EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES
©2005 Estrella Cardona Gamio

Holmes no se hizo de rogar, y yo, escuchándole a continuación, me pregunté como había podido estar tan ciego para no darme cuenta de nada.

-Es una historia muy antigua mister Abernathy, la de su familia materna, es decir los Piombino corsarios al servicio del Dux y que éste ennobleciera con un título, Bellosguardo. Este primer Bellosguardo tuvo un hijo que también se dedicó a la piratería, pero como era el segundón cambió su apellido afrancesándolo y se transformó en Beauregard. Los Bellosguardo que descendían del primogénito se extinguieron en su línea directa al cabo de pocas generaciones, no así los descendientes del primer Beauregard, mas, para aquellas fechas, los Beauregard prácticamente se habían olvidado de su sangre italiana, aunque fieles a la herencia familiar, que ellos solos habían continuado, eran corsarios a las órdenes que quien mejor pagase... ¿Voy bien, mister Abernathy?

-Yo no podría relatarlo mejor. Prosiga, se lo ruego.

-Vamos a saltarnos unos cuantos años llegando a las postrimerías del reinado de Isabel I, en los cuales la piratería, o el corso, vivían sus mejores momentos de esplendor al tener como valedores a los mismos reyes. John de Beauregard, a quien su graciosa majestad convertiría en sir como a Drake, era, además de un corsario valiente un hombre apuesto y de hermoso rostro, por lo que la protección de la reina fue completa, cosa que no dejó de desertar envidias.

Pasaron los años y John pensó en casarse, dejar la vida del mar, y establecer una familia en Inglaterra, mas para eso tenía que conseguir el permiso real lo que no era nada fácil dadas las circunstancias... Habituado, sin embargo, al tipo de costumbres que por la época imperaban, quiso recobrar su libertad pagándole a Isabel un rescate digno de ella. Por aquel entonces se hablaba de una joya fabulosa, tan fabulosa que nadie creía en su existencia real, se trataba del diamante Gran Khan, una joya de belleza inigualable y tan grande como el huevo de una paloma, se aseguraba que había pertenecido al tesoro de un temido conquistador móngol y que se encontraba en ignorado paradero...

Bien, no voy a enfrascarme ahora en esas aventuras, baste con decir que Jack El Rojo lo encontró ofreciéndoselo a la reina de Inglaterra a cambio de su libertad, mejor dicho, tal era la intención, pero otro corsario, Nathaniel El Astuto, sabedor del tesoro que había conseguido Beauregard, quiso robárselo a su vez para ser él quien se lo entregara a la soberana, porque, y aquí interviene una singular historia romántica, Jack El Rojo se había enamorado de una joven a la que también pretendía Nathaniel, éste sin esperanza de conseguirla, por supuesto, ya que la muchacha amaba a Beauregard, pero si él le quitaba el diamante y se lo entregaba a la reina podía demostrarle con eso a la soberana que Nathaniel El Astuto estaba más capacitado para la realización de semejantes proezas que su rival...

Una historia demasiado tortuosa, ¿no les parece?... Nathaniel consiguió robarle el diamante, pero no por medio de una batalla naval sino, haciendo honor a su apodo, con estrategias de lo más astuto; introdujo en la tripulación de Jack a uno de sus hombres y éste le robó el diamante... Al darse cuenta del expolio, Jack contraataco, le iba mucho en ello, recuperando la joya robada que entregó a la reina por fin y la aventura tuvo un feliz desenlace: el matrimonio de Beauregard y su amada con la bendición de Isabel... En cuanto a Nathaniel, la reina le perdonó, porque entendía que los hombres se disputasen su favor real... Sin embargo, años más tarde, sucedió algo  que dio al traste con muchas cosas.

Isabel había mandado engarzar el diamante en una corona que sólo se ponía en contadas ocasiones, y un buen día, mejor dicho, un mal día, tuvo el antojo de que el diamante se trasladara a un collar realizado exclusivamente con tal fin; tenía que ser un collar increíble por su magnificencia y belleza, digno de quien iba a lucirlo, admiración de todos y de las venideras generaciones... Y en cierto modo lo fue, pero no como ella se pensaba; al desprender el diamante de su engarce en la corona, los orfebres descubrieron que aquel no era el Gran Khan sino otro, valioso diamante, sí, pero no el auténtico que había costado una sangrienta batalla... O sea, que el verdadero Gran Khan había sido robado por segunda vez, o... o nunca fue entregado... Pero esta hipótesis resulta dudosa a menos que Nathaniel no hubiera sobornado a los joyeros que lo autentificaron al serles puesto en las manos...

Holmes hizo una pausa y nos contempló muy orgulloso de sí mismo.

-¿Qué sucedió luego? –preguntó con suavidad mister Abernathy.

-Se aplicó el tormento, rodaron cabezas... y la casa de Nthaniel Wilkes fue pasto de las llamas... Pero el diamante no apareció.

-¿Y qué tiene que ver esa historia con las niñas que fotografiaron hadas? –quiso saber perplejo Conan Doyle.

-Elemental, mi querido sir Arthur; Jack El Rojo nunca entregó el diamante a la reina, sino una copia, otro de parecidas características, fue su venganza, ya que sabía que tarde o temprano Isabel descubriría el fraude y Nat sería acusado de falsario, no él... Así que el diamante se conservó en la familia Beauregard como una reliquia y fue pasando de padres a hijos en secreto, porque además creyeron que les traía suerte ya que nunca dejaron de estar bien situados en la vida a través de todos estos siglos, lo que se dice una familia afortunada.

-¿Y? –pregunté yo ansioso por conocer el final auténtico de la leyenda.

-Si, Watson, a eso voy si no me interrumpen... Nathaniel Wilkes no murió en el incendio de la casa, pudo escapar, desapareció totalmente, cambió de nombre, se casó y tuvo descendencia, descendencia aleccionada que siempre supuso que el Gran Khan se hallaba en poder de los Beauregard... Concluyo; ésta, caballeros, es la historia de una venganza secular, los Wilkes han identificado a los Beauregard actuales y pretenden recobrar el diamante... que los Beauregard han escondido dentro de una muñeca, muñeca que le fue entregada a usted, amigo Watson en el trascurso de una puesta en escena impecable... Pero eso no significa que la aventura haya terminado, por eso fueron requeridos nuestros servicios involucrando en ello a sir Arthur al ofrecerle el cebo de unas fotografías en las que supuestamente tres niñas habían fotografiado hadas.

-¿Por qué yo? –gimió Conan Doyle.

-Porque usted era un antiguo amigo del doctor Watson y esa era la mejor manera de que llegasen hasta mí sin despertar sospechas, porque los descendientes de Nathaniel Wilkes son unos perfectos sabuesos.

-¿Y en tantos años no pudieron hacerse con el diamante?

-No, sir Arthur, ya que los Beauregard desaparecieron un buen día, en previsión de lo que pudiera pasar, cambiando de nombre y de identidad... Y así han vivido escondidos durante casi tres siglos... hasta que los Wilkes les han encontrado.

Sigue...

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