| EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES |
©2005
Estrella Cardona Gamio
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-¿Y bien? –estalló Holmes sin poderse contener. Arthur esbozó una melancólica sonrisa. -Recibí las fotos por medio de un mensajero... Las contemplé... y acto seguido, -ruego a Mr. Holmes disculpe el no haberles pedido su teléfono, caso de que lo hubieran tenido, por supuesto-, fui a la oficina de telégrafos para ponerles un telegrama diciéndoles que, si no tenían inconveniente, era necesario que les fuese a visitar de inmediato, y que solicitaba de ellos su permiso para hacerlo sin tardanza, cuanto antes mejor, o sea, al siguiente día si no habían contraído ningún compromiso previo. -¿Fuiste? -Naturalmente querido John, pero no porque hubiesen atendido a mi solicitud, sino porque recibí un aviso de telégrafos comunicándome que la familia, las niñas y sus tíos, habían abandonado la casa de la noche a la mañana, sin dejar dirección alguna... -¡Desconcertante! –comentó Holmes mirándome como si yo tuviese la clave del asunto. -¿Por qué fuiste entonces? -Es simple... Me sentí estafado, era depositario de unas fotografías increíbles y quienes me las habían enviado, desaparecían sin más... Quizás me porté como un tonto, pero necesitaba volver a aquella casa y preguntar a algún vecino, o al servicio, si todavía quedaba alguien allí empaquetando o guardando cosas; no se entrega algo como lo que yo he recibido, para después, evaporarse sin dar explicaciones. Pero mi sorpresa subió de punto cuando al llegar me encontré con que una mujer envuelta en un chal, vestida de negro y con un pequeño sombrero del mismo color, salía apresuradamente de la finca por la portezuela de la valla, una de esas vallas cortas de madera, pintadas de blanco, que lo único que hacen es delimitar propiedades, ya que el vecindario es siempre honesto y amigable. Figurándome que de una criada se trataba, me aproximé, y luego de saludarla cortésmente, le hice la obligada pregunta acerca de si estaban los señores en casa. Ella me miró con sorpresa nada fingida y respondió con estas palabras: -¿Señores?, ¿qué señores?... Esta casa está vacía desde hace muchos años y desde entonces puesta en venta, pero se ve que nadie se decide a comprarla. Pese a mi explicable asombro aún tuve la suficiente presencia de ánimo para continuar indagando: -Debo haberme equivocado de casa, indudablemente; la que yo busco pertenece a un matrimonio de Londres, tutores de tres encantadoras niñas huérfanas, sobrinas suyas, Margaret, Rose y Violet, ¿no les conoce usted? La mujer me observó con cierta reticencia. -No –repuso categórica-, no les conozco, y nadie en el pueblo... Esas personas que usted menciona nunca han vivido aquí, pues con esas señas no habrían pasado desapercibidos... Si no se le ofrece nada más me perdonará pero debo irme. Estuve tentado de decirle que no llegaba a 24 horas que había recibido un telegrama con la explicación de que “aquella familia” se había marchado repentinamente sin dejar señas, lo cual no hice, por descontado... -Ni tampoco pasó usted por la oficina de telégrafos –afirmó más que preguntó, Holmes. -Ciertamente; de pronto llegué a la conclusión de que si un caballero desconocido se presenta en un pueblo, dónde se conocen todos, haciendo preguntas embarazosas, lo más razonable es que le miren con desconfianza y ello pueda traer males mayores, así que opté por regresar a Londres y, acordándome de que Watson, mi amigo de juventud, había ayudado en sus investigaciones al sagaz Sherlock Holmes, y lo hacía aún si la ocasión se presentaba, lo mejor era venir a Baker Street para resolver el enigma. Holmes, cuya incorregible y un punto infantil vanidad, se crecía ante las alabanzas, adoptó su aire más impertinente para decir: -Ha venido usted al lugar apropiado sir Arthur, Watson y yo investigaremos el caso, pero antes, si no tiene usted inconveniente, me gustaría ver esas fotografías. Y Arthur, que al entrar en el saloncito lo había hecho portador de una cartera de piel marrón, procedió a abrirla extrayendo de su interior un sobre que tendió en dirección a ambos pero que velozmente le fue arrebatado por el detective, quien, sin andarse con preámbulos, sacó las fotos, eran cinco, y se puso a contemplarlas. Conan Doyle le observaba con interés y yo ligeramente irritado por su descortesía manifiesta al no ir tendiéndomelas a medida que la estudiaba; observarle a él mientras lo hacía, fue, sin embargo, mucho más instructivo. Empezó a mirar las fotos con aire del que está de vuelta de todo, mas, imperceptiblemente, su expresión fue alterándose ya que pasó de la suficiencia a la sorpresa más intensa, al asombro, a la incredulidad, a la confusión total y, finalmente, a la suspicacia. Después, para indignación mía, volvió a introducir las fotografías en el sobre, y éste en el bolsillo de su batín, exclamando acto seguido con cierta solemnidad: -Aceptamos el caso, buscaremos a esas niñas y a sus tíos... y también al fotógrafo, ¿a qué no se le había ocurrido pensar en el fotógrafo? –concluyó triunfalmente como si tal omisión por parte de Arthur fuese poco menos que un flagrante delito. -Sí, sí que pensé –le contradijo inocentemente mi amigo-, pero decidí, que dada la inexperiencia que poseo en estas cuestiones, lo mejor era que ustedes resolvieran el misterio. Holmes fingió pasar por alto que el otro hubiera podido pensar en el fotógrafo como posible pista seguir, y adoptando una actitud paternalista, dijo: -De acuerdo, vuélvase a su casa y espere tranquilamente nuestras noticias... ¡Ah!, se me olvidaba, de todo esto nadie, fuera de nosotros tres, debe enterarse, y si recibe novedades, una carta, un telegrama, alguien que le venga con algún recado, nos lo comunica inmediatamente... Y, sobre todo, no investigue por su cuenta que ello sólo nos concierne al doctor Watson y a mí, ¿entendido? Arthur Conan Doyle asintió, despidiéndose de nosotros muy agradecido.
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