EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES
©2005 Estrella Cardona Gamio

El viaje transcurrió sin incidentes y tampoco hubo retrasos, así que, a la hora prevista, llegué al pueblecito en cuestión y me dispuse a caminar un rato, soy buen andarín y no me molesta el dar largos paseos, sin hacer más preguntas que las estrictamente necesarias para llegar a la casa de las tres hermanitas malgré que un caballero de Londres pueda despertar la curiosidad de los habitantes de cualquier pequeño pueblo, pero me había propuesto ser discreto pasando lo más desapercibido posible y creo que lo conseguí pues convenía no levantar suspicacias.

La casa se hallaba prácticamente en las afueras y lo cierto es que un poco aislada de la vecindad de otras residencias de su misma factura, graciosos cottages que debían pertenecer a hastiados ciudadanos de una capital invadida por la niebla y con escasos días de sol.

Llegué frente a la corta verja de madera pintada de blanco, contemplé el césped que se extendía como una alfombra verde desde allí hasta la casa, admiré los setos, las flores, el arbolado, y, cómo no, la bella edificación con sus paredes blancas que veteaban los habituales listones de madera, sus ventanas de vidrios subdivididos por el ajedrezado romboidal y su techo de brezo seco, que la convertían, como bien dijera Conan Doyle, en una réplica casi perfecta de la granja de Anne Hathaway -si me dejo guiar por mi memoria adolescente, impresionada en aquella única y lejana visita cuando el fervor shakespeariano impulsaba a recorrer las rutas del pasado junto con los demás estudiantes del colegio-.

La casa permanecía silenciosa, lo contrario me hubiese sorprendido, y observando el conjunto con mayor detalle pude apreciar que el césped estaba crecido y bastante abandonado, mas lo achaqué a los días en que la desaparición de sus dueños podía haberlo descuidado; como Holmes, me mostraba escéptico respecto a la historia que le había contado la mujer del chal a mi buen amigo Arthur, demasiado bien educado para introducirse subrepticiamente en la finca y estudiar de cerca el escenario de aquella presunta, y absurda, desaparición.

En la verja nadie había colocado carteles que anunciasen la venta de la casa, detalle que también a Arthur se le pasó por alto, o sea que el misterio continuaba.

Lancé una mirada a mi izquierda y otra a mi derecha, y no viendo a nadie por las cercanías, iba a saltar la corta empalizada, cuando, al apoyarme inadvertidamente sobre su portezuela, esta cedió abriéndose con gran satisfacción por mi parte.

Me dirigí a la casa con rapidez pudiendo comprobar enseguida como las contraventanas no se hallaban cerradas, debido a lo cual pude curiosear el interior de algunas habitaciones, y lo que atisbé no hizo sino recordarme la descripción hecha por mi amigo: muebles acogedores, cuadros en las empapeladas paredes y flores en los jarrones, flores, que si he de ser veraz, se ofrecían a la vista completamente mustias, lo que otorgaba un marchamo de autenticidad al relato expuesto por Arthur.

El interior de la casa no ofrecía síntomas de decadencia como se había pretendido hacer creer, y reflexioné acerca de que poco detectivesco era el espíritu de Conan Doyle, cuando, en lugar de marcharse y abandonar, lo que debía de haber hecho era insistir en su visita a la casa. 

¿A quién le interesaba confundir a un inofensivo individuo que sólo preguntaba por una familia a la cual aseguraba conocer?

Sin duda alguna, Holmes habría dicho que allí se escondía la intríngulis del misterio.

Me acerqué al portón de entrada con la esperanza de que cediera como antes lo hiciese la puertecilla de la verja, pero aquí no hubo tal; la puerta cerrada y bien cerrada que estaba. Me sentí bastante frustrado, ¡tan fácilmente que iba desarrollándose todo y ahora... ¡Sé que Holmes no se hubiera arredrado por ese inconveniente baladí y que, con su habilidad acostumbrada, habría hurgado en la cerradura hasta franquear la entrada, pero yo no era Sherlok Holmes, sino el doctor Watson, por lo que me quedé allí plantado en actitud poco airosa y sin saber que hacer, y en esas hubiera permanecido ignoro cuanto tiempo más de no haber sido por la irrupción de un perro, anunciada previamente por medio de ladridos, que me sobresaltó al hacerme imaginar que la casa se encontraba habitada y que yo no tenía explicaciones plausibles que ofrecer a sus moradores, al menos en un enojoso principio.

Surgiendo del ala de poniente del edificio, un travieso perrillo de los denominados raza King Charles, avanzó hacia mí lleno de júbilo y deshaciéndose en carantoñas enloquecidas propias del cachorro que era. Me incliné para acariciarlo.

-¡Vaya, vaya!... ¿Qué haces aquí, y tus amos?

El animalito empezó a saltar entre jadeos y ligeros gañidos, y entonces me di cuenta de que llevaba un collar y en él se entreveía un nombre, le sujeté por aquel leyendo:

-“Puck”...¡Vaya, vaya! –repetí- Con que Puck, ¿eh?, muy adecuado si las niñas te bautizaron así, pequeñuelo... Pero dime, ¿en dónde están tus amitas?; no las creo capaces de irse dejándote abandonado a tu suerte.

El perrillo volvió a ladrar alegremente y, soltándose con brusquedad, echó a correr hacia la esquina de la cual había brotado, allí se detuvo y me contempló con expectación moviendo frenéticamente la cola.

-No me digas que quieres jugar... En fin, te sigo...

Agregué esto último porque Puck acababa de esconderse detrás de una esquina de la casa.

El cachorro me esperaba impaciente, al verme aparecer volvió a ladrar y, dando media vuelta, echó a correr en dirección a una puerta trasera del edificio... una puerta entreabierta que, por lo que pude comprobar, daba acceso a las cocinas, y, por ende, al interior de la casa

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