EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES
©2005 Estrella Cardona Gamio

.Después de escuchar la inesperada revelación, con un cortés y pausado aplauso que despertó ecos en aquella estancia, mister Abernathy rompió el silencio en el que nos habíamos sumido Arthur y yo.

-Le felicito mister Holmes, tiene usted muy bien ganada su excelente reputación.

El detective volvióse a mirarle con el rostro radiante de orgullo.

-Pero, querido signor, su historia, con ser perfecta, adolece de un grave defecto de base –la sonrisa de Holmes se desvaneció bruscamente-, y le voy a decir de cual se trata: esta no es la verdadera leyenda.

Por primera vez desde que nos conocíamos, vi vacilar a Holmes.

-¿Leyenda?, no es ninguna leyenda, Jack y Nathaniel existieron y fueron rivales...

 

-No pienso negarlo, pero lo cierto es que el Gran Khan nunca fue robado; el que se le entregó a Isabel I era el auténtico y ella lo sabía... Deseo mostrarles algo...

Se incorporó abandonando el sitial, y aunque era el mismo Abernathy que yo conociera, algo muy evidente había cambiado en él de forma asombrosa; primero su edad, ahora indefinida, y luego que ya no parecía un caballero inglés sino uno italiano, mejor dicho: un veneciano antiguo, sus ropas, su peinado y los anillos que lucía en los dedos, así lo delataban, por más que esa fuese la parte visible, y, por ende, llamativa, del conjunto.

Sin ninguna prisa se acercó a un pequeño mueble lleno de gavetas y abrió una de ellas extrayendo de su interior un estuche que destapó enseñándonos lo que contenía.

Los tres, Holmes, Arthur y yo, dimos un respingo levantándonos como los muñecos de una caja de sorpresas, y exclamamos algo ininteligible porque el estupor nos impedía articular palabras coherentes.

Dentro del estuche había un diamante, un diamante exacto al que reposaba a buen recaudo en la caja fuerte de Baker Street, tan exacto que semejaba el mismo o su hermano gemelo, y, como aquel, no estaba engarzado a nada.

-¡El Gran Khan! –creo que balbuceó alguno de nosotros.

Abernathy sonrió levemente y ofreciéndole el estuche a Holmes, invitó:

-Le ruego que lo coja.

A lo que el interpelado no se hizo de rogar, alargando la mano y tomándolo entre sus dedos trémulos; no era para menos.

Y entonces... Entonces sucedió lo que ni en nuestros más atrevidos sueños hubiéramos esperado nunca... El diamante se convirtió en ¡UNA HOJA SECA!...

Sí, juro por la eterna salvación de mi alma, que aquello tuvo lugar dentro del recinto de las cuatro paredes en donde nos encontrábamos.

Holmes, como si en lugar de una hoja seca tuviera en su mano un tizón ardiente, soltó la hoja que, revoloteando mansamente cayó sobre la alfombra.

-¿Qué significa este juego de prestidigitación? –quiso saber enfadado.

Abernathy, o Beauregard, tuvo una mueca maliciosa, e inclinándose recogió la hoja seca que volvió a reintegrar a su estuche en donde, automáticamente, volvió a convertirse en un diamante maravilloso.

-¿Con esto qué pretende revelarnos, que era usted el ilusionista del circo Piombino?

El dueño de la casa volvió a guardar el estuche en su gaveta, y se nos encaró.

-No, mister Holmes, con esto quiero decirles otras muchas cosas y todas muy importantes, pero volvámonos a sentar, por favor, y enseguida les cuento lo que no saben... –le obedecimos- Bien, préstenme atención porque se trata de un relato que lo merece: su historia, mister Holmes es correcta si la observamos con los ojos del espectador; se trata de la versión oficial de los hechos, la mía es el reverso de la moneda pero es la auténtica aunque a ustedes les vaya costar el asimilarlo, ya les prevengo de antemano...

John de Beauregard y Nathaniel Wilkes existieron, más no fueron cosarios al servicio de Isabel I. Beauregard era de origen veneciano, como usted ha descubierto mister Holmes, y pertenecía a una rica, y poderosa, familia de mercaderes, que, al dividirse, yendo una rama Bellosguardo a Francia, acabó alternando el comercio con la orfebrería, lo que no le iba nada mal a su negocio; con el tiempo se hicieron tan famosos, de padres a hijos, que saltaron el Canal estableciéndose en Londres llamados por la corona, eso fue al principio del reinado de Isabel... Dirán ustedes ahora, si eran católicos ¿cómo es que aceptaron vivir y medrar en una corte anglicana?, pero eso carece de importancia en la presente historia y corresponde a un secreto que les tengo reservado para el final, por lo que, con el permiso de ustedes, saltaré sobre el particular de momento...

Jean de Beauregard tenía un hijo del mismo nombre que era quien se ocupaba de lo que podría denominarse el apartado mercaderías, es decir, de los viajes comerciales, pero no era corsario... Un día a la reina se le antojó cierto diamante que valía una fortuna y que, a ciencia cierta, además, no se sabía en dónde estaba: el Gran Khan, y Jean de Beauregard, hijo, fue el encargado de traérselo como si fuese algo muy sencillo el lograrlo... Pero él lo consiguió, y cuando lo tenía en su poder -en otra ocasión si lo desean les relataré la aventura completa-, y regresaba victorioso a Londres, ya en tierras inglesas, el diamante le fue robado, no se sabe por quién, y al cabo apareció en manos de Nathaniel Wilkes, un mercader de reputación dudosa y con quien la corona había tenido tratos hasta que los Beauregard entraron en escena...

Para no extenderme demasiado en esta introducción, les diré que la maniobra fue realizada por Wilkes para desacreditar a Jean de Beauregard, recobrando de esta manera el perdido favor real debido a su fama poco recomendable... Entregado el diamante a su graciosa majestad, ésta mandó montarlo en un collar para su ornato, no en una corona, y cuando estuvo hecho, quiso estrenarlo en un brillante acontecimiento cortesano y se lo puso haciendo una radiante aparición en la fiesta, tomó asiento en su trono y apenas había comenzado el baile cuando la soberana experimentó como un arañazo en la piel y al mirar en esa dirección descubrió horrorizada como su incomparable Gran Khan se había transformado en... una hoja seca...

Ya pueden ustedes suponer el escándalo que se organizó y cuyos resultado fueron acusar de brujería a Nathaniel El Astuto sí, y limpiar el malparado honor de los Beauregard, cuyo primogénito Jean, languidecía en la cárcel debido a haberse dejado arrebatar el preciado diamante, y el resto de la familia no lo estaba pasando mejor por dicha causa.

Sin embargo, Nathaniel pudo huir y nadie lo encontró jamás, aunque se le castigara en ausencia, quemando su mansión campestre con una efigie suya convertida en un muñeco de trapo. Los Beauregard fueron colmados de honores, se les devolvieron sus bienes y se confiscaron los de Nathaniel, se nombró sir a Jean de Beauregard hijo, y se le regaló un palacio en el campo... Pero todo esto sucedió mucho antes de que Isabel muriera.

Abernathy calló y se quedó mirándonos alternativamente, porque sabía que el turno de las preguntas iba a iniciarse.

Holmes fue al grano:

-Cronológicamente esta historia no encaja ni con la primera versión ni con la que yo he contado.

-Pues se trata de la auténtica, mister Holmes.

-Hay muchas lagunas.

-No; se han llenado. La versión a la que usted alude y que yo no tuve más remedio que ofrecerle al doctor Watson la primera vez que me honró con su visita, era una mentira necesaria, la que usted nos ha expuesto la versión oficial y la que yo acabo de confiarles, lo que sucedió realmente.

-Mister Abernathy, o como quiera que se llame usted, siguiendo en el camino de la verdad, ¿puede contarnos el por qué de tantas intrigas y misterios?; creo que nos lo debe.

-En efecto, se lo debo a ustedes y por ello les desvelaré el secreto, ya que por esta razón aquí han sido convocados.

Sigue...

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