EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES
©2005 Estrella Cardona Gamio

Cuando por fin llamamos al portón de doble hoja del Palazzo Bellosguardo, Holmes me miró con picardía durante unos segundos mientras me preguntaba:

-¿Repasó ya sus conocimientos del idioma francés?

-No he tenido mucho tiempo para ello –repliqué hoscamente.

El detective iba a contestarme mas la puerta se abrió en esos momentos y enseguida nos olvidamos del tema.

Un criado nos hizo pasar al fresco y penumbroso interior y, sin ninguna dilación, una vez acreditada nuestra identidad, fuimos conducidos al salón en donde se nos esperaba.

Se trataba de una estancia de alto techo decorada con unos frescos magníficos de antiquísima factura, los muebles asimismo traslucían antigüedad aunque sin deterioro y todo el ambiente respiraba la lujosa sensualidad de los palacios venecianos amorosamente conservados durante generaciones.

La penumbra de la pieza sólo se veía rota por una luz velada que penetraba, a través de cortinas de encaje color marfil, por varios ventanales que daban al Gran Canal, pero como las ventanas permanecían cerradas, el bullicio exterior quedaba totalmente en sordina.

Aquella habitación era una especie de despacho, biblioteca y sala de estar, todo en uno, íntima pero desordenada lo mismo que una mujer hermosa que se despierta por la mañana en el sancta santorum de su dormitorio.

Detrás de una mesa de maderas nobles muy bien trabajadas, una figura, que las sombras protegían, nos esperaba sentada en un sillón de alto respaldo lo más parecido a un trono, sin que lo ocupe un rey, que yo haya visto en mi vida.

-Aquí nos tiene, caballero –dijo Holmes con gran desenvoltura avanzando sin titubear hacia al dueño de la mansión, y mis ojos se fijaron entonces en un escudo de armas que permanecía colocado en la pared que había detrás del desconocido, escudo sobre el que incidía la luz directa de una pequeña lámpara, como se hace con muchos cuadros. El escudo, muy prolijo, a semejanza de todos los de su especie parecía sostener bajo el yelmo que lo coronaba la guirnalda de una banda en la que se veía escrito en letras doradas BELLOSGUARDO, maquinalmente pensé: “Bella mirada”... E inmediatamente un estremecimiento me sacudió; en francés bella mirada era “Beau regard”, ¡Beauregard, el apellido inglés de procedencia normanda!

-Celebro que hayan aceptado mi invitación, signori –respondió el desconocido, cuya voz me resultó vagamente familiar pese a que su indudable acento fuese italiano.

-Era imprescindible el hacerlo.

La ironía de Sherlock Holmes no pasó desapercibida a nuestro anfitrión.

-Lamento haber tenido que emplear determinados métodos poco ortodoxos, pero las circunstancias lo requerían... Por favor, tomen asiento caballeros... ¿qué es lo que desean beber?, deben estar sedientos, el otoño suele ser bochornoso en Venecia...

-Nuestra sed es muy otra –respondió el detective en tanto nos sentábamos-; tenemos sed de conocimientos.

-Desde tiempo inmemorial el hombre ha tenido sed de conocimientos...

Sherlock Holmes le interrumpió inesperadamente:

-¿No cree que ya somos demasiado mayores para seguir jugando al gato y el ratón, mister Abernathy?

-¿Mister Abernathy? –exclamó sin poderse contener, Conan Doyle.

Mis ojos fueron inquisitivos de Holmes a la figura velada que se sentaba detrás de la mesa de despacho, como si pretendiese que aquel ir y venir me diera alguna clave secreta; obviamente no había previsto la situación.

-Nunca he negado que lo fuese –repuso con calma el profesor.

-Pe...Pero usted no es inglés... del todo –dije yo como si aquello fuese una prueba exculpatoria.

-En efecto, no lo soy; mi madre era italiana.

Holmes tomó la palabra de nuevo:

-Una Bellosguardo, ¿no es cierto?

-Si.

-O sea, que usted desciende de Jack El Rojo –afirmó el detective con la mayor tranquilidad.

-Volvió a acertar, mister Holmes.

Arthur, con la exquisita corrección que le caracteriza, intervino.

-Mister Abernathy, le quedaríamos muy reconocidos si tuviese la bondad de explicarnos la verdad sobre todo el asunto que hoy nos ha traído hasta Venecia.

Abernathy, sin cambiar de posición, movió las manos entrelazando en actitud reflexiva unos dedos profusamente ensortijados, mientras afirmaba los codos en las abrazaderas del sitial.

-Podría, puedo y debo –dijo al cabo-, explicarles muchas cosas, cada una de ellas mucho más interesante que la precedente, pero, en vista de cuanto han tenido que pasar desde el comienzo, creo que lo más equitativo es que mister Holmes sea el primero en hacerlo porque sé que tiene una muy interesante versión de los hechos.

-¿Lo sabe? –pregunté algo inquieto por el aplomo del que hacía gala en su afirmación.

-Sí, doctor Watson, lo sé. Mister Holmes, si tiene usted la bondad...

Sigue...

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