EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES
©2005 Estrella Cardona Gamio

Huelga decir que los tres nos quedamos estupefactos al escuchar aquello; era lo único que nos faltaba para acabar de desorientarnos.

Asthur contempló a Holmes de forma patética para exclamar desalentado:

-¡Hemos vuelto a equivocarnos!

-¿Hemos? –interrogó el detective con altivez en una de sus reacciones típicas, pues cuando tocaba fondo solía obrar de aquella manera, dando la simbólica patada que le sacaría a flote.

-No me negará mister Holmes que ahora si que nos hallamos bien perdidos en el laberinto.

-Tal vez ustedes, yo no –entestó el aludido retadoramente y yo me pregunté que a qué clase de milagro iba a recurrir para solucionar el problema o convencernos de que todo se desarrollaba normalmente en aquel caso tan sumamente estrafalario.

Holmes empujó la herrumbrosa puerta con decisión y ésta se abrió entre chirridos siniestros.

-Debe poder visitarse, ¿no es cierto? –quiso saber dirigiéndose al cochero a lo que el hombre se santiguó supersticiosamente antes de responderle.

-Si, se puede... Nosotros no lo hacemos, lo hacen los extranjeros, visitan la propiedad y las ruinas de la villa, pero siempre a la luz del día y el paseo no es muy largo; no hay gran cosa que ver.

-No creo que de noche vieran nada.

El cochero se volvió a santiguar.

-El signor se equívoca, de noche, aquí, se ven muchas cosas...

Conan Doyle intervino:

-¿Qué clase de cosas se ven?

-Luces –respondió el cochero de mala gana como si el sólo hecho de mencionarlas pudiese obrar de conjuro-, luces que se mueven, y vuelan formas extrañas igual que si las empujase el viento.

-¡Espíritus! –afirmó Arthur llevado de un arrebato de entusiasmo.

Holmes torció el gesto; un hombre tan racional como él no podía aceptar según que hipótesis.

El cochero se mostraba incómodo.

-No lo sabemos, signor; el que ha tenido la desgracia de verlas, ha salido corriendo y no se ha detenido en mayores averiguaciones... También aseguran que se escucha música muy lejana...  

-¿Quién vivió aquí?

-Muchas personas, los que la construyeron primero, pero esos eran romanos antiguos, del tiempo de los emperadores, después la destruyeron los cristianos, y varios siglos más tarde, una rica familia veneciana de mercaderes la mandó reconstruir instalándose en ella... Durante generaciones vivieron en ella y, finalmente, hubo un incendio...

-¿Murieron todos?

-No, todos no, algunos se salvaron, pero, desde entonces, la villa permanece sin que nadie se ocupe de ella... Se supone que pertenece todavía a los Piombino aunque nunca hayan vuelto a dar señales de existencia... Tal vez algún día regresen sus descendientes a reclamarla, mientras tanto  aquí está para que la visiten los extranjeros.

Huelga describir como nos sentíamos.

Holmes inquirió cautelosamente:

-¿Por qué se llama Villa Marguerita? Siendo una antigua villa patricia debería ostentar otro.

-Sin duda lo tenía, pero después de tantos siglos de abandono, los nuevos dueños decidieron cambiarle el nombre dándole el de una de sus hijas, que era también el nombre de la madre.

-¿Cuántas hijas tenían? –quiso saber con voz temblorosa Conan Doyle.

-Tres, signor, Marguerita, Rosanna y Violetta.

Los tres palidecimos y nos miramos mutuamente como si cada uno pudiera responder al otro en aquella desconcertante cuestión.

-¿Cuánto tiempo hace del incendio?

-¡Oh!, mucho, mucho tiempo, signor, aproximadamente dos siglos y lo que llevamos de este.

-Gracias –musitó Sherlock Holmes quedándose ensimismado por espacio de unos instantes, luego, y en un par de rápidas zancadas, se introdujo dentro de la propiedad y desde allí nos invitó a seguirle:

-¡Adelante, caballeros!

Torpemente, tropezando, sin saber a ciencia cierta en que dominios nos metíamos, le obedecimos y el cochero se quedó en su pescante esperándonos y supongo que rezando alguna oración protectora contra los fantasmas.

Ninguno de los tres habló mientras nos acercábamos a las ruinas de la villa, por lo demás cuanto nos rodeaba parecía completamente inofensivo; cantaban algunos pájaros, susurraba la brisa entre los árboles, embalsamada de aromas silvestres, se mecían las altas hierbas a su influjo, y el luminoso sol mediterráneo lo bañaba todo despejando sombras y temores.

Mis compañeros y yo advertimos que allí predominaba una gran calma, una paz perfecta como en el claustro de un monasterio; a lo lejos, entre los famosos pinos romanos, se erguían grupos de cipreses que con su solemne verticalidad ponían una nota severa al conjunto, pero no se trataba de severidad regañona sino más bien atenta a que nada se descontrolase de su muda vigilancia. También por allí aleteaban muchas mariposas y volví a pensar en lo diferentes que eran nuestros respectivos climas.

Pronto estuvimos cabe las ruinas.

La villa, en tiempos contemporánea de los césares, había sido reconstruida con muy buen criterio al no permitir que su esencia se desvirtuase, y exceptuando algunos detalles barrocos, se había procedido en su momento, cuando los Piombino mercaderes la adquirieron, a devolverle su antigua factura arquitectónica, al menos, en lo que al exterior se refiere. Entre las paredes chamuscadas y las columnas rotas, como es natural, no quedaba nada que pudiese recordar muebles o tapices ya que primero el fuego y después la maleza desordenada invadiéndolo todo, habían realizado una tarea cuya rúbrica final eran las lagartijas que tomaban el sol sobre cuanto restaba de sus muros.

A Holmes no se le ocurrió decir otra cosa mejor que esta:

-Vanitas vanitatem.

-El tiempo no perdona –observé lacónicamente.

Conan Doyle nos miró a los dos con la expresión evidente del que se halla muy impresionado.

-Caballeros –dijo-, ignoro lo que ustedes estarán pensando, pero por lo que a mí respecta este escenario no me es desconocido.

Holmes asintió con el ceño fruncido.

-Sí, lo único que los hace diferentes es que en Inglaterra la casa había desaparecido sin dejar rastro, si es que existió alguna vez, y aquí al menos tenemos las ruinas, que además, en sus cimientos, son mucho más antiguas.

-Pero Marguerita, Rosanna, Violetta... ¿Es que no le dicen nada esos nombres, mister Holmes? 

-En efecto, me revelan muchas cosas, por ejemplo que en Italia son nombres bastante corrientes.

-¿Y en la presente ocasión no le sorprende la casualidad de que esas tres muchachas...?

Yo, que le conozco muy bien, comprendí que el detective estaba empezando a enfadarse.

-Sir Arthur, lleva usted el nombre del hijo de Uther Pendragon, ¿debo creer, por esta coincidencia, que estoy delante del rey Arturo de Bretaña?

El pobre Conan Doyle se ruborizó hasta la raíz del cabello y yo me quedé pasmado ante la extemporánea respuesta, impropia de Holmes, siempre tan correcto.

-Perdone.

-No hay nada que perdonar, sir Arthur, en todo caso discúlpeme usted a mí... Pero creo, si me permite el consejo, que no es bueno para la objetividad del pensamiento, el dejarse llevar por las corrientes emocionales... y este asunto es demasiado complicado para enredarlo aun más con suposiciones que carezcan de la debida consistencia.

-Tiene usted razón, debo reconocer que me he precipitado.

-Es el ambiente que nos rodea, aquí, allá... No es una atmósfera demasiado normal que digamos –intervine conciliador.

Holmes recorrió con sus agudas pupilas las mudas ruinas de la villa, y, de pronto, hundióse en uno de esos estados de ensimismamiento que yo tan bien conocía. Sin decir nada, se apartó de nosotros en un lento paseo que le condujo hacia los árboles más próximos,

Arthur hizo el amago de seguirle pero le detuve con un ademán. El detective se internó entre pinos y cipreses y le vimos que se acercaba a uno de ellos hasta apoyar su espalda contra el tronco. Así permaneció durante unos minutos que a mí se me antojaron interminables y puesto que no estaba en exceso distante, pude ver que cerraba los párpados como si la índole de sus pensamientos lo arrastrase muy lejos. Al cabo regresó abriendo los ojos con el estupor de quien despierta de un sueño y con una ligera contracción de hombros se apartó del árbol para reunirse con nosotros.

-¿Saben que en la antigüedad pagana se creía que el céfiro era un dios, que las ondinas habitaban en el agua, y ciertas entidades mágicas denominadas dríadas vivían en los bosques y que otras, las hamadríadas, moraban dentro de los árboles, vinculadas a ellos?, por eso si se cortaba un árbol o se devastaba un bosque, los dioses castigaban a los mortales... De donde se deduce que la superstición puede ser benefactora en ocasiones.

-No le suponía aficionado a la mitología griega, Holmes.

El detective repuso malicioso.

-Y nunca me había llamado la atención... hasta ahora, pero no sólo la griega; también la celta, ¿han oído hablar de las dryades o mujeres druidas?... Últimamente me documento mucho Watson, ¿no se ha dado cuenta?

Iba a responder que sí, que me había dado sobrada cuenta, pero ya Holmes, mudando rápidamente su estado de ánimo, no me dio tiempo ni siquiera a abrir la boca, al afirmar preocupado:

-De todas maneras, en esto no acaba la historia –y desde luego no creo que estuviera aludiendo a dríadas y hamadríadas o a dryades.

-¡Pero, si hemos llegado al final! –exclamó Conan Doyle distanciándose también de la mitología.

-No, sir Arthur; ahora es cuando estamos justo empezando a ver claro.

-Si, que se han burlado de nosotros –agregué yo fastidiado.

-Al contrario, Watson, al contrario; creo que nos aguardan todavía momentos muy interesantes ya que hemos llegado al extremo de la cuerda, o al final del juego, como ustedes prefieran y ahora es ya tiempo de las explicaciones. Volvamos a la ciudad, porque, o mucho me equívoco o muy pronto los misterios dejarán de serlo aunque las revelaciones puedan sobrepasarlos.

Y, como de costumbre, el detective no andaba errado.

Al llegar al hotel nos esperaba una carta que aquella misma tarde a primera hora, cuando nosotros no estábamos, dejaron en mano en la conserjería.

El sobre no traía remite pero en la misiva si había una dirección que acompañaba a estas breves palabras escritas a máquina:

“Les espero a las cuatro de la tarde en el Palazzo Bellosguardo”.

-Lo suponía –dijo Holmes sonriendo alegremente por primera vez en toda la jornada-; han llegado demasiado lejos y o bien el juego se ha agotado a sí mismo, o bien ya no queda más tiempo.

-¿Quién?

-¿Cómo?

-Paciencia, paciencia, caballeros, sólo les ruego que estén preparados para las sorpresas que aún se nos tienen reservadas.

-¿Otra dirección romana será la próxima sorpresa?, ¿a eso se refiere Holmes? ¿Vamos a estar, como asnos, dando vueltas y más vueltas alrededor de la noria sin sacar nada en claro? ¿Y dónde demonios estará ese palazzo ahora, en una de las siete colinas, en medio del bosque?

-No está en Roma.

-¿No?.

-No.

-¿Dónde entonces?

-En Venecia.

-¿En Venecia?

-Si, Watson, no se asombre, y hay más, refresque sus conocimientos del idioma francés y establezca paralelismos con el italiano, aguce la memoria.

-¿Qué es lo que usted sabe? –preguntó Conan Doyle aturdido.

-Digamos –repuso el detective con evidente satisfacción-, que mis cálculos no iban equivocados pues creo que tengo la pieza final de este puzzle.

-¿La clave del misterio?

-Si.

Arthur quedó deslumbrado y yo sin saber a que atenerme.

Como no ignoraba que andarle con interrogatorios al detective cuando éste comenzaba a insinuar sus herméticas pistas, era perder lamentablemente el tiempo ya que Holmes se encerraba todavía más permitiendo que yo me devanase inútilmente los sesos, opté por no insistir sabiendo que esa era la elección más sensata, sin embargo, empecé a pensar dándole vueltas a su indicación, aunque la verdad es que mis cavilaciones se aplazaron debido a que, otra vez con las maletas a cuestas, tuvimos que decir adiós a Roma y partir en dirección a Venecia.

Abandonando el hotel le pregunté ingenuamente a Holmes si sería oportuno enviarle al anónimo comunicante un telegrama con aviso de que emprendíamos viaje.

-¿Para qué? –repuso Holmes- Él, o ella, saben que nos pondremos en camino inmediatamente y como no ignora cuanto tardaremos en llegar, en su nota da una hora para la cita sin precisar el día, o sea que tanto da el que lleguemos. Por otra parte Venecia, Watson, no se halla al otro lado del mundo.

No se hallaba, en efecto, la lástima es que con aquellas urgencias apenas pudimos disfrutar tranquilamente de lo que en otras circunstancias hubiera sido un hermoso viaje.

Llegamos a la ciudad de la laguna, hace siglos la Serenísima República de Venecia, por tierra, que, según dicen, y tienen razón, no es el mejor modo de entrar en ella ya que Venecia debe ser vista a bordo de un barco a medida que te aproximas  y yo pensé con irritación que sucediera lo que sucediera allí, nada ni nadie iban a impedirme el visitarla cumplidamente, de arriba abajo, una vez diéramos por concluido nuestras investigaciones; lo había decidido y me importaba un ardite lo que Holmes hubiera de disponer a continuación.

Sigue...

Inicio
© C. CARDONA GAMIO EDICIONES 2005/2006 -EL SERIAL-