| EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES |
©2005
Estrella Cardona Gamio
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Entre idas y venidas, según la altura del sol y mi reloj, ya era la hora de comer y la verdad es que me supo muy mal tener que llamar a la puerta de Mr. Abernathy en momentos tan intempestivos. Por suerte, el profesor, hizo gala de su hospitalidad invitándome a compartir con él y su esposa el almuerzo, innegablemente satisfecho de tener la visita de un caballero londinense que se presentó como cierto escritor que se hallaba de paso recopilando leyendas de la región –Holmes se disfraza con ropas, yo con argucias-. Mientras comíamos me contó la historia en cuyo relato Mrs. Abernathy intervino algunas veces. Formaban una singular pareja en la cual el marido parecía doblar la edad a su esposa, mucho más joven que él, bastante bonita y de ojos y cabellos castaños, lo que me hizo pensar en la fascinación de una muchacha romántica por el atractivo erudito de sienes plateadas, caballero intachable y de reputación excelente, que había conquistado a los padres igual que a la hija, llevándola a un matrimonio en el que el capital lo aportaba indudablemente la novia sin ser por ello un casamiento de conveniencia, y al cual el Señor no había bendecido con progenie, designio que ambos parecían haber acatado con muy buena disposición, aunque evidentemente les gustaban los niños pues en aquellos días tenían como huéspedes a los hijos de una sobrina -no puntualizaron si de él o de su esposa mas al poseer los chiquillos pelo castaño y grandes ojos oscuros, deduje que venían de parte de ella-; estas criaturas hallábanse al parecer algo delicados de salud y esperaban sanar respirando los saludables aires del campo. Con todo este preámbulo lo que pretendo decir es que los chicos, un niño y una niña, comieron con nosotros. Eran mellizos, ambos contaban unos diez años de edad y las leyendas tremebundas no daban la impresión de arredrarles a juzgar por el interés que demostraron mientras sus tíos me explicaban la de la casa destruida. -Fue en tiempos de la reina virgen, ¡Dios la bendiga!, entonces el pueblo lo constituía una pequeña aldea, un núcleo de apenas cuatro casas y la iglesia, junto al puente, que por cierto data del tiempo de los romanos y al que lamentablemente tenemos bastante descuidado como usted puede haber constatado al venir... –en efecto; casi me torcí un tobillo-. Pues bien, un buen día llegaron a estas tierras un caballero y su familia con el deseo de aposentarse y echar raíces; eligieron un excelente terreno, el que usted ha podido ver y mandaron construirse una casa ocupando, mientras se edificaba, la única posada del pueblo. La casa se levantó en tres meses, pero a ellos no pareció importarles porque el caballero daba la impresión de ser muy rico aunque nunca se supo de dónde había sacado su fortuna... Circulaban rumores, eso sí, siempre corren en casos semejantes, en los que se aseguraba que era un corsario retirado, quien, con el favor real, había decidido olvidar el pasado emprendiendo una nueva existencia, pues vino con su joven esposa y empezaron a tener hijos... -¿Más asado? -No, muchas gracias, Mrs. Abernathy. -¿No es de su agrado? –preguntó ella consternada. -¡Por favor, jamás he comido nada más delicioso! –me apresuré a replicar y no mentía en esta ocasión. -Querida... -Si, querido, no volveré a interrumpirte. -Como le iba diciendo, Mr. Barrymore –(uno de mis tantos nombres de camuflaje cando actuaba en un caso, enviado por Holmes)-, el caballero fundó una gran familia y aquí vivieron durante muchos años, pero un mal día, posiblemente las envidias que nunca faltan, o tal vez el que Isabel acabase de morir, lo cierto del caso es que... -Yo creo que fue la muerte de la reina –intervino cándidamente Mts. Abernathy. -Bien, bien... El caso es que, todo se conjuró en contra de ellos y fueron acusados de brujería, que como usted no ignora era en aquellos tiempos la fórmula ideal para desposeer a un hombre de su fortuna. Acusar a una familia de hechicería significaba despejar el camino de posibles, y enojosos, herederos... -Algo he leído sobre todos aquellos juicios... -¡Criminales, sin duda alguna! –manifestó vigorosamente el profesor- ¡Una indecencia justificar semejantes barbaridades en nombre del Señor, inadmisible! -En efecto. -Prosigo... Se les enjuició y sentenció sin la menor legalidad, y una noche aciaga se quemó la casa con ellos dentro... -A mí me han dicho que escaparon volando sobre escobas... –aventuré cauteloso. -Le han engañado, caballero, le han engañado... El ser humano no puede volar dado que carece de alas, y volar a lomos de una escoba me parece francamente ridículo... Aquí intervino el pequeño Andrew. -¡Debe ser muy divertido volar en escobas! Su tío le miró con severidad. -No es “divertido”, no lo es en absoluto, mejor dicho, no lo sería, por supuesto; es imposible. -¿Y cómo se escaparon? –terció Gracie, haciendo frente con su hermano. -No se escaparon –explicó Mrs. Abernathy, mientras una criadita de mejillas como manzanas, menuda y sonriente, nos servía porciones monstruosas de pudding. -¿Murieron entonces? –quise saber yo intrigado. -Aparentemente sí –repuso mi anfitrión-, pero muchos años después, casi un siglo, alguien se presentó diciendo que era descendiente de la familia y que reclamaba las tierras... -Lo que constituyó un error muy grande –comentó la señora de la casa-, porque poco faltó para que lo matasen a él también; por suerte pudo huir, y nunca más se supo ni de él ni de nadie más que esgrimiese semejantes pretensiones. -¿Así pues, los terrenos no tienen dueño? -Pertenecen al pueblo, pero a nadie se le ocurriría hacer nada con ellos; aún perdura la superstición de que pertenecieron a unos brujos y ninguno los quiere. -Pero alguien podría venir de fuera, alguien sin ideas preconcebidas y adquirirlos, edificar y vivir en ellos. -Pronto se enteraría de la leyenda y dudo mucho que quisiera perseverar en sus proyectos; ninguna persona sensata desearía convivir con fantasmas. -Pamela querida, te tengo dicho que los fantasmas no existen, ni las brujas... -¿Y las hadas? –pregunté yo inesperadamente. Se hizo un silencio de muerte, que, con sinceridad, me sorprendió bastante; lo que más me llamó la atención fue la actitud de los niños; abrieron mucho los ojos y cambiaron entre sí una rápida ojeada que no sabría como describir. El profesor Abernathy hizo un visible esfuerzo para sonreírme. -Las hadas –dijo como el que repite una lección al alumno torpe-, viven en los cuentos, nunca en la realidad. Como los tenía delante de mí, de nuevo alcancé a sorprender en los dos chiquillos el relámpago de una mirada cómplice, que tuvo la virtud de sumirme en un mar de conjeturas a cual más disparatada. La conversación no concluyó allí, por supuesto, proseguimos el diálogo, aunque con mucha mayor fuerza, y cuando nos retiramos a una discreta salita a fumar el obligado cigarro, el profesor continuó en una extensión que abarcaba no una, sino varias leyendas, todas indiscutiblemente interesantes pero que no aportaban nada al tema que me había llevado hasta esos lugares. Por fin llegó la hora de las despedidas, y el propio Abernathy fue conmigo un trecho del camino hacia la estación, pues, según él, quería prolongar el placer de mi compañía, detalle que le agradecí porque los alrededores, fuera de la iglesia cercana y el cementerio, encantador como todos los ingleses, al estar algo alejados del pueblo, sólo ofrecían la visión intermitente de arbolado y prados, muy verdes pero también muy solitarios. Nos despedimos cordialmente; él regresó a su hogar y yo enfilé un rojizo sendero que, según mi amable anfitrión, me conduciría en derechura al corazón del pueblo. La tarde era suave y el cielo se hallaba despejado, de hecho toda la jornada había sido igual, brillaba el sol y pude disfrutar de mi paseo en medio de la naturaleza mientras criticaba in mente la sucia atmósfera londinense y esa escasez de rayos solares que contribuían a hacerla tan desagradable. Caminando iba tranquilamente cuando, de improviso, empecé a escuchar el rumor de un griterío infantil que parecía crecer por cuanto más cercanas se hallaban las voces, lo cual me obligó a volverme ya que la quietud de los campos había sido quebrada repentinamente. Entonces vi, trotando por un prado cercano, y en dirección al bosque, a Gracie y a su mellizo Andrew, que corrían alborotadamente entre chillidos y risas, lo que me indujo a pensar que jugaban a perseguirse y sonreí indulgente ante su inocente esparcimiento... Mas de pronto, reparé en un detalle que me llené de estupor: los hermanos corrían cada uno en una dirección opuesta, bien que encaminados al bosque... No, no jugaban a perseguirse; daba la sensación de que eran otros quienes lo hacían tras ellos.
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