EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES
©2005 Estrella Cardona Gamio

Huelga decir, que, después de las presentaciones de rigor, de aceptar, sin ninguna modestia, el tributo de admiración que siempre esperaba y Conan Doyle, de buena fe, generosamente le regaló, Holmes no se anduvo por las ramas a la hora de meterse en situación. Soltó tres o cuatro de sus pedanterías habituales, como el prestidigitador hace juegos de manos, y el boquiabierto Arthur se tuvo que rendir con armas y bagajes, explicándole toda la historia de nuevo, o intentándolo al menos ya que Holmes no cesaba de interrumpirle extendiendo el tapiz de su ingenio y brillantes deducciones a cada frase suya.

-¡Tramposo, más que tramposo –pensé-, hablas según lo que has espiado hace unos momentos escondido detrás de la cortina!

¿Por qué tenía que ser así Sherlock Holmes?, su afán de protagonismo y su manía con deslumbrar al oyente de turno, menoscababa siempre sus otras e infinitas cualidades; adoptando semejante actitud se portaba como un niño, un niño algo crecido, por supuesto.

-Bien, recapitulemos... –exclamó el detective interrumpiendo por enésima vez a Arthur Conan Doyle- Vayamos por partes, estimado caballero... Este, al que podríamos denominar “El caso de las hadas”, por darle algún nombre, comienza con la noticia de que unas niñas han fotografiado hadas, bien, bien, bien, pero, ¿en algún momento se ha señalado la fuente de donde surgió el rumor?, porque obviamente esas tres encantadoras niñitas no han ido ellas mismas a los periódicos a dar la noticia, ¿no es así?

-Efectivamente, mister Holmes; corrió el rumor a la antigua, oralmente, aunque de una manera muy superficial, pero la verdad es que ignoro quién, o quiénes, se encargaron de propalarlo y tampoco se me ocurrió preguntárselo a las niñas.

-¡Craso error, amigo mío, craso error, un detalle tan importante y se pasa por alto!

-No es irreparable –rezongué-; se puede preguntar.

Holmes me contempló desde el Olimpo de su superioridad.

-¿No sería mejor deducirlo? –y sin esperar contestación, agregó muy seguro: -Quien está en el revelado de las fotos puede ser el que haya dado la noticia, después de todo esas fotos podrían reportarle un buen puñado de libras...

-Las fotografías no las ha hecho él sino una de las niñas –osó interrumpirle el bueno de Arthur, algo escandalizado.

-Pero él se encarga del revelado, ¿no? –aquel ¿no? sonó punzante como un aguijonazo.

-Sin embargo, si hiciera eso, vender unas fotos que no ha realizado, se le podría incluso demandar...

-¡Ta, ta, ta! –desestimó Holmes enarcando una ceja con altivez- Si tomara esa iniciativa las niñas, es decir sus tutores, no le demandarían; si la familia es rica, según usted afirmó hace unos momentos, no parecen necesitar dinero, precisamente...

-¿Entonces? –interrumpí.

-Muy sencillo: el fotógrafo puede quedarse con el dinero y ellos, ellas mejor dicho, con la fama, ¿acaso la fama tiene precio, mi querido Watson?

Yo quise discutir.

-Expuesto de tal suerte, amigo mío, parece como si lo que se buscase en este caso fuera publicidad, ¿con qué objeto?, ya que esta fama puede traer más quebraderos de cabeza que satisfacciones a tres niñas de tan corta edad, consecuentemente no veo por qué pretendan querer ser centro de atención... si no han visto hadas como sus deducciones parecen dar a entender, Holmes.

-¿Qué no hayan visto hadas? –exclamó Conan Doyle sorprendido.

-No, que no las hayan visto, que hayan recreado una escena con muñequitas o pequeñas marionetas o algo semejante... Una fantasía infantil, ni más ni menos, escenificada con los medios modernos... Los niños aman a las hadas, pero no las ven, sin embargo lo desean, lo desean ardientemente, entonces ¿por qué no inventar, crear, fantasear si es necesario?... Son niños y su inocente deseo no tiene porqué

ser punible, ¿no se sueña acaso al leer una novela o mientras se la escribe?

-¡Pero, Holmes, los mundos de un novelista no engañan a nadie! –exclamé muy molesto- El que Titania se enamore de un asno no va a hacernos creer que todos los asnos son hombres encantados, o el que Wendy y sus hermanitos vuelen detrás de Peter Pan....

-¡Ah, eso era ficción! –repuso él tranquilamente.

Ahora, tanto Conan Doyle como yo le miramos hechos un lío.

-Usted acaba de afirmar que...

-Que puede ser un juego de las niñas, si...

-La verdad, Holmes, no le entiendo –Arthur, por educación, se abstuvo de secundarme.

-Es muy sencillo, caballeros –nos sermoneó el detective-, si las niñas mienten no lo hacen con mala intención, para ellas es sólo un juego excitante, y si la publicidad crece en torno a él, tanto mejor para ellas, lo vituperable sería que el fotógrafo intentase lucrarse con esa patraña, porque el fotógrafo es un adulto y los adultos solemos ser maliciosos.

-¿Y qué me dice usted de los tíos de las niñas, Holmes?

-¡Oh!, ellos no saben nada de la invención, posiblemente se la creen.

Conan Doyle intervino muy serio.

-Sospecho que usted Mr.Holmes es quien no da por bueno el asunto de que a las hadas se las pueda fotografiar.

-Pues no, no señor –y aquí el detective tuvo una de sus raras salidas de humor-. Si yo fuese sir James Barrie, y por ende, Peter Pan, desde luego que no diría tal cosa... pero soy Sherlock Holmes, un investigador inglés, y hace tiempo que dejé de creer en...

Arthur tuvo una reacción insospechada, adelantó la diestra con el gesto del que pretende impedir algo, al tiempo que exclamaba con una voz que sonó amenazadora:

-¡Cuidado, Mr. Holmes, no pronuncie esas palabras, no se le ocurra pronunciarlas!

El detective se quedó atónito, y no era para menos ya que a mi vez contemplé a Arthur estupefacto; Conan Doyle siempre había sido una persona muy sensata, lo prueba el que renunciara a la literatura por su carrera de medicina, y aparte de que últimamente, como era sabido de todos, le hubiese dado por las cuestiones espiritistas, algo mucho más enjundioso y digno de estudio que las hadas, por supuesto, eso no quería significar que no supiera en que apartado se hallaba cada tema... Vaya, al menos era de suponer.

-Si me lo permiten, caballeros, concluiré el relato que he venido a confiarles –agregó con acento mucho más dulcificado, volviendo a ser el mismo afable Arthur de siempre, a lo que Sherlock y yo asentimos en silencio maquinalmente.

 

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