| EL CASO DE LAS HADAS Y SHERLOCK HOLMES |
©2005
Estrella Cardona Gamio
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-¿En la de Abernathy? –gimió Arthur. -En efecto, ahí tuvo lugar la visita. -Pero yo, la segunda vez, fui solo a la casa de las niñas, la puerta de la verja blanca... -Los hipnotizadores emplean unas palabras clave cuando someten la voluntad de las personas... ¿No se fijaron ayer?, el hipnotizador ordenó: “cuando oigas la palabra ¡pájaro! volverás a caer dormido efectuando cuanto acabo de decirte”. Recordarán que aquel muchacho, despertó reintegrándose a su asiento, y después, apenas el hipnotizador exclamó, ¡pájaro!, el espectador cayó en trance, se levantó y quitándole el sombrero a un caballero del público se lo puso y volvióse a sentar despertando como si nada hubiera sucedido... En su caso, sir Arthur, debió ser la verja blanca la inductora del delirio. -Pero yo no dije ”verja blanca”. -No hacía falta; bastaba con verla. -Hoy he vuelto con ustedes... -Cuando fue convertida en palabra clave, se le debió adjudicar una corta duración, ya que todo estaba muy bien planeado. -Un momento, Holmes, un momento –intervine-. Yo estuve también en la casa, y recuerdo que usted mencionó a las flores alucinógenas como una explicación plausible a mi delirio, luego al hombre del asno... –me interrumpí súbitamente. -Eran la misma persona, el cicerone de sir Arthur y ese hombre... –afirmó suavemente, más que preguntó, Holmes. -No lo recuerdo como lo ha descrito sir Arthur, pero si la casa no existía, yo la vi antes de que se esfumase, y no había nadie por los alrededores, ¿cómo es que pude verla entonces? -Muy simple, Watson, quienes urdieron la trama, enviando a sir Arthur a Baker Street, lo habían previsto todo... ¿Tendrá que hacer usted también memoria a la búsqueda de algo fuera de lo anormal en su llegada al pueblo? Aquello sobrepasaba mi comprensión y quedé anonadado. -Recuerde, Watson, recuerde, haga ese esfuerzo. Conan Doyle intervino juiciosamente: -Si lo hipnotizaron a él también, vamos a suponerlo por unos momentos, bien pudo recibir la orden de perder la memoria sobre ese particular, ¿no cree usted, mister Holmes? Era una hipótesis aceptable y Holmes se vio obligado a asentir, aunque no le hiciera ninguna gracia porque la idea no había sido suya. -Pero –insistió Arthur-, ¿quién y por qué ha urdido este plan tan extraño?, ¿que objeto tiene, que misterio encierra? -Volvemos al principio –dijo el detective-, o, mejor dicho, justo a su mitad... A esas niñas las persigue alguien, ellas huyen, pero al necesitar ayuda recurren a mí y nos encontramos con este jeroglífico... -Usted habló de Nat El Astuto... -Y usted, sir Arthur, debió pensar que yo estaba loco, ¿no es cierto? –mi amigo guardó un prudente silencio- Ya sé que la idea de que las persiga Nathaniel Wilkes resulta demencial máxime cuando no tuvo hijos, pero bien puede haber algún miembro de su familia en nuestros días... Porque ¿qué pueden tener esas niñas que codicie el descendiente de un corsario y habiendo transcurrido tantos siglos, es que no hubo ocasión antes, en cualquier otra época y no ahora precisamente? -¿Una herencia? –apunté yo no muy convencido. -Tal vez la casa encantada –bromeó Holmes con muy poco tacto, pero al ver nuestras caras se puso serio- Indudablemente tiene que ser algo muy valioso porque de lo contrario no se entiende. -¿La muñeca? -¡Qué bobada, Watson! ¿Cómo va a ser la muñeca?, si fuera eso no la dejarían tirada por ahí. -Quizás para disimular... -Sea lo que fuere, regresamos a Londres e intentaré localizar a los Piombino. -Querrá decir a Abernathy. -No, digo a los Piombino; el vicario me ha informado de que el circo actúa mañana en Londres. -¿Sin carpa? -No les hace falta, sir Arthur, el circo actúa en un teatro. -¿Sabía el vicario lo del incendio del circo? -No, ni yo tampoco se lo dije, porque teóricamente era un pintor de paso que anteayer quedó con Abernathy para hacerle un retrato. Estábamos entrando en el pueblo, abandonada la linde de los campos ante la presencia de las primeras edificaciones, y Holmes nos dijo en voz muy baja que sería mejor que no mencionásemos el tema hasta llegar a Londres por aquello de que no era conveniente que alguien escuchase nuestras palabras, pero como aún no se veía un alma y las casas permanecían con ventanas y puertas cerradas, Conan Doyle hizo su última pregunta con la premura del que no desea que se le olvide algo importante. -Mister Holmes, disculpe, pero queda una cosa que tampoco entiendo, y me parece que es fundamental en este asunto. -Usted dirá. -¿Por qué asocia a los corsarios, al menos a Nat Wilkes, con las niñas, si ellos nunca estuvieron aquí? Comprendo que haya quien se ha montado una historia falsa inspirándose en una auténtica, aunque distorsionándola, pero, ¿qué le induce a pensar que esté relacionado el uno con la otra?... Soy sincero si le digo que no acabo de encontrar ningún nexo lógico en todo ello. -Precisamente lo ilógico de la situación es lo que me está haciendo avanzar en este caso, sir Arthur... Compruebo que hace usted un gesto de perplejidad, permíteme entonces que le de un ejemplo: si yo, hablando con un londinense, afirmase rotundamente que el monumento a Nelson, que se halla en Trafalgar Square como nadie ignora, está ubicado en los muelles de Liverpool, ¿supone usted que el londinense en cuestión iba a tomar en serio mis palabras?... Desde luego que no, eso es evidente, porque el monumento está en Londres... -¿A dónde quiere usted ir a parar, Holmes? -A que una mentira tan burda no convencería a mi londinense y, o me tomaría por un lunático, o... O bien creería que lo decía con doble intención, como si fuese una charada, una adivinanza y podría preguntarse que en dónde se hallaba la trampa... Resumiendo, caballeros, que es tan absurda la historia de los corsarios si la unimos a la de las niñas, un incendio que copia a otro con bucaneros incluidos, lo cual fuerza a pensar, por sentido común, que en ese aparente despropósito, se encierra la clave del misterio y que a ella se nos está conduciendo a través de un laberinto. Mi amigo contempló al detective con sincera admiración, conquistado, esta vez totalmente, por su sagacidad. -¡Qué argumento más inverosímil, y, no obstante, desarrollado por usted, hasta tiene sentido! -Lo tiene, sir Arthur, lo tiene, no lo dude ni por un instante... Las respuestas existen siempre, sólo hay que saber buscarlas –replicó Sherlock Holmes henchido de satisfacción, como siempre que los demás rendíanse deslumbrados ante sus singulares métodos deductivos. Llegamos a Londres pasado el mediodía y con la perspectiva de toda una tarde por delante. Yo supuse que Holmes iba a arrastrarnos en pos de los Piombino, pero nada de eso sucedió, por el contrario nos hizo saber que pensaba ir a recoger la muñeca llevándosela a un anticuario amigo suyo para que le diese su opinión sobre ella y al advertir que Conan Doyle y yo mostrábamos el inconfesado deseo de acompañarle en aquella pesquisa, sonrió benevolente invitándonos a ir con él una vez los tres hubiéramos reparado fuerzas en Baker Street, donde la buena de Mrs. Hudson, acostumbrada a nuestras idas y venidas, debía tenernos preparada una comida a base de fiambres, como así fue. Comimos deprisa y salimos enseguida ya que, sin haberlo comentado entre nosotros, estábamos convencidos de que en la muñeca íbamos a encontrar otra respuesta a las muchas incógnitas que encerraba el caso.
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