| EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES |
©2005
Estrella Cardona Gamio
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LA MATERIA DE LA QUE ESTÁN HECHOS LOS SUEÑOSMarchamos a Italia, pero no enseguida pues había que poner en orden muchas cosas. Como Holmes es un hombre metódico, lo primero que hizo, en aquella semana preliminar, aparte de reservar los pasajes del barco, fue ir a la embajada de Italia fingiendo, una vez más, ser quien no era. En esa ocasión un agente de la Lloyds de Londres, que como nadie ignora es una importante compañía de seguros de renombre internacional. ¿El motivo?: trámites relativos al seguro sobre el Circo Piombino y sus probables siniestros, entonces el incendio. El trámite tan bien llevado por él dio sus frutos ya que obtuvo cuanta información precisaba: o sea, la dirección de los Piombino en Roma, y nos sorprendió mucho saber que poseían una magnífica villa en las afueras de la ciudad, villa denominada Marguerita, cuyo nombre hizo que cruzásemos miradas de inteligencia sin mediar palabra. Pero había más, el circo decidió suspender el programa de sus actuaciones al menos durante dos meses, por lo que nos iba resultar muy fácil encontrar en la villa a sus dueños. -Dos meses es mucho tiempo –dije yo sabedor de que ese tipo de farándula es muy inquieta y prácticamente no conocen el descanso, muchas veces más por vocación que no por necesidad, como todo parecía indicar en el Circo Piombino, un circo verdaderamente lujoso tanto en el vestuario de sus artistas, en los muy bien presentados números, como en la cantidad de animales salvajes que se ofrecían a la boquiabierta admiración del público. -Deben tener mucho dinero si no temen ese forzoso descanso–comentó brevemente Holmes. Lo que más le llamó la atención al detective fue que en la embajada todos hablaran con gran respeto de la familia Piombino, no tratándolos de simples volatineros y trapecistas, hasta que alguien, hábilmente sonsacado, reveló que procedían de una noble familia patricia ya extinguida en sus herederos directos, es decir, que los Piombino circenses eran una de las tantas ramas de lo que otrora fuese un frondoso árbol genealógico; con toda seguridad sus últimos descendientes, al menos conocidos. Sherlock Holmes no se molestó en ir a visitar a Abernathy ni tampoco me indicó a mí el que lo hiciera, sino que la pesquisa se realizó a través de uno de esos tantos avispados muchachitos que le servían de mandaderos en los asuntillos de poca monta, y las noticias que recibió no le defraudaron; Abernathy había cerrado la casa y partido en viaje hacia el continente. -¿Cree usted, Holmes, que el signor Piombino y el estudioso Abernathy son la misma persona? -Podría ser –repuso Holmes alzándose de hombros. Arthur había sido notificado, por supuesto, de nuestros planes y Holmes agregó: -Nos gustaría mucho que nos acompañase usted en este viaje, pero comprendemos que tanto lady Doyle y sus hijos, como sus pacientes, no nos perdonarían el que les apartáramos de su lado durante un tiempo cuya duración todavía no podemos calcular. -¡Oh, por eso –exclamó con entusiasmo Arthur-, ni Jean ni los chicos van a objetar nada en contra, tampoco mis pacientes, ya que en este supuesto siempre puedo delegar en algún colega; la oportunidad de ir con ustedes dos en esta investigación es algo que consideraré un honor!... ¿Saben lo que el otro día me dijo mi esposa mientras hablábamos del tema?, y hay que reconocer que las mujeres son muy perspicaces, me dijo: “parece que te has olvidado de las hadas, Arthur”... -Es cierto –reconoció Holmes-, las habíamos olvidado por completo, y es la primera vez, en un caso, que olvido el motivo que lo produjo, aunque también haya que tenerse presente que sus circunstancias son muy distintas a las habituales. Conque Arthur se unió a la expedición, y Mrs. Hudson nuevamente nos dijo adiós a las cuarenta y ocho horas de haber tenido lugar la charla que acaba de ser trascrita. El detective le dio las últimas órdenes, a las que ni Arthur ni yo prestamos mucha atención ya que estábamos ocupados subiéndonos el coche que nos iba a llevar a la estación en donde cogeríamos el tren con destino a Southampton, punto de embarque del Circo Piombino; Holmes siempre era muy meticuloso a la hora de seguir un rastro. La travesía fue perfecta y ello nos permitió tomar un respiro en lo que concierne al caso; hasta Arthur parecía agradecerlo, por más que los tres no olvidásemos el asunto que nos obligaba a realizar aquel inesperado viaje. Fueron unos días placenteros que, como los pueblos felices, carecen de historia. Reanudé con mi viejo amigo los tiempos de nuestra intimidad juvenil y al finalizar el viaje me asaltó algún que otro remordimiento respecto a que aquella breve vuelta al pasado entre Arthur y yo no hubiese hecho a Holmes sentirse marginado, aunque nada en su conducta durante la travesía llegara a traslucirlo, puesto que pareció aislarse voluntariamente de nosotros absorto en la lectura de una voluminosa carpeta llena de apuntes que, francamente, no sé de dónde los había sacado ya que no era su letra la que aparecía en ellos. Llegados finalmente a Roma, sin perder en ningún momento nuestro anonimato como era de precepto en esta clase de viajes que nos obligaban a usar los nombres falsos de Sheridan Hope y de Ormond Sacker –en esta ocasión Conan Doyle vióse forzado a elegir el de profesor Challenger-, lo primero que nos sorprendió fue el bullicio imperante en las calles, algarabía muy poco británica si hemos de ser sinceros, el colorido, los olores, los gritos, los gestos, todo era nuevo para nosotros, eso y la temperatura que si ellos decían que era otoñal a los tres, que en Londres ya íbamos con abrigo, nos pareció sofocante. Los romanos reían y alborotaban sin cohibirse a la hora de mostrarse tal como eran y ello nos asombraba aún más. Pude apreciar la morena belleza de sus mujeres, todas de grandes ojos negros y cabellos oscuros y del desenfado que mostraban con los extranjeros, sin por ello perder la decencia; en verdad sorprendente. Pero eso fue cuando después de salir del hotel dimos un paseo por la ciudad eterna con fin de admirar sus bellezas arquitectónicas. Confieso que, al proponérnoslo Holmes, me extrañó porque lo veía tan metido en el caso que incluso parecióme casi una frivolidad por su parte, sin embargo acepté de buen grado, y Arthur también, considerándolo la despedida de nuestras cortas vacaciones. A la mañana siguiente, de nuevo cogimos un coche de alquiler que nos tenía que llevar a Villa Marguerita. Situada en las afueras de Roma, también sobre un altozano, cuando el coche se detuvo, nos encontramos frente a la puerta oxidada que daba acceso a la propiedad y que hallábase encajada entre los muros de una tapia amarillenta, y cuya pintura ofrecía a la vista multitud de grietas y desconchados, coronada a intervalos por ornamentados tiestos fijos, roídos por el tiempo, y de cuyo interior no brotaban sino malas hierbas. Grabada en una placa de piedra junto a la puerta, el nombre de la villa nos hizo comprender que era aquella la que buscábamos pese a que su ruinoso y descuidado aspecto nos hiciera pensar durante unos instantes que el cochero se había equivocado al llevarnos allí. Descendimos y curioseamos por entre los barrotes. Veíase una gran extensión cubierta de maleza que nos fue vagamente familiar, y al fondo, muy al fondo, se alzaba la vetusta morada medio oculta entre los árboles. Sherlock Holmes, siempre práctico, buscó la campana que debía anunciar la visita de unos forasteros y en eso estaba cuando el cochero le interpeló en su reducido vocabulario inglés: -Signor, no busque campanillas, empuje la puerta; en esta villa no vive nadie desde hace siglos. -¿Qué dice usted, buen hombre? -¿No lo sabían?, creí que deseaban verla por su fama, como la de las otras ruinas romanas. Naturalmente no se expresó de forma tan académica, pero no considero oportuno transcribir su pintoresco lenguaje de cochero acostumbrado a transportar extranjeros chapurreando su idioma, porque el momento nada encerraba de cómico.
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