EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES
©2005 Estrella Cardona Gamio

Holmes y yo permanecíamos boquiabiertos, en un gesto muy poco adecuado para dos dignos caballeros jubilados, en cambio Arthur parecía estarse recobrando rápidamente ya que sus mejillas volvieron a tomar el color y los ojos empezaron a brillarle con una luz desconocida.

-¿Quiénes son los Daoine Sidhe? –exclamó con aspereza el detective quebrando la pausa.

-¿De verdad no lo sabe? –Abernathy sonrió levemente- Aquellos a quienes vencieron los Milesios...

-Pero...

-Mister Holmes, déjeme concluir, por favor, porque la historia aún no ha terminado... Durante siglos nos henos relacionado con los humanos, de una forma o de otra, e incluso se han establecido enlaces, con el permiso de Finnvana, aunque condicionados a determinadas cláusulas que se pueden leer en muchas leyendas transformadas en cuentos... Mas esto son simples anécdotas; lo importante es que gracias a esas uniones -¿sabían que el rey Arturo era hijo de un hada?-, los hombres se han vuelto más sabios y nuestro legado no se ha perdido, que es lo único que verdaderamente interesa, aunque no hayamos podido trasmitirles una existencia rayana en la inmortalidad, porque no dejamos de ser muy diferentes...

Sin embargo, estamos en el siglo XX, como les decía, y este no va a ser un siglo fácil... por muchos conceptos, o sea que debemos volver, y ahora a cara descubierta; la humanidad nos necesita más que nunca ya que todo se ha acelerado demasiado, por eso debemos regresar para poner paz y esperanza en un mundo, el de todos, que la precisa con urgencia...

-¿Ahora? –exclamó incrédulo Holmes- ¿Por qué ahora y no antes?; problemas a lo largo de la historia ha habido muchísimos, ¿es que acaso no merecían atención?

-Sí, pero las gentes eran ignorantes y supersticiosas, no nos hubieran hecho demasiado caso si les hubiésemos explicado lo que ahora podemos revelarles...

-¿De qué les han servido entonces sus mágicos poderes? –inquirió con desdén Sherlock Holmes ante la expresión escandalizada de Arthur.

-No somos omnipotentes, caballero, y aunque podemos vivir mucho más que ustedes, tanto que se nos podría denominar inmortales, no lo somos... Pertenecemos a una raza diferente, eso es todo.

Abernathy, o Beauregard, calló bruscamente y nos volvió a mirar de uno en uno fijamente, como esperando que dijésemos algo, y naturalmente que lo dijimos, porque ya no podíamos aguantar más, de forma atropellada e interrumpiéndonos los unos a los otros de tal manera que no perecíamos ingleses sino latinos... pero obviando un detalle revelador que torpemente pasamos por alto en nuestra confusión: el hecho de que hablaba en plural al referirnos aquellas leyendas.

-¿Qué clase de historia nos está usted contando? –exclamó Holmes, él que siempre intentaba hallar la lógica de cualquier situación.

-¿Dónde pretende ir a parar? –dije yo.

-¿Se está usted refiriendo a “la buena gente”? –preguntó Arthur, quizás el menos alterado de los tres.

El dueño de la casa tuvo una de sus indefinibles sonrisas.

-En efecto, caballero, a ellos me estoy refiriendo.

-¿Quiénes son “la buena gente”? –quiso saber el detective exasperado.

-Si tiene la bondad, sir Arthur, explíqueselo usted mismo a mister Holmes.

Conan Doyle estaba realmente impresionado pero en su semblante se reflejaba una expresión de felicidad incomprensible.

-La “buena gente” son las hadas, mister Holmes, los Daoine Sidhe, los habitantes de las colinas, los elfos, los duendes, en suma, el mundo mágico, que no vemos, pero que ahí está... Creo que ya les hablé de él en una de mis primeras visitas a Baker Street.

-Y las Dríadas y las Hamadríadas, llamadas así por los griegos, y las Dryades celtas y la legendaria Melusina... –agregó nuestro anfitrión triunfalmente, como si pretendiese recordarle algo al detective.

Viendo la cara que estaba poniendo Holmes –una extraña mezcla de desconcierto y enfado-, me apresuré a intervenir antes de que su espíritu matemático no le obligase a soltar algo irreparable.

-Según lo que acabamos de escuchar, puede deducirse que Margaret, Rose y Violet son amigas de las hadas y verdaderamente las han fotografiado... Pero, si las han fotografiado, ¿por qué han huido haciéndonos ir tras ellas?, debían suponer a lo que se atenían con semejante material...

Abernathy replicó desdeñosamente:

-Por supuesto que lo sabían, y, sin embargo, era necesario que lo hicieran, estamos en el siglo XX, un siglo de grandes conquistas tecnológicas, y la fotografía podía demostrar a los escépticos una gran verdad, que ellas existen, que no son un mito... Si el hombre entiende esto que es tan sencillo, puede que el mundo se salve, de lo contrario...

-¿Qué es lo que tiene que comprender? –quiso saber Holmes.

-Pues muchas cosas, y una de ellas, tal vez la más importante, es a vivir con la naturaleza, a respetar el mundo que le rodea, porque las hadas moran en él, las hadas son sus guardianas, sus protectoras, las hadas saben lo que pasó en la Atlántida y por qué, y no desean que eso vuelva a suceder... Pero también hay más, mucho más; la humanidad necesita sueños y los sueños se cultivan en la infancia...

Si el materialismo se adueña de las personas, si borramos el elemento maravilloso de la vida, los niños se convertirán en hombres en miniatura y cuando lleguen a la edad adulta ya serán viejos sin ilusiones, demasiado realistas para saber apreciar la belleza de muchas cosas y el mensaje que trasmiten... ¿Recuerdan la pregunta “creéis en las hadas”?, pertenece a un cuento infantil y para los niños se consideró apropiada, y lo es indudablemente; si todos los niños del mundo dejasen de creer en las hadas estas desaparecerían y el mundo se vería abocado al caos, pues robarle la infancia a una criatura es algo que debería estar penado por las leyes... Los primeros años de Charles Dickens –agregó repentinamente como si la explicación diese carta de naturaleza a sus razonamientos-, no fueron los más apropiados para un niño, y, sin embargo, nunca perdió la facultad de soñar, siendo eso lo que le salvó.

El detective mostróse escéptico:

-Todo cuanto explica es muy bonito, mister Abernathy o Beauregard, pero yo ya soy un viejo desilusionado aunque alguna vez fui niño al que le gustaba que le contasen cuentos...después crecí, y no puedo aceptar...

-¿Tampoco se cree lo que ha visto, un diamante convertido en una hoja seca?

-¡Bah, un simple juego de manos!... ¿Trabajaba usted acaso de prestidigitador en el circo Piombino?

-No, mister Holmes, mi cometido es muy diferente en esta historia.

-¿Sí?, ¿cuál es su papel, si puede saberse? –preguntó Holmes con impertinencia.

-Yo soy Jean de Beauregard, y desde hace siglos estoy encargado de velar por la seguridad de las hadas...

Sherlock Holmes explotó:

-¡Ya no aguanto más disparates!... ¿Qué tipo de broma sin sentido es esta?; ¡me parece que se está usted pasando de la raya señor mío!...- y a mi- ¿En qué clase de manicomio nos han metido, Watson?

A esas alturas yo no sabía si estaba soñando, una pesadilla, o me hallaba despierto, porque la situación era tan absurda que no había por donde analizarla.

Hadas que quieren hacerse notar en el mundo actual, hadas que proceden de la Atlántida además, niñas que las fotografían con ese fin, niñas amigas suyas, se sobrentiende, un loco, o un tunante, que afirma ser un individuo con cuatro siglos de antigüedad y que es el caballero protector de las hadas... ¡Demencial, vamos!

-Nadie drogó a sir Arthur ni hipnotizó al doctor Watson... Ellos estuvieron dentro de la casa de la colina, la casa de las hadas, es usted el que no quiere admitir la verdad de los hechos, mister Holmes...

-¿Y qué me dice del circo, otro espejismo?

-No, el circo era real...

-¿Dónde está ahora?

-Se ha disuelto... por el momento.

-¿Tiene eso algo que ver con el incendio?

-Efectivamente.

-¡Pues menudo lord protector está usted hecho, caballero de Beauregard, cuando no supo prever...!

Holmes se cortó en seco y tras un instante de silencio, preguntó con voz que temblaba ligeramente:

-¿Quién estaba en el circo?

-Las hadas.

-¿Las hadas?

El detective se quedó mudo; todas aquellas revelaciones le sobrepasaban como es natural, al cabo balbuceó:

-¿“Quienes” eran esas hadas?

Fue Conan Doyle el que le respondió:

-Margaret, Rose y Violet, o, lo que es lo mismo, Marguerita, Rosanna y Violetta.

Sigue...

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