| EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES |
©2005
Estrella Cardona Gamio
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Atardecía sobre la laguna cuando un gondolero atracó su embarcación en el muelle que da a la Plaza de San Marcos, ayudando a poner pie en tierra a tres caballeros ingleses cuyos confusos movimientos denotaban que posiblemente habían bebido más de la cuenta, luego se deshizo en reverencias y zalamerías una vez aquellos le hubieran pagado, muy generosamente por cierto, y ágilmente saltó a su góndola a la espera de nuevos clientes. Los tres ingleses, nosotros, avanzamos con lentitud hasta llegar al centro de la misma Plaza y una vez allí nos dejamos caer pesadamente en las sillas de un café que, aprovechando el buen tiempo, las tenía fuera. Puesto que el camarero tardó en venir, ello permitió que concluyésemos de recobrarnos de las fuertes impresiones recibidas, y, como siempre, Holmes fue el primero que habló. -Me es imposible aceptar todo cuanto hemos vivido en estás últimas horas, porque si lo acepto creeré que he perdido el juicio. -Pero lo hemos vivido. -Sir Arthur, no puede ser real, es de orates pensar que... -¿Qué explicación debe dársele pues, Holmes?... Hemos oído cosas increíbles, de acuerdo, hemos visto cosas todavía más inimaginables, es cierto, pero no podemos negar evidencia tan manifiesta. -Caballeros, cuando dormimos, soñamos y vemos y oímos aquello que despiertos nunca calificaremos de lógico, entonces, si nos han... -No, mister Holmes, la teoría de la fascinación ya no tiene cabida ahora... Preguntamos a los gondoleros y ellos nos llevaron al Palazzo Bellosguardo, eso no fue un espejismo. -¡Pero la historia es absurda! -Las niñas... Ellas... se transformaron, los tres asistimos a su metamorfosis... ¿Qué clase de droga desconocida podía perpetuar el engaño hasta esos extremos? -Sir Arthur, usted comulga con unas teorías... extrañas, permítame el adjetivo, y puede encontrar normal lo que a otros nos cuesta asimilar... Si yo admito que he visto lo que he visto, el mundo racional en el que habito se tambalea, se destruye. El apacible Arthur frunció levemente el ceño. -¿No fue usted quién dijo en cierta ocasión, que: una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad? -¡Bah! –masculló con irritación su interlocutor. -¿Ha sido niño alguna vez, mister Holmes? -Es una pregunta retórica, claro que lo he sido. -¿Y nunca creyó en las hadas, en los elfos, en los duendes? -Pertenecían a los cuentos, eso lo sabe todo el mundo, y allí estaban bien, siguen estando bien, pero no fuera de ellos... ¡Se lo ruego, no volvamos a la misma discusión bizantina!- repuso terco el detective que nunca había podido soportar el que le llevasen la contraria. Tercié: -A pequeña escala representamos las dudas de la humanidad ante semejante caso... Creo que... las niñas, tiene razón; no estamos preparados... -Y Dios sabe cuando lo estaremos –dijo sombrío Conan Doyle. -Si todo eso es cierto, fracasaron lamentablemente en su empeño, ¿no les parece sospechoso?... Los seres... de esa categoría no pueden equivocarse y lo han hecho... Si me ofrecen ustedes una razón sensata, me lo explican detalladamente, tal vez empiece a considerarlo. -También es una cuestión de fe –respondió tranquilo Conan Doyle-. En la antigüedad, el hombre primitivo se calentaba al sol y le bastaba con eso, no se rompía la cabeza preguntándose qué es lo que era ese disco brillante que desaparecía al llegar la noche y volvía a aparecer a la mañana siguiente, no se cuestionaba su procedencia ni de qué estaba hecho, se limitaba a vivir con él, a sentirse feliz y a desear que no le faltase, de ahí el miedo, las ofrendas, las religiones... -En la antigüedad le adoraban como a un dios- añadí innecesariamente. -Sí, pero no lo era- repuso Arthur con gravedad. -¿Existen las hadas?- insistió, con su recobrada impertinencia, Holmes. -Recuerde las palabras de Rose: “estamos en el aire, en el agua, en la luz, en los árboles del bosque”, y yo añado, pero el hombre actual no las ve, es incapaz de captarlas siendo su mensaje tan sencillo. -¿Cuál es el mensaje, sir Arthur? -La naturaleza está viva, respetémosla y convivamos en buena vecindad con ella... Infiero, mister Holmes, que durante todo el proceso de esta singular aventura, hemos estado siempre dando vueltas en torno de lo mismo, comentándolo periféricamente o pensándolo... -¡Señores –les interrumpí excitado-, creo que acabo de descubrir la solución del enigma! Ambos me miraron llevados de un asombro diferente, Arthur con curiosidad y Sherlock Holmes ligeramente molesto porque no estaba acostumbrado a que fuese yo quien resolviera los casos. -No han fracasado, han llevado a cabo una estrategia perfecta, han conseguido lo que pretendían... -¿Y qué es lo que pretendían, Watson?, ¡por los clavos de Cristo, suéltelo de una vez! -¡Sabían lo que iba a suceder; han jugado con ventaja, nos han manipulado; han fingido renunciar, como si nuestro escepticismo las derrotara; son endiabladamente listas, y que me perdonen por la comparación!... Nos han entregado su secreto de firma deliberada, sabiendo de antemano lo que iba a pasar ya que no caería en terreno baldío; sir Arthur tiene a su alcance los medios para que el mensaje llegue a las gentes, siempre ha sido así, Holmes, y si usted y yo que somos o éramos tan lógicos, vemos flaquear nuestras convicciones más profundas, el mundo dudará también pero comenzará a estar preparado... ¡Porque ellas no ignoran, amigos míos, que tarde o temprano, nosotros revelaremos su verdad! -¡No me faltaba oír más que esto, Watson! –exclamó Holmes con exasperación e hizo un involuntario gesto con las manos como si pretendiese mesarse los cabellos.
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