EL EMBARCADERO

Del amor y otras tristezas, en Venecia... 18...


Hace cuatro semanas comenzó mi brusca, pero no inesperada, recaída, en la silenciosa enfermedad que de cinco años a esta parte, viene minando con intenciones mortales mi constitución que fuera sana antes, hace mucho tiempo, supongo, cuando por ser demasiado niña, no recuerdo ya que sabor guardaba el sentirse bien, el no estar enferma. Curioso mal el mío que en más de una ocasión he comparado con esa debilidad producida por el vaho metífico de los pantanos, huésped indeseado que se infiltra en el cuerpo de los que viven junto a ellos. Un algo impalpable y mortal, invisible y tenaz, a lo que no se puede escapar y se sucumbe fácilmente, son las fiebres que agostan y marchitan, las fiebres implacables que matan, y resulta tan duro morir a los 18 años... sin haber podido luchar, en el entretanto, con nuestro inmaterial enemigo...

Las primeras noches transcurridas a partir del día en que recaí, empecé a agonizar, según les dijera en un susurro a mis familiares, el médico que me reconoció, hube de pasarlas, velada en mi apatía febril, por padres e incluso sirvientes, amén del confesor de la familia, mi muy querido Fra Antonino. Mas el desenlace no tenía que llegar tan pronto; seguí viviendo, ya sosegada, pero viviendo en suma. Mi existencia pendía de un frágil hilillo, que, sin embargo, no se rompió entonces, merced a que milagro todavía lo ignoro, pues lo cierto es que en aquellos días iniciales de agonía igual que ahora, deseé, deseo, morir de una vez, que mi cuerpo rompa el débil vínculo que a la existencia lo une y siga con su muerte a la del alma ida de los lazos de la materia justamente hace cuatro semanas. Pero continúo con vida y todos creen que voy a curarme, que voy a vivir... ¡Santa Madonna, vanas esperanzas!...

Que el color haya vuelto a mis mejillas, antes casi exangües debido a su palidez, que mis ojos tornen a brillar negros como en la infancia, nada significa... Podrá parecerles a ellos que he mejorado, pero es ahora, ahora, sí, cuando cada minuto que transcurre me va acercando más y más al postrero... Lo sé muy bien, lo espero de un momento a otro, pues si me he engalanado con un brillo ficticio de salud es porque mi naturaleza me quiere brindar su último y único regalo en la despedida... Voy a morir esta noche y sola ya que nadie me vela y todos duermen en el palazzo soñando felices en mi próximo restablecimiento, casi milagroso según piensan.

Hoy se cumple un mes y en tal fecha de aniversario debo sucumbir... No sé como pude resistirlo tanto hasta el momento presente...

Todo es oscuridad en derredor mío, oscuridad o mejor, sombras azules y, por ellas, contraluces de tinta en mi dormitorio. Adivino más que veo, los contornos de muebles y cortinajes. Los muebles se pierden en la dilatada pieza, diríase que bailan en ella, su estilo es imperio y buenos disgustos que le costó a mi padre adoptar para muchas estancias de su palacio esa moda de ingrato recuerdo en nuestro país. Con todo, no son los muebles los que confieren su carácter a la habitación. Éste emana de los altos ventanales gótico-venecianos, que ahí frente a mi lecho se abren componiendo el paso de una encristalada galería o mirador que da sobre el Gran Canal y domina el resto de la ciudad con perspectiva a ras de tejados que brillan bajo el cielo entre nubes de palomas.

Cuando se ha iniciado esta noche, apuntaban las estrellas en el firmamento y ahora está emergiendo la luna a espaldas de mi palacio, el hogar de los Ferrara. Adivino que sale la luna porque los cristales del mirador van tiñéndose, progresiva, gradualmente, de una blancura característica, lechosa y azulada, que parece susurrarme, como en tantas noches de plenilunio, historias bellas de amores y leyendas, versos, y silenciosas melodías que sólo escucho dentro de mi corazón...

¡Ah, cuánta paz, cuánto sosiego, turbado de vez en cuando por el canto nostálgico de algún gondolero lejano e invisible, el chapoteo suave de unos remos y el tañido distante y cercano de las campanas!

Mañana las campanas de la basílica de San Marcos doblarán a muerto en honor mío, de la muy noble doncella Verónica Magdalena, hija del conde Osvaldo de Ferrara... Mañana muchos llorarán apenados por mí, pero yo habré alcanzado la paz...

Veo el rostro de la luna, o... ¿Deliro acaso?, su cara pálida de novia amortajada parece reflejar la mía... Sí, la mía, ¿no soy yo también una novia y mañana reposaré para siempre sobre el blanco catafalco? Lo singular del hecho es que nadie lo sabrá, ninguno de mi familia... Ni tan siquiera mi propio confesor, el bendito de Fra Antonino... Cuando me velen por última vez ninguno habrá de imaginar que vela el sueño eterno de una infeliz enamorada... Mi secreto, mi secreto morirá conmigo y mi único confidente, mudo siempre, seguirá callando lo que mis miradas y mis pensamientos han estado confiándole por espacio de tres largos años a través de la distancia que nos separa...

¡Mi fiel y silencioso amigo!

Puedo verle en estos momentos con los ojos del recuerdo y encuadrarle, en la noche de hoy, bajo un tenue rayo de claridad, inmóvil en su sitio, firme centinela, al pie del mirador de mi alcoba... Los tres escalones estarán como siempre, y más ahora, obscuros, resbaladizos, el último renovando su desgaste con el beso húmedo y continuo de las aguas verdinegras del canal... Un embarcadero, un humilde embarcadero es el único confidente de mi pequeña historia... Cuando yo haya desaparecido él permanecerá y entre sus losas gastadas enterrado mi secreto, un secreto de ausencia, de agonía, de dolor y de soledad...

Mi vida, sin amor, hubiera sido doblemente triste, tuve que conocerlo y aunque las circunstancias no fueron lo que suele denominarse usuales, me bastó ese reflejo para llenar una existencia vacía de emociones juveniles, y ser feliz...

Ocurrió hace tres años. Yo languidecía enferma, aburrida en mi suntuoso dormitorio-prisión, y, como en muchas ocasiones que me hallaba sola, cansada de intentar bordar o de leer, desvié una vez más la vista hacia el variopinto espectáculo que me ofrecía el Gran Canal a esas horas de la mañana. Por aquel tiempo yo no permanecía siempre metida en la cama sino que alternaba el lecho con un cómodo sitial colocado junto a una de los ventanales del mirador. Desde tan privilegiada posición, góndolas, gondoleros, barcazas y gentes diversas con su algarabía y movimiento, parecían muñequitos de una pantomima sin fin cuyo sólo objeto fuera el de entretenerme... Nos habíamos hecho amigos con el paso de los años, sin que jamás mediáramos palabra. Yo hube, forzosamente, de apearme un tanto de mis severos prejuicios de aristócrata y muchos de ellos, a su vez, condescendieron en saludarme amistosos cada vez que me veían asomada al Canal... ¿Me veían o me imaginaban?, porque toda Venecia no desconocía la historia.

Pues bien, yo me encontraba aquella mañana distraída como siempre contemplando un espectáculo que semejaba representarse en mi obsequio, cuando ocurrió lo inesperado.

Le vi.

En un momento fugaz sucedió todo... y le vi, viviendo en aquel instante una maravillosa eternidad, cuyo recuerdo, después, habría de hacerme vencer a la muerte en la espera de que otro momento igual se repitiese para que al llegarme la hora, pudiese morir satisfecha por haber alcanzado, aun así, enferma, inválida, la gracia de verle por última vez... Que el amor se nutre de sueños y de esperanzas.

Junto al embarcadero, en el tercero de sus escalones que mansamente lamía el agua negra, a trechos rayada de amarillo, se erguía, con la punta de una de sus botas mojadas a buen seguro, cierta varonil figura diferente a todas, vestida de negro y a más embozada en una capa del mismo color; el conjunto, que no podía ser más sombrío, por llevarlo él, resultaba luminoso y alegre o tal creí verle así. Tenía el cabello castaño cobrizo, corto y rizoso, el cuello, elegante pero robusto, que envolvía la banda de otro de tela blanca, a la manera que en el sexo masculino está de moda lucir hoy en día, y puede que fuera este cuello precisamente, abierto como las alas de una mariposa, el que reflejando en su rostro la luz del sol, prestase singular irradiación a la negra figura. En cuanto al rostro, ¡Oh!, ¿qué podría decir de él que hiciese justicia al describirlo sin la más mínima merma de su clásica perfección?... Sólo el Ángel Caído pudiera asemejársele en belleza y por ende también su rostro y aun figura nos recordarían esa graciosa armonía de líneas de las estatuas griegas. Su hermosa faz y su arrogante gallardía, algo encerraban a la par de divino e infernal por lo perfecto y seductor.

Apenas un segundo llegó a estar así, inmóvil sobre el peldaño, luego le vi inclinarse hacia delante introduciéndose, acto seguido con desenvoltura, en el interior de una góndola que debía aguardarle y en la cual yo no había reparado hasta aquel momento. Como la góndola iba descubierta, gracias a ello pude advertir otras cosas, alargando un tanto esos breves minutos, tan preciosos, que luego un millar de veces evocaría en el transcurso de los meses y los años venideros. No estaba solo; le acompañaba el impedimento de algunos bultos de equipaje y un amigo, quizás un hermano, no sé. El segundo personaje era un muchacho muy joven, delgado, de elevada estatura, hombros estrechos, y espalda encorvada como la de los estudiosos, que vestía con demasiado lujo. De aspecto muy romántico, casi parecía afeminado ya que sus melenas leonadas se enredaban en bucles naturales, los ojos eran grandes y azules, melancólicos, el cutis sonrosado, sin rastro de bozo y los labios finos, sensibles, húmedos y rojos como los de una persona tuberculosa. Sentáronse los dos caballeros y antes de que la góndola desatracase deslizándose corriente abajo del Canal a impulsos del remo, apercibí como él, mi hermoso desconocido, levantaba la cabeza en espontáneo gesto y rompía a reír mientras le indicaba con la mano al gondolero, que podía avanzar ya. ¿Reía por qué estaba contento, por qué sentíase dichoso de vivir, por qué presagiaba acaso alguna dulce aventura, o, simplemente por qué su amigo le había hecho algún comentario jocoso? Lo ignoro, de igual modo que jamás he sabido nada que a él se refiera, de dónde era y quién, hacia dónde iba y cuales los motivos que le habían inducido a escoger, entre sus allegados, a aquel muchacho espigado y feminoide, por compañero de viaje. Puede ser, en muchas ocasiones me he ofrecido esta reflexión, esa misma delicadeza y fragilidad del amigo le hubiera atraído a adoptarlo por acompañante, en un gesto protector y casi paternal al oponerse a su vitalidad el contraste de lo blando, tímido y enfermizo... Generosidad de los fuertes... Estoy segura, con esa suerte de clarividencia que la muerte al rondarnos otorga, que él me hubiese amado de haberme conocido porque así como yo supe, apenas descubrirlo, que era el único hombre capaz de hacer latir mi corazón, él en mí habría hallado ese punto genuinamente femenino, débil y gracioso, capaz de atraerle, no siendo su interés el que despierta un mendigo al serle entregada la limosna...

Dicen que soy bella y el espejo lo confirma, no es momento éste de falsas modestias... Me muero, pero no soy fea, y de haber sido amada por él tengo la certeza de que hubiera curado de mis dolencias misteriosas; su aliento vital se habría transfundido en mis venas y, de igual manera que esperándole me he sostenido milagrosamente por espacio de tres años, al conjuro de su amor compartido, hubiese escapado del mundo de las sombras...

Mas todo aconteció como en los sueños, no siendo real sino la visión... Él estuvo muy cerca de mí, alzó el rostro y no me vio, creí escuchar su risa en medio de la algarabía callejera, pero el canal, que era la vida, arrastró en su vaivén, lejos de mí, al hombre amado, y yo, la mujer, pasiva, enjaulada, le vi marchar sin que me fuera posible el retenerle...

Su góndola, empequeñeciéndose cada vez más hasta perderse en la curva que conduce hacia el Puente del Rialto, desapareció y no le volví a ver.

Sin embargo, mis ojos seguían contemplando deslumbrados su sonrisa, entre irónica y desdeñosa, su clara mirada de noble y burlona expresión... Le continuaba viendo y él no estaba ya, le he recordado así durante tres años y hoy lo veo de nuevo pero su sonrisa y su atención, su persona entera, son mías. Sé que si alargo los brazos, serán los suyos los que me envolverán cálidamente, sé que, por primera vez, él me besará... ¿Parece que desvarío?, quién sabe.

He vigilado, he aguardado, porque el auténtico amor resiste al tiempo, mejor dicho, el tiempo lo fortalece, en la espera de que él regresara algún día.

La mañana en que por primera vez contemplé a mi apuesto desconocido, él abandonaba Venecia; viajero cosmopolita, caminante de paso, atravesó mi ciudad por motivos que nunca he de conocer. ¿Llegaría a hospedarse en uno cualquiera de los palacios del canal, de esos que, sin habitantes, se alquilan completos a los viajeros ricos y caprichosos?. Al partir yo le vi y me enamoré de él para siempre... Estaba escrito.

Han pasado tres años.

Durante innumerables noches he rogado a la Madonna, que me permitiese contemplarle de nuevo, me decía que moriría dichosa si podía conseguir mi anhelo, mi pequeño deseo, ¿no hay acaso, destinos muy fugaces?...

Puedo morir en paz, la Santa Virgen ha atendido mi petición... Aunque... no le he vuelto a ver.

Una mañana, de esto hará aproximadamente un mes, por motivos de excesivo tráfico fluvial, una góndola se encontró forzada a detenerse al pie de “mi” embarcadero...¿Por qué tuvo que detenerse ahí y por qué “aquello” cruzaba Venecia, sin duda alguna en tránsito de regreso camino de retorno hacia la patria?

Al pronto no reparé en el solitario viajero de la góndola... Luego descubrí a su ocupante y el corazón me dio un vuelco...

Se trataba del mismo joven rubio e inconfundible que hacía tanto tiempo acompañase a mi innominado amor. El mismo, pero ojeroso, demacrado, triste y melancólico... e iba de negro, vestía de luto riguroso en contraste con el alegre colorido de su ropaje la última vez que le viera... Era su amigo y volvía solo... acompañando, descubrir esto me fascinó al par que me horrorizaba, un oscuro y siniestro féretro que cubrían bordados y sombríos paños en los que destacaba la bandera de un país extranjero, y una corona ducal...

La góndola circuló ante mis fijas pupilas, deslizándose canal abajo con infinita lentitud entre la excitada barahúnda que allí imperaba.

Se fue.

Se fue como la primera vez, ¡mas, en qué distintas circunstancias ahora!... Experimenté un vahído y zumbidos en la sienes, mis dedos se crisparon entorno a las abrazaderas del sitial... Pensé: “Me voy a desmayar, no, me voy a morir... Debo morirme, quiero morirme...”

Convulsa, aterrada, los párpados semi caídos, la postrera visión que guardo de aquel fatídico día, es la de una góndola monstruosa y negra que navegaba majestuosamente por el Gran Canal, sobre un fondo de sangre.
Desde entonces agonizo y hoy comprendo que, al fin, esto se acaba y suspiro agradecida ya que, de durar más, hubiera concluido por volverme loca.

Él ha muerto y yo vivo todavía... No es justo... Él había nacido para gozar de la existencia, a mí me remuerde el aire que respiro igual que si lo estuviese robando...

Amor de mi alma, ¿cuántas horas tardaremos aún en reunirnos?, es tan agotadora la espera.

Le quiero...

Qué tranquila permanece la noche...

La luna inunda mi aposento con su luz blanca...

Es el astro de los enamorados, ¿verdad? Me gustaría saber si las almas de los que murieron amando, se pasearan por los valles de cristal de la luna hasta reunirse con aquellos que constituyeron la razón de su felicidad...

Amor mío, amor mío...

¡Ven!

Alárgame tus manos y ayúdame a escapar de esta prisión en la que me consumo...

Volaré contigo y nuestro amor será como el de los ángeles, puro y sin mácula y cada estrella una lámpara que nos iluminará el camino hacia Dios.

Ven, amor mío, amado mío, sé tú quien corte el hilo de mi existencia y no temeré, no te...
 

Era una noche de luna llena. Venecia allá abajo, dormía acurrucada entre sus tejados, campanarios y el entramado de los canales. Apenas había luces en algunas ventanas y en el cielo, a las estrellas, las velaba el resplandor de la luna. ¿Fue un parpadeo, un reflejo o un cabrilleo propio de quién sabe que meteoro errante, lo que atravesando la atmósfera como una exhalación hizo, que. en la campiña, más de un campesino madrugador, se persignase devotamente al advertirlo, mientras que en la ciudad, como una pupila de cara al infinito, el embarcadero, quizás por primera vez a lo largo de su muda e insensible existencia, conociera el sabor amargo y dulce a la par, de una lágrima furtiva?
 
 


LA SOMBRA DEL ESPECTRO