| EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES |
©2005
Estrella Cardona Gamio
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Lo que descubrí allí hizo que reflexionase profundamente, porque en la cocina todo aparecía dispuesto para preparar la cena, y más adelante, las estancias ofrecían el aspecto de que sus dueños pudieran entrar en ellas de un momento a otro. Llegando al living room, traicionado por las flores marchitas que exhalaban un estancado olor a plantas en descomposición, Puck saltó encima de una butaca ovillándose muy cómodamente, y como no se movió supuse que ya no había nada más que ver. Sin embargo me equivocaba, sí quedaba todavía algo por descubrir. En el suelo, junto a una rústica silla pequeña, que a todas luces debía ser infantil, una muñequita yacía caída de cualquier manera como si se le hubiese escapado de las manos de su dueña de manera imprevista. La recogí, pudiendo darme entonces cuenta de que hallábase cubierta de polvo. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde la última vez que mi amigo Arthur realizara su primera visita, o, mejor dicho, cuánto tiempo hacía desde que el fotógrafo le enviase aquellas cinco fotos que yo aún no había tenido oportunidad de contemplar? Puck ladró de nuevo saltando al suelo y echó a correr hacia la salida, comprendí que la inspección tocaba a su fin, y me dispuse a desandar el camino, pero llevé conmigo a la muñeca, poniéndola a buen recaudo en un bolsillo interior de mi abrigo, porque era la única cosa inanimada que en aquel hogar abandonado no semejaba esperar el regreso de su dueña. Salí al exterior sin encontrar al perro, le llamé y no hubo contestación -ni ladrido ni carrerillas-, lo que me dejó bastante perplejo ya que había decidido llevarlo conmigo a Londres, porque el animal, sin amos ni atenciones podía pasarlo muy mal en el campo, ahora que el otoño se aproximaba, siendo el único inquilino de un caserón vacío. Le llamé muchas veces, e incluso llevé a cabo una minuciosa gira de inspección para ver si pretendía jugar al escondite conmigo, pero todo fue inútil, Puck, haciendo honor a su nombre, se había desvanecido en el éter. Malhumorado, atravesé el jardín, salí de nuevo al camino, cerré la puertecilla de madera pintada de blanco y eché sendero adelante. No había dado ni cuatro pasos cuando me crucé con un hombre que conducía un asno cargado con varios sacos. -Buenos días –saludé con amabilidad-, ¿podría decirme si sabe a quien pertenece esta casa?; parece deshabitada y me gustaría adquirirla. No aguardaba una respuesta demasiado aclaratoria, pero quería justificar mi insólita presencia allá, y de paso, si podía, enterarme de algo nuevo que pudiese aportar alguna luz al caso. El hombre me miró ceñudo. -¿Qué casa? –preguntó con recelo. ¿Qué casa?, la verdad es que en torno a la de las niñas no se veía más que bosque, ya que las edificaciones más próximas distaban por lo menos media milla. Me volví para indicársela. -Pues... Las palabras enmudecieron en mis labios; allí, a mis espaldas no había ninguna casa, la corta valla pintada de blanco si que permanecía, más que nada delimitando un terreno, pero la casa no existía y el césped invadíalo todo de manera total y salvaje, a lo lejos unos setos enmarañados y varios grupos de árboles como personas que cuchichearan entre sí... eso es todo lo que pude contemplar. -Si de lo que habla usted es de la finca de la familia Ramsey, cae más abajo y que yo sepa no la piensan vender, ni otra de por esta zona. Se me quedó mirando como el que observa a un loco, ignoro cual sería mi expresión en aquellos momentos aunque lo imagino, por ello me guardo mucho de criticarle, porque aunque zafio y rudo tenía aspecto de estar en sus cabales. Hice un esfuerzo sobrehumano para recobrar la compostura perdida. -¡Ah!, ¿la familia Ramsey no ha puesto en venta su finca? -Pude apostar su alma, señor... Oiga, ¿se encuentra usted bien? -Por supuesto, tal vez haya caminado demasiado, y no teniéndolo por costumbre –mentí-. ¡Lástima que este terreno no posea una casa; me hubiera gustado comprarlo! El hombre se mostró inesperadamente locuaz. -La tuvo en tiempos de la gran reina. Pensé que se refería a la abuela del actual soberano. -¿Su graciosa majestad Victoria? -No, ¡quía!, la otra, Isabel. -¿Isabel? –repetí atónito. -Sí, Isabel, le cayó un rayo a la casa, o algo así, y ardió hasta los cimientos... Se dice que vivía mala gente, brujos o cosas por el estilo... -¿Murieron dentro de la casa? El hombre se rascó la cabeza pensativo. -No se sabe en realidad, unos dicen que si otros que no, y los que dicen que no aseguran que se fueron volando con las escobas, o cosas por el estilo... Mire, si le interesa la leyenda, vaya y pregúnteselo al profesor Abernathy, él lo sabe todo de estas tierras... Hace un año que vino a establecerse harto de Londres y de la niebla, ¿sabe usted?, y aquí le tenemos. Me hubiera gustado ser Holmes en esos momentos porque la cabeza me daba vueltas; demasiadas emociones inesperadas en poco tiempo, ¡desde luego aquel no era un caso habitual!; siempre habíamos tenido que vérnoslas con criminales maquiavélicos, pero nunca con lo que estaba saliendo de aquella en apariencia absurda e inocente aventura. Las cosas se estaban complicando en exceso para mí, ¡pobre doctor Watson! ¿Dónde se había metido la casa de las niñas, dónde el jardín, dónde el dicharachero Puck?... ¿Y dónde la mujer del chal con quien hablara Conan Doyle?... Claro que esta última tampoco tenía porque estar paseándose por allí constantemente. Durante unos segundos de desvarío quise creer que me hallaba dormido y tenía un mal sueño, una pesadilla, y me hubiese pellizcado muy a gusto de no ser porque mi interlocutor, hombre sencillo y juicioso, habría llegado a la conclusión de que los londinenses merecíamos nuestra fama de excéntricos. -¿Puede indicarme como ir a casa de Mr. Abernathy? – me escuché preguntarle y hasta el sonido de mi propia voz se me antojó extraño. -Sí, es por ahí... Mire, venga conmigo, que le dejaré en el cruce de caminos. -¿Cruce de caminos? -Yo voy a la granja de Jack Brown, que es por allá. En el cruce, usted tiene que ir por la derecha y al cabo de unos diez minutos, y después de cruzar el puente sobre el arroyo, vaya con cuidado porque las piedras están flojas y podría tropezar, llegará al pueblo en la dirección opuesta a la que ha venido... La primera casa que vea, una con el tejado de pizarra y las paredes de ladrillo rojo cubiertas de hiedra, esa es la del profesor. Apuesto a que él le cuenta toda la historia sin faltar detalle. Eso quería yo también; ¡por Júpiter, que bien lo necesitaba!
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