| EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES |
©2005
Estrella Cardona Gamio
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El anticuario, manoseándola, estudió a la muñeca con detenimiento bajo nuestras ansiosas miradas, y finalmente habló, después de soltarla con cierta brusquedad sobre la mesa de su reducido despacho. -Caballeros, no quiero precipitarme en mis juicios, pero mucho me parece que esta muñeca es de las postrimerías del siglo XVI o principios del XVII; sus características así vienen a indicarlo. Tengan la bondad de fijarse que tanto brazos como piernas, por no hablar ya del cuerpo, están tallados en madera, mientras que la cabeza y rostro son de papier mâché, que era la forma artesanal en la que se hacían las muñecas por aquella época, modus operandi introducido en Europa por los comerciantes venecianos y que se desarrolló en Francia con inusitada fortuna hasta llegar en el año 1670 a nuestro país, en donde ya empezaron a fabricarse este tipo de muñecas sin necesidad de recurrir al comercio con los franceses –hizo un minúsculo paréntesis prosiguiendo al cabo con su erudita disertación-. Entonces, entre el XVI y el XVII, también se empleaba la cera para tronco y extremidades, pero una muñeca realizada de esa manera no habría tenido posibilidad de llegar sana y salva hasta nuestros días, al menos ésta, que se halla tan respetada por el paso del tiempo; han jugado poco con ella, de eso no cabe duda, porque la nariz ni los dedos de las manos denuncian melladuras, lo único, el cabello que va unido a la cofia y que debió chamuscarse levemente en algún momento sin alcanzar, por suerte, al resto de la figura... Indudablemente se trata de una auténtica pieza de museo y tal vez el hecho de que debido a un descuido infantil se quemara ese pelo, por otra parte auténtico, fuera causa de que la guardasen, o, mejor dicho, la escondiesen ... para que la chiquillería no jugara con ella, y de ahí el que no ofrezca señales de gran deterioro. -Sí, más o menos pensamos igual que usted, pero queríamos confirmarlo. ¿Cuánto podría valer en el mercado? El anticuario pareció meditar. -Imagino, mister Holmes, que esta muñeca se halla involucrada en alguno de los casos que usted lleva... -En efecto. -Supongo que pueden haberla robado, o algo parecido, y que intentan venderla haciéndose pasar por sus legítimos dueños, o bien, de haber sido adquirida, el nuevo propietario desea asegurarse sobre si es tan valiosa como le hicieran creer. -¡Asombroso, mister Winwood, es usted un magnífico detective! Mister Winwood, un hombrecillo pequeño, muy delgado, cargado de espaldas, de pequeños ojos miopes que los cristales de los lentes desorbitaban, y cuya edad indefinida parecía hacerle formar parte también de las antigüedades que le rodeaban, dedicó a Holmes una mirada de emocionada gratitud, prosiguiendo lleno de entusiasmo: -¿Cuánto puede valer, preguntaba?; sobre unas mil libras. A mi se me escapó un involuntario silbido. -¡Eso es una fortuna! -Si que lo es –afirmó el anticuario con solemnidad- ¿Por cuánto pretenden que se venda... o se ha vendido? -Por mucho menos, unas cien, eso indica que ignoran su valor. Mister Winwood tuvo una mueca de desprecio. -Hasta para ser ladrón hay que tener clase. Los tres, sin contradecirle, asentimos muy serios. Ya en la calle, Holmes exclamó excitado: -¡Ahora sabemos que la muñeca tiene casi cuatro siglos, o sea, que una antigüedad no se regala a una niña para que juegue con ella y la deje tirada en el suelo de una casa fantasma!... ¡Watson, la muñeca se la debieron poner a usted en las manos porque la época nos lleva de nuevo al reinado de Isabel, y, ¿quién puede tener una muñeca semejante, “tan bien conservada”, sino alguien que la posea por herencia familiar?! -¿Pero, las señales, ¿quién las deja? -¡Las niñas –repuso Holmes sin vacilar-, o su familia!... Algo les impide hablar claramente y prefieren emplear la simbología como lenguaje. -¡Difícil lenguaje, suerte que usted, mister Holmes, está capacitado para descifrarlo. Yo desvié la mirada divertido porque las alabanzas eran el talón de Aquiles del detective y no se recataba en demostrarlo. -No es demasiado problemático, sir Arthur cuando se es un buen observador... Y ahora escúchenme con atención: el anticuario nos ha mentido... -¿Cómo? -Sí Watson, nos ha mentido, porque no hay ninguno de ellos que sea honrado aunque éste es de los menos bribones, probablemente la muñeca valga más de 10000 libras y no por antigüedad precisamente. Recuerden que ha empezado a manosearla, y en un momento dado, al tocarle la espalda, la ha soltado sobre la mesa como si le quemara los dedos, más tarde ha querido dárselas de sabueso emitiendo sus chapuceras deducciones que el sabía muy bien no eran ciertas, y luego, refiriéndose a la muñeca, ha dicho aquello tan singular de que posiblemente “la escondiesen ... para que la chiquillería no jugara con ella”. Yo me fijo mucho en las palabras aparentemente normales porque a veces resultan ser todo lo contrario; ¿no hubiera sido mejor decir, por ejemplo, “la apartaron”?... A “la escondieron” ha seguido una ligera vacilación, como si Winwood se hubiese dado cuenta de lo que acababa de decir, y esta duda, esta pausa injustificado, han concluido de ponerme sobre aviso redondeado más tarde por él mismo cuando, al despedirnos, fíjense que ha insistido varias veces repitiendo “si su cliente quiere venderla, yo se la compraré pagándole las mil libras porque soy un anticuario honrado”... Ha dicho “su cliente”, o sea que ya había dejado de ser un ladrón quien me hubiese entregado la muñeca... O si se trataba de un ladrón el cambalache de venta-compra dejaba de ser delito caso de ser Winwood quien adquiría la pieza, ¿no les parece? -¿Y esto adónde nos conduce, mister Holmes? –preguntó admirado Conan Doyle. -Por lo pronto a Baker Street; allí espero mostrarles algo interesante si mi instinto no falla. Tuvimos que conformarnos a esperar y cuando el coche de alquiler que habíamos cogido al salir del anticuario, nos dejó frente al portal, seguimos a Holmes hasta el saloncito, profundamente intrigados. El detective cerró la puerta con llave, cosa que me extrañó sobremanera, y sentándose frente a una mesita auxiliar, comenzó a quitarle la ropa a la muñeca hasta dejarle la espalda al descubierto, y allí, en el centro pudimos ver lo que podría denominarse una especie de circunferencia que pertenecía a algo semejante como a una pequeña tapadera que prestamente Holmes hizo saltar con la uña, luego aplicó la palma de la mano a esa abertura, giro a la muñeca sacudiéndola enérgicamente y al apartar de nuevo la mano vimos que en su palma brillaba un grueso y hermosísimo diamante amarillo de una exquisita trasparencia, hallazgo que me forzó involuntariamente a recordar el caso de los seis Napoleones. -¡Esto es lo que se busca! –exclamó triunfal el detective. -¿Y lo dejaron a mi alcance? –atiné a balbucear estupefacto. Holmes no me respondió. -Winwood debía saber que existen muñecas antiguas con compartimentos secretos, tal vez de esa época en especial, o aún anterior ¡el muy desaprensivo! -¿Entonces, ¿quiénes persiguen a las niñas quieren esta gema? -Posiblemente, sir Arthur, al menos, eso parece indicarse... Caballeros, henos aquí convertidos en depositarios de una piedra de incalculable valor; voy a guardarla inmediatamente en la caja fuerte y mañana mismo hablaremos con la familia Piombino para esclarecer de una vez por todas este embrollo; supongo que puedo contar con ustedes. No fue una pregunta y al no serlo tampoco necesitaba contestación. Sin embargo, a la mañana siguiente no fuimos a visitar a los Piombino, porque mientras desayunábamos leyendo los primeros periódicos del día, nos enteramos de que el circo del mismo nombre había suspendido el debut en Londres al embarcar precipitadamente rumbo a Italia. La noticia se ampliaba informando que debido a un percance sufrido en la última función en el que un incendio había destruido parte del atrezzo, el Circo Piombino marchaba a sus cuarteles de invierno en Roma a reponerse del desastre. Eso era todo. Holmes y yo nos miramos por encima del servicio del desayuno. -¿Sabe lo que eso significa, Watson? -Me lo imagino; que nos vamos a Roma –dije resignadamente. -¡Elemental, querido Watson!
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