EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES
©2005 Estrella Cardona Gamio

Me quedé estupefacto; no se veía un alma, a nadie absolutamente, a menos que hubieran sido enanos los que corrían detrás de ambos hermanitos, y digo enanos porque la hierba en el prado era alta ya que les llegaba a Gracie y Andrew hasta la cintura; se trataba de criaturas bastante crecidas para su edad. Les había conocido hacia unas horas y ya entonces no me parecieron enfermizos, claro que la vida en el campo puede realizar milagros, pero en esos instantes, viéndoles desplegar aquella carrera y aquellos saltos, mantener semejante ritmo frenético de competición, me quedé muy asombrado. Los niños, obviamente, no repararon en mi presencia y si lo hicieron no me concedieron ninguna importancia pues su juego para ellos lo era todo en esos momentos. Les vi internarse en el bosque, aunque marchando en direcciones diferentes, y desaparecer en él.

La escena debió transcurrir en un lapso de apenas dos minutos, y después me quedó la duda, fue un instante tan sólo, de si lo que acababa de ver era realidad o una alucinación; al internarse, el alboroto, los gritos y las risas, cesaron como por ensalmo y únicamente las altas hierbas prosiguieron con su vaivén ondulante señalando el rastro de los chiquillos.

Seguí avanzando, muy desconcertado, y el sendero, en una amplia curva, me condujo hasta el mismo bosque ya que lo cruzaba. Unos cuantos pasos más e inesperadamente me di de manos a boca con los sobrinos de Abernathy que aparecieron ante mis ojos sentados e inmóviles sobre unas piedras de tamaño más que regular que recordaban los restos de un dolmen prehistórico, de esas que en la vieja Inglaterra se han dado en llamar “piedras de las hadas”. Para añadir mayor intriga al asunto, los dos, de ahí su inmovilidad, estaban tapándose los ojos con las manos, y parecían contar en un nervioso cuchicheo. Sin proponérmelo, algún ruido haría que tuvo el poder de arrancarles de su ensimismamiento, porque ambos, al unísono, bajaron las manos para contemplarme con cierto aire de reproche.

-¡Hola, jovencitos, vaya, otra vez nos volvemos a ver! –dije pretextando una desenvoltura que me hallaba muy lejos de sentir entonces, y ellos, como niños que eran, no respondieron prefiriendo mirarme en silencio. 

La carrera les había desgreñado coloreando intensamente sus mejillas, observé que mostraban algunas manchas de tierra en las ropas por lo cual inferí que debían de haberse caído varias veces en su loca huída.

-Bueno, no quiero interrumpiros, si estáis jugando al escondite...

Yo lo había hecho de pequeño pero con mi hermano, nuestros primos o bien amiguitos, nunca de aquella manera tan rara, sin embargo no lo dije ingenuamente; esperaba obtener alguna respuesta esclarecedora... y la tuve.

Gracie dijo:

-Estamos jugando al escondite.

Lo que parecía significar: “ya puedes largarte, viejo entrometido”.

-Ya veo, ya... Vuestros amigos habrán tenido tiempo de ocultarse, supongo...

Andrew dijo:

-Sí.

Y los dos siguieron mirándome sin pestañear. De súbito Gracie se echó a reír a carcajadas y su hermano la secundó lo que vino a aumentar el hecho de que empezaba a sentirme en desventaja y bajo una implacable observación. Andrew silbó viniendo a completar el cuadro la entrada de un perro en escena... Pèrro que no me era desconocido.

-Jugamos con Puck –dijo Gracie.

-¿Es vuestro este animalito?

-No sabemos de quien es pero siempre jugamos con él, siempre está por aquí, ¿sabe, señor?

Esto lo había dicho Andrew un poco desafiante.

-¿Vuestro tío no os deja tener perros?

Los niños no contestaron.

Para agravar las cosas, el muy ingrato de Puck fingió no conocerme; hizo causa común con los hermanos, acomodó sus posaderas en el suelo y, ladeando la cabeza, me escrutó de arriba abajo con aire crítico, ni movió el rabo siquiera. En aquella inferioridad de condiciones tan evidente, resolví que lo mejor que podía hacer era marcharme con toda la dignidad posible.

-Tengo que irme, muchachos, de lo contrario voy a llegar muy tarde a Londres. Adiós.

Los niños se mantuvieron silenciosos.

Me alejaba ya, cuando Andrew exclamó:

-Señor, no le diga nunca a nuestro tío que nos ha visto con Puck.

¿Pensaba que yo era íntimo de Abernathy?

-No, estate tranquilo, nunca se lo diré.

Pero a quien sí se lo iba a contar todo era a Sherlock Holmes y que él atase los cabos, como tan bien solía hacer, porque mi capacidad deductiva ya no daba para más.

Sigue...

Inicio
© C. CARDONA GAMIO EDICIONES 2005 -EL SERIAL-