| EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES |
©2005
Estrella Cardona Gamio
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EPÍLOGOSir Arthur Conan Doyle concluyó de leer el manuscrito que le había enviado su buen amigo John H. Watson quedándose pensativo unos momentos, se titulaba El caso de las hadas y Sherlock Holmes y contenía la descripción exacta de sus aventuras recientemente acaecidas haría tres meses escasos. “¡Ojalá supiera yo novelar tan bien como Watson! –pensó-, nunca debí dejarlo, pero ahora es tarde para empezar ya que jamás pasaré de escribir artículos o libros históricos...” Y calmosamente extrajo papel de cartas del interior de un cajón de la mesa de su despacho frente a la que estaba sentado. Cerró el manuscrito poniéndolo a un lado y se dispuso a redactar una larga misiva para el doctor Watson. “Apreciado amigo John: Acabo de terminar de leer tu manuscrito y paso a comentarte lo que me ha parecido, al tiempo que contestaré a la carta con la cual lo acompañabas. Como testigo presencial de los hechos narrados debo reconocer que han sido expuestos de una manera irreprochable, veraz y sumamente detallada, forma de escribir a la que, por otra parte, ya nos tienes acostumbrados. Nada he de objetar en contra de su fidedigna redacción, pero sí en contra de que llegues a publicarlo, y respondo con ello a tu pregunta ‘¿crees que debo darlo a la imprenta? Estoy acostumbrado a ser el cronista de Sherlock Holmes, mas esta aventura nada tiene que ver con las anteriores, ¿Holmes tras la pista de unas escurridizas hadas?... La opinión de nuestro amigo el detective, por otra parte empecinado en una absurda teoría de conspiración desacreditativa de su talento profesional, es la de Poncio Pilatos -él se lava las manos por cortesía hacia mi pero yo sé muy bien que la idea le disgusta enormemente-; lo deja a mi libre voluntad, sin embargo añade: ‘piénselo con detenimiento, Watson antes de dar un paso que no puede tener vuelta atrás.’ Querido John, los tres sabemos que cuanto en ese manuscrito se relata es cierto, el público no, y, como las encantadoras criaturas tuvieron a bien indicarnos –no niego que tal vez haciendo gala de una gran astucia-, es demasiado pronto para una revelación de esa envergadura aunque pudiera ser en el momento presente por medio de un libro impreso, mal que me moleste el reconocerlo, ya que se aparta de las conclusiones a las que tú tan inteligentemente llegaste aquella inolvidable tarde en la Plaza de San Marcos, y con las que yo comulgué inmediatamente entonces. Sin embargo y a mi pesar, desde que concluyó el caso lo vengo experimentado, mi postura de defensor a ultranza de esas fotografías cuyas autoras han desaparecido para pública chacota, pues sabes que se habla de fraude abiertamente, no me está dejando en muy buen lugar que digamos; se han hecho chistes a mi costa y han aparecido en algunos periódicos que usan el anzuelo de la irreverencia para conseguir más lectores; la gente polemiza burlona sobre las hadas fotografiadas, y más de un personaje importante ha fingido no verme si hemos coincidido en lugares concurridos y principales. Mi interés por el espiritismo, unido al que ahora muestro por esas fotos, me está colocando en una situación harto delicada. No es que reniegue de lo que viví en vuestra compañía, sólo hago constar el hecho de que transformarnos en los Quijotes de este recién comenzado siglo XX, nos puede reportar más palos que alabanzas. John, el primer paso ya está dado, nosotros sabemos la verdad, y la verdad siempre concluye por imponerse, aunque transcurra el tiempo... Transcurso que para ellas no es ningún problema como ya nos dijeran; tal vez dentro de cien años la gente pueda leer tu manuscrito sin tomarlo por una novela fantástica, desafortunada experiencia con Sherlock Holmes de protagonista, tal vez entonces puedan comprender que es necesario respetar el aire, al agua y los bosques porque en todo ello late la vida, amarlos como se hacía en tiempos paganos cuando nadie dudaba de que en los árboles moraban las hamadríadas -¿recuerdas el comentario de Holmes en el jardín de Villa Marguerita, acerca de que ‘las ondinas habitaban en el agua y de que incluso el céfiro era un dios’, todos espíritus puros que componen la esencia de la vida?-. Me ha gustado mucho el epílogo que le has colocado a tu libro, cuando dices aquello de: ‘No quiero terminar esta aventura extraordinaria sin relatar la última maravilla vinculada al caso. Sucedió a nuestra llegada a Londres, concretamente a Baker Street y a su caja fuerte, oculta detrás del consabido cuadro. Holmes la abrió impelido por la gran curiosidad de la que dábamos muestras sir Arthur y yo... encontrando, dentro de su estuche, el diamante amarillo al que no me atrevo a dar el nombre de Gran Khan en vista de su mágica procedencia. Allí estaba hermosísimo y esplendoroso, como dotado de luz propia. Con mano temblorosa Holmes lo extrajo esperando Arthur y yo, en ese momento, que la gema se transformase en una hoja seca, pero no, no sucedió tal cosa, al contrario, el diamante siguió siendo diamante, pero entonces descubrimos en el fondo del estuche un papel doblado que nunca había estado allí. Desplegado, leímos lo que había escrito en una letra cuyo estilo no se halla entre las que conocemos y que, como es natural, yo no debo reproducir: Poco es para compensar tanto esfuerzo, buena voluntad y dedicación, pero quisiéramos que lo aceptaran como una muestra de nuestro agradecimiento. De común acuerdo se ha vendido el diamante y su dinero entregado anónimamente para obras benéficas; hay que saber emplear los dones de las hadas.” Inmejorable colofón, amigo mío, a tan extraordinaria aventura. Con tu permiso, guardaré el manuscrito en un compartimiento secreto de mi librería y que allí repose hasta que su día llegue; confiémoslo al azar como si fuese el mensaje en una botella lanzado al océano, creo que es lo mejor que podemos hacer por ahora; Margaret, Rose y Violet sabrán comprenderlo, ¿no te parece? Tuyo afectísimo, Arthur” UNA PUNTUALIZACIÓN NECESARIA Escribir una novela de las características de esta, El caso de las hadas y Sherlock Holmes, no nació de un arrebato sino tras larga reflexión ya que desde un principio dudé en desarrollarla debido al contraste de los personajes, y, sobre todo, de la situación: Holmes y Watson enfrentados a las hadas, y además Arthur Conan Doyle convertido en amigo suyo y forzoso colaborador. Por eso vacilaba en escribirla, pero al final se impuso un razonamiento lógico, ¿holmesiano tal vez?; si Conan Doyle era el “padre” de tan famoso detective y años después se convirtió al espiritismo dejándose llevar más por el instinto que no por la reflexión, ¿acaso no podía yo crear una historia oscilante entre el ficticio mundo de la realidad de Sherlock Holmes, y el verdadero de unas niñas que dijeron haber fotografiado hadas y de cuyas afirmaciones se convirtió en valedor caballero tan respetable y de buena fe como sir Arthur Conan Doyle? Pues lo hice –después de ambientarme con todo el canon holmesiano en el intento de que los personajes principales siguieran siendo los mismos-, aunque no transcribiese literalmente lo sucedido ya que El caso de las hadas y Sherlock Holmes, no es más que una obra de ficción inspirada, eso sí, en hechos que acaecieron a mediados del año 1917, involucrando en ellos posteriormente a Conan Doyle. La historia auténtica relata como dos adolescentes Elsie Wright y su prima Frances, fotografiaron hadas en el verano de 1917, con la cámara del padre de la primera, pero no fue hasta comienzos de mayo de 1920 cuando Arthur Conan Doyle se enteró de que semejantes fotos existían y decidió investigar el asombroso caso. Fruto de ello es un libro, El regreso de las hadas –de cuyas fuentes he bebido en la traducción que de él se hiciera con el título de El misterio de las hadas, editado por José J. de Olañeta en la colección El barquero-, obra escrita por sir Arthur y en la cual se describen los hechos con la minuciosidad propia del famoso detective que todos conocemos. En esta obra se muestran las fotografías de dichas hadas y lo que sorprende es que tanto Conan Doyle y quienes las dieron por auténticas, no descubriesen que eran un fraude y de los más toscos, ya que las hadas en cuestión son claramente figuritas recortables suspendidos en el aire por medio de hilos, aunque estos, naturalmente, no se vean. Su rigidez, y, sobre todo el hecho de que las hadas vayan peinadas y vestidas a la moda de entonces, es altamente sospechosa, pero los “adeptos” no repararon en semejantes detalles dándolos por legítimos ya que deseaban creer en lo magia, incluso el propio Arthur Conan Doyle, porque cada ser humano lleva dentro de su corazón a un niño que anhela lo maravilloso cuanto más inconcebible sea. El resultado final de la aventura fue el que era de esperar. Muchos años más tarde, y convertidas en ancianas las muchachitas, Elsie declaró que todo había sido un montaje, un juego que se les había ido de las manos, sin embargo Frances dijo todo lo contrario y hasta el último día de su vida sostuvo que habían fotografiado hadas. En mi novela El caso de las hadas y Sherlock Holmes, he alterado ligeramente las fechas; hago que todo suceda en 1917 y por tanto, adelanto acontecimientos, como por ejemplo el artículo que escribiría tres años más tarde Conan Doyle para el Strand Magazine y a las dos niñas originales las transformo en un trío, convirtiéndolas de primas en hermanas. Obviamente el resto de mi historia nada tiene que ver con lo que sucedió en realidad, pues incluso en mi ficción, Arthur Conan Doyle no es novelista, mal lo podría ser si le enfrento con sus criaturas en un plano de igualdad, y va a solicitar la ayuda de Sherlock Holmes y del doctor Watson para resolver un caso de lo más intrigante. Ahora bien, fuera de estos detalles, cuanto relato de su biografía –menos, claro está, el que no fuera novelista-, es cierto; se casó dos veces, su hijo mayor Kinsley falleció de secuelas producidas por la Gran Guerra de 1914, y a causa de que a ello se unieran la muerte de su madre y su hermano, el novelista entró en contacto con el espiritismo. También creyó en las hadas, eso es indudable ya que la muestra se hizo notoria en su tiempo trascendiendo hasta la fecha, y creyó honestamente, por ello, unas de las opiniones -en cursiva en la página-, que pongo en su boca son auténticas y las otras, escritas por mí –y no en cursiva-, he procurado que estuviesen siempre dentro de la línea de su ideología. El desenlace de esta novela nada tiene que ver con cuanto sucediese a principios del siglo XX, pero quiero pensar que encierra un pequeño mensaje de buena voluntad. Estrella Cardona Gamio
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