca. Hay ceniza en el cristal de la mesa pero no está el cenicero, el cenicero lo tiene papá bien cogido mientras fuma y habla con su amigo. El niño se levanta inseguro y sonríe con expresión de triunfo. Hace una semana que cumplió un año y aunque va a toda velocidad con el andador, solo y erguido apenas se atreve porque suele tambalearse cayendo sentado sobre el paquete, ¡chaff!, blandito, y palmotea divertido. Le gusta, es excitante.

El amigo de papá es como papá, muy graaande, muy aaalto y también fuma mientras habla.

-Siendo la semana que viene Carnaval, no me digas que no tenéis tiempo de sobras para encontrarle canguro al enano.

Mamá interviene, está sentada en un ángulo del sofá charlando con su amiga, encogida ésta encima de una sillita infantil. La amiga de mamá se las da de que a ella los críos la adoran y de que los entiende a la perfección, por eso ha descendido hasta la sillita verde para demostrar a todos su gran psicología.

-En Carnaval los canguros vuelan, los habituales, quiero decir. Como no venga mi madre a cuidar del niño...

-Mujer, tu madre estará encantada, ella, que se bebe los vientos por su chiquitín... ¿Verdad cuchi-cuchi que la abuelita te quiere mucho?

El niño mira a la amiga de mamá con curiosidad y estornuda, se atraganta y babea, llora un poco y mamá se apresura a limpiarle la boquita y a sonarle, luego le introduce el chupete en la boca.

-Le tenéis mal acostumbrado, los niños no deben chupar esa porquería.

-Mejor el chupete que no el dedo -replica mamá con cierta aspereza.

-¡Pero le va a deformar la boca!

-Yo usé el chupete hasta los dos años y no se me ha deformado la boca.

La amiga de mamá observa la boca de mamá con aire critico, pero no hace ningún comentario.

El niño sonríe a la pared, contento, sigue con las manos apoyadas encima del cristal de la mesita. Es una sala de estar pequeña, de paredes gruesas; la chimenea a su espalda apagada, porque la casa dispone de gas natural. A la derecha del niño una ventana no muy grande que da a la parte trasera del jardín, la más oscura. Desde allí se divisa un árbol, un almendro cuajado de flores blancas; parece un ramo de novia suspendido en el breve paisaje. El amigo de papá y papá están sentados a ambos lados del ventanal. De repente, el niño chilla eufórico porque acaba de descubrir, debajo del vidrio de la mesa, una pieza roja de un antiguo juego de construcciones que fue de su papá. Papá se da cuenta de una forma maquinal y sin dejar de hablar, se inclina y recoge la madera que entrega al niño y éste la agarra con deditos vacilantes mientras balbucea:

-¡Blzzz, ta, da... Brrru.... Blop!...

El amigo de papá le mira distraído, sonríe vagamente e intenta confraternizar con el niño.

-Si, claro, ¿qué dice el gran personaje?

El niño agita entusiasmado la pieza de madera roja y después la tira, sin demasiada fuerza, al suelo.

-¡Huy, pero que pequeñín tan caprichoso! -grazna la amiga de mamá y mamá la contempla de través torciendo aún más el gesto cuando la oye agregar:

-Y tú, ¿de qué vas a disfrazarte?... Irías divina de niñera, así podrías llevar al bebé y todo en el cochecito, y tu marido de pediatra, ¡qué monos los tres!

Mamá parece masticar algo.

-Si, la familia Trapp.

-¡Mira, mira, que ardillita tan guapa!... ¿Es que no te gusta?

La amiga de mamá extiende el brazo, los tiene muy laaargos, y coge a la ardilla y la agita delante de los ojos del niño. El niño arruga el labio y pone cara de susto. En realidad la ardilla no le gusta, le da miedo, tiene unos bigotes muy tiesos y es dura al tacto, él prefiere a su oso-conejo, una especie de bestezuela mutante que le regalaron por reyes y que es espachurrable y suave y casi tan alta como él. La busca con la mirada y la encuentra desmadejada sobre el sofá. al lado de mamá. Señala al bicho y emite un gritito de aviso. Mamá, sin volverse hacia el oso-conejo, lo coge y se lo acerca por encima de la mesa. El niño chilla alborozado cuando el oso-conejo resbala por su carita y se queda a medias sentado en la mesa como una marioneta. Pero el oso-conejo lleva un papel de caramelo adherido al pelaje, un papelito de colorines estridentes y el niño lo apresa encantado, lo despega y se lo enseña con admiración al amigo de papá.

-¡Tata, tata... Giiii!

El amigo de papá recoge el diminuto trozo de celofana y le dice al niño:

-Muy bonito, ¿es tuyo?

La carita del niño resplandece de alegría, entonces coge el babero, por cierto, manchado de papilla, y se lo da también.

-¡Caramba, otra cosa, muchas gracias!

-¡Blú, blú, blú...!

La amiga de mamá, que advierte le están robando protagonismo respecto al bebé, tercia recriminatoria:

-Los niños son de chiste, siempre se entretienen con las cosas más raras.

Ahora el niño, en el colmo de la generosidad, le entrega al amigo de papá la media galleta mordida y observa expectante, aunque un poco mosqueado, como el amigo de papá finge comerse la galleta.

-¡Ñam, ñam, que rica!

-¡Boooo! -advierte amenazador el niño.

-¡Toma, toma!

La amiga de mamá salta despechada:

-¡Cómo no le deis pronto un hermanito, este niño se os convertirá en un tirano!

Nadie le contesta.

Sosegado, el niño comienza a arrancar una por una, metódicamente, las hojas de la novela de Danielle Steel y se las va dando al amigo de papá, quien a su vez, y de forma mecánica, las recoge mientras habla con papá.

El momento es mágico, los mayores conversan, el atardecer declina, el niño, que finalmente se ha caído sentado sobre un pie de su padre, se halla reconcentrado en la ardua tarea de desmembrar la novela, página a página e írsela entregando al amigo de papá. Cada vez que le da una hoja, sonríe y gorgotea satisfecho, es un juego y, nada en el mundo, puede hacer más dichoso a este niñito que recién ha cumplido un año hace apenas siete días y al que acaban de regalar una tiesa ardilla de peluche que no le atrae en lo más mínimo.
 
 


SECUENCIA DE TRES VENTANAS